¿Qué
habrá hecho Nicolas Sarkozy, la tarde del 12 de julio
de 1998, mientras millones de franceses celebraban el haber
ganado el Mundial en casa? Sí sabemos lo que hizo Jacques
Chirac, el presidente de entonces y de ahora. El también
celebró el éxito de una selección francesa
que era el ejemplo de integración de las minorías
raciales en ese país. “Una selección tricolor
y multicolor”, decía. Africanos, caribeños,
asiáticos y oceánicos, todos enfundados de azul
y entonando la ‘Marsellesa’, llevaron al fútbol
francés a su primer título mundial. Casi ocho
años después, aquel espejo es hoy un espejismo.
El 27 de octubre pasado, miles de hijos de inmigrantes, de
tercera y cuarta generaciones, tomaron por asalto los suburbios
norteños de París y en su manifiesto escrito
con mucho fuego no hubo espacio para metáforas. Le
devolvieron al propio estado francés la violencia que
ese estado ejercía sobre ellos.
Entonces fue el turno de Nicolas Sarkozy, en 1995 rival de
Chirac en las elecciones presidenciales, ahora ministro del
Interior de su vencedor. ‘Sarko’, como lo apodan
a él, les respondió llamándolos “escoria”
y prometió “limpiar los suburbios con ‘Kärcher’”,
una manguera de alta presión. Lo que siguió
fueron tres semanas de violencia y fuego. En palabras de Sami
Nair: “La cólera espontánea estalló,
la desesperación se convirtió en violencia callejera”.
ORIGEN DE UNA REVUELTA
El 27 de octubre de 2005, el fútbol, Chirac y Seine-Saint
Denis volvieron a cruzarse.
La tarde de aquel día, al término de un partidito
en un descampado, un grupo de jóvenes musulmanes que
se dirigían a sus casas fueron interceptados por policías.
Seis de ellos fueron detenidos y tres escaparon. Perseguidos
por los agentes, corrieron por una cantera hasta llegar a
una central eléctrica, treparon la valla para ocultarse
y, una vez dentro, dos de ellos murieron electrocutados.
La chispa no sólo encendió sus cuerpos, también
las miles de almas excluidas y marginadas, portadores de rostros
y nombres magrebíes, subsaharianos, musulmanes. Esos
hijos de inmigrantes que ya no se sienten franceses, por detestar
el pasado colonialista del país y las discriminaciones
que sufren a diario en una sociedad cada vez más temerosa
de una inmigración en aumento.
Con Chirac hecho cenizas por el fuego rebelde, Sarkozy, su
populista ministro del Interior, entró en acción.
En tres semanas de furia callejera, se quemaron casi 10 mil
autos y se multiplicaron los enfrentamientos entre los hijos
de inmigrantes y las fuerzas de choque de la policía
de ‘Sarko’. No hubo reivindicaciones étnicas,
ni religiosas, ni fundamentalismo alguno. Aquella postal de
los días mundialistas felices de junio de 1998 parece
no representar la realidad social actual.
Quizás el primer gran desencanto se produjo en 2001,
cuando Francia se enfrentó a Argelia en el Stade de
France, de Saint Denis. Allí, varios franceses de origen
norafricano abuchearon la Marsellesa, antes del partido. Luego
invadieron el campo y obligaron a suspender el partido.
En 2006, la tendencia ‘multicultural’ del equipo
que irá al Mundial de Alemania se profundizó
(ver info). También las diferencias socioculturales,
pero fuera de la cancha. “La gente dice que el equipo
nacional francés es admirado por todos por ser ‘black-blanc-beur’
(negro, blanco, árabe). En realidad, el equipo es hoy
‘black-black-black’, lo que nos transforma en
el hazmerreír de Europa”, opina el filósofo
Alain Finkielkraut, a partir de los sucesos violentos de los
suburbios parisinos. Para Sarkozy, los dichos de Finkielkraut
son “palabras justas”.
LA REACCION EUROPEA
Pero no sólo en Francia ocurre. El Frente Nacional
de Portugal ya anunció que se manifestará el
11 de junio, cuando la selección de ese país
se enfrente a Angola, una ex colonia portuguesa. También
en Alemania, donde dos futbolistas negros fueron convocados
por el entrenador Jurgen Klinsmann para disputar el Mundial
propio: los ghaneses Gerald Asamoah y David Odonkor. En el
país organizador del Mundial, la extrema derecha se
queja por la presencia de jugadores de raza negra en el plantel.
