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Domingo 2 de enero de 2005
“Estamos aislados, como el gaucho de Sarmiento”
Por encargo de la Real Academia Española, Angela Di Tullio trabaja 15 horas por día en su casa de Alta Barda, en Neuquén, en el análisis de los problemas que plantea el hablante en español, que es el desfasaje entre su pensamiento y su prosa lingüística. Además, amplía la cuestión de qué se trata hablar mal.

Angela Di Tullio trabaja 15 horas diarias en la investigación y la escritura de una gramática que le encargó la Real Academia Española. El precedente más cercano de una labor similar, aunque se trató de un esbozo, data de 1973. La ciclópea tarea consta de dos partes: en España, el filólogo Ignacio Bosque le da forma al compendio “erudito”, el libro que será acervo y última consulta para los hispanohablantes de todo el mundo. En América, Di Tullio, en su cálida casa del barrio Alta Barda de esta ciudad, rodeada de libros, trabaja on line con el profesor de la Universidad de Salamanca Julio Borrego. Ambos se encuentran entregados a la elaboración de un compendio dirigido a un público más amplio, que abarca a profesores, periodistas y hablantes con dudas, sí, pero con más inquietudes por develarlas. Primero junto a un ventanal resplandeciente de sol de diciembre, y luego en un jardín donde pasa buena parte de su tiempo cuando no escribe, Angela dice que uno de los problemas más serios de los hablantes en español “es el desfasaje entre su pensamiento y su prosa lingüística”; afirma que la imposibilidad de acceso a las palabras a través de la lectura y el acotamiento de la conversación remiten al “discutido concepto de barbarie” planteado por Sarmiento en su Facundo; y que, en definitiva, no habla mal quien se expresa con un vocabulario pobre o utilizando “improperios, sino quien no puede expresar claramente sus ideas”. Por otra parte, plantea un modelo de hablante ideal, que utilice “sus propias palabras” para expresar una visión del mundo, “que en cada caso es única e insustituible”.
-Usted dijo en una entrevista que la lengua hablada tiene que ver con lo espontáneo, con lo creativo y con lo cambiante. ¿Cuál es la preponderancia que, en esta conformación del lenguaje, tiene una situación social dada?
-El problema más complejo es la cantidad de gente que no tiene acceso a la escuela, que tiene lamentablemente una posibilidad reducida de reflexionar sobre la lengua, a veces a la alfabetización. Y esa falta de posibilidades supone una gran limitación para la comprensión y acceso a otro tipo de comunicación. Pienso en Sarmiento cuando plantea en el Facundo el tema de la barbarie como situación de falta de comunicación, fundamentalmente. Piensa en el gaucho, solo, en un territorio donde no hay sociabilidad. Y en definitiva, piensa Sarmiento, en este medio no es posible la democracia, que supone la discusión y la confrontación de ideas, y la capacidad para hacerlo.
-¿La barbarie es un concepto disociado de la idea de soledad como forma de acceso al mundo?
-La soledad en sí misma puede proporcionar la posibilidad de enriquecimiento si se está rodeado de libros, si se tiene acceso a ellos. Si se tiene la posibilidad de tener pocos interlocutores, y también la de desarrollar formas de conversación incluso con uno mismo. No será la forma más ideal, pero...
- ...le anda cerca...
-... (risas) como decía Machado: “El que habla solo espera hablar con Dios un día”. Pero hay muchos jóvenes que no pueden tener esta experiencia. Pensemos en las posibilidades del 60% de los jóvenes bajo la línea de la pobreza. Que no tienen acceso a libros. Y en el hecho de que no tengan la posibilidad de habituarse a las bibliotecas populares.
- ¿La falta de acceso a las palabras es un cercenador de la experiencia sensitiva?
- Hay un libro muy bonito de una poeta, Ivonne Bordelois, que se llama “La palabra amenazada”. Allí habla de la escasa presencia de la poesía en los chicos, que ya no aprenden la poesía de memoria. Y este también es un tesoro de la cultura que se recibía en la escuela, en la familia. Era la transmisión de cultura histórica y tradicional a través de la poesía. Esas palabras remiten a la experimentación del conocimiento. Y desde ese punto de vista, la falta de acceso a este conocimiento es falta de acceso a la sensación propuesta por el conocimiento. Tomando esta idea, puede decirse que la falta de acceso a las palabras muestra ciertas brechas en la experimentación de la democracia de la sensaciones, que no es otra cosa que la democracia en un sentido amplio.
- ¿Qué es hablar mal?
