Oscar
Alberto “Lito” Cruz, con treinta y cinco películas
en su haber, es el mismo gran actor que armó al dueño
ciego de un bar que relata el asalto con túnel a las
cajas de seguridad de un banco en Barrio Norte de Buenos Aires,
en uno de los capítulos de “Botines” que
canal 13 repuso en febrero; fue Quiroga en “Facundo,
la sombra del tigre” (94) de Nicolás Sarquís;
el diablo de la tira “El garante” que dirigió
Sebastián Borenzstein; y tantísimos otros roles
que vistió y calzó este natural de Berisso (1941).
Desde el viernes 10 de febrero y hasta fines de marzo, la
obra que interpreta y dirige se mostró sobre al escenario
del Teatro del Pueblo, a media cuadra del Obelisco. Ahora
–entre otras muchas actividades– está de
gira por el GBA.
Lito Cruz interpreta nada menos que ha José de San
Martín, en “Guayaquil (El encuentro)” integrando
una eficiente dupla con Rubén Stella, Simón
Bolívar en el libro de Pacho O’Donnell.
“Al principio, cuando Pacho me llamó para dirigir
‘Guayaquil’, leí la obra y lo primero que
pensé es que Rubén haga el Bolívar; para
San Martín llamé a Patricio Contreras, Víctor
Laplace, a (Antonio) Grimau, pero ninguno de ellos podía.
A medida que pasó el tiempo, la concepción del
texto apareció con mucha claridad en mí y, entre
Pacho, Roberto Cossa, (Roberto) Perinelli y toda la gente
del Teatro del Pueblo, me convencieron. Dije, allá
voy y empecé a trabajar con cómo hacer para
que ambos líderes fueran creíbles, para que
Rubén y yo hagamos posibles personajes de tamaña
envergadura. Desde la dirección, pensé mucho
en los muebles, los objetos, los candelabros, las luces, la
música, de tal modo que cuando entra el público
ya esté presentado Guayaquil, el lugar del encuentro,
las chaquetillas de ambos en los respaldares de dos sillas,
sus espadas ya están... Stella y Cruz con ropa de época,
están también –cada uno en sus pensamientos–
de manera que el espectador vaya armando en su cabeza sus
propios San Martín y Bolívar y comience a enterarse
qué sucedió en aquel conclave de julio de 1822”.
–¿Cómo te corregiste a vos mismo, durante
los ensayos o después del reestreno?
–(Ríe, meneando la cabeza) Lo hago todo el tiempo.
Tengo amigos que vienen a ver la obra cada tanto y me van
corrigiendo, me señalan tal o cual cosa, pero no es
lo mismo que si otro me hubiese dirigido. Estoy más
atento a Rubén Stella como director, que como actor.
Lo que quise contar, lo tenía muy claro en mi ser y
en la concepción –no sé si está
logrado en la dimensión que pensé– es
lo que le hicieron los americanos a San Martín. Lo
destruyeron, las intrigas lograron que no lo quisieran en
Lima, en Chile, ni en Argentina. Lo vapuleaban, lo acusaban,
estaba enfermo, tomaba láudano, opio. Quise mostrar
eso, que lo sufrieron Bolívar también y (Manuel)
Belgrano.
–¿Cómo resolviste el personaje para que
tu imagen se oculte dentro de la de San Martín?
–Por el lado de la sintaxis, de su modo de pensar. A
través de sus cartas comencé a ver la depresión
que tenía; tengo muchas de memoria. Y con el cuerpo,
la única que queda es ponerte la ropa un mes antes,
caminar con las botas, sentir la espada, la chaquetilla, como
hacen los chiquitos cuando juegan y se disfrazan. El tránsito
con uniforme permite empezar a imaginarlo; eso agregado a
la manera de hablar, recurso que también usé
cuando hice a Facundo en cine... (rememora Lito y su mirada
se endurece). Cuando (Juan Manuel de) Rosas lo exhorta a amigarse
con (Estanislao) López, Quiroga tenía una forma
de nombrar la realidad particular y en lugar de responderle
que estaba enojado, dice: “Tendría que tener
la sangre tan helada como la nieve de la Cordillera de los
Andes, para hacerme amigo del gigante de los santafecinos,
el se quedó con mi caballo y nunca me lo devolvió...”.
