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Sábado 3 de junio de 2006
"El teatro, donde uno vive y se ve vivir"

Oscar Alberto “Lito” Cruz, con treinta y cinco películas en su haber, es el mismo gran actor que armó al dueño ciego de un bar que relata el asalto con túnel a las cajas de seguridad de un banco en Barrio Norte de Buenos Aires, en uno de los capítulos de “Botines” que canal 13 repuso en febrero; fue Quiroga en “Facundo, la sombra del tigre” (94) de Nicolás Sarquís; el diablo de la tira “El garante” que dirigió Sebastián Borenzstein; y tantísimos otros roles que vistió y calzó este natural de Berisso (1941). Desde el viernes 10 de febrero y hasta fines de marzo, la obra que interpreta y dirige se mostró sobre al escenario del Teatro del Pueblo, a media cuadra del Obelisco. Ahora –entre otras muchas actividades– está de gira por el GBA.
Lito Cruz interpreta nada menos que ha José de San Martín, en “Guayaquil (El encuentro)” integrando una eficiente dupla con Rubén Stella, Simón Bolívar en el libro de Pacho O’Donnell.
“Al principio, cuando Pacho me llamó para dirigir ‘Guayaquil’, leí la obra y lo primero que pensé es que Rubén haga el Bolívar; para San Martín llamé a Patricio Contreras, Víctor Laplace, a (Antonio) Grimau, pero ninguno de ellos podía. A medida que pasó el tiempo, la concepción del texto apareció con mucha claridad en mí y, entre Pacho, Roberto Cossa, (Roberto) Perinelli y toda la gente del Teatro del Pueblo, me convencieron. Dije, allá voy y empecé a trabajar con cómo hacer para que ambos líderes fueran creíbles, para que Rubén y yo hagamos posibles personajes de tamaña envergadura. Desde la dirección, pensé mucho en los muebles, los objetos, los candelabros, las luces, la música, de tal modo que cuando entra el público ya esté presentado Guayaquil, el lugar del encuentro, las chaquetillas de ambos en los respaldares de dos sillas, sus espadas ya están... Stella y Cruz con ropa de época, están también –cada uno en sus pensamientos– de manera que el espectador vaya armando en su cabeza sus propios San Martín y Bolívar y comience a enterarse qué sucedió en aquel conclave de julio de 1822”.
–¿Cómo te corregiste a vos mismo, durante los ensayos o después del reestreno?
–(Ríe, meneando la cabeza) Lo hago todo el tiempo. Tengo amigos que vienen a ver la obra cada tanto y me van corrigiendo, me señalan tal o cual cosa, pero no es lo mismo que si otro me hubiese dirigido. Estoy más atento a Rubén Stella como director, que como actor. Lo que quise contar, lo tenía muy claro en mi ser y en la concepción –no sé si está logrado en la dimensión que pensé– es lo que le hicieron los americanos a San Martín. Lo destruyeron, las intrigas lograron que no lo quisieran en Lima, en Chile, ni en Argentina. Lo vapuleaban, lo acusaban, estaba enfermo, tomaba láudano, opio. Quise mostrar eso, que lo sufrieron Bolívar también y (Manuel) Belgrano.
–¿Cómo resolviste el personaje para que tu imagen se oculte dentro de la de San Martín?
–Por el lado de la sintaxis, de su modo de pensar. A través de sus cartas comencé a ver la depresión que tenía; tengo muchas de memoria. Y con el cuerpo, la única que queda es ponerte la ropa un mes antes, caminar con las botas, sentir la espada, la chaquetilla, como hacen los chiquitos cuando juegan y se disfrazan. El tránsito con uniforme permite empezar a imaginarlo; eso agregado a la manera de hablar, recurso que también usé cuando hice a Facundo en cine... (rememora Lito y su mirada se endurece). Cuando (Juan Manuel de) Rosas lo exhorta a amigarse con (Estanislao) López, Quiroga tenía una forma de nombrar la realidad particular y en lugar de responderle que estaba enojado, dice: “Tendría que tener la sangre tan helada como la nieve de la Cordillera de los Andes, para hacerme amigo del gigante de los santafecinos, el se quedó con mi caballo y nunca me lo devolvió...”. O sea (vuelve a la entrevista) esa manera de expresarse más la vestimenta arman el personaje y poco a poco el comportamiento va cambiando, en la voz, el caminar, una cantidad de elementos que van incorporándose lentamente. Pero hay que trabajar mucho antes.
