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Sábado 3 de junio de 2006
HISTORIA DE VIDA
“Quiero tener un Gaucho, una China y un Suizo”
 
Wilhelm Kopprio llegó desde Suiza a Allen en 1907 para abrir un vivero. El ‘Gaucho’ Kopprio, junto a uno de sus hijos, fundó la empresa Ko-Ko.
 

Wilhelm Gaspar Kopprio nació en Suiza en 1883 y su mujer, Anna Bertha Halm, en el mismo país tres años más tarde. Ambos eran oriundos del Cantón de Basel. Se presume que partieron del puerto de Hamburgo en 1904, tal como señala un sello en una Libreta de Familia. Luego de una temporada en Buenos Aires, llegaron a Allen, un pueblo que nacía en la Norpatagonia. Algunos testimonios revelan que el matrimonio Kopprio habría bajado en la Colonia Agrícola General Roca en 1907, cuando Allen no figuraba en ningún mapa.
Wilhelm, un rubio buen mozo y con aires excéntricos para estas latitudes, era maestro jardinero. Había trabajado una larga temporada en el Jardín Botánico de París y en algunos viveros en su tierra helvética. Cuando decidió emigrar, no sólo escogió uno de los destinos que el mundo ofrecía para los viajeros en busca de un destino, sino que orientó su elección a su oficio y se radicó en un sitio que nacía para la fruticultura, el Valle de Río Negro. Aquí levantaría en 1910 uno de los primeros viveros de la región.
Cuentan que Kopprio trajo de Francia un pie de membrillo D´Agers en el cual injertó la mayoría de sus perales. Una crónica de un especialista lo coloca entre los pioneros de la actividad, cuya especialidad fue la pera William Bon Chretien (o pera francesa) que él propagó y llamó la mejor pera de agua. Kopprio definía a esta variedad como “grande y mantecosa y excelente para el comercio” en su primer catálogo de plantas, que apareció en 1926 (ver Historias de por Acá) y fue distribuido en todas las zonas frutícolas del país. “Todavía hay chacareros que tienen plantas del vivero del abuelo –comenta Julio, uno de los nietos de Wilhelm–, entre ellos familias de Allen como los Campetella, los Moretti, entre otros. El vivero no sólo vendía plantas frutales y ornamentales, también se especializó en rosales”.
Cuando se afincaron en Allen, Wilhelm, desde entonces será Guillermo, dijo que quería tener varios hijos, por lo menos tres:”Quiero tener un Gaucho, una China y un Suizo”. El tiempo le trajo a Carolina Bertha, la ‘China’ Kopprio (1915); Guillermo Federico, el ‘Gaucho’ Kopprio (1919); Jorge Julio, quien nació en 1922, indudablemente antes que sus padres pudiesen viajar a Suiza para cumplir aquel deseo. Seis años más tarde, en 1928, lo concretó. Viajó con su mujer embarazada a Basilea, Suiza, y nació Hans Walter Urs, el ‘Suizo’ Kopprio. La familia se completaba con una hija más. “El abuelo –cuenta Julio– vino con una hija que había nacido en Suiza de un matrimonio anterior. Ella era Elisa Kopprio, quien luego se casó con Ernesto Bachmann. Bachmann era otro suizo que había venido a trabajar con mi abuelo y terminó en Plottier, donde consiguió empleo con Battilana. Bachmann era corresponsal del Museo de La Plata. En un libro que conservo (‘Nahuel Huapi’ de D. Hammerly Dupuy) posa en varias fotos con los fósiles más grandes del mundo hallados hasta entonces. Fósiles que habían encontrado en la región en 1920”.
El vivero Kopprio prosperó, pero la muerte prematura de Wilhelm en 1930 a los 47 años, cambió la suerte de la familia. “La muerte del abuelo fue muy sentida. Guardo varias publicaciones que se hicieron cuando murió. Allí destacaban que era muy alegre y hospitalario. Su casa había acogido a muchos inmigrantes alemanes y suizos que llegaban a diario a la región; y destacaban su trayectoria como viverista pionero en esta actividad. Su muerte fue muy lamentada en la región”.
Al morir Kopprio había dejado su vivero y dos chacras con deuda. Su mujer quiso seguir con todo, pese a los consejos de don Walter Kaufmann, quien le sugirió vender una de las chacras para cancelar la deuda con el banco. Anna se negó a hacerlo, le remataron las chacras y dejó la vida en el intento. En 1937 murió. Su hija mayor tenía 22 años y el menor apenas 9.
Los hermanos salieron adelante como pudieron, trabajando y colaborando en la crianza de los menores de la familia. No mucho tiempo después, Guillermo, el ‘Gaucho’, el mayor de los hermanos, conoció a Elvira Calvo, con quien se casó en 1940.
Elvira era hija de un tropero español, un tropero de carros, Miguel Calvo. “Mis abuelos maternos repartían agua y leña de matasebo en las casas. Tenían una lancha para cruzar el río y traer la leña que recogían del otro lado. Además de tener su tropa de carros que andaba por toda la Patagonia. Antiguamente, los troperos iban al Juzgado de Paz para que les firmaran su Guía de Campaña. En la Guía constaba la cantidad de animales que llevaban en las travesías y las marcas correspondientes. Hay Guías que dan cuenta de viajes de mi abuelo arriando animales hasta Santa Cruz. ¡Ese viaje debe haber sido toda una proeza! ¡Fue al sur con 40 mulares y tres caballos en 1919! Pero hay un registro anterior, un viaje a Patagones en 1911. Esa Guía se llevaba con los documentos personales y el dinero en el tirador”, explica Julio, entendido en la materia y amante de la tradición gauchesca.
Guillermo Kopprio y Elvira Calvo tuvieron cuatro hijos: Julio, Marta Elvira, Ana y Luis. Durante los primeros años de casado, el ‘Gaucho’ Kopprio trabajó en el Galpón de Mariani y Bizzotto. “Así pudo criarnos a todos. Con mucho trabajo y esfuerzo. Cuando cumplí 12 años, ya estaba colaborando con la familia –relata Julio–. Entonces, fui a trabajar al almacén de Mario Véspoli, un italiano que era muy bueno haciendo negocios. Este hombre me enseñó casi todo; siempre digo que él fue mi secundaria y mi universidad. Cuando comencé con él no había máquinas de sumar y yo aprendí a hacer cálculos con gran velocidad. Trabajé allí hasta los 18 años y fui a cumplir con el servicio militar. Luego, se inicia otra etapa para la familia”.

