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Domingo 24 de abril de 2004
Los abultados bolsillos del señor no van de la mano de la humildad
Con cada muerte de un Papa vuelve a hablarse de las riquezas del Vaticano, un tema sobre el cual se despliega mucho misterio y que el alto clero rodea de una pétrea reserva a la hora de investigarlo.

Por ALFREDO BLANCO (*)
Especial para “Río Negro”

La reciente elección del nuevo Papa ha reactualizado el interés general por las cuestiones del Vaticano. Aunque el perfil de Joseph Ratzinger aparece como claramente conservador, el tiempo finalmente develará la impronta que dejará su pontificado. Si Benedicto XVI será un Sumo Pontífice “progresista” o”reaccionario”, si su pasado como titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe lo marcó definitivamente como un inquisidor, si será capaz, como lo fue Juan Pablo II, de dejar una huella indeleble (para bien o para mal) en la historia de la humanidad son sólo algunos de los interrogantes a los que el devenir de los acontecimientos le dará respuestas. Respuestas seguramente opinables, pero respuestas al fin.
En cambio, la incógnita que difícilmente encuentre alguna vez contestación, por más años que pasen, por más Papas que pasen, sean estos progresistas o reaccionarios, es el referido a las cuestiones económicas del Vaticano.
Afirmaciones como las del Cardenal Sebastiani al presentar el balance del 2003, (“Si tuviéramos tanto dinero no tendríamos necesidad de sacar la mano para pedir ayuda…”) sólo pueden concebirse como un matiz más de la sutileza del discurso vaticano, pero generalmente alimentan más aún las leyendas (¿leyendas?) sobre la riqueza de la Iglesia.

“MI PEQUEÑO REINO ES EL MAS GRANDE DEL MUNDO”

El Estado de la Ciudad del Vaticano nació el 11 de febrero de 1929 como resultado de la firma del Tratado de Letrán que suscribieron el cardenal Pietro Gasparri secretario de Estado del Papa Pio XI y “…su Excelencia el señor caballero Benito Mussolini, primer ministro y jefe del Gobierno…” del reino de Italia.
Aquel 11 de febrero, cuando bajó de su Cadillac negro y echó a andar las escalinatas del Palacio de Letrán, el “Duce” comenzaba a cerrar definitivamente la “cuestión romana” surgida por la anexión de Roma al reino de Italia bajo la dinastía de la Casa de Saboya. Casi exactamente 59 años antes, un 20 de febrero de 1870, por orden de Víctor Manuel, Roma era tomada sin resistencia alguna, aunque el entonces papa Pio IX se negó a reconocer a la Italia unificada.
Mediante el tratado, Italia reconocía ahora la soberanía del Papa sobre la Ciudad del Vaticano y le daba carácter de extraterritorialidad a otras propiedades de la Santa Sede (como por ejemplo la villa de Castelgandolfo), declaraba que la religión Católica, apostólica y romana era el credo oficial del reino y la indemnizaba económicamente por las pérdidas sufridas a partir del desmembramiento de los estados pontificios. Como contrapartida, el Papa reconoció al estado de Italia, con Roma como su capital.
Las indemnizaciones económicas también fueron importantes; en un anexo del tratado, denominado Convención Financiera, Italia se obligó a abonar a la Santa Sede 750.000.000 de liras, y a entregarle también títulos de la deuda (con intereses del 5%) por el valor nominal de 1.000 millones de liras más.
La Iglesia, lejos el principal señor feudal de la Edad Media, recuperaba nuevamente su dignidad terrenal, volvía a disponer de soberanía política reconocida y esto no era poco. Un emocionado cardenal Gasparri no dudó en obsequiarle al líder fascista la pluma con que habían rubricado el acuerdo. Las campanas sonaron anunciando esta buena noticia que se había gestado en el más absoluto secreto. Pocas horas después, Pío XI afirmaba: “ Mi pequeño reino es el más grande del mundo”.
Refiriéndose a Mussolini, Pío XI llegó a decir: “Nosotros también hemos sido muy favorecidos: se necesitaba un hombre como el que la Divina Providencia puso en nuestro camino”. ¡Era música celestial para los oídos del ya encumbrado líder del fascismo italiano!
Desde entonces, el Estado de la Ciudad del Vaticano quedó estructurado bajo la forma que hoy la conocemos. En realidad ese Estado se configura como un ente distinto de la Santa Sede. La Santa Sede es el órgano de gobierno de la Iglesia Católica, la Ciudad del Vaticano es el ámbito físico en que se asienta ese gobierno.
En 1984 se firmó un concordato que modificó las relaciones establecidas en el Tratado, en particular en lo referido a que la religión católica dejó de ser el credo oficial, pero se reafirmó la soberanía absoluta de la Santa Sede, dentro de la Ciudad del Vaticano.
Finalmente en febrero de 2001 comenzó a regir la “Ley Fundamental de la Ciudad del Vaticano”, (que es su Constitución) que ratifica que el Papa es la cabeza de la Iglesia Católica y el soberano del Estado con la plenitud de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
En lo referido a la soberanía monetaria, aunque no forma parte de la Comunidad Económica Europea, el Vaticano tiene una autorización para emitir euros que en la cara nacional de la moneda llevan el rostro de Juan Pablo II.
Dicha autorización, avalada por una decisión del Consejo de la Unión Europea del 7 de octubre de 2003, establece un máximo de emisión de 1.000.000 de euros anuales, con un adicional de 300.000 euros en tres casos: el año en que quede vacante la Santa Sede, en cada Año Santo Jubilar y en el año de apertura de un Concilio Ecuménico.

