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Sábado 12 de noviembre de 2005
HISTORIA DE ACA
“Nos decían ‘los gallegos paperos’ ”
 
Antonio Francisco Martínez Fernández llegó a Allen en 1919. Tenía 15 meses cuando vino con sus padres desde Granada.
 

Cuando llegó Antonio a la Argentina tenía más familiares aquí que en España. Su padre, Rafael Martínez de los Marcelino, había estado ya tres veces en la zona y como muchos compatriotas venían para la cosecha y regresaba a España. “Ganaba aquí 300 pesos y el pasaje le costaba 80- recuerda su hijo con precisión-. Mi padre, consiguió trabajo de tomero y decidió volver aquí con mi madre, María Teresa Fernández. Teníamos unos tíos en la zona. Tuvo ese empleo un tiempo largo, trabajaba todo el año y para poder ahorrar, trabajó en algunas chacras hasta que pudo comprar un pedazo de tierra”.
Los primeros recuerdos que llegan a Antonio son de sus primeros años en Fernández Oro. “Vivíamos donde nacía el canal. Era muy pequeño, tendría 6 años, pero me acuerdo que un día de verano estábamos afuera, una tarde y de pronto se hizo de noche. ¡Desapareció el sol! ¡Era una manga de langostas que estaba pasando sobre nosotros! ¡Fue impresionante! En la zona de Cuatro Galpones- contaban unos españoles que vivían ahí- pasaron las langostas y vieron como arrasaron un campo. Venía una manga y comía, luego otra y así hasta dejar el campo al ras! Durante muchos años hubo langostas, eran difíciles de controlar, la cosa era atrapar a las saltonas, que eran las crías, las encerraban en corrales de chapa y las quemaban!”, recuerda Antonio de una de las plagas más pertinaces que tuvo el país durante las primeras décadas del siglo.
Para entonces, la familia ya se había ampliado. En Argentina nacieron dos varones y tres mujeres más (foto antigua). El padre de Antonio trabajó en algunas chacras que luego se vendieron, y se quedó con un pedazo en la zona de Canale, en Gómez. Tenía alfalfa, estuvo allí cuatro años “hasta que ese pedazo se lo sacaron y lo indemnizaron, le pagaron 1.800 pesos y se fueron para Mainqué”, donde trabajó con Santiago Andrés, el administrador de una propiedad grande de unos franceses. Eran unas 300 hectáreas, tres chacras pertenecientes a unos socios. Hacían alfalfa, semillas de pasto. Allí estuvieron unos tres años como medieros hasta que finalmente compraron sus 12 primeras hectáreas cerca de Cuatro Galpones. Poco tiempo después compraron a medias 27 hectáreas más.
Pero hasta que esto sucedió, pasaron una temporada en la propiedad de los franceses, donde asomaba un mundo. “Cuando estábamos en Mainqué- relata Antonio- veíamos pasar camiones cargados de sarmientos de viña, iban a Villa Regina, donde se estaba haciendo la colonia de italianos. En esa época íbamos a la escuela, a una de las mejores escuela del Valle, la de Mainqué”. Mujeres y varones trabajaban en la chacra, cada uno tenía sus tareas que no podían delegar. Iban a la escuela pero no dejaban de cumplir con sus tareas. Recuerda también que su maestra se casó con el administrador de los franceses y que cuando los dueños de la tierra venían de visita preguntaban a la maestra qué alumno se destacaba. Ella les dijo en una oportunidad que el mejor era uno de los Martínez, Antonio, quien era una luz en matemáticas.
Cuando compraron sus doce primeras hectáreas, un pedazo ya estaba limpio y lo usaron para producir, mientras y poco a poco iban desmontando y sumando tierras a la producción. Allí empezaron a hacer distintos cultivos, fundamentalmente hortícolas. Con esta tierra pudieron progresar y con el paso de los años vendieron esa propiedad y compraron unas 80 hectáreas en Guerrico.
Cuenta su esposa, Brígida Schöonberger (foto de la izquierda), que levantaron esa chacra trabajando todos y por turnos. “Uno salía a hacer compras y otro se quedaba trabajando. Volvía el que se había ido al pueblo y otro iba al baile, pero cuando volvía del baile, tomaba su turno, subía al tractor y el que había quedado se iba a dormir. Así hicieron siempre...”
“Tuvimos muchos años esa propiedad-sigue Antonio- hasta que un buen día mi papá la vendió. Sacó de la venta como 200.000 pesos y repartió el dinero entre nosotros. Con 120.000 pesos mis hermanos varones y yo compramos esta chacra en Allen. Eran unas 100 hectáreas pero todo monte bruto. Esto fue en 1947. Emparejamos, trabajamos en temporadas en galpones de empaque. Acá tuvimos arvejas, cosechábamos las arvejas llamadas “ombligo negro” que era muy buscada, algunos las consumían y otros las compraban como semilla, hacíamos también alfalfa, cosechábamos como 50 mil kilos de habichuelas y tuvimos un sembradío de papas impresionante, por eso nos decían los gallegos paperos”. “En aquella época, el que tenía fruta se iba para arriba, así que- poco a poco- nos fuimos pasando a la fruticultura. Primero empezamos con 8.000 plantas de manzanos. La gente entonces hacía viña y con el tiempo se pasó a los frutales. Nosotros seguimos con lo que sabíamos hacer, pero también tuvimos viña y probamos con pera, manzana y frutas de carozo. En 1959 hicimos el primer galpón de empaque, en la chacra, pero un invierno vino una nevada y nos tiró el techo”.