CONECTANDO EL VALLE

Mientras cumplía con el servicio militar, Julio soñaba con tener un camión. Por esos días apareció una oportunidad y Guillermo Kopprio convenció a su hijo de adquirir un Ford 41 pero no para llevar carga sino personas. “Papá decía que un camión era complicado y argumentaba con lucidez: el colectivo se carga y descarga solo. Suben y te pagan, no te endeudás y es más fácil de mantener. ¡Cuánta razón tenía!... Le compramos el Ford a mi tío Jorge Kopprio. El se dedicaba a hacer transporte en Allen. Su colectivo se llamaba Ko-Ko, por Kopprio- Kovalow. Tenían una sociedad de 4 personas y el negocio no daba para tantos. Entonces nos vendieron el colectivo. Hicimos una sociedad con mi papá, 50% cada uno y conservamos el nombre Ko-Ko, por Kopprio- Kopprio”.
Comenzaron a hacer transporte de personas. Empezaron en Allen. Llevaban gente a los bailes, a las peñas, a los clubes. Y, poco a poco, del colectivo hicieron una empresa, la empresa de transporte público más importante del Alto Valle.
Julio relata cómo fueron armando la empresa familiar: “Haciendo guardia en el Servicio Militar, veía pasar un colectivo de la firma Turismo Lanín. Un día fui a hablar con el dueño, Ramón Delvas, y me ofrecí para trabajar. Me dijo que me daba la línea Neuquén-Plottier. Terminé la conscripción y empecé. La cosa fue muy bien y mi padre le compró a la Cooperativa El Valle un modelo 45, para hacer ese trayecto con dos unidades. La cosa marchaba y compramos un Dodge 62, pero como andaba tan bien, el señor que tenía asignada esta línea decidió trabajarla solo”.
En aquel breve tiempo, había sido suficiente para que Julio aprendiera algunas cosas y detectado otras. Por ejemplo, que la zona de chacras carecía del servicio de transporte y había muchas familias que tenían enormes dificultades para moverse y para mandar los chicos a la escuela.
“Por esa fecha nos llamó Remo Santarelli de Fernández Oro y nos planteó la necesidad de hacer un transporte para llevar a estudiantes al Colegio Don Bosco y Manuel Belgrano. Aceptamos dar el servicio. Paso siguiente fuimos a ver al intendente Salto de Cipolletti. Salto le preguntó a mi papá: ‘¿Cuándo querés empezar el servicio, ‘Gaucho’?’. Papá le dijo: ‘Ya’. Y Salto llamó a un tal Pino para que le preparara la autorización inmediatamente. Por su parte, el Negro Ramasco nos autorizó a tener la base en Allen y nos largamos. Unimos Allen- Fernández Oro- Cipolletti. Inauguramos el servicio el 25 de mayo de 1966, hace 40 años”.
Cuando los Kopprio comenzaron a dar este servicio, decidieron incorporar un coche moderno y compraron un Mercedes Benz modelo ´60. Poco después, con un crédito del Banco de Río Negro y Neuquén, adquirieron el primer cero km, un Mercedes ´68. “Fue un momento ideal –cometa Julio–. Había una necesidad tremenda de transporte y una tarifa excelente. Nos fue muy bien y seguimos incorporando tramos hasta unir todas las localidades del Valle. Salió una licitación durante el gobierno de Requeijo y agregamos un trasporte a Roca y Regina por chacras, y más tarde por ruta 22. Cerramos el circuito del Valle cuando nos otorgaron la extensión a Neuquén”.
