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Eichmann, el burócrata de la muerte
Hace 50 años, un polémico operativo del Mossad israelí capturaba al jerarca nazi, que fue el encargado de aplicar la "solución final" antijudía.

Ya no queda nada de la casa que se había construido en la calle Garibaldi 6.070, Bancalari, partido de San Fernando.

Esa calle barrosa a la que él llegó en colectivo en el atardecer del 11 de mayo de 1960. Calle desolada, oscura. Pastizales. Luces mortecinas muy distantes. Y un auto que se recortaba entre las primeras sombras de la noche que llegaba. Auto con capot levantado y tres hombres simulando preocupación por un desperfecto que no era tal. Auto y hombres a los que él no prestó atención hasta que uno de ellos -un fornido comando de los servicios secretos israelíes, el famoso Mossad- lo inmovilizó por la espalda. Operación rápida. Limpia. Profesionalidad. Poco tardaría en reconocer que no era ni Otto Heninger ni Ricardo Klement, los nombres con los que alternativamente había vivido en Argentina tras llegar en 1950.

Era Otto Adolf Eichmann, el hombre que por orden del Tercer Reich se encargó de operar la "solución final": el asesinato de seis millones de judíos y gitanos durante la Segunda Guerra Mundial. Nada queda en esa calle ahora asfaltada de la humilde casa que en el 59 él comenzó a levantar a puro pulmón. Sábados y domingos, con la ayuda de sus tres hijos varones mayores y de su esposa. También con la colaboración de algunos compañeros de trabajo en la Mercedes Benz, en González Catán, a dos horas de colectivo hacia el sudoeste.

Compañeros de trabajo que han cruzado los 80 años y a los que ya no es posible ubicar. Gente que lo quería. Que desconocía el pasado de ese hombre de andar sencillo, de hablar poco, de vestimenta modesta. Cumplidor a rajatabla de los horarios. Buen tipo el alemán?

-Sí, sí, la casa estaba ahí. En esta manzana; pero no había nada aquí. Del barrio de hoy, nadie lo conoció. Sabemos que era famoso porque cada tanto vienen periodistas y buscan la casa, preguntan, pero la demolieron hace años -dice Gregorio, un salteño que llegó a Bancalari a finales de los 70.

Tampoco queda nada del chalecito cuyos fondos alquiló antes de mudarse a Bancalari. Chacabuco 4.261, Olivos. Fue reemplazado por una casa grande, típica de la clase media profesional que define tanto el perfil social de esa zona. Y la misma respuesta:

-Sí, sí. Sé que por ahí vivió ese tipo. Lo sé porque vienen periodistas y preguntan, pero aquí nadie lo recuerda, han pasado muchos años -dice un custodio del barrio.

Sí queda el Hotel Palermo. Esquina intensa, en pleno corazón del barrio del mismo nombre: avenida Santa Fe y Godoy Cruz. Fue construido en la década del 20. Edificio bien mantenido, a metros de la Rural, del Regimiento Patricios, de la Feria del Libro y del entubado arroyo de cuchilleros de Borges: el Maldonado. Y la misma respuesta?

-¿El alemán ese? Sí, sé que vivió aquí. Siempre vienen investigadores, en general extranjeros. Nos preguntan, pero qué vamos a saber nosotros? Nos piden ver la habitación en la que vivió, pero no sabemos cuál fue. ¿Los registros? ¡No, no queda nada! Jodido ese tipo, ¿no? -pregunta el joven que atiende la recepción, Godoy Cruz 2.725.

Y remata el joven:

-Medio loco el alemán, ¿no?

Pero no, Adolf Eichmann no fue un psicópata. Fue un nazi.

Encontró en el nazismo el sentido de su vida. Un sentido brutal, pero útil desde su perspectiva personal. "Los nazis reclutaron sus tropas de asalto, la policía militarizada (SS) y los guardianes y custodios de los campos de exterminio entre seres marginales, desclasados y generalmente defectuosos, con un fuerte y manifiesto complejo de desvalorización e inferioridad que derivaba en resentimiento y envidia social", señala el psiquiatra argentino José Milmaniene en "El Holocausto. Una lectura psicoanalítica".

Este encuadre le cabe en parte a Eichmann. No en relación a lo marginal. Sí desde la desvalorización en que había derivado su vida. Mal estudiante. Inestabilidad laboral seguida de trabajos que no lo satisfacían. Dificultades para lograr reconocimiento tanto en el campo familiar como en el de sus vínculos.