O sea (vuelve a la entrevista) esa manera de expresarse más
la vestimenta arman el personaje y poco a poco el comportamiento
va cambiando, en la voz, el caminar, una cantidad de elementos
que van incorporándose lentamente. Pero hay que trabajar
mucho antes.
–Tu cuerpo es el instrumento.
–Lo difícil del actor es ser instrumento e instrumentista
a la vez. El pianista puede estar deprimido, pero el piano
está fenómeno esperando que unas manos lo hagan
sonar. En nuestro caso, si el instrumentista está deprimido,
también se deprime el instrumento. Uno debe lograr
cierta distancia y se consigue con la experiencia. Yo vivo
y me veo vivir, lloro y me veo llorar, un distanciamiento
que en el actor ocurre sólo por la práctica;
como el acróbata se ve dando el salto mortal y lo hace.
El que no tiene distancia no puede hacer el fenómeno
del teatro. Uno observa su llanto, clava la espada en Desdémona
o la ahoga, pero le cuida el vestido, saca una bolsita de
sangre de utilería que hay detrás de ella y
la oprime mientras llora y se emociona. Eso es la maravilloso
del teatro, donde uno vive y se ve vivir. El actor crea realidades
imaginarias como si fueran verdaderas. Y esto lo hace cualquier
humano: alguien va a robar un banco pero actúa como
si fuera un cliente; podemos estar deprimidos pero vamos a
trabajar y, como los jefes te controlan con cámaras
de televisión, si la depresión pasa a primer
lugar es probable que te traiga inconvenientes en esta época
donde quieren efectividad, alegría, sonrisa... Cada
uno de nosotros está de determinada manera, pero la
vida nos desafía a aparecer de otra, de lo contrario
se puede perder el trabajo, no se logran los objetivos en
una entrevista como ésta, no puedo dar bien un examen.
En el teatro, la reacción es más grande para
que se vea desde la última fila y el instrumento es
mi propia voz, mi propio cuerpo. La fórmula secreta
del arte de actuar es la capacidad de reaccionar para crear
realidades ficticias como si fueran reales; las mismas que
rodean al ser común, de lugar, de tiempo, fisiológicas,
psicológicas, sociológicas y emocionales. Cuando
el actor está en el escenario, el personaje está
en el palacio. El actor es de origen humilde, la ropa hace
que el espectador imagine un príncipe; el actor está
contento porque tuvo un hijo, pero Hamlet tiene la cabeza
psicológicamente distorsionada. Viste cuando dábamos
examen y actuábamos como si estuviéramos pensado
en la bolilla que nos tocó, interesados, y sólo
buscábamos alguna pista para responder sin pifiarla.
La reacción es la fórmula secreta y cuando –por
entrenamiento y estudio– se aprende, independientemente
del estado ánimo, a actuar como si fuera el personaje;
es probable que en algunos casos se convierta en verdad y
aparece lo que llamamos intuición o bajó el
ángel, cuando se transforma en una realidad interna.
En los últimos días de abril, Lito terminó
“La mitad negada” de Augusto Fernández,
una producción chica en sociedad con el INCAA que fue
escribiéndose a medida que se rodaba cronológicamente,
donde actúan también Alicia Bruzzo y Adriana
Aizemberg. También empieza otra con Eugenio Zanetti,
el director cordobés que ganó el Oscar por el
arte de “Restauración”. En el interín
participó en el segundo largometraje de Fito Páez,
“¿De quién es el portaligas?”, en
Rosario; y sigue dando cursos en su estudio.
Hace diez meses una productora chilena compró los libretos
de “El garante” a Borenzstein y José Levi.
Armaron el elenco con actores del país hermano y, como
no encontraron al diablo, llamaron a Cruz. Ya concluyó
cuatro capítulos y está grabando dos más
para “El aval”, como se denominará la versión
tras la cordillera. Durante todo mayo “Guayaquil”
siguió girando por nuestro país.
EDUARDO ROUILLET |