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Sábado 1 de abril de 2006
HISTORIA DE VIDA
Norma Durante, mujer de la tierra y luchadora
 
Norma trabaja la chacra que plantó su abuelo, Celestino del Hierro. Es madre de tres hijos, ex policía y miembro de Mujeres en Lucha. Hoy, junto a su madre e hijos, busca alternativas a la fruticultura.
 

por SUSANA YAPPERT
sy@patagonia.com.ar

Norma Durante vive en una chacra entre Roca y Cervantes. No es fácil llegar, pero cualquiera que pregunte cómo ir hasta allí será guiado. “Norma es más conocida que la ruda –dice un vecino–, es chacarera, pero también de las Mujeres en Lucha. Su abuelo, Celestino del Hierro, fue uno de los primeros pobladores del lugar”.
Y es verdad, Norma es conocida por su personalidad. Es una luchadora, como lo fueron sus ancestros que, después de llegar de España al despuntar el siglo, trabajaron en la Línea Sur hasta que finalmente compraron esa chacra en el Valle.
Los del Hierro son parte de la historia lugareña y Norma, a la sombra del ejemplo de sus ancestros, escribe su propia biografía.
Norma comienza a narrar su historia desde un nombre: Celestino del Hierro, su abuelo, quien se estableció en el Valle en 1905. Llegó de Burgos, España, con su hermano Anacleto. Trabajaron primero en Las Flores, provincia de Buenos Aires, donde tenían otro hermano (Pedro). Poco después, Celestino tomó el tren con rumbo sur y Anacleto se fue a trabajar con la firma Bunge y Born a Entre Ríos.
“Ellos tenían estudios –recuerda su nieta Norma– y eso en aquel tiempo marcaba diferencias. Consiguieron buenos empleos y se independizaron rápidamente”. Cuando Celestino llegó tenía 15 años y con 17 viajó a la Patagonia. Aquí conoció a Antonio Córdoba. Fue administrador y gerente de la cadena de comercios de la firma ‘Algán y Córdoba’.
En una declaración jurada que conserva su nieta, Celestino cuenta que trabajó con aquellos españoles desde 1908 a 1913. Luego fue socio de Beloccio en Comallo. Un año más tarde, en 1915, armó una sociedad con su hermano y fundó el comercio ‘Del Hierro Hnos.’ con locales en El Cuy, Nahuel Niyeo y Chacal Huerruca. Más tarde, entre 1922 y 1923, Celestino trabajó por cuenta propia en Patagones, pues obtuvo la concesión de las salinas Cagliero, pero un año más tarde regresó a la Línea Sur, esta vez a lo que es hoy Jacobacci. Sin embargo ésta no será su residencia definitiva. Entre 1924 y 1927 instaló una casa de comercio en Roca, la Tienda ‘Los Vascos’ . En tanto solicitó tierras al ministerio de Agricultura, las cuales les fueron cedidas en 1928.

 

