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Entre la confianza absoluta y el miedo a perderlo todo “en vivo”
La polémica en Río Negro actualizó una realidad: los políticos argentinos son reacios al debate de ideas y programas. La biblioteca de los politólogos está dividida: unos señalan que sólo beneficia al orador más telegénico y otros que es factor clave para definir y reafirmar apoyos.

Río Negro transita por la última etapa de la campaña electoral. El domingo próximo llegará la séptima oportunidad consecutiva de elegir gobernador vía las urnas. Y en el tramo final, la agenda pública impuso a Miguel Saiz y Miguel Pichetto la necesidad de responder –casi diariamente– sobre la predisposición a contraponer en debate público los proyectos de la Concertación y el Frente para la Victoria.
La oposición alentó desde un principio la discusión abierta sobre las ideas para gobernar la provincia.
El oficialismo mudó sus respuestas con el paso del tiempo. Empezó rechazando la iniciativa asegurando que “el debate siempre lo pide el que va abajo en las encuestas”, luego argumentó que antes de aceptar quería conocer las propuestas de Pichetto y terminó esta semana sosteniendo que, en caso de aceptar, sólo sería si la transmisión en vivo se realiza por un canal abierto de televisión, desechando la posibilidad ofrecida por la señal de cable nacional Todo Noticias.
¿Es correcta la estrategia de Saiz? ¿Sus contestaciones públicas emiten señales de debilidad o de seguridad sobre su reelección? ¿Cuánto ganan o pierden los rionegrinos con un debate entre los principales aspirantes a la gobernación?
A la hora de evaluar los pros y los contras de aconsejar a los candidatos si les conviene o no debatir, el mundo de los consultores, sociólogos, politólogos y publicistas está dividido. En términos forenses: una biblioteca a favor y otra en contra.
Hablando desde el interior de un sistema político como el mexicano, plagado de liturgias, simbologías y máscaras, el analista Pedro Echeverría sintetiza adecuadamente las razones del “no”. Veamos: A) al organizarse con un tiempo acotado para exponer, no se logra dar a conocer proyectos, programas y soluciones concretas a problemas de gobierno; B) en función de ese condicionante los participantes se ven obligados a manejarse con síntesis de las cuales generalmente se les escapan ideas básicas o esenciales; C) sólo permiten lucir al orador más hábil en la respuesta puntual, al que modela correctamente su voz o al que aporta mejor presencia física.
Pero ¿y las razones a favor de debatir?
En su libro “Juegos de Poder” (Editorial El Ateneo), el americano Dick Morris –polémico asesor de Bill Clinton– las resume con gran economía de palabras: aceptar el convite implica “ser”; no aceptarlo implica “no ser”.
¿Que significa lo uno o lo otro?
Lo primero, un mensaje positivo ante la sociedad, independiente –claro está– de los resultados del debate. Lo segundo, un mensaje negativo.
Para el titular de Nueva Mayoría, el politólogo Rosendo Fraga, desde la sociedad la decisión de ir o no a debate se reflexiona desde parámetros que muchas veces nada tienen que ver con percepciones políticas.
–En esas circunstancias, la gente no necesariamente tamiza el tema en los términos en que lo hace un candidato y su equipo de campaña. Este evalúa sobre exponerse o no desde determinantes que el grueso de la gente no toma en consideración o simplemente ignora por tratarse de cuestiones muy finas de los intereses en juego… Es más, es muy posible que la gente sólo compute si el candidato se anima o no a debatir –explica Fraga y agrega:
–Midiendo desde esa vara, aceptar o no debatir suele implicar una toma de posición de la gente sobre éste o aquel candidato.
En términos de la cotidianeidad: “Se animó a poner la cara” o “No puso la trucha”.
Sociólogo y profesor de la UBA y de El Salvador, Hugo Haime es titular de la consultora que lleva su nombre y agrega el de “asociados”. Dotado de experiencia en el manejo de campañas electorales, tradujo ese bagaje en un interesante libro: “La imagen del Poder. La Consultoría Política en Acción” (Editorial Corregidor).
Haime opina que de cara a forjar política para con los medios de comunicación, el político entra en la cueva del Minotauro. Fundamentalmente cuando se trata de la tevé. Un ámbito duro. “Ahí se puede convertir a un Adonis en el más común de los mortales”, señala el autor.
Luego destaca: “La invitación de un periodista a un programa televisivo o la invitación a concurrir a un debate con nuestro principal adversario, el no tomar posición, el no contestar, el no concurrir, implica de hecho un modo de tomar posición activa. La aparición o no aparición en un medio de comunicación supone un modo particular de comunicarse ya que dicha gestualidad será, necesariamente, leída por la opinión pública en un determinado sentido. De lograr descubrir cómo será leída dicha gestualidad por el electorado dependerá cuál sea la decisión correcta a ser tomada en cada momento”.
Con varios viajes a Río Negro a cuestas durante las últimas semanas, Enrique Zuleta Puceiro sostiene que el debate entre Saiz y Pichetto sería positivo para los dos, aunque advierte que “la provincia no vive una campaña programática sino una contienda centrada en los dos principales candidatos”.
Desde esa reflexión parte para tomar distancia de uno de los argumentos de Saiz, asegurando que “no tiene fundamentos la percepción que ubica siempre al perdedor pidiendo el debate y existen ejemplos concretos y recientes para demostrarlo” (ver aparte).

