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Sábado 4 de setiembre de 2006
 
Las comunicaciones del Valle con la Línea Sur
 
Imagine el lector si hoy es complicado llegar desde el Valle a la Línea Sur, ¿cómo serían las comunicaciones entre estos puntos hacia principios de siglo? Hace años, la historiadora Esther Maida se ocupó de reconstruir este derrotero. Un sendero que dibuja todo un mundo. Un mundo hecho a paso lento y enorme esfuerzo por comerciantes, mercachifles mayormente de origen libanés, criollos y europeos que hicieron huella camino del sur.
“La balsa del Paso Córdoba. Relaciones comerciales entre el Alto Valle y la Línea Sur de Río Negro a principios de siglo” es el título de un trabajo muy interesante de Esther, cargado de testimonios y datos riquísimos. Su relato se inicia con la inauguración del puente de Paso Córdoba, en 1969, pero este acontecimiento sólo sirve de disparador de su historia. El comienzo que elige la escritora se remonta a fines del siglo XIX, cuando aquel paso obligado hacia el sur se hacía sólo en bote: “Hasta ese momento las mercaderías se pasaban en bote y, de acuerdo a los datos aportados por Celestino del Hierro, en la margen sur se había instalado un botero de origen mendocino llamado Alejandro Veas. Los troperos del sur traían lanas y cueros y al llegar al paso del río cargaban las mercaderías que desde General Roca se cruzaban en botes a la orilla sur, destinadas a surtir las casas de Ramos Generales de las tierras allende al río”.
Este paso se comenzó a llamar “Paso Córdoba” debido a que en las cercanías del cruce utilizado por el botero se instaló una casa de comercio, que funcionaba también como albergue y que pertenecía a la firma Antonio Córdoba y Cía.
Antonio Córdoba era un español que había llegado al Fuerte General Roca en 1894 y había instalado un comercio con su socio Antonio Algán y Estampa. La gran inundación los obligó a mudarse. Eligieron la margen sur del río, más alta que la norte, justo en un vado denominado Paso Violich. En 1907 levantaron su nuevo comercio allí y multiplicaron sucursales desde este punto hasta Maquinchao. La cadena que alcanzó la cifra de 12 comercios, fue gerenteada largos años por otro español, Celestino del Hierro.
La llegada de estos españoles dinamizó el lugar y pronto concibieron la idea de reemplazar el traslado de mercadería y personas en botes por una balsa. Un decreto del Ministerio de Obras Públicas de 1908 autorizó a la firma a establecer un servicio de transporte, fijando tarifas máximas.
A partir de entonces, los comerciantes pusieron manos a la obra. Encargaron una balsa de 12 metros por 6 en madera de pinotea a la Empresa Palacios y Hnos., radicada en Choele Choel y terminaron un camino de acceso a la balsa que llegaba desde el pueblo de Roca.
“En 1907 y 1908 –cuenta Maida– se registraron varias solicitudes y permisos para la instalación de servicios de balsas en distintos puntos del Territorio Nacional del Río Negro, tales como Chelforó, Choele Choel, Conesa y un paraje sobre el río Limay llamado ‘La Atlántida del Limay’. Esto habla de gran necesidad de vinculación de una y otra banda del río; evidentemente fue un período clave y todo induce a pensar en el comienzo de una etapa en que muchos factores se conjugaron para activar el movimiento de las primeras rutas y relaciones comerciales de las regiones del norte de la Patagonia”.
Hacia fines de 1908 quedó inaugurada la balsa que sirvió al transporte durante 60 largos años. Las relaciones comerciales con el sur se intensificaron y la balsa jugó un papel trascendente durante todos estos años. La historiadora agrega un dato muy revelador: cuenta que en 1920, David Bichara, pionero en el transporte de autos (cubría todo el recorrido desde el Alto Valle hasta Esquel por la Línea Sur), fue tentado por la Compañía Inglesa del Sur (“Southlands”) para construir juntos un puente sobre el río Negro. Los ingleses estaban especialmente interesados en su construcción porque perdían cerca de un 20% de sus ovejas, que morían ahogadas durante el cruce en la balsa. Las autoridades del Territorio no aceptaron el proyecto “por considerarlo demasiado visionaria”. Una resolución inaudita, ya que –como concluye Maida– no le demandaba gasto alguno al Estado y hubiese adelantado la construcción del puente 49 años. Una insensatez más de las que acumula la historia de las comunicaciones con la tan postergada Línea Sur.
El puente Paso Córdoba, finalmente inaugurado en 1969, afirma Maida en su libro “Inmigrantes en el Alto Valle del Río Negro”, con sus 534 metros es el más largo de los que atraviesan el río Negro. La obra vinculó definitivamente la ruta 22 con la 242, la que espera desde entonces que llegue algún día el asfalto. La importancia de esta vía es fundamental para el desarrollo de la región, ya que por allí podría abastecerse todo el sur y proyectar un fuerte destino turístico pues empalma, cerca de Jacobacci, con la legendaria ruta 40.
(S. Y.)

 

 
 
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