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Un grito artístico desde el fin del mundo

USHUAIA (DPA) - El "fin del mundo", encarnado en la ciudad más austral del planeta, Ushuaia, Argentina, remite a desolación y construye el escenario ideal para que durante todo abril más de sesenta artistas de distintos países emitan al unísono un grito artístico que active el repensar de tiempos y espacios, en la Primera Bienal de Arte del Fin del Mundo.

"Pensar qué otros mundos son posibles", en la actual coyuntura de emergencia ecológica que vive el planeta, es el eje que articula la muestra, caracterizada por una fuerte apuesta a incorporar artistas nuevos y casi desconocidos a una nómina de figuras de trayectoria.

Es que esta bienal, creada en base a una iniciativa de la Fundación Patagonia Arte y Desafío, con producción argentino- brasileña, pretende erigirse ante todo como una nueva plataforma de exhibición y lanzamiento para artistas latinoamericanos.

Cuando comenzó a realizarse la Bienal de La Habana en los años ochenta, las obras de artistas latinoamericanos llegaban a las bienales internacionales bajo categorías, por ejemplo, de arte étnico, cuando en realidad podían ser catalogadas directamente como arte contemporáneo, explicó la curadora adjunta, la cubana Ibis Hernández Abascal. "Hoy eso ha cambiado y esta bienal es parte de ese cambio", destacó.

Así es como distintas instalaciones, en su mayoría montadas al pie de la bahía Encerrada, con el trasfondo de barcos cargueros, militares y cruceros cortando el gris de cielo y agua, albergan desde el 30 de marzo obras de 69 artistas de 29 países.

Entre ellos figuran los argentinos Luis Felipe Noé, Clorindo Testa, Charly Nijenshohn, León Ferrari, Joaquín Fargas, Andrea Juan, Fernando Goin y la pareja argentino-británica de Jorge y Lucy Orta, los brasileños Caio Reisewitz, Mariano Klautau, Rochelle Costi, Gabriel Guaraci y el Grupo Bijari, el chileno Gonzalo Díaz, la ecuatoriana Manuela Ribadeneira, la paraguaya Mónica González, las venezo- lanas Magdalena Fernández y Nan González, el cubano Kcho y el francés Fred Forest.

La exhibición de las obras de éstos y de todos los artistas estuvo íntimamente planificada por la curaduría general a cargo de la brasileña Leonor Amarante en función de las características de cada centro de exposiciones, lo que permitió realzar la característica de los proyectos.

 

REFLEJOS

 

De esta forma el polideportivo de la ciudad albergó con trasfondo blanco y espacios amplios obras en las que predominó la claridad y la iluminación, con numerosas proyecciones y performances y, por el contrario, el antiguo presidio de Ushuaia envolvió con su hálito agobiante obras en las que el tema del encierro, la falta de libertad y la estrechez fueron la nota predominante.

En el polideportivo, Caio Reisewitz consiguió plasmar fotográficamente "el segundo mágico" de la ciudad de San Pablo, con el objetivo de que el espectador pudiera oler y oír lo que él sintió en el momento de la toma.

La venezolana Fernández, inspirada en el reflejo del sol sobre el mar, propuso un juego de luces y movimiento a través de miles de hilos de fibra óptica colgando del techo, que finalizan en semicírculos de punta brillante y que invitan al espectador a sumergirse en medio de ellos y hacerlos mover como luciérnagas destinadas a volver siempre al mismo sitio.

La blancura que marcó el montaje de este centro de exposiciones fue también el ámbito indicado para una serie de trabajos vinculados a la Antártida, territorio ubicado a tan sólo unos 1.000 kilómetros de esta ciudad.

El proyecto que exhibió Andrea Juan se basó en una serie de expediciones que realizó a la Antártida, en las que observó el modo en que el calentamiento global está modificando el efecto visual del entorno. En sus viajes transportó decenas de metros de tul rojo y azul que los hizo volar sobre el blanco del hielo, bajo la fuerza del viento. La proyección, tremendamente atrapante, se exhibe en dos pantallas gigantes en el centro del salón.

A tono con Andrea Juan, Jorge y Lucy Orta se propusieron transformar metafóricamente la Antártida en un territorio de toda la humanidad, una tierra capaz de albergar a millones de desplazados, un proyecto cuyo eje central fue la instalación de tiendas de campaña decoradas con banderas multicolores en el marco de la bienal.

EL ENCIERRO

En contraposición al blanco, pero bajo la misma premisa de pensar otros mundos posibles, el antiguo presidio albergó las obras del brasileño Klautau Filho, cuyas puertas tapiadas transmiten la inhibición del sueño de libertad en un estrecho pasillo carcelario, mientras que su compatriota Rufino, quien viene trabajando desde hace tiempo en el tema de la memoria, recuperó vivencias de su propio padre preso durante la dictadura militar en su país para montar pequeñas camas en cada celda, que plasman una sensación de estrechez y encierro.

El presidio fue también sede de la exposición de León Ferrari, quien tomó como punto de partida las páginas de la edición en español del órgano oficial del Vaticano L'Observatore Romano para diseñar collages en los que articula irónicamente el material con obras e imágenes ya consagradas del mundo del arte, ilustraciones y fotografías contemporáneas. Así plantea una vez más uno de sus temas clave: la religión como fundamento de la violencia.

LA CALLE

Lejos del encierro, la bienal quiso también caracterizarse por la intervención de sitios urbanos, al aire libre, lugares de tránsito corriente, de modo tal que la población local se topara con obras de arte en su circuito cotidiano. En esta iniciativa se enmarca la Casa Nómada, del grupo argentino Delborde, una casa que es trasladada por distintos puntos de la ciudad y que remite a las viviendas que los pobladores de Ushuaia debieron construir ante la necesidad de mudarse continuamente a medida que el gobierno les reclamaba la desocupación de terrenos fiscales.

Se suman en esta categoría "Sunflower" de Joaquín Fargas, una escultura sobre cambio climático que combina arte con ciencia y tecnología y cuyos termómetros y sensores registran los cambios del medio ambiente, un mural de Clorinda Testa que reza "Primera Bienal de Arte" en la intendencia de la ciudad y el proyecto de AAVRA (Asociación de Artistas Visuales de la República Argentina), que consiste en la instalación de cientos de banderas frente a la bahía Encerrada con los colores de la Whipala, insignia indígena que representa a los habitantes originarios de los pueblos de América.

Ushuaia, como ciudad del extremo austral, encarna tradicionalmente el concepto del fin del mundo en su dimensión geográfica pero, a través de esta bienal, se propuso encarnar también el concepto del fin del mundo en toda su dimensión temporal. Ejemplificando el carácter quijotesco de la propuesta, la curadora Amarante sintetizó: "Para hacer una bienal se necesita siempre un loco y un burócrata. Para ésta se necesitaron sin lugar a dudas varios locos". La Bienal de Arte del Fin del Mundo fue, en su opinión, una utopía cumplida.

IVONNE JEANNOT LAENS

DPA



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