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Previendo la gran oleada
Anticipando una posible muerte de Fidel Castro, la guardia costera de EE.UU. no quiere ser sorprendida por un éxodo masivo.

Oficiales de la guardia costera estadounidense miran un mapa del estrecho que separa a la península de la Florida de Cuba, con una docena de banderitas que representan buques de la marina y que tienen una misión: detener el éxodo tan temido.
“No queremos ser sorprendidos” por los eventos, dice el contralmirante de la Guardia Costera (GC), David Kunkel, quien dirige un ensayo en el cual autoridades estudian cómo responder a un escenario hipotético de migraciones masivas por mar entre “cualquier nación caribeña” y Florida.
La mayoría de los funcionarios evitan mencionar que el ejercicio tenga que ver con Cuba y afirman que es parte de una orden presidencial que hace preparativos contra ataques terroristas, desastres naturales u otras amenazas internas.
Kunkel, sin embargo, admite que el escenario con el que se trabaja este día “no es un secreto: migraciones masivas de Cuba hacia acá” o viajes de cubanos a la isla caribeña si algún incidente encendiera la chispa, como la eventual muerte de Fidel Castro, convaleciente y con un estado de salud que es una incógnita.
De hecho, un centro de convenciones de Florida, el recinto donde se lleva a cabo el ejercicio, está lleno de referencias a la isla caribeña en todas partes: Mapas del estrecho de Florida, cartas náuticas, recortes de periódicos de la crisis de los balseros de 1994.
El temor a otra migración masiva a las costas de Florida está profundamente insertado en la psiquis de las autoridades del Estado y no sólo por Cuba.
En los setenta y ochenta llegaron por mar más de 50.000 haitianos escapando de la dictadura de los Duvalier (Francois y Jean Claude) en Haití.
En 1980 Fidel Castro abrió el puerto del Mariel para que quienes quisieran salir del país lo hicieran, y en cinco meses llegaron 125.000 personas, algunas por sus medios y otras recogidas por familiares en lanchas que partieron de Florida. Catorce años después 36.000 balseros se lanzaban al mar desde Cuba a Estados Unidos.
Esas migraciones tuvieron efectos devastadores en Miami, desbordada por una crisis humanitaria y tensiones raciales que estallaron en serios disturbios en 1980. El pasado 1 de agosto, un día después de que se anunciara que Castro entregó el poder a su hermano Raúl, el gobernador Jeb Bush pidió a las autoridades prepararse ante cualquier señal de movimientos masivos por mar. El martes, los funcionarios estudiaban en mapas cómo se iban a desplegar sus recursos, qué equipos tenían disponibles y agentes aprovechaban para conocerse y saber con quién tendrían que trabajar si ese día llegara.
 Las autoridades tendrían un mejor panorama del plan y cómo funcionaría al final del ejercicio, pero sí había algo claro en la mente de Kunkel. Cualquier persona en el mar “será interceptada y repatriada a su país de origen. No queremos eso, estamos preocupados por su seguridad; no vengan”, dijo.

 



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