-Yo estoy de acuerdo con lo que decía Sarmiento sobre qué es hablar mal. Hablar mal es no saber expresar el pensamiento, no tener las herramientas adecuadas para hacerse entender. Para poder decir lo que uno quiere. A veces esas limitaciones hacen que nuestra lengua sea pobre, que no tengamos las palabras. En ocasiones yo lo veo entre mis alumnos universitarios. No saben organizar su discurso en oraciones que tengan forma y estructura. Los discursos quedan como algo amorfo. Pero no creo que hablar mal sea incurrir en un error. Aunque por supuesto sería preferible no ser dequeístas ni conjugar mal los verbos. Pero el problema más serio es el desfasaje entre el pensamiento y la prosa lingüística.
-¿Hay una relación entre este desfasaje que señala y el desmesurado volumen de acceso a la información? ¿Incide esto en el habla?
- No lo sé. Yo le daría más importancia a que se habla poco. La conversación está muy restringida. Se prefiere mirar televisión o chatear a mantener una conversación cara a cara. Y las dos maneras de nutrirse lingüísticamente son la conversación y la lectura. Una conversación que no sea simplemente intercambio de interjecciones, “hola”, “chau”. Sino una en la que se hable del mundo de uno, de nuestras preocupaciones y nuestros miedos; una conversación auténtica. Y por supuesto la lectura. El principal peligro, creo, es la reducción de nuestro universo lingüístico. Pese a que recibimos una gran cantidad de información, estamos como el gaucho de Sarmiento, aislado en su rancho pese a que estamos rodeados de tanta gente y ruidos.
- El escritor Jorge Fontanarrosa en el III Congreso de la Lengua, en Rosario, pidió una “amnistía para el uso de las malas palabras”. ¿Usted está de acuerdo?
- Estuve en la mesa donde hizo el planteo. Me resultó muy gracioso y simpático. Estoy de acuerdo en que las malas palabras no son peligrosas ni son realmente desdeñables. Lo que pasa es que un vocabulario reducido a malas palabras pierde todo el efecto que tiene una mala palabra dicha en el momento oportuno y con la contundencia del caso. Porque la mala palabra tiene también una connotación de cercanía y hasta de confianza. Pero seguramente tendrá que ver con ciertas prácticas sociales muy diferentes a las que antes eran habituales. En algunos lugares se da más que en otros, y uno no puede dejar de pensar en el nivel de agresión que impera en cada sociedad como el disparador de la utilización del improperio como lazo de cercanía.
- ¿Cómo definiría el lenguaje de la televisión, si tal cosa es posible?
- Mi universo televisivo es muy reducido. Pero observo que hay más vulgaridad que grosería. Aunque generalmente van juntas. Pero la vulgaridad en el sentido de chatura de pensamiento, chatura de posibilidades, de falta de creatividad, eso es lo que me parece más peligroso. Volviendo a lo anterior, no me parece preocupante que se digan malas palabras. Pero sí ese nivel medio de vulgaridad, de falta de expresión espontánea, de falta de salir de lo estandarizado. Aunque es algo que no sólo se ve en la televisión.
- ¿Por qué decidió ser lingüista?
-Siempre fui una lectora voraz. Mis padres eran italianos y hablaban cocoliche. Yo tenía conciencia de que mi español era muy reducido, que tenía dificultades tanto para expresarme oralmente como por escrito. Recuerdo que a mí me ponía muy nerviosa hablar en público. Elegí la carrera de Letras por literatura. No por lingüística. Pero con el tiempo entendí que la literatura me gustaba más leyéndola por mi cuenta. No aprendiéndola en las clases ni enseñándola. Preferí mantener mi placer por la lectura como una actividad personal. Y dedicarme a la lingüística que me resulta con objetivos más claros, incluso con la percepción de que puedo ayudar más.
-¿Qué no le gustó de la enseñanza de la literatura en la universidad?
-Ver la indiferencia de alumnos frente a obras que yo adoro. Esa falta de entusiasmo frente a obras literarias me resulta mucho más insoportable que percibir que a alguien no le interesa nada sobre el objeto directo. Me siento mucho más cómoda enseñando lingüística. Es una actividad muy interesante porque tiene un aspecto lúdico y un aspecto científico. La labor del gramático tiene muchísimo de descubrimiento, y de relacionar los usos lingüísticos y sus estructuras.
-¿Usted considera que está menospreciada la gramática como una herramienta de pensamiento?
- Bueno, yo trabajo hace muchos años en gramática. Creo que la escuela tradicional que tenía como base la educación lingüística, la gramática y la literatura, acertaba. Era correcta su percepción de qué es lo que forma a un joven. Porque por una parte la literatura es la que enseña el vocabulario, las formas de expresión, el placer, los grandes obras de nuestra lengua. Y por otra parte la gramática nos ayuda a reflexionar sobre lo que estamos leyendo. Es una herramienta fundamental para corregir lo que uno escribe. No sé cómo los chicos pueden corregir su propia producción sin tener los mínimos elementos de gramática. Me parece que la escuela no proporciona las herramientas que pueden ser útiles.