Su vida fue el nazismo. Se integró a él un día de 1932. Fue a instancias del padre de una joven con la que salía, miembro del Osterreider NSDAP, el partido nazi austríaco. Faltaba un año para que Adolf Hitler llegara a la Cancillería de Alemania y diera rienda suelta a sus sueños de poder. Vía aquella relación ingresó y no tardaría mucho en relacionarse con Ernst Kaltenbrunner, integrante de la esfera más íntima del sistema de decisión hitleriano. Futuro jefe de Seguridad del Tercer Reich. Ahorcado en octubre del 46 por criminal de guerra.

Ya en el 33, Eichmann vistió el uniforme de la SS. Estaba en carrera. Un soldado más en la lógica de la destrucción que signaría al nazismo. Sin embargo, aun en el marco de esa lógica, su militancia no tendría el rasgo vitalista que tanto definió la entrega al ideario nazi. La práctica, el estilo con que Eich-mann se asumiría cotidianamente como nazi, estaría singularmente ausente -por caso- de la gestualidad que fue propia al fanatismo de las huestes de Hitler. Callado. Ensimismado, Eichmann iba casi modestamente por el mundo nazi.

Casi por los laterales de eso que también define el inglés Ian Kershaw -el más riguroso biógrafo de Hitler- en clave a esencias fundamentales del régimen: "Su energía inagotable, la aceleración en el impulso, la radicalización acumulativa", según acertada designación de Hans Mommsenn.

"No lo conocí. Pero lo he estudiado tanto que me parece haber sido su analista. Nunca lo pude poner en el cuadro de los nazis de origen modesto y cultura vulgar que tanta vitalidad le dieron al régimen hitleriano", reflexionó a finales de los 70 William Shirer.

Americano y periodista, Shirer fue corresponsal en Alemania en la etapa de consolidación del poder nazi y comienzos de la tragedia que alimentó: 1934-1941. De esa experiencia surgió "Diario de Berlín", retrato sociológico excepcional para explorar aquel tiempo.

Sí, Eichmann no era el nazi promedio de las concentraciones del régimen, esos "rostros deformes por la histeria -escribe Shirer-, de bocas abiertas de par en par, gritando, gritando, y los ojos, enardecidos por el fanatismo, fijos en el nuevo Dios, en su mesías. Y el mesías interpreta su papel maravillosamente: agacha la cabeza como la viva imagen de la humildad, aguarda pacientemente a que se haga silencio", para seguir hablando.

-¿Sabe lo que era Eichmann? Un burócrata de la muerte; un minucioso operador de la muerte en función del nazismo. Convencido de que así como había nazis que se desgañitaban en amor a Hitler, había otros que tenían que hacer transformar en perfecta la práctica que es consustancial al nazismo: matar todo lo que odiaban, todo lo que les era diferente. No había locura ni extravío en los nazis: había objetivos claros, precisos -dijo hace más de dos décadas Jacobo Timermann a este diario en un luminoso departamento de calle Posadas.

Si admitimos que Hitler era loco, bueno? los historiadores tendríamos que incluir la indulgencia a la hora de hablar de él, dijo Ian Kershav a "El País".

Hace tres años, uno de los ensayistas más talentosos que tiene Argentina -Álvaro Abós- publicó "Eichmann en Argentina", una lectura esencial para incursionar en el mundo cultural- ideológico del operador de la "solución final". Vía lo que denomina "Caso Eichmann", Abós coloca en el plano de teoría en abono algo que quizá ya dejó de estar en ese rango: que la "crueldad del nazismo" no fue obra de un loco ni de un delirante.

"Al lado de Hitler actuaron personas comunes, mediocres, que aparentaban no tener rasgos patológicos y, sin embargo, pusieron en marcha una maquinaria atroz", señala.

¿Tiene el hombre mediocre de José Ingenieros algo de Eichmann? Mucho, a pesar de que en manos de Ingenieros ese hombre mediocre no tiene las manos llenas de sangre. Pero ese hombre, con su conducta becerril, posibilita la sangre que organizan otros mediocres: Eichmann, por caso.

Como el hombre mediocre de Ingenieros, Eichmann escuchaba más de lo que opinaba. Como aquél, esperaba que el poder hablara para formar su propia opinión. Y era consustancial a los designios de la burocracia de turno.

Una tarea que Otto Adolf Eichmann asumió con pasión. Cuantos trenes con judíos entraran rumbo a la "solución final", tantos judíos menos habría luego. Un libro. Tablas. Contabilidad. Vida en términos de ingresos. Muerte en términos de egresos. Estadística.

-Un muerto es un problema; un millón de muertos, una estadística -sentenció otro asesino, Josef Stalin.

La banalidad del mal, escribió Hannah Arendt.

 

Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com



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