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Dubai, un oasis de dos caras
La principal ciudad de los Emiratos Arabes se presenta como un refugio de lujo, buen clima y seguridad en Medio Oriente. El ritmo de las construcciones y el progreso impactan. Pero también convive con serios problemas sociales.

Aaahhh...!” Kader conduce su brillante Toyota por Jumeirah Beach. En el horizonte se recorta la increíble estampa del Burj al Arab, un hotel siete estrellas que es el símbolo de Dubai.
Pero Kader nunca traspasará el umbral del hotel, nunca va más allá, porque es taxista, indio e inmigrante. Por eso ya no sorprende su exclamación ante la pregunta de si le gusta Dubai. Si, al fin y al cabo, nueve de cada diez consultados responderán igual: “¡Aaahhh...!”.
Es una exclamación que mezcla la tristeza y la satisfacción, el dinero y la soledad. Con lo que Kader gana cada mes, toda su familia vive sin problemas en la India. Hace diez años que trabaja para mantenerla, pero a un alto costo, porque vive solo en una ciudad cada vez más dura y ve a los suyos apenas una vez al año. “Gano un dinero con el que no podría ni soñar en la India, pero esta ciudad está cada vez más cara”, dice.
La culpa de que el dinero alcance cada vez menos a la legión de indios, paquistaníes y filipinos que viven en ella es, paradójicamente, de los que menos problemas tienen en gastarlo. Son los millonarios que residen o compran viviendas de lujo en Dubai y los turistas del Primer Mundo quienes elevan progresivamente los precios.
Un ejemplo extremo es el restaurante “Al Mahara”, en el Burj al Arab, donde una cerveza cuesta 12 dólares y la suite más barata, 1.200. Dubai es conocido mundialmente por tener el free-shop más impactante de todos los aeropuertos del planeta. Turistas del hemisferio norte intentan volar con “Emirates” para hacer escala en la tienda libre de impuestos del emirato, donde es posible comprar todo y, si se tiene suerte, ganarse el millón de dólares que se sortea periódicamente. “Emirates” volará en breve también a Brasil y la Argentina, ampliando el espectro de sus visitantes, hoy abrumadoramente del hemisferio norte, ya que Dubai está a cuatro horas de vuelo –a lo sumo cinco– de las principales capitales europeas.
Pero, pese a la fama de Dubai, con sus increíbles edificios, su seven de rugby en diciembre, su torneo de tenis pleno de estrellas en febrero, su festival de heavy metal en marzo e incontables otras atracciones, la capital de los Emiratos Arabes Unidos (EAU) es otra: Abu Dhabi.
En el intento de competir por el interés de los turistas e inversores, Abu Dhabi se está abriendo y liberalizando cada vez más. Para el 2009 ya se aseguró un Gran Premio de Fórmula 1, una garantía de situarse en el mapa mundial. Y sus autoridades crearon la línea aérea “Etihad” para competir con “Emirates”.
Todo pasa en los Emiratos Arabes por el tándem que conforman Abu Dhabi y Dubai. Hay otros cinco emiratos, pero el liderazgo está en los de siempre: el emir de Abu Dhabi es presidente de los EAU, mientras que el de Dubai es vicepresidente y primer ministro. Así funciona desde que en 1971 los EAU dejaron de ser protectorado de Gran Bretaña y se independizaron.
Lúcidos, los responsables de Abu Dhabi siempre tuvieron en cuenta que el petróleo –base del primer “boom” local– es una riqueza con fecha de caducidad. La apuesta fue por el turismo y las inversiones inmobiliarias, por potenciar los beneficios de un clima desértico que ofrece sol y temperaturas agradables cuando en el hemisferio norte todos tiritan.
Según “Dubai Magazine”, el emirato sólo es superado por Moscú en cuanto al volumen de construcción inmobiliaria: 2,2 millones de metros cuadrados, apenas 300.000 menos que la capital rusa.
Buena parte de las grúas que en los ’90 ocultaban el cielo en Berlín parecen estar ahora sobre el Golfo Pérsico, donde algunos proyectos son casi demenciales. “Burj Dubai” es el mejor ejemplo. Se sabe que su altura superará los 800 metros, pero en el estudio “Skidmore, Owings & Merrill” (SOM) la cifra concreta se maneja como secreto de Estado. Nadie quiere que se sepa. El impresionante edificio es ya el emblema de un nuevo barrio de la ciudad que se presenta como “el kilómetro cuadrado de oficinas más prestigioso del planeta”.
Será el edificio más alto del mundo, aunque el record no le durará más que unos pocos años, porque Shanghai se propone construir la Torre Biónica, de 1.228 metros. Y en Japón existe un proyecto, el X-Seed 4.000, que apunta a superar los 3.776 metros del monte Fuji, el punto más alto del país.
Ese ambiente de lujo y ambición fuera de todas las proporciones impregna cada vez más a Dubai. La insistencia en que el turista vaya a centros comerciales es permanente, y cuando se ingresa en un gigantesco “mall” en medio del desierto –y con una pista de esquí– se comprueba que Dubai no está dispuesta a dejarse detener por nada.
Junto a los inmigrantes asiáticos que lubrican con su trabajo la maquinaria de los servicios básicos, hay otro grupo de extranjeros, el de los “expatriados”, que reúne sobre todo a británicos, irlandeses y australianos. Los emiratíes son minoría, en torno del 15%. “No te mezclas con los locales, hacemos casi todo por separado”, dice Kate, una rubia australiana, mientras disfruta de una cerveza en el insólito “Irish Village” del “Aviation Club”, el club social y de tenis más exclusivo de la ciudad. En ese “Irish Village” que traslada a cualquiera al instante a Dublin está permitido lo que es imposible en las calles de Dubai: beber alcohol. Y, a juzgar por los precios y por el entusiasmo con que los “expatriados” vacían los vasos, debe ser de los mejores negocios en Dubai.
El contraste, otra vez, está en Jumeirah Beach, la interminable playa que mira a las cálidas aguas del Golfo Pérsico y el cercano estrecho de Ormuz.
Allí se construyen complejos de islas artificiales como el de “Palm Jumeirah”, con forma de palmera, y “The World”, que reproduce un planisferio. David y Victoria Beckham, además de la cantante colombiana Shakira, ya compraron sus islas particulares. Y no muy lejos de esas islas hay una sucesión de villas de reciente construcción. Pegadas a algunos de sus muros se ven casas precarias, imposibles de llamar “viviendas”, en las que malviven los pescadores que antes residían en esos terrenos cuando estaban libres. “Debimos dejarle sitio al desarrollo de Dubai. Nos sacaron de la playa hace cinco años”, se lamenta uno de los pescadores, indio como la inmensa mayoría de sus colegas.
“Este país en diez años se hunde”, asegura Valeria, una mexicana de 25 años que reside desde hace una década en Dubai. “Creció demasiado rápido y cambió mucho. Antes veías la tradición árabe, ahora no queda nada. No es el lugar en el que querría que crecieran mis hijos”, agrega rotunda, demostrando que Dubai puede gustar o no pero nunca deja indiferente.



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