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Crece la pobreza extrema en el país más rico del mundo
Un  estudio hecho sobre los datos del censo 2005 demostró que la pobreza extrema
y la brecha social entre las clases alta y baja  aumentaron aceleradamente desde el 2001, pese a que la economía se expandió y mejoró la productividad. La superpotencia mundial muestra los peores índices sociales entre los países desarrollados.

Una reciente investigación sobre los datos del censo de EE. UU. reveló una realidad urticante para la única superpotencia y motor de la economía mundial: en los últimos años, la pobreza extrema en ese país afectó a casi 16 millones de personas y creció a un ritmo comparable con los países del Tercer Mundo, expandiendo la brecha social como nunca en los últimos 32 años.
Es cierto que ser pobre en Estados Unidos o Europa no es lo mismo que serlo en Latinoamérica o Africa. Lejos de vivir con “menos de un dólar por día”, según los criterios de la ONU, en el país del Norte la línea de pobreza extrema se establece en 9.903 dólares anuales para una familia tipo de cuatro integrantes o 5.080 de la divisa al año para un individuo. Es decir que alguien pobre en EE. UU. puede, por ejemplo, vivir en una casa de material con aire acondicionado y conducir un automóvil. Y alguien en “pobreza extrema” puede señalar que, en realidad, jamás pasó hambre.
Sin embargo, aunque el concepto pueda ser relativo, produce niveles de frustración y marginalidad similares en la persona, viva ésta en Mogadiscio o en Nueva York. El último documento sobre la realidad social hecho para la Comisión Europea señala que “la pobreza relativa supone una incapacidad para participar de la sociedad de una manera que la mayoría de esa sociedad considera evidente. Para un padre puede suponer el disgusto de no poder ofrecer a sus hijos lo que otras personas consideran normal. Para los ‘pobres relativos’ puede suponer un aislamiento social de las normas y hábitos de la sociedad cotidiana” (1).
Un reciente informe hecho por la organización McClatchy Newspapers sobre los datos del censo 2005 reveló que la pobreza extrema se ha expandido un 26% entre el 2000 y el 2005, a un ritmo que es un 56% más rápido que el crecimiento de la población pobre en general en todo el país. Pero lo más grave, señala el estudio, es que la aceleración de la indigencia se produce en momentos de inusual expansión económica.
“La productividad laboral se incrementó dramáticamente desde la breve recesión del 2001, pero el crecimiento de los salarios y los puestos de trabajo quedó rezagado”, se señala.
Al mismo tiempo, “la proporción del ingreso nacional que va a las ganancias corporativas fue enormemente mayor que la que va a los salarios”, se apunta en el trabajo. Eso ayuda a explicar por qué “el ingreso medio por hogar en las familias en edad laboral, ajustado con la inflación, ha estado bajando por quinto año consecutivo”, se agrega.
En 38 estados, incluyendo la Florida, los ingresos del 25% de las familias más carecientes crecieron más lentamente que los  del quinto de la población con ingresos superiores entre principios de los ’80 y principios de los años 2000, según un estudio del Centro de Prioridades Presupuestarias, una organización liberal de análisis.
Para explicar esto, el documento señala que el mercado laboral que favorece las habilidades específicas y la educación “se ha hecho cada vez más duro e inestable para los trabajadores no calificados”. Agrega que estas cifras revelan que los programas sociales “han perdido efectividad en recuperar a quienes se caen del sistema” (ver recuadro).
Esos y otros factores han ayudado a empujar al 43% de los 37 millones de pobres de la nación hacia la extrema pobreza, la mayor proporción desde 1975.
La porción de americanos en indigencia ha ido subiendo lenta pero progresivamente en las últimas tres décadas. Pero desde el 2000, el número de los extremadamente pobres ha crecido “más que ningún otro segmento de la población”, según un reciente estudio publicado en el American Journal of Preventive Medicine.
“Esto es exactamente opuesto a lo que pronosticamos cuando empezamos”, dijo a la red McClatchy el doctor Steven Woold de la Virginia Commonwealth University, coautor del estudio. “No estamos viendo tanta pobreza moderada como una proporción de la población. Lo que estamos viendo es un gran crecimiento de la extrema pobreza”.
El estudio precisó varias características de este crecimiento, señalando entre otras cosas que se ha extendido de las zonas urbanas a las rurales, que afecta con especial fuerza a niños y mujeres, que es desproporcionadamente severo con las minorías étnicas negra e hispana y que se expande en el país (ver aparte).