“Blanco, algo más que el color de una camiseta:
por una auténtica selección nacional”.
Tal es la frase de propaganda del Partido Nacional Democrático
Alemán.
“Quién se puede entusiasmar con esta selección
si no hay alemanes”, se pregunta desde otra propaganda
xenófoba la ultraderecha. A último momento quedaron
fuera del plantel mundialista –exclusivamente por razones
futbolísticas– Patrick Owomoyela, nacido en Hamburgo
pero hijo de nigerianos, y Kevin Kuranyi, nacido en Brasil.
El Mundial ganado en 1998 fue un duro golpe para Jean Marie
Le Pen, líder de extrema derecha francesa, quien había
desacreditado al equipo antes del éxito: “Son
un grupo de mercenarios extranjeros que no cantan la Marsellesa...”
Durante la campaña electoral para las presidenciales
de 2002, Zinedine Zidane protagonizó una campaña
publicitaria en contra de Le Pen, que finalmente perdió
en segunda vuelta. Sin embargo ya eran tiempos de cierto desencanto
respecto de la selección multicultural. De la ilusión
de una Francia multirracial se estaba pasando a una Francia
real, que incubaba una rebelión de los excluidos recluidos
en los suburbios del norte parisino, el mismo lugar donde
nació y se crió la mayoría de los futbolistas
negros de la selección de 1998 y de la actual. También
Lilien Thuram reaccionó. El defensor, miembro del Consejo
Superior de Francia para la Integración, le respondió
a Sarkozy: “Yo no soy escoria. Yo también crecí
en los suburbios. Tal vez Sarkozy no sabe lo que dice. Yo
lo tomo como si me lo hubieran dicho a mí”, apuntó
Thuram, quien nació en la isla Guadalupe, en las Antillas,
pero que fue criado en Francia.
Para la mayoría de los africanos, el fútbol
es la mejor carta de presentación para acceder sin
restricción alguna a una confortable vida en Europa.
La pregunta duele, pero ¿qué sería de
Claude Makelele o el propio Thuram si no hubieran sido tan
buenos futbolistas? ¿Qué vida llevaría
hoy Zidane si no fuera el crack que es? ¿Qué
tan difícil le resultaría conseguir trabajo
llamándose Yazid Zinedine? Quizás la declaración
más cruda le pertenezca al camerunés Samuel
Eto’o: “Vine a correr como un negro para vivir
como un blanco”, dijo cuando fue contratado por el Barcelona.
Muchos descendientes de africanos se transforman en millonarios
por sus habilidades futbolísticas, otros tantos sufren
hambrunas, persecuciones y marginalidad, dentro y fuera de
Africa. En la última semana se volvieron a producir
incidentes en los suburbios de París, aunque de menor
intensidad. A cinco días del inicio del Mundial, ¿podrá
el fútbol esta vez? (Fuentes: bbc.co.uk; diario
“La Nación”, agencia DPA)
JUAN MOCCIARO
jmocciaro@rionegro.com.ar
‘Más escuelas’
“París no es un episodio de explosión
islámica. (...) Es una revuelta de las periferias degradadas
donde se han condensado los árabes y magrebíes,
pero el motivo es la frustración, la rabia, la desocupación
y sentirse discriminados”.
“Ellos (los descendientes de árabes y magrebíes)
dicen que son franceses, pero tendrían que preguntarse
a sí mismos si lo sienten de esa forma. Un pasaporte
no te hace perteneciente a un lugar. (...) No es la nacionalidad
jurídica la que cambia a las personas...”
“No alcanza con dar pasaportes para crear buenos ciudadanos.
Una solución posible es la escuela pública para
las generaciones sucesivas. Todos tienen que ir a la misma
escuela pública y no debe haber más escuelas
privadas, que son las que crean diferencias”.
“Europa está compuesta por países multiculturales
de hecho; en lo fáctico lo son. Lo que yo critico es
la ideología multicultural. Como ideología,
el multiculturalismo fue un invento norteamericano de los
’60. Y predica el aislamiento cultural, crea una sociedad
de guetos”.
(Del politólogo italiano Giovani
Sartori al diario “Clarín” del 13 de noviembre
de 2005) |