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Gestos y estilos de los dos Migueles que irán a las urnas para gobernar

El radical Saiz y el peronista Pichetto comparten escasez de carisma personal y la capacidad de construir poder en una Argentina de lealtades políticas gelatinosas. Hábitos, hobbies y personalidad de los candidatos.

os dos Migueles, uno radical y otro peronista, saben que no los habita el carisma. Eso que Max Weber llamó "gracia" les es tan distante como estéril sería intentar lograrlo.

Saben, entonces, que ningún paisano clavará un cuchillo pendenciero en la punta del mostrador de un boliche cualquiera y gritará "¡Viva el supremo roquense, don Miguel Saiz, carajo!". Y que tampoco, en el otro extremo, otra faca lastimará la madera aceptando el desafío: "¡Viva el tigre de Sierra Grande, don Miguel Pichetto, carajo!".

Esas lealtades ya son historia. O están reservadas al deductivo Juan Manuel de Rosas que Andrés Rivera ficciona en "El farmer".

Y saben los dos Migueles que hacen política en tiempos en que el poder es gelatinoso en la Argentina. Imperio de lo efímero. Y que en la gente, su razón de ser, la política alimenta más desencanto que vitalidad. El principio de esperanza que le fue propio devino en principio de desconfianza.

Estos Migueles saben también que toda esa dialéctica tiene como marco de fondo la pérdida de la idea de progreso tal cual ellos y generaciones de argentinos la vieron plasmarse. "Erase una vez la política. De la Ilustración habíamos aprendido que la emancipación del hombre era posible y que, siguiendo el camino de la razón, la historia tenía un solo sentido: el progreso. Pero la idea de progreso está en descrédito", escribe casi para los argentinos el catalán Josep Ramoneda.

Y André Gluckman, un francés que por estos días se traspasa del socialismo a la centroderecha, pareciera también tenernos en cuenta cuando sentencia:

Lo que se desarticula en política no es un programa electoral ni unos decenios de consumo feliz, sino un siglo de historia social (....) Los partidos políticos, al igual que las patrias, se encuentran desposeídos de su infalibilidad (....) La mayonesa no cuaja y la tarta de nata ya no es tarta de nata...

Pero ahí están los dos Migueles, en política.

Uno el radical quiere seguir gobernando Río Negro. El otro el peronista dice que es su hora.

El primero es hincha de Boca. Camiseta y gorrito. Y si el triunfo es grande, el placard le ofrece corbatas azul-amarillo. Esta fervorosa estética tiene su remate en una pared de la Residencia Oficial en Viedma. Ahí cuelgan chupetes, matracas, banderines y banderolas con los colores de la autodenominada "mitad más uno". Al Miguel radical la mirada se le torna suave y celeste aguado cuando recuerda la linda razón que lo llevó a ser de Boca.

En lo futbolístico, el Miguel peronista es leal al lugar en que nació: Banfield. Buena memoria para aquel gol de rabona o de chilena. Pero con resignación propia de hincha de un "chico", el destino de su equipo en la tabla le interesa tanto como para preguntar de vez en cuando: "¿Y? ¿Cómo andamos?". Según sea la respuesta, pontifica: "¡Somos una murga!" o "¡Somos unos genios!". La historia habla más de lo primero que de lo segundo.

Y los dos Migueles se visten desde las antípodas en materia de gustos.

Caribeño el estilo del radical. Colores vivos.

Lentes oscuros tipo "cafetalero panameño", los definiría Graham Greene. Y para disloque psíquico de sus colaboradores de mayor confianza, suele presentarse con un saco color mostaza y camisa amarilla desprendida hasta la mitad del pecho.

Clásico, orillando lo aburrido, el estilo del Miguel peronista. Blazer azul, pantalón gris acero. Camisas lisas o rayadas. Y prusiana insistencia en usar camperas de gamuza a pesar del descrédito que desde lo político a esta pilcha le generó Fernando de la Rúa. Y mocasines, claro. Siempre furiosamente lustrados.

Y oro en ambos. Goloso el radical: pulsera y anillos. Cauto el peronista: anillo con perla negra.

