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FESTIVAL DE TEXTURAS Y COLORES
Es una auténtica casa tipo rancho, ubicada en el pueblito salteño Chivilme, ambientada por la  decoradora Magdalena López Sanabria. UN EJEMPLO BUEN VIVIR, BUEN SOÑAR Y BUEN GUSTO.

xiste aún un recodo de este mundo en donde se pueda vivir en pleno confort, pero con la magia de las antiguas haciendas de campo? La diseñadora de interiores Magdalena López Sanabria encontró este soñado destino. Detenida en el tiempo, en esta casa de fin de semana en el campo salteño, se ven aplicados sus conocimientos y mística en cuanto al diseño, conservando sin embargo ese no-sé-qué mítico de las sierras suramericanas. En esta auténtica casa tipo rancho, ubicada en las cercanías de un pueblecito llamado Chivilme en la provincia argentina de Salta, al noroeste del país, el color y las texturas, conviven con la alegría, la creatividad y la recursividad en cada rincón. Siendo los protagonistas el aire libre y la calurosa simplicidad que se respira en las sierras, la estructura de la casa se basa en un esquema sencillo conformado por dos alas unidas por una amplia galería, lo suficiente para cubrir las necesidades de los usuarios. De un costado se sitúa la cocina, a pasos del comedor y el salón, todo en un mismo ambiente, con una maravillosa vista al cerro y al campo. En el otra ala se ubica el sector más privado de la casa, en donde hay tres dormitorios con dos baños, alrededor de un estar cuya calefacción está a cargo de una salamandra.En la arquitectura de esta vivienda old style se esconde la historia de una familia con la fantasía de crear un lugar ideal para disfrutar en unión y convivencia frente a los bellos paisajes de montaña de Salta. Magdalena, la artista detrás de la sensibilidad e intuición con la que fue pensada la casa, cuenta cómo fue que se concibió este proyecto: “Compramos el terreno por el maravilloso entorno, pero la vivienda se encontraba en un estado muy rudimentario. Inicialmente la vetusta construcción de la cual se servían los antiguos propietarios estaba formada por dos partes: un gran galpón para guardar tabaco, donde hoy se ubica la zona social de sala – comedor, y por otro lado dos cuartos utilizados como almacén de diferentes insumos agrícolas, lo cual nos sirvió para proyectar el dormitorio principal y uno de los cuartos. Decidimos comunicar ambos bloques con una galería en la que ubicamos la cocina pegada al comedor a un extremo y en el otro, el tercer dormitorio con dos baños. Estos últimos fueron hechos de cero”. Teniendo en cuenta que el punto de partida era prácticamente dos modestas chozas, la ingeniosa visión de futuro con la que Magdalena asumió el proyecto, sirvió para aprovechar cada uno de los recursos preexistentes a su favor. Aunque no era evidente, para la diseñadora, el potencial de la construcción saltó a la vista y teniendo en cuenta las necesidades y anhelos de los próximos habitantes de casa, se puso manos a la obra. “Para mí era indudable que la precaria construcción podría ser el punto de partida para proyectar una vivienda familiar. Las dos cabañas eran totalmente aprovechables ya que estaban en buen estado. Comenzamos por trabajar los pisos, poniendo una superficie de ladrillo al galpón donde sería el área social y retocando detalles al piso de cemento alisado que había en las alcobas. Luego nos planteamos abrir puertas de doble hoja en el comedor y ampliar las ventanas en todos los espacios de la casa para disfrutar de la vista”, explica Magdalena. Los trabajos de remodelación se realizaron sin la ayuda de un arquitecto. Con la participación de otros miembros de la familia, el proyecto de la nueva vivienda fue adaptándose a las necesidades particulares de todos, siguiendo su intuición, sentido común y conocimientos de Magdalena. El concepto que primó en cada detalle fue el de lograr una residencia lo más funcional posible que cumpliera con el sueño de tener un hogar de fin de semana. “Aquí como siempre en mi familia, queríamos lograr una acogedora construcción para compartir momentos en el espíritu de campo que desde chicos sabemos disfrutar” apunta la diseñadora. Finalmente consiguieron acondicionar 200 metros cuadrados, que sin perder el touch de “la quinta mágica de la abuela” les brinda toda la comodidad y bienestar que necesitan.En toda casa siempre hay una anécdota inusitada, que remite al realismo mágico latinoamericano. Esta no es la excepción. Ya que el terreno no cuenta con sistema de acueducto, la familia recurrió a la sabiduría ancestral que sigue vigente en la zona y llamaron a un rabdomante, es decir un experto en percibir las vibraciones que emana la tierra cuando hay presencia de aguas subterráneas, con la ayuda de una vara. Este experto caminó el terreno hasta indicar el punto preciso para ubicar el pozo de agua. Mientras tanto, la familia contrató los servicios de un aguatero, oficio común en la zona, que recarga el tanque situado en la casa una vez por semana. “Tanto nos gustó este lugar y su fantástico entorno natural, que no nos importó que no tuviera agua corriente. Para nuestra alegría, actualmente este es un problema solucionado”.En cuanto a la decoración, la nostalgia y el savoir vivre, consiguen un estilo único. “La idea era lograr calidez, apoyándose en los objetos usados, con historia. Por esto, le di un lugar a aquellas piezas invaluables sentimentalmente, que heredamos del campo de nuestros abuelos y que permanentemente nos llevan a los recuerdos de la niñez pasada en familia y en contacto con la naturaleza”. Así, Magdalena ve el trabajo de diseño interior como un constante y participativo work in progress en donde los que querés y las pasiones están siempre invitados.  

 



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