Padre e hijo fueron los primeros choferes de sus colectivos. Julio cree que manejó el colectivo un poco más de 15 años. A medida que compraban unidades, iban incorporando personal y en 10 años la empresa ya había dado sus trazos definitivos. En los 90 se desreguló el servicio y tras conformar una Unión de Trasporte de Empresas (UTE), llegaron hasta Córdoba, Paraná y Capital Federal. “El sueño de cualquier transportista es llegar a Retiro –afirma Julio–. Habíamos alcanzado esa meta. Tiempo después nos quedamos sólo con este tramo, desde el Valle a Buenos Aires y ganamos la licitación para unir Bariloche con San Martín de los Andes. Hoy tenemos 100 coches y unos 220 empleados. Comenzamos como una empresa familiar y tras 40 años seguimos juntos. Mantuvimos la sociedad con mi padre hasta su muerte, luego su parte se dividió entre mi madre y mis hermanos, quienes colaboraron con el emprendimiento siempre”, resume el empresario .
Julio Kopprio se casó con Manuela Pastor y tuvieron 4 hijos: Ruth, Sandra, Ricardo y Carolina, todos trabajan en la empresa y les han dado 7 nietos. En su memoria, Julio, repasa los éxitos y las dificultades que atravesó su empresa durante 40 años. “Tuvimos suerte, trabajamos mucho y tuvimos temple para sobrellevar las dificultades. Creo que éstos fueron los ingredientes de nuestro éxito”.
Pero, aun conforme con su suerte, Julio es un hombre de alma inquieta y sueños abundantes. Sin duda, una buena síntesis de sus ancestros. Es desde sus orígenes que explica su trayectoria laboral, su manía del orden y sus hobbies. Tiene, además, una chacra de 60 hectáreas sobre el río, donde visita casi a diario a sus caballos, se dedica a la caza mayor y a la pesca y es un coleccionista exquisito. Posee un museo personal tan prolijo como cuidado. Completa su colección con regalos de amigos y todo, todo lo que pudo adquirir sobre vestimenta de campo. Monturas, lazos, estribos, hasta conserva el apero que Gregorio Maza utilizó en la fundación de Allen.
Su amor por lo gauchesco lo tiene hoy como vicepresidente de la Federación Gaucha Argentina. “Mi mamá siempre me dice que heredé los genes de su padre, el tropero español. Quizá tenga razón porque siempre me gustaron los caballos y la tradición. Formamos un centro tradicionalista en Allen y nos pusimos en contacto con otros centros en Río Negro y del país. La Confederación buscó un representante de la zona y me eligieron por unanimidad. Todo un honor para mí”.
Por eso no extraña, cuando este exitoso empresario afirma que entre las asignaturas pendientes que tiene en su vida está la de hacer un monumento al caballo. “Creo que todavía tengo mucho por hacer, pero empezaría haciendo un monumento al caballo que emparejó estas tierras, que ayudó a desmontar y a curar las chacras, que sirvió para transportar a tanta gente cuando no había autos o no podían tenerlos. Sí, aunque parezca insólito, empezaría por hacer un monumento a este noble animal”.

SUSANA YAPPERT
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