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ESCLAVITUD

¿Cómo es posible que la esclavitud, a pesar de ser ilegal, haya alcanzado un florecimiento en el siglo XXI absolutamente desconcertante? Existen varias razones que ayudan a explicarlo.
Una de ellas es la explosión demográfica: la población mundial ha experimentado un crecimiento exponencial en los últimos 50 años, especialmente en los países más pobres. El mundo ha pasado de albergar 2.500 millones de seres humanos a unos 6.700 millones en la actualidad.
Esto ha creado una potencial bolsa de esclavos entre la gente con menos recursos y el precio de los esclavos ha bajado consecuentemente. Estudios históricos sugieren que el valor de un esclavo para un terrateniente en los Estados Unidos de 1850 podría ser equivalente a 40.000 dólares, mientras que ahora se comercia a razón de unos cien dólares por persona.
Hoy más que nunca, la gente cruza fronteras. La Organización Internacional del Trabajo estima que el flujo de emigrantes es de unos 120 millones de personas. Para David Kyle, sociólogo de la Universidad de California en Davis, el tránsito de personas que entran en un país de forma ilegal ofrece un territorio de caza idóneo para las redes de traficantes.

Deudas y esclavitud

Moldavia, la capital ucrania, es un terreno perfecto para estos depredadores humanos.
El cebo puede ser una mujer que posee un magnífico departamento en la misma ciudad que la víctima, con quien se contacta por medio de familiares o amigos. Explica que ha conseguido mucho dinero viajando a Europa y se muestra dispuesta a pagar el viaje, corriendo con los gastos y argumentando que la deuda se saldará posteriormente.
“Cuando la víctima llega al país de destino, se le retira el pasaporte y le dicen: ‘Este viaje me ha costado 10.000 dólares y de esta forma es como vas a pagar’. No le dicen ‘Me perteneces’, como la esclavitud en el pasado. El truco es insistir en que le debes dinero, de forma que la deuda jamás se satisface”.
El tráfico de mujeres y la prostitución están tan ligados, que no se pueden tratar por separado.
Los límites entre ambos son muy borrosos. Louise Brown, socióloga de la Universidad de Birmingham en el Reino Unido, ha investigado el tráfico sexual, especialmente en Pakistán. “Existe un número grande de mujeres que entran voluntariamente en el mercado del sexo, pero entonces son explotadas y su situación se vuelve muy vulnerable”, dice.
 En otros lugares extremadamente pobres de Asia, como las colinas de Nepal y el norte y noroeste de Tailandia, las jóvenes son vendidas para ejercer como prostitutas con el consentimiento de sus familias, afirma Brown.
 La globalización es otro aspecto a tener en cuenta. De acuerdo con Rey Koslowski, profesor del departamento de Ciencias Políticas del Rockefeller College de Política y Relaciones Públicas de la Universidad de St. Albany en Nueva York, la globalización se traduce en más trabajadores cruzando fronteras como los motores baratos de economías globalizadas, comúnmente para ser usados como mano de obra fácil en los países industrializados como Estados Unidos.
“A principios de los noventa, cruzar la frontera desde México atravesando el río Bravo no costaba más de cien o doscientos dólares”, explica este experto.
“Desde 1995 hay más control fronterizo y el precio que hay que pagar a los ‘coyotes’ (contrabandistas que pasan ilegalmente a los inmigrantes) ha subido hasta los 2.000 dólares. Esto atrae a las organizaciones criminales: la gente no puede pagarles y contrae una deuda”.
Un caso particular lo constituyen los trabajadores chinos.
Kowsloski asegura que el dinero que un emigrante chino tenía que pagar por su traslado desde Fujian hasta su entrada ilegal en Estados Unidos era, en 1993, de unos 35.000 dólares. Ahora esa cifra se ha doblado hasta 70.000 dólares. “Pagan unos pocos miles de dólares, quizá unos 15.000, y se endeudan –explica Kowsloski–. Caen con más facilidad en las redes de tráfico”.
