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De Cinecittŕ al Valle y a la invención de cajones fruteros

Sante Trovarelli y Juana Briz tuvieron cuatro hijos: Jorge, Silvia, Carlos y Pablo. Hoy tienen nueve nietos con los que disfrutan de una vida en familia muy unida. Sante Trovarelli llegó a Cinco Saltos en 1949, cuando Indupa abría sus puertas y ocupaba mano de obra. Unos años más tarde, abrió un taller en el que armó maquinarias que vendió en el país y en el exterior.

Sante Amelio Trovarelli nació en 1925 en Pescara (Italia). Allí su padre, Bartolomé, administraba chacras hasta que decidió mudarse a Roma, donde Sante vivió su infancia y juventud.

Europa había conocido ya los horrores de una guerra de dimensiones. Bartolomé había podido eludir el frente porque mientras duró el conflicto armado vivió como inmigrante en Norteamérica. Tras unos años de realizar oficios varios en el exterior, decidió regresar a Italia, donde se casó y donde nacieron los hijos del matrimonio: una mujer y tres varones.

Sante, al igual que sus padre y sus hermanos creció con el temor de una nueva guerra que finalmente se desató en 1939, cuando él tenía 14 años. Era el menor de la familia y en 1945, casi a horas del armisticio, ingresó al servicio militar como chofer de un comandante.

No haber estado en el frente no lo sustrajo de vivir la guerra. Por ese motivo durante su juventud aprendió el credo de su generación: "Había que irse, porque del otro lado del océano estaba el futuro".

Sante recuerda que en su país abundaba la propaganda que movía a los jóvenes a emigrar. Propaganda del gobierno italiano y propaganda del gobierno argentino, que en momentos en que este joven decidió su embarque hasta facilitaban el pasaje a todos los hombres del mundo que quisieran habitar el suelo argentino.

Así, con el trasfondo decadente de la posguerra, Sante se despidió de su familia y de su país en 1948. Eligió la Argentina y vino solo. Llegó a Buenos Aires y allí escuchó que había un valle en la provincia de Río Negro en el que había trabajo.

Sante era tornero matricero. En Italia se había formado en una escuela de artes y oficios y uno de sus primeros empleos fue en Cinecittà, la meca del cine italiano, donde reparaba máquinas y hacía piezas para la industria cinematográfica.

Trovarelli llegó al Alto Valle en 1949 y, por medio de otros italianos, supo que se estaba instalando Indupa en Cinco Saltos (ver Historia de Acá). Imaginó que su oficio era óptimo para un emprendimiento de esas características. Se presentó y fue tomado. Allí estuvo varios años. Recuerda que la planta que se instaló era una vieja estructura que desmantelaron en Francia, de modo que tenía muchísimo trabajo reparando maquinarias obsoletas.

Durante sus primeros años en el Alto Valle y por medio de un pariente, Sante conoció a Juana María Briz, quien se convirtió en su esposa. Juana, había nacido en Cipolletti, pero sus padres eran inmigrantes eslovenos que llegaron a la Argentina en 1928, desde Doromberg, provincia de Gorizia, en el límite con Italia. Igual que a Sante, en Buenos Aires les hablaron del Alto Valle.

"Cuando mis padres se radicaron en Cipolletti en una misma manzana vivían tres familias yugoslavas y durante años fueron nuestros únicos vecinos de la cuadra. En ese tiempo, también venían muchos italianos recuerda Juana. Era toda una comunidad. Así conocí a Sante, nos casamos y nos vinimos a vivir a

Cinco Saltos. Todo este barrio, en el que vivimos desde entonces, era una chacra recién desmontada. En el patio teníamos plantas de manzanas.

"Nos mudamos en 1955. Hicimos la casa con un crédito del Banco. Los inmigrantes hicimos mucho sacrificio. Costó empezar, trabajamos como locos para hacernos un lugar aquí, pero pudimos salir adelante. Eran tiempos en que el esfuerzo era recompensado. Uno trabajaba y podía progresar", comenta la esposa de Trovarelli.

 

NACE UNA INDUSTRIA

 

Después de 7 años en Argentina y trabajando en Indupa, Trovarelli decidió con un grupo de cinco compañeros, casi todos italianos, hacer una pyme. La llamaron Imcinsa, Industria Mecánica Cinco Saltos.

"Había dos dibujantes, estaba otro señor y mi papá cuenta Jorge, el hijo mayor de Sante y también Vito Beltrame, que fue el socio que puso el capital para comprar toda la maquinaria".

Trabajaron tres años juntos, luego decidieron terminar la sociedad y cada uno hizo un emprendimiento independiente.

En aquella sociedad se inició una industria que mucho tuvo que ver con la historia de la fruticultura regional.

Los ingleses de la Argentine Fruit Distributors (AFD) habían impuesto la utilización de determinados cajones para transportar fruta, cajones que ellos mismos hacían hasta su retirada del Valle tras la venta de los ferrocarriles al gobierno argentino. En AFD tenían un prototipo de máquina para fabricar cajones que este grupo de Imcinsa se propuso perfeccionar.

Las máquinas para fabricar cajones que se conocían en el Valle eran de origen americano y Sante fue el creador de las primeras máquinas del tipo que se hicieron en la zona.

"Don Vito tenía un aserradero cuenta Sante y nos pidió que fabricáramos una máquina para armar cajones en los aserraderos tal como los que se requerían en ese momento en el Alto Valle. Estamos hablando de la década del '60, una época muy especial para la fruticultura de la región. Pero pasó que nuestra sociedad se disolvió dos o tres años después de conformarse y seguí adelante solo".

