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Domingo 07 de agosto de 2005
RIVADAVIA VS. IGLESIA CATOLICA
“Del sapo del diluvio libéranos Señor”
Hombre de talento y voluntad creadora, Rivadavia encaró una reforma eclesiástica que partió al clero en dos, teniendo en el cura Castañeda a uno de sus más despreciativos enemigos.

En materia de descalificar al otro, la Argentina tiene pergaminos difíciles de superar.
- ...esa pobre infeliz analfabeta -dijo de Eva Perón Ezequiel Martínez Estrada.
De “loco, viejo agresivo y clown anquilosado”, calificó a Domingo Faustino Sarmiento el diario “Sud América”.
Y cuando Juan Bautista Alberdi se opuso a la guerra del Paraguay, a “La Nación” también se le saltó la cadena y lo acusó de “sicario”, “renegado” y, por supuesto, “traidor”.
Ya en 1820, enancándose en la fealdad de Bernardino Rivadavia, sectores recalcitrantes de la Iglesia Católica lo identificaron como “sapo del diluvio”.
Sí, don Bernardino era feo.
Como expresión estética, su físico adolecía de déficit irreparables. Petiso. Barrigón. Labios gruesos tipo Angelina Jolie pero sin ser Angelina Jolie. Testa grasienta poblada de rulos rebeldes aplacados a pura laca. Y a modo de remate, brazos cortos a los que ningún sastre de Buenos Aires acertó jamás situar en un estándar de mangas.
O sobraba o faltaba.
Hijo de gallegos. Pero con flechazos de mestizaje viboreando por los pliegues y repliegues de su genética.
Talentoso ya de pibe, siete años entre Londres y París enriquecieron su espíritu liberal. Y lo ratificaron en su convicción de luchar contra la voz de la sinrazón que se imponía en la inarticulada Argentina que arrancaba en 1820.
Y Europa lo devolvió con insólitos sueños de ser coqueto, proyecto imposible. Zapatos con hebillas de plata. Calzas de seda. Pañuelos de vetustos bordados y varias docenas de bastones que blandía con destreza a la hora de templar sus reflexiones. Y le servían para mantener el equilibrio en noches de aguardiente en la barrosa Buenos Aires.
Agrio de carácter y de sólida formación intelectual, ya en el poder Rivadavia aceleró los pasos para rescatar a la Argentina de la seducción hacia la barbarie a que se deslizaba.
Fracasó en mucho, por supuesto. Demasiado para tanta pasión desaforada dando vueltas con ganas de matarse.
Pero fue un hacedor.
Reflexionando desde aquella perspectiva, ya como presidente o como miembro del gobierno de Martín Rodríguez, Rivadavia expresó un proyecto estratégico fundado en principios de modernización.
Y aun en sus diferencias, su pensamiento se imbricó con mucho de la Generación del ’37, aunque sin apego al romanticismo. Luego sus ideas se encadenaron con Alberdi, Sarmiento y, más acá, el mismo Carlos Pellegrini.
Despreciado por lo más demagogo del estereotipado nacionalismo vernáculo -lo acusó de “vende patria”- Rivadavia fue acunado en las franjas de espíritu más universal que anida en el pensamiento argentino.
Hombre de pulida ironía, ya en el poder Rivadavia embicó duro sobre la Iglesia Católica.
Desató una reforma eclesiástica que rápido se transformó en lo que María Sáenz Quesada definió como “el más controvertido de los emprendimientos” que encaró.
Y claro, en ese camino tocó lo que generalmente se define como la “víscera más sensible” del humano: el bolsillo, en este caso, de la Iglesia Católica.
En su renovada edición de “La invención de la Argentina”, el americano Nicolas Shumway dice que Rivadavia “hizo un problema de la intromisión de la Iglesia en cuestiones materiales, lo que constituía la debilidad más vulnerable y delicada” del poder eclesiástico.
“Desde épocas coloniales -dice Shumway- el real vigor económico de la Iglesia estaba primordialmente en manos de las órdenes monásticas, que con los años adquirieron enorme propiedades, desde tierras a pequeñas fábricas. Además, los servicios sociales (escuelas, hospitales, asilos, orfanatos) eran terreno exclusivo de las comunidades religiosas, que solían competir entre sí por riqueza, prestigio, influencia y nuevos miembros. Vinculadas con las órdenes madres de Europa, las órdenes argentinas siguieron su propia ley, a tal grado que inclusive el clero no monástico se alarmó de su independencia. El poder de las comunidades monásticas había sido atacado desde tiempo atrás por los liberales argentinos; en el segundo número de ‘El Argos’, por ejemplo, un autor anónimo fantasea con que algún día viajeros curiosos mirarán las ruinas de los monasterios como ‘monumentos de la mudable opinión del hombre’. Como la mayoría de los liberales, Rivadavia vio tres fallas en la organización social y económica de la Iglesia: ineficiencia, anacronismo y petrificación. En su opinión, la institución social de la Iglesia caía bajo la dirección del Estado moderno. Sus reformas, entonces, estuvieron dirigidas a los aspectos socioeconómicos de la Iglesia y tenían poco o nada que ver con la doctrina”.
Así, Rivadavia abolió fueros que -por caso- permitían a la Iglesia Católica tener sus propios tribunales de justicia, confiscó propiedades, redujo conventos y siguió por aquí y por allá arremetiendo contra feudos eclesiásticos.
En esa tarea, dividió a la cúpula eclesiástica.
Se le sumaron -por caso- los curas Mariano Zavaleta, Julián Segundo de Agüero, uno de los intelectuales más interesantes del clero de la época, y el deán Funes.
Pero la reacción fue liderada por dos curas vehementes que bien podrían haber fungido de capellanes justificadores de los campos de concentración de la dictadura última: Cayetano Rodríguez y Francisco de Paula Castañeda.
Tan enojado estaba Castañeda, que escribió una letanía para que los feligreses manifestaran, misa mediante, su resistencia a las reformas rivadavianas. Un caso:
De la trompa marina - libera nos Domine.
Del sapo del diluvio - libera nos Domine.
Del ombú empapado en aguardiente - libera nos Domine.
Del armado de la lengua - libera nos Domine.
Del anglo-gálico - libera nos Domine.
Del barrenador de la tierra - libera nos Domine.
Del que manda de frente contra el Papa - libera nos Domine.
De Rivadavia - libera nos Domine.
De Bernardino Rivadavia - libera nos domine.
Kyrie eleison
Bernardino Rivadavia siguió en la suya.
Y ya de viejo, en Europa, se acordaría de Castañeda...
- Algo primitivo el hombre -dirá...

CARLOS TORRENGO
Redacción Central

 
 
 
 
Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.Todos los derechos reservados
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