La mayoría de las veces, las víctimas son los niños. La sobrepesca en el lago Volta, en Ghana (África), ha puesto las cosas difíciles para los pescadores locales.
Algunos incluso llegan a manifestar que han “comprado” niños por 28 dólares para utilizarlos como esclavos en la reparación de redes y botes. Organizaciones como APPLE (siglas en inglés de Association of People for Practical Life and Education) o la Organización Internacional para la Migración (IOM) lograron liberar a 600 niños pescadores en el 2006, aunque el problema está lejos de solventarse, dice Kevin Bales.
Para Rey Kowsloski, “podemos hablar de una nueva clase de esclavitud en el contexto de la globalización. Se trata de usar a la gente mediante la coacción durante un tiempo, deshacerse de ella y conseguir más esclavos. Es una práctica muy extendida en países en desarrollo donde la gente no cruza las fronteras”.
Las proporciones de epidemia de la esclavitud se alcanzan en un país como la India, donde es crucial el papel desempeñado por las organizaciones locales, las ongs y los voluntarios. De acuerdo con Free the Slaves, allí podrían vivir entre ocho y diez millones de esclavos.
En su último libro, Bales describe de una forma extraordinaria cómo se lleva a cabo un rescate de niños esclavizados en una aldea llamada Nai Basti, en Uttar Pradesh, al norte de la India.
Los trabajadores de los telares donde se fabrican las cotizadas alfombras indias para la exportación son niños de no más de nueve años. Tienen una cazuela como retrete y una luz tibia para romper la oscuridad de su cubículo y al mediodía se les ofrece un cuenco de lentejas aguadas. El polvo de la lana se introduce en sus pulmones y nariz, y sus dedos terminan con abrasiones ocasionadas por los hilos.
Por la noche, tres hombres aguardan dentro de un automóvil con los vidrios polarizados. Son trabajadores de Asrham, una organización india que lucha para liberar a niños como los de Nai Basti. Han ido con la policía –un requisito obligatorio si se quiere entrar en una propiedad privada–, aunque el coche de los agentes espera en una zona más alejada y discreta. La gente de Asrham es consciente de que, en muchos casos, la policía recibe sobornos para avisar a los esclavizadores. Por esta causa, cada año cinco o seis operaciones de este tipo fracasan; los niños esclavos ya no están en el pueblo y los negreros aprovechan la ocasión para demandar a estas organizaciones y quejarse ante la policía.
El rescate dura 12 minutos y los operarios consiguen liberar a 19 niños. Una vez que éstos son identificados, los trabajadores de Asrham tienen que rellenar los informes policiales con sus nombres para reconocerlos como esclavos e iniciar una investigación.
El problema, explica Bales, es que la documentación es de libre acceso; llega a manos de los propios esclavizadores y sus abogados, que sobornan a algunos policías. En ocasiones, los agentes sobornados avisan a los negreros de la presencia del padre, quien es asesinado. Con ello se pone fin a un informe de un niño esclavo. Los niños quedan libres, pero también aquellos que los esclavizan.
Se calcula que existen 100.000 niños esclavos en la India, dedicados solamente a la manufactura de alfombras. Pero la esclavitud allí no sólo alcanza a los niños; decenas de aldeas enteras trabajan en las canteras. Familias viven como esclavas durante generaciones por culpa de una deuda contraída, una condena que se remonta hasta el siglo XII.
Generalmente, la historia comienza cuando un terrateniente presta dinero a una o varias familias que no tienen ninguna posibilidad de devolverlo. “Tienen que poner sus vidas como aval, no tienen otra cosa –explica Bales–. El terrateniente manipula el préstamo y éste nunca es satisfecho”.