Platos preferidos por este último: pastas con aceite y predilección por el terror de Mafalda, las sopas. Poca carne y rechazo agrio a lo que Borges definió como "la parte más innoble de la vaca": las achuras. Y siempre mucha sal. Cero de alcohol. Manda la Coca-Cola.

En el campo de la ingesta, el Miguel radical muestra mayor flexibilidad pero siempre bajo una línea de moderación. Hombre de bar. En Viedma, todas las noches la inexorable visita a "Camila", a partir de las 20. Whisky y café, a modo de matiz.

El Miguel peronista tiene la lectura como hobby. Placer por los denominados "malditos" de la literatura norteamericana, especialmente el sórdido Charles Bukowski. Cuentos en los que, como mínimo, alguien perdió el pene al cerrar un cajón, lo pone en el bolsillo y va al médico. Este Miguel cree que "La silla del Diablo" de Carlos Fuentes es un libro iniciático para conocer los entresijos del poder y su ejercicio. Pero su biblioteca define mucho de sus percepciones sobre la política. Abundan las biografías y discursos de hombres que hicieron de ella un sinónimo de acción y más acción sin generarse mayores tensiones éticas: Tayllerand, Napoleón, Franklin Delano Roosevelt, Charles de Gaulle, Winston Churchill y nuestro Sarmiento. Libros maniáticamente subrayados y con insufribles anotaciones en los márgenes.

Y el Miguel radical ama todo lo que vuela. Lo seducen los pájaros, de los cuales es un meticuloso investigador. Capaz de frenar en plena ruta y durante minutos explicar a quien lo acompaña qué tipo de torcaza "es aquélla" o de qué albatros se trata "en este caso". Y hoy lamenta que la política lo haya alejado de su otra pasión aérea: el aeromodelismo. Su flota se está poniendo vieja.

El Miguel radical se encontró con la política cuando la transición aprendía a caminar. Días en que se potenciaban alegremente las posibilidades de la democracia hasta acreditarle facultades mágicas. "Con la democracia se come, se vive, se educa, se cura", machacó Raúl Alfonsín. Hasta ese tiempo, este Miguel miró la política como tierra distante. Ni siquiera militancia universitaria, cuando en la tempestuosa y cuestionada Córdoba de los '60 él comenzó a dibujarse para abogado.

Nosotros nos íbamos a hacer quilombo contra Onganía o el que fuere y Miguel se quedaba leyendo "El Gráfico" recuerda con afecto su compañero de pensión "Tito" Pallalef.

Tampoco el otro Miguel el peronista hizo de la universidad un espacio para la pasión política. Pero cuando comenzó a cursar Derecho en La Plata ya estaba en el peronismo. Acampó ahí desde el interés en los problemas sociales al sur del Gran Buenos Aires. Realidades que reflexionaba con mirada circunspecta siempre serio este Miguel y anotaba en una libreta de tapas de hule negro. El cuenta que ya se encaminaba hacia el peronismo.

Pero no es tan así. Porque un atardecer, amagando salir de la adolescencia este Miguel entró en un bailongo del Día del Estudiante. Y ahí se cumplió tajantemente el axioma de Dolina: la militancia suele venir en forma de pollera. Entre Beatles, remanentes del Club del Clan y Wawanco, este Miguel bailó cuentan que este Miguel sabe bailar con una rubiecita de ojitos grises. Sobria. Culta. Y con sello político: PC. Tres días después, este Miguel entraba en una casona del Gran Buenos Aires. Le presentaron a un hombre ya muy mayor, rodeado de bibliotecas inmensas. Traje con chaleco. Abogado. Amable. Zimmerman de apellido, bronce en el PC argentino en adoctrinar militantes y formar cuadros. Stalinista. Tan verticalizado a los designios de Moscú que como ironizaba Jauretche sobre Victorio Codovila era capaz de usar sombrero, bufanda y sobretodo en pleno enero porteño si se enteraba de que nevaba sobre El Kremlin.

Tengo un gran recuerdo de ese hombre... leíamos filosofía, historia. Un día me rajé para otros reductos de la izquierda, pero también disparé. No tengo nada que ver con la política como ingeniería recuerda este Miguel que, con el otro Miguel, dirimirá quién mandará en Río Negro a partir de diciembre.

 



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