- ¿Hay un modelo de hablante?
- Creo que en la medida en que tratamos de hablar honestamente, con un vocabulario de palabras que elegimos, cuyo significado conocemos, no tergiversamos, y tratamos de que nuestro pensamiento se refleje en lo que estamos diciendo, vamos a hablar bien. Esa me parece que es la idea. Por supuesto que si pudiéramos hablar como Carlos Fuentes o como Héctor Tizón, se nos sentiría mucho más seguros, mucho más elocuentes, pero nuestro objetivo es decir lo que tenemos que decir. Es como decía Borges: dar con nuestra voz. Cada uno tiene su voz, sus palabras y sus maneras de expresarlas, y tiene que buscar esa voz.
- ¿Y cómo se busca?
- Se busca tratando de conocer, eligiendo las palabras. Borges decía que ya sabía cuáles eran las palabras suyas. Las que tenían una connotación para él, las que evocaban sus sentimientos e ideas. (Mempo) Giardinelli creo que decía que los argentinos tenemos un vocabulario muy restringido, que utilizamos unas 1.000 palabras. Yo, por supuesto, trato de ampliar el vocabulario. De esta manera puedo entender mejor lo que leo y puedo captar matices y puedo expresarme con más precisión.
- ¿La riqueza lingüística sólo consiste en la cantidad de palabras que uno utiliza?
- No sólo se trata de manejar una gran cantidad de palabras. Porque alguien con un vocabulario muy reducido puede expresarse correctamente si conoce el significado de esas palabras. Si las utiliza para expresar lo que tiene que decir cuando lo tiene que decir. Como decía José Hernández, lo importante es tener que decir algo que sea auténtico, que tenga que ver con nuestra manera de ver las cosas, con nuestra reflexión, con nuestra manera de ver el mundo, y esa forma de expresarnos es única e insustituible.
- ¿Por qué se tardó tanto en hacer una nueva gramática?
- Es complicadísimo. Esta gramática comenzó a proyectarse en el 2000. Pero el trabajo comenzó a funcionar a pleno hace dos años. Y se espera que esté terminada en un año y medio más. La confección total tardará entre tres y cuatro años. Para tener un parámetro: en Inglaterra se publicó la gramática de la universidad de Cambridge, y se tardó 11 años trabajando todo un equipo. Tener una gramática actualizada realmente requiere del uso de un corpus. Se investiga en corpus orales y escritos de todos los países hispanohablantes. Entonces es un trabajo arduo.
-¿Cómo es el proceso de producción?
- Por ejemplo, en la gramática erudita, que está escribiendo Ignacio Bosque, cuando él termina un capítulo, es revisado por consultores españoles y americanos. Yo estoy como consultora en el Cono Sur. Luego pasa a las academias americanas, a todas las academias, y luego se realiza una reunión interacadémica de la que participan los representantes de las academias y los consultores. Luego recién se aprueba. Es un trabajo realmente muy arduo y complejo.
-¿Cuáles son las obras que le interesan especialmente, esas que no soporta se desprecien?
-Miles, pero en la literatura argentina, por ejemplo, las de Borges y Arlt. Del siglo XIX me gusta Sarmiento; en el siglo XIX, los franceses y los rusos; del XX leí mucha literatura italiana. También los clásicos españoles que leí en la universidad, porque no los había leído sola. Y eso se lo agradezco a la universidad, que me haya dado una cultura lingüística que como autodidacta no tenía. Y bueno, también la literatura griega y latina. Hice la especialización en lenguas clásicas. Y por supuesto que hay autores que no me gustan tanto.
-¿Cuáles?
- No sé en este momento. No los tengo presentes en este momento.
Sí que hay, ¿eh? No me interesa por ejemplo la Ciencia Ficción. Tampoco me interesa demasiado la literatura vanguardista. Sí leo más prosa que poesía. Estuve releyendo Pedro Páramo (de Juan Rulfo), y me dejo para el verano “El Quijote”.
Luego de decir esto va a una de las salas de su casa, y vuelve con la flamante edición cuarto centenario en sus manos. La ofrece con gusto.
- Desde hace un tiempo se puede constatar una tendencia a la difusión globa del español...
- Sí y dentro de esta tendencia algunas cifras interesantes. El 90% de hablantes en español somos americanos. La incidencia del español europeo es muy reducida en términos de la utilización del idioma. En Europa ocupa el quinto lugar, detrás del italiano. El gran peso del español está en América. Y esta conciencia ha ido ganando terreno en todos los países del mundo.

Fernando Castro

 
 

 

 

 

 

 

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