Liberar, dura tarea

Esta fórmula maquiavélica ha funcionado en aldeas como la de Sonebarsa, en la región de Shankargahr. Existe allí una región de unos 120 kilómetros cuadrados en los que se esparcen 46 aldeas sobre un terreno polvoriento que, sin embargo, es rico en depósitos minerales. Sus habitantes han vivido –y viven en la actualidad– como esclavos de las canteras.
Los hombres rompen la roca sin protección. Las esquirlas atraviesan la piel; hieren los ojos. Niños de tres y cuatro años pasan horas inhalando polvo de mineral. La malaria y la tuberculosis son frecuentes y la mortalidad infantil es alta. Uno de esos esclavos se llamaba Ramphal. Ahora es un hombre libre, pero esboza una vida de pesadilla: “Si quería sentarme o levantarme, comer o beber, tenía que pedir permiso. La libertad de movimiento era algo desconocido, no sabía que existiera”.
 Ramphal y su familia –en realidad, toda la aldea– sí encontraron un camino a la liberación. Todo comenzó cuando recibieron la visita, en 1998, de un trabajador social de la ong india Sankalp.
Pero Ramphal tuvo que pagar un precio muy alto. En una aldea cercana a Sonebarsa, y asesorados por Sankalp, sus habitantes lograron reunir el dinero suficiente para comprar la licencia de explotación de una cantera.
Los esclavos mantuvieron una reunión de 3.500 personas, procedentes de otras aldeas, para planificar su liberación. Los terratenientes esperaron a que se disolviera la concentración y mandaron a sus mercenarios. En el tumulto murió uno de los negreros. Ramphal y otras siete personas fueron acusados –falsamente– de asesinato y encarcelados durante ocho meses.
El pueblo quedó destruido, pero un año después la licencia fue concedida a sus habitantes, esparcidos por otras aldeas. El lugar fue rebautizado como Azar Nagar, que significa “tierra de libertad”.
Ramphal es hoy un hombre libre. Sigue trabajando en la cantera, pero asegura: “Soy dueño de mi mente, de mi propio destino”.
Los éxitos de las organizaciones locales invitan a un prudente optimismo, de acuerdo con Kevin Bales. La globalización, que ha extendido a su manera los esclavos a través de las fronteras, también esparce las ideas que trabajan en su contra, como los derechos humanos universales.
Las grandes multinacionales no están implicadas en la esclavitud, aunque una ración de los productos que venden –desde el chocolate, la madera de las selvas brasileñas y el algodón hasta los lingotes de hierro– pueda haber sido producida mediante trabajos forzados. Los 32.000 millones de dólares de beneficio ilícito al año parecen una suma colosal, pero no es más que una fracción de la economía mundial. Y, aunque quizá existen cinco millones de esclavizadores, lo habitual es que los criminales no controlen a más de cuatro o cinco personas a la vez. El apoyo económico a las ongs locales y a los trabajadores que luchan contra la esclavitud es absolutamente vital. Bales asegura que hay centenares de aldeas en esclavitud sólo en Uttar Pradesh “y, sin embargo, he visto cómo esos esclavos, sin ayuda ni esperanzas, aprenden a ser libres junto con activistas de los derechos humanos. Eso me ha enseñado que acabar con la esclavitud es posible”.

Argentina, país de destino

Como se señaló en el último “Debates” del 2006, según el informe del Departamento de Estado de los Estados Unidos “Trafficking in Persons Report” (informe sobre tráfico de personas), la Argentina afronta un “severo” problema de “tráfico ilegal de personas” y es principalmente un país de destino para niños y mujeres traficados con fines laborales y sexuales. La mayoría de las víctimas es traficada, señala el reporte, desde Paraguay, Bolivia, Brasil y República Dominicana. Sin embargo, los ciudadanos argentinos también son víctimas de este crimen. Hay personas que son movidas de zonas rurales a urbanas, dentro del país, y otras que son llevadas al extranjero, principalmente a España.
La gravedad de la situación provocó que la Argentina figure entre los países que “no cumplen por completo con los estándares mínimos” de respeto a los derechos humanos determinados por el Congreso estadounidense. La Argentina integra el llamado “anillo dos”, una categoría intermedia en la que aparece junto a un variado grupo de naciones: desde Irán, el Líbano y Afganistán hasta Brasil, Chile, Finlandia y Suiza.