–Tu cuerpo es el instrumento.
–Lo difícil del actor es ser instrumento e instrumentista a la vez. El pianista puede estar deprimido, pero el piano está fenómeno esperando que unas manos lo hagan sonar. En nuestro caso, si el instrumentista está deprimido, también se deprime el instrumento. Uno debe lograr cierta distancia y se consigue con la experiencia. Yo vivo y me veo vivir, lloro y me veo llorar, un distanciamiento que en el actor ocurre sólo por la práctica; como el acróbata se ve dando el salto mortal y lo hace. El que no tiene distancia no puede hacer el fenómeno del teatro. Uno observa su llanto, clava la espada en Desdémona o la ahoga, pero le cuida el vestido, saca una bolsita de sangre de utilería que hay detrás de ella y la oprime mientras llora y se emociona. Eso es la maravilloso del teatro, donde uno vive y se ve vivir. El actor crea realidades imaginarias como si fueran verdaderas. Y esto lo hace cualquier humano: alguien va a robar un banco pero actúa como si fuera un cliente; podemos estar deprimidos pero vamos a trabajar y, como los jefes te controlan con cámaras de televisión, si la depresión pasa a primer lugar es probable que te traiga inconvenientes en esta época donde quieren efectividad, alegría, sonrisa... Cada uno de nosotros está de determinada manera, pero la vida nos desafía a aparecer de otra, de lo contrario se puede perder el trabajo, no se logran los objetivos en una entrevista como ésta, no puedo dar bien un examen. En el teatro, la reacción es más grande para que se vea desde la última fila y el instrumento es mi propia voz, mi propio cuerpo. La fórmula secreta del arte de actuar es la capacidad de reaccionar para crear realidades ficticias como si fueran reales; las mismas que rodean al ser común, de lugar, de tiempo, fisiológicas, psicológicas, sociológicas y emocionales. Cuando el actor está en el escenario, el personaje está en el palacio. El actor es de origen humilde, la ropa hace que el espectador imagine un príncipe; el actor está contento porque tuvo un hijo, pero Hamlet tiene la cabeza psicológicamente distorsionada. Viste cuando dábamos examen y actuábamos como si estuviéramos pensado en la bolilla que nos tocó, interesados, y sólo buscábamos alguna pista para responder sin pifiarla. La reacción es la fórmula secreta y cuando –por entrenamiento y estudio– se aprende, independientemente del estado ánimo, a actuar como si fuera el personaje; es probable que en algunos casos se convierta en verdad y aparece lo que llamamos intuición o bajó el ángel, cuando se transforma en una realidad interna.
En los últimos días de abril, Lito terminó “La mitad negada” de Augusto Fernández, una producción chica en sociedad con el INCAA que fue escribiéndose a medida que se rodaba cronológicamente, donde actúan también Alicia Bruzzo y Adriana Aizemberg. También empieza otra con Eugenio Zanetti, el director cordobés que ganó el Oscar por el arte de “Restauración”. En el interín participó en el segundo largometraje de Fito Páez, “¿De quién es el portaligas?”, en Rosario; y sigue dando cursos en su estudio.
Hace diez meses una productora chilena compró los libretos de “El garante” a Borenzstein y José Levi. Armaron el elenco con actores del país hermano y, como no encontraron al diablo, llamaron a Cruz. Ya concluyó cuatro capítulos y está grabando dos más para “El aval”, como se denominará la versión tras la cordillera. Durante todo mayo “Guayaquil” siguió girando por nuestro país.

EDUARDO ROUILLET

 
 
Diario Río Negro. Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina.
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