Sante se enfrentaba a un desafío interesante; se propuso continuar mejorando la máquina de armar cajones.

"Teníamos la casa y se hizo un galponcito atrás para empezar el taller recuerda su mujer. Mi marido pidió crédito al banco para comprar la primera máquina, el primer torno. Eran otros tiempos... En ese momento venían a ofrecerle crédito a domicilio y eran accesibles, había mucho trabajo y movimiento en el sector frutícola".

Sin duda, Trovarelli tenía un contexto muy favorable. En Cinco Saltos había por entonces veinte galpones; ahora hay sólo dos. Era un buen momento para encarar el emprendimiento.

"En realidad, el único que estaba en condiciones de seguir fabricando y mejorando esa maquinaria era él. Una de las primeras máquinas que hizo se la vendió a Canale", recuerda su hijo.

"Sí, fue a Canale sigue Sante. Me levantaba a las cinco de la mañana, tomaba el colectivo para Roca y bajaba a la altura de Canale, luego caminaba 5 kilómetros hasta el galpón donde fui a trabajar la máquina una temporada. Recién empezaba. No tenía auto pero era joven (se ríe), después me compré un autocuadrado sin vidrios. Fue mi primer vehículo".

Trovarelli, en el grupo en el cual nació el proyecto de construir maquinaria para hacer cajones, era el que tenía las ideas y el conocimiento y fue él quien logró pasar de aquel prototipo de dos clavos usado por AFD a una máquina que hacía velozmente cajones con 10 clavos. Armaba de una vez el cajón. Poco tiempo después, Trovarelli patentó la máquina que vendió a los aserraderos, a los galpones del Valle, al resto del país y al exterior.

La primera máquina que hizo estaba destinada a fabricar cajones de manzanas, luego ésta fue adaptándose para cajones de otros productos. Vendieron artefactos a Mendoza, Entre Ríos, Córdoba, en la zona del Tigre (Buenos Aires) e incluso al exterior: a Chile y a Paraguay.

Sante recuerda su familia empezó haciendo una máquina armadora de cajones. Ésta fue la primer versión: armaba el cajón vacío. Luego, por requerimiento de los galpones, desarrolló una segunda versión, logrando otra máquina para armar cajones y luego taparlos llenos de fruta. La primera versión sirvió para adaptar el sistema a varios tipos de cajones. Con el tiempo y por pedido, hizo máquinas para armar desde cajoncitos de dulce de membrillo hasta una para armar ataúdes.

"Hicimos una máquina para hacer cajones de clavos para Acindar, cajoncitos para los dulces Arcor. Hicimos máquinas para ingenios azucareros del norte", relata Jorge Trovarelli.

Durante muchos años esta empresa de Cinco Saltos hizo el cajón tray pack y standard para pera, el cajón cerrado.

"Después empezaron a pedir el cajón jaula, para naranjas y verduras. Así que papá tuvo que inventar una máquina nueva, adaptada a ese nuevo requerimiento".

Sante siempre trabajó en su taller, que fue ampliando y sumando gente. Creció de manera sostenida durante décadas. Allí, en su casa, este italiano educó a toda una generación de torneros que aprendieron en su taller un oficio.

EMPRENDIMIENTO PIONERO EN LA REGIÓN

En el año 1970 lo llamaron a Trovarelli de Chile. Solicitaban sus servicios por primera vez desde el exterior. En el país vecino, los productores frutihortícolas compraban una máquina similar a la que fabricaba Sante, pero en los Estados Unidos. Sin dudas, era engorroso traer un técnico desde allá para el mantenimiento o reparación de una máquina. "De modo que empezamos a venderles nuestro producto. Vendimos a Chile desde el año 1970 a 1990", cuenta su hijo mayor, quien se incorporó a la empresa de su papá en 1976.

"Se trata de un trabajo completamente artesanal remarca. Aun si hubiésemos tenido una gran ganancia para ir actualizando la infraestructura, hay mecanismos que se hacen artesanalmente... piezas únicas, una tarea irremplazable".

Desde 1965 a 1985 fue un tiempo de trabajo y progreso para la familia Trovarelli. Pero al llegar 1990 la demanda comenzó a caer y, en 1997, resolvieron suspender la fabricación de estas maquinarias; había aparecido como alternativa de empaque la caja de cartón.

Mientras el taller perdía su especialidad, este tornero siguió trabajando para Indupa. Hace unos 10 años, hicieron algunos trabajos para el petróleo, piezas complejas, que compensó la merma de máquinas del sector frutícola, y hasta tuvo algún pedido desde Invap.

Trovarelli trabajó hasta que se jubiló y, aun así, siempre se mantuvo activo. Le gusta arreglar cosas. Sabe mucho, es muy creativo. Inventa cosas. No le gustaba hacer negocios, le gustaba trabajar con sus manos; esto cree ahora quizá le limitó su crecimiento.

La empresa funcionó hasta 1997, luego Sante se jubiló.

Trovarelli regresó a Italia en 1960. Se quedó 6 meses. Posteriormente volvió varias veces a su país. "Jorge tenía 4 años, fuimos todos cuenta su esposa y mi suegra nos pedía que nos quedáramos. Mi marido quería quedarse en Italia pero yo no quise, porque tenía a mi madre aquí, no la podía dejar. Acá estaba la casa, el taller. Y bueno, volvimos".

Aquí estaban sus sueños sembrados, su familia, su emprendimiento, sus amigos del Círculo Italiano y de una ciudad que eligió para quedarse.

 

Susana Yappert

sy@fruticulturasur.com

 



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