NUEVO Y EXITOSO

–¿Qué es el poder? –le preguntaron a Henry Kissinger cuando se estrenaba el traje de secretario de Estado de los Estados Unidos, en tiempos de la primera presidencia de Richard Nixon
–Lo que uno tiene –respondió. Y con el tiempo se arrepintió de una respuesta tan poco imaginativa. Entonces, a la hora de escribir sus densas y apasionantes memorias, sentenció:
–Poder es lo que los otros se imaginan que uno tiene, pero quizá uno no tenga.
¿A qué viene esto? A cómo en el ’89 Carlos Menem se negó debatir con quien sería su contrincante mayor en la carrera por la Rosada: Eduardo Angeloz, radical.
–Yo no debato con los que arruinaron el país –dijo el peronista al amparo del derrumbe estrepitoso de la gestión Alfonsín. Y en esa línea, siguió:
–Yo soy lo nuevo –sentenció respaldado por el emergente poder que le acreditaba, precisamente, el ser alternativa ante la crisis.
Seis años más tarde, apoyado en los por entonces éxitos de convertibilidad, Menem descartó debatir con “Pilo” Bordón, candidato a presidente por el Frente Grande:
–¿Por qué voy a debatir mis ideas? Esta visto que son exitosas… sería una pérdida de tiempo –contestó el riojano
–Cada uno a su tiempo, Angeloz y Bordón quisieron llevarlo al terreno en que se sentían, por formación, más sólidos que Menem: el manejo de ideas. Pero Menem se clavó en el axioma simple pero concreto que le otorgaba su poder real. Para él, debatir, implicaba debilidad.
Cero concesión a Heidegger, que en atrapante reflexión sostiene que cuestionar y debatir son la más alta figura del saber…

Encuestas y decisiones

Los resultados de dos sondeos realizados por la consultora Opinión Pública Servicios y Mercados sirvieron a Miguel Saiz para consolidar su discurso proclive a repeler el debate con Miguel Pichetto.
“El que pide debatir siempre es el que está abajo en las encuestas”, se jactó en reiteradas oportunidades el entorno del gobernador y candidato a la reelección.
Sin embargo, el propio director de OPSM, Enrique Zuleta Puceiro, sostiene que no hay fundamentos para considerar una certeza tal afirmación.
–(Nicolas) Sarkozy estaba arriba en las encuestas, fue al debate y terminó de aplastar a (Ségolène) Royal en las elecciones de Francia. Y si quiere un ejemplo más cercano, pero igualmente reciente, (Sergio) Uribarri se expuso a un debate en el programa “A dos voces” –no en el mismo estudio, pero vía coaxil– con el resto de los candidatos a gobernador de Entre Ríos y se favoreció, porque después de eso los números le dieron mejor. No siempre el debate es negativo para el que marcha primero en las muestras sobre tendencias de voto –puntualizó el titular de las cátedras de Teoría General del Derecho y de Sociología en la Facultad de Derecho de la UBA.
Zuleta Puceiro ubicó la característica particular de la elección rionegrina en la campaña centrada en la figura de los candidatos por encima de las propuestas programáticas.
En este sentido, admitió estar al tanto de la realización de encuestas domiciliarias a través del sistema de urnas, que a diferencia de la metodología tradicional otorga al consultado mayor reserva al momento de revelar el destino de su voto.
–Sé que se están haciendo, pero nosotros preferimos usar el sistema común porque nos parece que en la elección del 20 de mayo no existirá el “voto vergüenza”. La urna sirve –explicó– para casos como el de Carlos Menem en el 2003, cuando muy pocos se animaban a admitir que lo iban a votar. Pero en Río Negro a nadie le da temor decir que apoyará a Saiz o Pichetto. Estamos hablando de un buen gobernador contra un legislador nacional brillante.
La consultora OPSM terminó de realizar un sondeo el jueves pasado y tiene previsto un trabajo final que comenzará mañana.



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