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“En política y economía hay algo que no se puede ser: voluntarista”
Cuidadoso en sus reflexiones y hablando desde la larga trayectoria intelectual
y política forjada en una sociedad que es sinónimo de contradicciones sociales –Brasil–, el ex mandatario considera que una de las experiencias más
traumáticas que sobrelleva el continente es la pérdida de valor de sus monedas.

Me interesa comenzar con su experiencia en el Mayo Francés, un tema permanente en sus reflexiones.
–Usted me lleva muy lejos en mi historia.
–Es posible, pero usted aborda el tema en sus memorias, en sus disertaciones... siempre hay un retorno a aquel ’68.
–Lo viví directamente... sucede que a partir de aquellos hechos fui percibiendo cómo suele moverse la historia mediante “cortocircuitos”. Aquellos días influyeron mucho más de lo que uno cree en la vida posterior de Francia. Generaron mudanzas en muchos campos que sólo se percibieron con el tiempo. Esos sucesos tan inesperados hicieron que los franceses asumieran infinidad de problemas que estaban latentes y ellos ignoraban.
–¿Lo dice porque de golpe emergió el cansancio que tenían del estilo de ejercicio el poder por parte de Charles de Gaulle? Él se va justo un año después...
–No sólo por eso sino porque, por ejemplo, supieron de la falta de modernidad, vamos a llamarlo así, que tenía todo su sistema educativo y de la falta de agilidad de su sistema de investigación, poco conducentes.
–¿Usted cree que aquel Mayo está mal estudiado?
–Ha quedado en la historia como algo así como un “choque emocional”, las calles, las piedras, los afiches del “Prohibido prohibir”... Lo veo como un típico “corto-circuito” en la historia de los movimientos sociales, esas instancias que marcan un antes y un después. En mis memorias también coloco en ese lugar las huelgas del ’78/’79 en el AVC paulista (pulmón industrial de Brasil): frenaron la actividad industrial y el régimen militar se quedó paralizado, sin reacción ante la cadena de sucesos que se fueron generando a mucha velocidad en una unidad de tiempo muy corta. Es decir, la historia se mueve con mucha materia persistente, y mucha de esa materia suele ser la callada frustración de millones de seres.
–¿La idea de futuro se ha desdibujado? Mucho de la mejor literatura, de los ensayos más impactantes, parece girar alrededor de mucho pesimismo en ese sentido; hasta hay amagues de retorno a cierto existencialismo.
–No niego que para millones de seres es muy complejo hablar de futuro: marginación, pobreza, degradación del medio ambiente. Pero compete a la política, a los intelectuales, a todos quienes sentimos que la vida vale y debe valer para todos, luchar a favor de la solidaridad, de la integración; dejar de lado individualismos y abocarnos a trabajar en una misma dirección. Yo encuentro que la gente se defiende cada vez más de los excesos del poder, y esto habla de un fuerte instinto de defensa de la vida. Soy optimista, a pesar de todo.
–Volviendo a su teoría de los “corto-circuitos”, y ya que está de visita en la Argentina, la inflación es y ha sido uno de los temas casi excluyentes que trató. ¿Cree que la hiperinflación que sufrimos en el ’89 podría encuadrarse como “cortocircuito” en el sentido de que cambió la relación de la gente, la política?
–Ha dejado su enseñanza, claro. Y está visto que ahora, con un índice de inflación que no es dramático pero es inflación se vuelve a hablar de aquella historia, muy distinta de ésta. Hoy los argentinos no quieren repetir aquella historia. La inflación nunca es negocio: sólo para unos pocos, que cuando la inflación se traduce en hiperinflación también tiemblan porque la desintegración social que conlleva pone en peligro todo.
–¿Qué reflexión le genera el índice de inflación que tiene hoy la Argentina? No se sabe bien de cuánto es, pero es mayor a lo que nos habíamos acostumbrado.
–No es para desesperarse. Me parece que se puede poner en caja con medidas suaves, nada extremas: fundamentalmente sobre el gasto público, medidas para las cuales hay poder político para adoptar ya que el gobierno tiene poder renovado. También hay que procurar que baje el gasto de la gente, el consumo.
–¿No implica bajar la actividad económica?
–Sí, claro, pero son instrumentos muy manejables cuando se tiene una inflación del 15%, no causan “tanto dolor”. Ante la inflación lo que no se puede es ser voluntarista.
–¿Qué significa eso?
–Que no se puede dejar de actuar sobre ella, por mínima que sea. Es peligroso decir “Bueno, de alguna manera esto se solucionará”. En política, el voluntarismo también es un suicidio. La política seria, la política que privilegia la racionalidad y que hace de ésta lo esencial en la toma de decisiones nunca es voluntarista. Los sistemas políticos tienen que ir cada vez más hacia una mayor independencia de la autoridad monetaria, de nuestros bancos centrales. Una moneda fuerte sostenida por un banco central independiente del gobierno sirve, aunque a la política le parezca mentira, para defender la política. Porque si, por política, un gobierno concretamente mete mano en la moneda... bueno, sabemos lo que pasa.
–Lenin decía que un país con una moneda sin valor era el cultivo para la desaparición del país...
–Bueno, seguramente usted sabe de la importancia que en el pensamiento del Brasil moderno tuvo Darcy Ribeiro, del que fui muy amigo. Él decía que la moneda, el idioma y la bandera tenían una formidable fuerza cohesionadora.
–Pero en la Argentina, a la hora de trabajar sobre la inflación se vuelve a medidas que hablan de cierta cultura voluntarista por parte del gobierno: los controles de precios, por caso.
–Será otra experiencia a acumular: ese sistema nunca dio resultado.
–En la Argentina algunos sectores tienen la convicción de que la política es sólo pureza, que los males del país se deben única y exclusivamente a los políticos, como si esto no expresara a una sociedad definida por la anomia. Sin embargo usted en sus memorias habla descarnadamente del rol del político a partir de pensadores como Hegel, Montesquieu, Bobbio. ¿Qué es la política como práctica?
–¡Un gran enredo! Mire, en ese libro digo... más vale me pregunto, cuántas veces como presidente tuve que optar entre lo ruin y lo menos ruin... todo un dilema. En otras oportunidades tuve que elegir entre decisiones y objetivos moralmente justificables pero con realidades incompatibles. Y doy un ejemplo de esto último: ¿hacer crecer el superávit primario, que implica gastar menos por parte del gobierno, para, por ejemplo, pagar la deuda externa o canalizar más recursos a los problemas sociales? ¿Por dónde ir? En política, y ésta es una regla que todos conocemos, sólo suele haber un momento para determinar por dónde ir, y ese ir no suele ser por mucho tiempo y para muchos, para millones concretamente, el camino más correcto. Yo siempre digo que el juego político, la decisión en política, no se define siempre determinando lo malo y lo bueno que puede generar una medida... se va por donde dialécticamente se puede ir en un momento dado. Es la historia la que determinará si se estuvo o no acertado, porque desde lo estrictamente moral muchas decisiones puede ser invalidadas, rechazadas, pero es el largo plazo el que finalmente dirá si fue acertado o no tomarlas. Y lo dirá en función de las consecuencias.
–Usted reconoce a Bobbio. Él es flexible o pragmático cuando aborda el tema de los fines y los medios. Sostiene que, a veces, para llevar adelante una causa buena hay que aliarse a lo peor... como asociarse a Stalin para derrotar al nazismo.
–Hay ciertos momentos en que mantener la palabra y la letra en términos de exigencia weberiana puede causar más daño que flexibilizarse, que asumir realidades duras pero realidades. Yo sostengo siempre que, en política, el muy maltratado Maquiavelo suele ser símbolo de lo más terrible o símbolo de una virtud para la gobernabilidad... pero así es este “jogo da política”. 