LAS RIQUEZAS DEL VATICANO

En los años sesenta del siglo pasado, en Roma era muy popular una broma que hacía referencia a los imponentes automóviles negros en los que se desplazaban algunos dignatarios de la Santa Sede. Decían los romanos que las iniciales S C V (Stato Città del Vaticano), que llevaban inscriptas esos vehículos, en realidad querían decir: “¡Se Cristo vedesse!” (¡Si Cristo viese!). Es que el boato y lujo en las ceremonias y actos del Vaticano contrastan muy crudamente con las enseñanzas de austeridad y humildad que se predican y que forman parte de los valores de la doctrina del cristianismo.
Ello ha dado lugar a muchos intentos por “descubrir” la verdadera situación económica de este pequeño reino, pero las dificultades son virtualmente insalvables a la hora de lograr información oficial.
La mayoría de las investigaciones sugieren que, en las primeras décadas posteriores a la segunda guerra mundial, las inversiones del Vaticano se concentraban aún en Italia. Participaciones en sociedades anónimas, por cuestiones de discreción no siempre mayoritarias, constituían los principales componentes del menú de inversiones del Vaticano. En 1971, Corrado Pallenberg, autor de las biografías de Pio XII y Pablo VI, publicó “Las Finanzas del Vaticano”. En ese libro afirmó que las inversiones del Vaticano abarcaban desde bancos (Banca Cattolica di Venetto, Banca di Roma, entre otros) hasta empresas de diversos rubros (cemento, harinas, automóviles, mecánicas, inmobiliarias y construcción, tejidos, etc.).
En una dirección similar, Jesús Ynfante, en “La cara oculta del Vaticano”, indica que hubo compras significativas en empresas de muy diversos sectores económicos, como textiles, telefónicas, ferroviarias, cementeras, eléctricas y de servicios.
Pero paulatinamente, acompañando el proceso de internacionalización de la economía, los intereses del Vaticano se dirigieron a otros países (Estados Unidos fue uno de los mayores receptores de esas inversiones) y se reorientaron fuertemente hacia las colocaciones financieras.
Pío XII, el pontífice que ha dividido las opiniones sobre su conducta entre los que lo llaman “el Papa de Hitler” y quienes lo defienden a ultranza, creó en 1942 el “Istituto per le Opere di Religione” (Instituto de Obras Religiosas) más conocido como “el Banco del Vaticano”.
El artículo 11 del tratado de Letrán (“Las entidades centrales de la Iglesia Católica estarán exentas de toda ingerencia del Estado italiano…”) permite que este banco no tenga control de ningún organismo de autoridad monetaria italiana y ni siquiera hace públicos sus balances o informes de situación económica.
Esta institución adquirió notoriedad en los años ochenta por el escándalo de la quiebra fraudulenta del Banco Ambrosiano de Milán. Su principal director, Roberto Calvi, conocido como uno de “los banqueros de Dios” por sus relaciones con el Vaticano, huyó de Italia perseguido por la justicia y apareció colgado de un puente en Londres. Quien presidía por entonces al IOR, el Cardenal Marcinkus (cargo en el que estuvo durante 17 años), quedó envuelto en el sonado caso por las vinculaciones financieras con Calvi y el Ambrosiano.
También tomaron estado público las relaciones del cardenal-banquero con Michele Sindona, acusado de quiebra fraudulenta y homicidio, entre otros cargos. Sindona fue condenado y en 1986 murió en la cárcel, en sospechosas circunstancias, al tomar una taza de café.
El Vaticano quedó entonces en el ojo de la tormenta desatada por la caída del Banco Ambrosiano que sacó a la luz todas esas relaciones. Su posición frente a la ley italiana aparecía como muy comprometida y ademas las complicidades entre “los banqueros de Dios” y la mafia, la existencia de presuntas maniobras de lavado de dinero, las vinculaciones con la logia masónica P2 (del legendario Licio Gelli, ciudadano argentino por su “amistad” con Perón y López Rega) completaban un panorama que no podía ser peor para la Santa Sede.
Muchos sectores de la Iglesia, escandalizados por el caso, pedían medidas urgentes y drásticas por la audaz conducta de Marcinkus. Juan Pablo I, parecía decidido a investigar la cuestión a fondo. Su inesperada muerte, que dio lugar a algunas suspicacias, le impidió hacerlo. Con no pocos esfuerzos, quebrantos económicos muy importantes y elevadas dosis de “diplomacia vaticana” se logró gradualmente hacer pasar al olvido el incidente. Marcinkus tuvo una silenciosa retirada de su cargo recién en 1989 y así, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se fue “lavando” gradualmente la imagen del IOR.
El Papa creó una comisión de cinco cardenales para controlar el funcionamiento del IOR y evitar nuevos incidentes que le costaban al Vaticano prestigio y dinero. Después de la crisis protagonizada por los “banqueros de Dios”, la Santa Sede necesitó de auxilio financiero y de recursos humanos calificados en temas financieros.
Existen muchos indicios que permiten afirmar que el Opus Dei concurrió en auxilio de las finanzas de la Santa Sede, y que ello explicaría la presencia cada vez más importante de los hombres de “la Obra” en el poder Vaticano. Se citan como ejemplos al vocero Joaquín Navarro Valls y al reemplazante de Marcinkus, Eduardo Martínez Somalo.
La canonización, en octubre de 2002, de Josemaría Escrivá de Balaguer, creador del “Opus Dei”, seguramente también coadyuvó a mejorar las relaciones de los hombres del Opus con la autoridad vaticana.


