>
Comienzos difíciles en el país

Augusto Ditrich, el abuelo de Jacobo, llegó en 1909 a la Argentina, en la tercera oleada de inmigrantes ruso-alemanes del Volga y, quizás, la menos favorecida de las tres.

Sucede que los primeros migrantes que llegaron en 1878 se vieron favorecidos con la entrega de tierras, dado que el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, les vendió 20.000 hectáreas a muy bajo precio. En tanto el segundo grupo que llegó al país pagó casi el doble del precio anterior y no recibió material para construir sus viviendas, elementos de trabajo y animales, como sí lo hizo el primer grupo.

Al tercer turno, en el cual estaba el abuelo Augusto, le fue muy difícil y hasta imposible adquirir tierras y muchos debieron trabajar como arrendatarios en las estancias. Por fortuna, Augusto alcanzó a comprar un campo de 220 hectáreas en La Pampa y comenzar una nueva vida produciendo trigo, que era su fuerte.

Si bien los inmigrantes ruso-alemanes del Volga llegaron para vivir mejor, los primeros debieron enfrentar problemas parecidos a los que tuvieron los colonos judíos por no querer construir sus viviendas en granjas aisladas sino en aldeas, como acostumbraban en Europa.

Según cuentan sus descendientes, aquellos colonos entendían que así se sentirían más seguros ante posibles ataques o robos, sus hijos tendrían cerca el colegio y estarían bajo la protección de la iglesia.

En el libro "Historia de inmigración", de Lucía Galvez, se puede leer que, en cierta oportunidad, el administrador de las tierras que ocupaban los amenazó con quitarles las carpas que les habían facilitado si no construían las casas en el lugar indicado, por lo cual los colonos le pidieron el veredicto al propio presidente Avellaneda.

Mientras esperaban la decisión presidencial y para que no les quitaran las tierras, recordando aquellas primitivas cuevas del Volga que habían fabricado sus bisabuelos, cavaron sótanos de cuatro metros con veinticinco centímetros de ancho por diecisiete metros de largo y dos de profundidad. Los cubrieron con ramas, follaje y tierra.

Cuando el administrador se presentó con la fuerza pública para retirar las carpas, los colonos acomodados en sus cuevas, las tenían listas para entregar. Los policías festejaron la ocurrencia y dejaron en paz a los colonos. Luego, por orden presidencial, la aldea fue respetada y poco después levantaron allí sus casas de adobe.



Use la opción de su browser para imprimir o haga clic aquí