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El desastre nuclear olvidado
En 1957, en la planta ubicada en los Urales de la ex URSS estalló un tanque subterráneo y se derramaron líquidos radiactivos. El mundo se enteró de sus efectos recién décadas después.

Fue una de las mayores catástrofes nucleares de la historia, pero el mundo se enteró décadas después: el 29 de setiembre de 1957 explotó en los Urales del Sur, cerca de Cheliabinsk, un inmenso tanque subterráneo de cemento con residuos líquidos y altamente radiactivos en la fábrica nuclear soviética de Mayak.
50 años después, una zona de 300 kilómetros de largo por hasta 40 kilómetros de ancho sigue contaminada con radiactividad. La Unión Soviética mantuvo el secreto durante 32 años. Sólo en 1989 Moscú admitió la catástrofe ante el Organismo Internacional de Energía Atómica. Aún hoy es imposible encontrar estadísticas confiables sobre el número de víctimas.
El accidente tuvo lugar en la fábrica soviética de bombas atómicas de Mayak. Después de que Estados unidos arrojara las suyas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, el dictador soviético Josef Stalin dio la orden inmediata de desarrollar este tipo de armas. Ese mismo año fueron levantadas desde la nada la fábrica de Mayak y la ciudad secreta de Osiorsk, 1.500 kilómetros al este de Moscú.
La catástrofe se produjo en 1957 en un tanque subterráneo que contenía un líquido compuesto por estroncio-90 y cesio-137. La descomposición de estos elementos químicos produce calor, por lo que el tanque debía ser constantemente enfriado, pero a fines de setiembre dejó de funcionar una de las bombas del sistema de refrigeración. El líquido empezó a evaporarse hasta causar una violenta explosión que arrojó la mezcla radiactiva hasta mil kilómetros de altura. La radiación liberada fue, sin embargo, una fracción de lo que vendría después en Chernobyl.
Pero las consecuencias en Mayak no fueron devastadoras porque el material contaminante cayó sobre una zona relativamente pequeña. Unas 13.000 personas debieron ser relocalizadas. Pueblos enteros fueron literalmente derrumbados para impedir a sus antiguos habitantes una futura visita al territorio radiactivo. Pero nadie supo de la catástrofe fuera de los Urales del Sur.
Fue el biólogo ruso Zhores Medvedev, emigrado a Gran Bretaña, quien reveló detalles del incidente ante la incredulidad de Occidente.
El accidente abrió a los científicos soviéticos un enorme campo de investigación sobre las consecuencias de la radiactividad sobre las personas y la naturaleza. “Los rusos podían estudiar al aire libre lo que entonces se hacía en Alemania y Estados Unidos cuidadosamente en el laboratorio”, explica Heinz-Jörg Haury, del Centro de Investigación del Medio Ambiente y la Salud (GSF) de Munich. En las revistas especializadas soviéticas de la época se hablaba de “experimentos” sobre los daños de la radiación. Medvedev sospechó cuando vio que se investigaban lagos enteros contaminados, lo que apuntaba inequívocamente a una catástrofe nuclear.
 Medvedev presentó las conclusiones de tres años de investigación en su “Informe y análisis de la catástrofe nuclear mantenida en secreto en la Unión Soviética”, publicado en 1979. Pasaron diez años hasta que la dirigencia soviética dio la razón al científico, ahora de 81 años.
Pero lo cierto es que la fábrica de Mayak contaminaba su entorno aun sin accidentes. Durante años desvió residuos radiactivos al río Techa. Todavía hoy el deshielo primaveral acumula material radiactivo en la cuenca, asegura la organización Greenpeace. Río abajo, la gente se baña a pesar de la prohibición. “La radiación no tiene olor ni sabor. Así es psicológicamente difícil mantenerse alejado del río”, dice Vladimir Chuprov, de Greenpeace Rusia. Después de todo, el Techa ha servido para aliviar el calor a los habitantes locales durante siglos. La agencia atómica rusa Rosatom y la administración regional de Cheliabinsk decidieron en el 2006 el reasentamiento de otras 7.500 personas. Los científicos de Cheliabinsk encontraron que la tasa de muerte por cáncer entre los vecinos del Techa es mayor a la media rusa.



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