Como todo hombre de la tierra, recuerda los años buenos y los malos, las noches de heladas, las fechas de las caídas de granizo y los kilos que sacaban cada temporada. Aun así, sostiene que el trabajo duro les permitió sortear los tiempos malos. “Los que trabajan mucho, pueden tener altos y bajos, pero cuando trabajas siempre, no son tan fuertes las épocas de las vacas flacas. Un año perdimos toda la cosecha de habichuela, por una helada. Sólo se salvó un pedazo en el que yo había pasado la rastra de disco. Falucho, mi hermano, me había retado porque la pasé y resulta que fue el único pedazo que se salvó. Aun así fue un buen año. Teníamos otras cosas para amortiguar. Luego empezamos con la fruta. Como nos siguió yendo bien, seguimos comprando tierras, esta vez cambiamos un poco y nos compramos 5.000 hectáreas en La Pampa con 700 vacas madre. Esa propiedad, cuando dividimos la sociedad, quedó para mi hermano Angel. Un tiempo antes, por el 77, habíamos hecho otro frigorífico más importante, y ese se lo quedó mi hermanos Falucho Pero bueno, cada uno quería lo suyo, es natural, y luego de tantos años nos separamos. Yo me quedé con la chacra, acá había puesto todo, trabajé como un burro esta tierra, yo quería ésto”.
Antonio vive allí desde el día que la compraron. Allí hizo su familia y allí piensa quedarse hasta sus últimos días. La chacra es impecable. Los frutales están en flor pero no se ven tachos para control de heladas. “Estamos a la buena de Dios- explica su mujer - nunca usamos nada, el secreto es tener la chacra muy limpia, sin pasto verde, asentada y mojada la tierra. Hoy tenemos cerca de 220 hectáreas en distintas zonas del Valle y creo que un solo año perdimos la cosecha por una helada. No hacemos humo, estamos en las manos del Señor”.
Brígida, quien acompaña a Antonio hace más de cuarenta años, cuenta que lo conoció un día de primavera. Ella había llegado a Allen desde Chaco con su familia. Su padre - inmigrante ruso alemán- era empelado. Cuando conoció a su esposo él tenía 20 años más que ella, y era el único soltero de la familia. Se casaron y tuvieron 5 hijos, dos varones y tres mujeres. Pero no sólo eso, sino que parieron una legión de chacareros. Todos siguieron la tradición familiar y se dedican a la chacra. Todos viven en Allen, excepto una hija que vive en El Bolsón. Brígida y Antonio siguen residiendo en su chacra y tienen 11 nietos de distintas edades que los acompañan con frecuencia.
“Cuando lo conocí a Antonio- recuerda Brígida-todavía hacían alfalfa, trillaban la habichuela, y aquí nos quedamos cuando nos casamos. Cuando comencé a frecuentarlo acá, las mujeres comían los asados en la cocina y los hombres afuera. Yo cambié esa costumbre. También traje el hábito de hacer el pinito de Navidad y los huevos de Pascua, cosas que no hacían estos españoles (risas)...”
Ahora la chacra la trabajan los hijos. “Están todos vinculados al asunto”- afirma Antonio- a quien le consultan sobre las grandes decisiones. El, por su parte, los deja hacer, confía en sus hijos. “Además es bueno para que sepan lo que sé”, afirma con un español del sur que no lo abandonó jamás.
En 1986, y tras una vida entera en este país, Antonio volvió al pueblo que lo vio nacer. “Mis padres no pudieron volver. Mi madre me detallaba todo el pueblo de Jubiles, la higuera que asomaba sobre tal roca, la callecita, la casa de ellos...” Y todo eso vieron al llegar, tal como lo conservaron en el recuerdo sus padres. “Jubiles es un pueblo detenido en el tiempo- relata Brígida- lleno de gente mayor, los jóvenes sólo vienen de visita los fines de semana. Conocimos a una viejita que tenía 90 años y le contaba a mi marido que cuando ellos partieron a América su abuela lloró mucho. “¡Lo que ha llorado tu abuela por su niña...!”, repetía la anciana. Aquella mujer nunca volvió a ver a su hija. Escena que vivieron millones de inmigrantes.
El 5 de setiembre Antonio cumplió 87 años. Cuenta Silvia, su sobrina, hija de Falucho, que su tío siempre fue un innovador, un adelantado en su tiempo, un visionario, inteligente pero también intuitivo y muy trabajador “Tiene una voluntad increíble de hacer cosas, siempre decíamos en la familia que es la sumatoria de todos los espíritus de los Martínez. ¡Es incansable! Además es alegre y un gran lector”. “Se hizo tiempo para todo- agrega su mujer- hizo todo lo que quiso, y hasta vio crecer a sus nietos”
Antonio agrega que si bien ha tenido muy buena salud porque nunca fumó, ni tomó alcohol, ni tuvo vicios; en realidad, no es verdad que haya hecho todo lo que quiso. “Yo podría tener la mejor estancia de La Pampa-afirma- pero no me han dejado. Tuve una buena oportunidad pero venía con un hombre que quería administrarme, y yo no puedo con eso. No me gusta que me manden. Digamos que tuve más tierra de la que imaginé, pero me quedé con ganas de dedicarme a la ganadería. Esto es muy sacrificado, y si la fruticultura no la hacés bien, no va. Pero bueno, ellos están a tiempo, quizá alguno de mis hijos pueda cumplir mi sueño de ser chacarero pero con vacas (risas)”.

SUSANA YAPPERT
sy@patagonia.com.ar

 
 
 
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