Viaje sin retorno desde Gorée

LOLA HUETE MACHADO

De África occidental a las colonias americanas. Un viaje sólo de ida, todo pagado, con trabajo asegurado en el destino. Una travesía cargada de pérdidas que cambia el paisaje. Y la autoestima.
Lo define Amin Maalouf en su novela “León el africano” (sobre la ruta de tráfico más antigua, la transahariana): “No veía ya ni tierra ni mar ni sol ni fin del viaje. Tenía la lengua salobre, la cabeza llena de náuseas, brumas y dolores. La cala a la que me habían arrojado olía a rata muerta, a vagras enmohecidas, a los cuerpos de los cautivos que, antes que yo, habían permanecido en ella. Así que era esclavo, hijo mío, y mi sangre se avergonzaba”.
Fortunas y beneficios económicos aparte, de cuatro siglos, desde el XVI hasta el XIX, de trata atlántica de seres humanos queda hoy evidencia física, en el color y la textura de la piel de millones de personas; queda lo cultural, el mestizaje, lo afroamericano, la melée de lenguas, pensamientos, gustos y costumbres, la fusión de músicas (el blues, el jazz) y de credos religiosos, la moda étnica... todo aquello que se aprecia a pie de calle en cuanto uno se planta en Nueva York, La Habana o Río de Janeiro... y, hoy más que nunca, ya en todo el mundo.
La isla de Gorée es símbolo de todo ello. Situada frente a la costa de Dakar, en Senegal (y más allá se encuentran Ghana, la costa dorada, paraíso de los tratantes de ese libre mercado de hombres, mujeres y niños que iniciaron los portugueses y al que todas las potencias se apuntaron), era Gorée abrigo en la península de Cabo Verde, la puerta del no retorno, la última mirada a la tierra natal.
 Hay un bullicio adormecedor de voces, pasos, el ir y venir de las olas en el pequeño embarcadero desde donde, asegura, hombre a hombre eran empujados todos hasta los cargueros, los dotados, los que se mantenían en pie, los que no quebraban, enfermaban o se suicidaban. “Madera de ébano”, los llamaban por disimulo. “En general, el negro, cuanto más oscuro era y más robusto, valía más. El negro pálido no producía confianza... Venían al mercado... generalmente sueltos; pero si eran prisioneros de guerra, cimarrones del bosque o ladrones, los traían atados... El amo llevaba a su esclavo como un aldeano lleva a su vaca al mercado o al matadero”, escribió Pío Baroja.
En un letrero se lee una premisa de los abolicionistas: “El sufrimiento de un solo hombre es el de la humanidad entera”. Este movimiento, primero religioso, se extendió por el mundo por unas y otras razones éticas y humanitarias, revolucionarias e ilustradas; animó las rebeliones en las colonias hasta acabar con la liberación e independencia de muchos hombres y estados y ayudó luego al retorno de los libertos americanos.
En la planta baja, los habitáculos donde se apiñaban los condenados antes de partir hacia América o el Caribe, hacia las plantaciones de algodón, café o azúcar. Los visitantes (en su mayoría africanos) mueven la cabeza incrédulos cuando el guía Kabo explica cómo encadenaban a sus antepasados, cómo castigaban a los rebeldes o tiraban por la borda a los enfermos, cómo hasta Brasil (destino estrella) duraba un mes el viaje, el doble al Norte; cómo había problemas de sitio e higiene en los navíos y una mortandad muy alta, cómo la ausencia de hombres transformó las sociedades africanas...
“Muchos negros estaban obligados a viajar sobre un lado, replegados sobre sí, sin poder extender los pies. Acostados, sin vestidos, sobre un suelo muy duro, traídos y llevados por el movimiento del barco, su cuerpo se cubría de úlceras y sus miembros no tardaban en ser desgarrados por los hierros y las cadenas que los tenían atados unos a otros”, describe Baroja.
De lo vivido por los 13 millones de esclavos –imposible saber cuántos fueron los muertos– transportados hasta que los británicos prohibieron el tráfico atlántico en 1807 (a partir de entonces se intensificó la actividad en la tercera ruta, la oriental; otros 12 millones de esclavos, se calcula, se movieron hacia Asia y los países árabes), se puede contemplar hoy mucho dibujo, grabado o litografía. Algunos de ellos cuelgan en la misma Gorée, en las salas del museo histórico.
Quedan de aquel tiempo evidencias a modo de permisos, certificados, informes: sobre la vida cotidiana y el mercadeo en las colonias, sobre el estado sanitario de los embarcados, las publicidades de agentes que se dedicaban a su compraventa (“negrobroker”, como Ellis and Livingston los llamaban) o recibos de inspecciones portuarias. “97 hombres, 39 mujeres, 44 chicos, 25 chicas, 3 muertos”, se lee.
Existe también testimonio en imágenes, al calor del desarrollo de la fotografía en el siglo XIX. De grilletes, esposas, barras de justicia, collares, sujeciones en múltiples formas para múltiples partes de un cuerpo. De rostros y ojos asustados de negros y mulatos de toda edad, sexo y condición. Hay una que lo dice todo: un anciano, canoso, de camiseta blanca y túnica a rayas, posa ante la cámara mientras apoya con naturalidad sus manos encadenadas en la argolla que le rodea el cuello y mira, sin esperanza, a los lejos. Sabemos que se llama Hannibal o William, que es un excelente sirviente, que está en la treintena. Lo indica un cartel a sus pies y añade: “To be sold and let, by public auction, on monday the 18th of may, 1829, under the trees” (se vende o alquila en subasta pública, el lunes 18 de mayo de 1829, bajo los árboles). Bajo ellos, seguramente, debió de ser vendido ese día.

 



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