LOS NUMEROS PUBLICOS DEL VATICANO

Más allá de los indicios y las certezas sobre el poder financiero y económico del Vaticano, los números oficiales son realmente muy modestos.
Y para colmo, el nuevo Papa se encontrará con un panorama no muy alentador.
Hasta la década de los noventa los resultados de las finanzas oficiales mostraron resultados muy negativos, el récord de déficit de 1991 llegó a 86 millones de dólares y a partir de allí se hicieron esfuerzos por revertir esa situación.
Se convocaron especialistas en cuestiones financieras y desde 1993, cuando se comenzó aplicar la obligación de que las diócesis de todo el mundo debían asistir a la Santa Sede (Canon 1.271 del Código de Derecho Canónico), se revirtió la situación e informes con superávit se presentaron desde entonces hasta el 2000.
Pero, en los últimos años, nuevamente el déficit caracteriza las estadísticas que informa el Vaticano. En el cuadro se muestran los resultados de los años 2002 y 2003, tanto de la Ciudad del Vaticano como de la Santa Sede, los que hizo públicos monseñor Sebastiani, Prefecto para Asuntos Económicos.
Todo hace suponer que los resultados del 2004, de los cuales ya informó Sebastiani a los cardenales en los días previos a la elección de Benedicto XVI, también serán magros.

RESULTADOS ECONOMICOS DEL VATICANO
(en millones de euros)

Cuando se le consultó a Sebastiani sobre cómo hacía la Iglesia para enjugar sus déficits, la respuesta del ministro de Economía del Vaticano fue que se cubren apelando al patrimonio propio. Ese patrimonio, por supuesto, no tiene cifras oficiales. En el año 2004, un funcionario de la Prefectura de Asuntos Económicos reveló que ese valor rondaría los 700 millones de euros y que muchas propiedades como la basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina carecen de valor real y son registradas con un valor simbólico de un euro.
Es por ello que así como se puede tener absoluta certeza de que la “barca de San Pedro” seguirá navegando, aun a pesar de las tormentas o de los pecados de quienes la conduzcan, lo que nunca se podrá saber es cuál es el verdadero valor económico de la barca. Es casi una paradoja que la contabilidad vaticana sea tan oscura habiendo sido el monje franciscano Fray Luca Pacioli el autor del “Tractatus particularis de computis et scripturis” (1494) de donde surgieron los principios de la partida doble, fundamento esencial de la contabilidad moderna.
(*): Departamento de Economía y Finanzas.
Facultad de Ciencias Económicas.
Universidad Nacional de Córdoba.

 

 
 
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