DE JARILLAL A CHACRA MODELO

 
En 1928, los del Hierro iniciaron el desmonte. Dos años más tarde ya se afirmaban en el suelo los primeros frutales. En 1930, apenas terminaron de levantar la casa, Celestino se estableció allí junto a su hija María Luisa.
María Luisa nació y vivió sus primeros años en Jacobacci. Así recuerda aquellos años en la Línea Sur: “Mi padre, junto a otros vecinos, participó de la fundación de la primera comisaría y primera escuela de Nahuel Niyeo –relata María Luisa del Hierro–. Allí hice primer grado. Mi papá tenía ramos generales. Recuerdo que venían los indios a comprar. Llevaban esas galletitas que tienen formas de animalitos y huevitos de colores, las comían con gran gusto, al igual que las latas de sardinas. También recuerdo el frío, nos calefaccionábamos con leña y cuando se terminaba, la gente iba a buscarla al ferrocarril. Luego nos mudamos a Roca. Cuando llegué, los perales estaban chiquitos.
Por aquel entonces en la chacra habían sembrado garbanzos, lentejas, unos zapallos criollos enormes y maní”.
Cuando adquirieron la tierra, la zona no tenía riego, de modo que construyeron un sistema que funcionaba por bombeo y plantaron en terrazas. Eran 60 hectáreas.
Los hermanos del Hierro se dedicaron de por vida a esta chacra. La vieron crecer y lograron transformar un jarillal en un vergel. En un comienzo plantaron viña y frutales. “En el mismo cuadro –cuenta Norma– mezclaban 8 hileras de viña y 2 de manzanas. Diversificaron siempre. En los años 50 esta chacra ya estaba en plena producción. Era un establecimiento en el que trabajaban como 100 personas. Con el tiempo, sumaron duraznos, ciruelas y pusieron un secadero de frutas”.
“Acá corría mucho viento –recuerda María Luisa– y no había ni sidrera ni nada, la tierra se tragaba todo, de modo que la fruta que no se vendía quedaba debajo de la planta. Por eso papá decidió poner el secadero. Hacía orejones que exportaban a Estados Unidos. También tuvo un pequeño aserradero y levantó su bodega tal como las había visto en España. Unos vascos estuvieron casi dos años sacando tierra con sus carretillas para enclavar la bodega en la loma. Y allí está. Hicimos un vino de muy buena calidad”.
Anacleto y Celestino fueron acérrimos propulsores del cooperativismo. En 1935 participaron de la fundación de ‘La Primera Cooperativa de Stefenelli’, donde comercializaron siempre su producción. En los años 50, Anacleto fue presidente de la Cooperativa de Río Negro y Neuquén y fue representante zonal en Coninagro. Los hermanos del Hierro fueron unos convencidos de que el camino para los chacareros era el cooperativismo, entonces participaron en todas las cooperativas que se crearon en esta parte del valle, la de Luz, la Forrajera, la de Tomates, y otras en Cinco Saltos.
María Luisa cree que su padre vivió el esplendor de la fruticultura y que todo se comenzó a complicar cuando llegó Perón al poder. “Antes del peronismo, el personal de la chacra era como una gran familia, era amigo del patrón; luego las cosas se resintieron. Nada volvió a ser igual. Mi papá era de la idea de estimular y premiar a los que trabajaban más y eso se terminó porque se fijó un sueldo y los que más trabajaban cobraban igual que los que no tenían muchas ganas de trabajar. El cambio se sintió, pero no para mejor”.
“En 1978, y a los 88 años, murió mi abuelo. Yo lo adoraba y él a mí, sufrimos mucho cuando partió”, cuenta Norma mientras muestra unos dibujos increíbles que Celestino hacía sobre papel canson. Eran los modelos que llevaba a la imprenta para imprimir las etiquetas de sus cajones.
Norma, con el tiempo, será quien tomará la posta de su abuelo Celestino.
En 1952 la hija de Celestino se casó con José Durante, y se fueron a vivir a Buenos Aires. Durante un tiempo estuvieron en la Capital. Allí nació Norma. Pero María Luisa quiso volver a vivir cerca de su papá.