UN AGUJERO NEGRO

Otra de las preocupaciones del estudio es que el fenómeno de la extrema pobreza tiene una dinámica negativa, atrayendo cada vez más personas a ese sector. Steven Woolf, de la Virginia Commonwealth University, atribuye esto a lo que él llama “un efecto de agujero negro” en el ingreso. “De la misma forma en que un agujero negro hace que todo lo que esté arriba colapse, las familias y los individuos de las clases medias parecen estar migrando hacia secciones de menos ingresos que los aproximan al umbral de la pobreza”, señaló Woolf en el estudio.
Varios críticos de la gestión de George W. Bush apuntaron a sus políticas económicas. Bush y su partido republicano, con mayoría en el Parlamento hasta el año pasado, implementaron un programa que incluyó una reducción de impuestos (que proporcionalmente benefició más a las ganancias de las empresas), un aumento del presupuesto de guerra y militar debido al conflicto en Irak y una reducción del gasto en educación y servicios sociales.
De hecho, el presupuesto que presentó Bush para el 2008 incluye más reducciones para educación y salud pública. El borrador dado a conocer por el presidente prevé 151,7 mil millones de dólares durante el 2008 a las acciones militares en Irak y en Afganistán. Tan sólo el presupuesto para defensa comprende 481.400 millones de dólares, un 60% más que en el 2001. Por otro lado, incluye una reducción en 66.000 millones de los gastos en el programa de salud para los ancianos (Medicare) en los próximos cinco años. Además, se recortará en 12.000 millones el Medicaid, el seguro de salud para los pobres.


(1) Informe de la Oficina de Asesores de Política Europea (OAPE), 2007
Para consultar el informe de McClatchy completo: http://www.realcities.com/mld/krwashington/16760690.htm

Cuestionan los planes sociales

La ayuda de bienestar social prestada por el Estado a la población en Estados Unidos es mayor que nunca, pese a una década de políticas que buscaban independizar a los pobres de los programas asistenciales. El número de familias que reciben ayuda en efectivo de dichos programas ha bajado desde que el gobierno impuso límites en los pagos, hace una década. Pero, según los críticos de la reestructuración de los programas asistenciales, las evidencias muestran que pocos beneficiarios se han vuelto autosuficientes, pese a que millones han pasado de la ayuda gubernamental a un empleo. La gran mayoría se ha visto obligada a aceptar puestos de bajo salario, sin prestaciones y con pocas oportunidades de progresar, añaden los críticos. 
En Washington, a pocas millas del Capitolio de EE. UU., John Treece, de 60 años, reflexiona sobre su vida en la extrema pobreza mientras sale de una cocina popular local con dos cartuchos de víveres gratuitos. Afectado por la artritis, problemas en la espalda y otros achaques producto de años de duro trabajo manual, Treece no se emplea a tiempo completo desde hace 15 años. Ha tratado infructuosamente de conseguir beneficios de la Seguridad Social que, según dice, cuestiona sus lesiones e historial laboral. El año pasado, un individuo extremadamente pobre ganaba 5.244 dólares anuales o menos, según las orientaciones federales. Treece dijo haber ganado más o menos esa cantidad el año pasado haciendo diversos trabajos. Treece vive al día en un cuarto por el que paga 450 dólares mensuales en un barrio peligroso. Gracias a los cupones de alimentos, las cocinas populares y la ayuda de los parientes, Treece dice nunca quedarse con hambre. Pero no le es fácil conseguir dentífrico, jabón y otros artículos que requieren efectivo. “Algunas veces uno piensa en hacer algo malo –dijo Treece–, pero ya no soy un muchacho. No puedo pasar tiempo en la cárcel”.
Nia Foster, de 32 años, depende de los programas gubernamentales. Dejó de recibir pagos en efectivo a finales de los ’90 y se ha mudado de un empleo de oficina a otro. Ninguno daba prestaciones médicas. Trabaja ahora en una oficina de recaudación de impuestos, un empleo temporal que terminará después del 15 de abril. La mujer, madre de dos hijos, sostiene a su familia con los cupones alimentarios y del Medicaid. Foster dice que no recibió capacitación laboral. Terminó el equivalente al secundario el año pasado en una escuela comunitaria. “No creo que a ellos (la oficina de asistencia) les importe realmente qué hace una cuando se acaba la ayuda”, dice. (AP/McClatchy Newspapers)



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