EL ELEGIDO

Tiene razón el ensayista Ricardo Setti cuando afirma que en más de un siglo de República ningún presidente de Brasil ha estado tan dispuesto como Fernando Henrique Cardoso a revisar su gobierno.
–Hay que hacerlo desde la autocrítica primero, no arrancar justificándose. Hay que hacerlo por uno pero para la historia de todos. Cuando uno es poder cuenta en términos muy presentes; cuando lo deja, cuenta en términos de historia. Entonces, hay que pararse frente al espejo de la historia y rendir cuentas –sentencia Cardoso.
Sociólogo. Agradable en el trato. Culto, muy culto. Con pasión por el estudio de Latinoamérica. Miembro de una generación de intelectuales brasileños cuyo pensamiento trascendió las fronteras: Darcy Ribeiro, Paulo Freire, Theotonio dos Santos, Celso Furtado.
Con más de 70 años a cuestas, Cardoso abordó la política desde muy joven, un camino que lo llevó al exilio en los años más duros del régimen militar brasileño instalado vía el golpe del ’64. Fogonero del núcleo duro de las ideas que conformaron la Teoría de la Dependencia, ahora recorre el continente y Europa reafirmando su convicción: que es la racionalidad y no otra cosa el instrumento que “siempre hará posible que el mundo siga y siga”.

“¿Cómo es el tipo éste?”

“Mientras fui presidente hablé algunas veces por teléfono con el presidente Bush. Una de ellas fue para ayudarlo a entender la política argentina luego de la asunción del presidente Eduardo Duhalde, a comienzos del 2002. Siempre traté de valorizar a nuestros vecinos, en aquella época considerados por el FMI como socios que no cumplían sus acuerdos.
”Bush, entretanto, no se interesó tanto por las observaciones que le iba adelantando por teléfono sobre la tradición de los caudillos porteños o sobre los peronistas. Tampoco quiso entrar en detalles de la situación económica de Argentina, que le esbocé en líneas generales. Más bien, con su modo texano, me preguntó:
”–Mas, mirando ojo a ojo, ¿cómo es él? How is this guy? (¿como es el tipo éste?) ¿Se puede confiar en él?
”No sé juzgar a las personas desde esa forma, por esos criterios. Respondí diciendo que Duhalde era un político experimentado, con tradición, y que ciertamente haría un gran esfuerzo para sacar a Argentina de la crisis”.
(Fernando Henrique Cardoso en “A arte da política, a historia que viví”; Edt. Civilización Brasilera, Río de Janeiro, 2003, página 624)



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