Norma creció en aquella chacra que aún habita. Estudió en Roca, se casó y tuvo tres hijos, Ariadna, Omar y Rocío. Su primer empleo fue en el Hogar de Niños de Roca y luego en el banco Los Andes. “En el banco trabajé un tiempo, pero se fundió y cerró. Cuando quedé sin trabajo ganaba 23 pesos y me enteré que había un concurso para entrar en la policía, donde el sueldo era de 32. Concursé y entré. Trabajé en la policía desde 1979 a 1999, exactamente 20 años. No fue fácil, pero era un trabajo; me separé y tenía tres hijos. En medio, estudié Derecho, pero la cosa se complicó y no pude terminar la carrera. Estaba en la comisaría de Stefenelli, salía de allí a las 14 horas y, muchas veces, en el camino me sacaba el uniforme para ir a algún piquete de los chacareros. Porque nunca dejé la chacra. Soy y seré chacarera. Pero bueno, después de 20 años, me retiré y me fui conforme porque hice mi aporte a la policía. Logré cambiar la ley de personal policial. Un año antes de retirarme, hice una denuncia al INADI porque a las mujeres se les exigía la secundaria completa para ser policía y a los varones sólo el primario. El INADI exigió a la provincia que igualara las condiciones de ingreso.
“Supongo que desde entonces comenzó mi lucha por cuestiones vinculadas al género. En 1987 ya estaba trabajando con Mujeres en Lucha. Lucy de Cornelli había iniciado el movimiento en La Pampa, a cuento de la problemática que tenían agricultores con el Banco Nación. En varias provincias había agricultores que podían perder sus tierras en remates, de modo que el movimiento se expandió. Aquí éramos unas 30 mujeres. Yo no tenía deuda con el Banco Nación, pero me pareció una buena causa. Primero fue muy fuerte el tema de los remates, obtuvimos la refinanciación, el recálculo, aun cuando no se resolvió el tema de fondo. El año 2001-2002 mejoró la cosa para los agricultores, pero no para todos, algunos tuvimos granizo y heladas y no pudimos recuperarnos. Pese a todo, algunos pudieron pagar sus deudas y volvieron a casa, otras seguimos peleando por la deuda del canon de riego. Las que quedamos entendimos que la lucha sigue. No creas que es grato ir a parar remates. Ponés tu cuerpo y podés salir herido o con un proceso judicial, pero fue necesario hacerlo. Hoy no paramos más remates. Ahora trabajamos en pos de generar políticas para los pequeños productores. El segmento que nos interesa es el de los agricultores familiares”.
La chacra de Norma cuenta la historia de cientos de chacareros del Valle. Pasó por todas las crisis cíclicas de la Argentina y la región y, con enorme esfuerzo, pudo mantener su chacra. Cuando su abuelo llegó al país, pudo progresar y vivieron los años dorados de la fruticultura. Los 70 llegaron con crisis y con una larga y penosa enfermedad de Celestino.
Desde entonces intentaron reconvertir, pero la bodega y el secadero dejaron de funcionar.
Norma, junto a sus hijos, hoy ensaya producciones alternativas para poder seguir adelante con el legado familiar.      
“Las dificultades no son menores. Estamos un poco solos. Un día nos dijeron que teníamos que plantar una planta cada 3 metros y resulta que no les da el sol y se llenan de bichos. Terminás pensando que te dan consejos para que hagas fruta de descarte. Luego tuvimos 8 años seguidos de granizo o de helada... 8 años sin poder levantar cabeza. Arriba teníamos 20 hectáreas de viña, pero un día nos robaron los postes, el alambre y con tantos años malos no pudimos reponer nada. Buscamos alternativas, sembramos alfalfa, pero no nos dieron los números. El 60 por ciento se lo quedaba el enfardador y el 40 iba para pagar la electricidad necesaria para el bombeo. La idea es ir probando otras cosas.
“Seguimos con el proyecto de hacer alfalfa pero de otro modo. Queremos conformar, con un grupo de gente, todo el circuito de la alfalfa. De modo que junto a un grupo de mujeres estamos en contacto con el ministerio de la Producción para ver alguna posibilidad de concretar el proyecto.
“Los pequeños productores de fruta de pepita no podemos mantenernos en la actividad porque no es rentable. Pero allí vamos, tenemos confianza, de otro modo no pelearíamos tanto. Mis hijos se están capacitando para tener colmenas, ya tengo dos nietos, Alejandro y Nicolás, de modo que también peleamos por ellos. Hace un tiempo compramos vacas y pensamos en reflotar el secadero. Confiamos en que juntos, tal como decía mi abuelo, es posible. Juntos es más fácil. Ellos sembraron esas ideas aquí, y esas semillas tienen que dar sus frutos”.

 
 
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