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\"La primera vez que vimos un auto corrimos del miedo que nos causó\"
Irene Acheritobehere cuenta cómo fue su infancia en un campo de Cholila (Chubut), tierra ganadera y de profusas leyendas.

Hablar con esta mujer es un placer. El placer que da el relato de una vida vivida. Nació en Cholila, en el seno de una familia pionera y de ganaderos; tiene 83 años y estudia radio en la Universidad del Comahue. A los 23 años dejó el campo y se fue a vivir a la ciudad. Aun así, sus raíces continuaron, fuertes y profundas, en el campo de Chubut, mientras sus ramas se extendieron hacia otros confines.

En la década del 40 no eran muchas las mujeres que se atrevían a desafiar su destino, y mucho menos aquellas nacidas en el mundo rural patagónico, lejos de todo, aisladas y marcadas para el mundo doméstico.

Pero en aquellas estancias sureñas donde las leyendas se tejían a raudales las mujeres que conocía Irene eran mujeres bravas. De hecho, ellas la educaron en la rebeldía y alimentaron su autonomía. Su madre, una abuela mapuche y una abuela galesa la marcaron definitivamente.

Irene Acheritobehere fue la mayor de diez hermanos, ocho mujeres y dos varones, todos nacidos y criados en el sur en momentos en que las huellas de los bandoleros más famosos de la Patagonia estaban frescas y el Estado estaba tan lejano y ausente que imperaba el evangelio de los más fuertes: "A principios del siglo XX esa zona era tierra de nadie. Parecía otro país, en el que había personas que hablaban distintos idiomas, mezclas étnicas increíbles, pero todos muy solidarios. No era para menos, en aquellas soledades del sur".

La historia que reconstruye Irene se remonta al siglo XIX, cuando su abuelo llegó a la Patagonia. "Eran vascos franceses y viajaron como polizones a Chile. Mi abuelo se llamaba Martín y vino con dos hermanos, Armando y Esteban. Mi abuelo se casó con Juana Leal, mapuche, nacida en Temuco. Cuando mi abuelo estaba en Chile se marcaban los hitos fronterizos, y lo contrataron para que los corriera para el lado de Argentina, es decir, para agrandar el territorio chileno. Parece que mi abuelo no lo hizo y lo sentenciaron a muerte. Entonces decidió escapar con su mujer y mi papá recién nacido hacia Argentina".

Hicieron una primera parada en Junín de los Andes -cuenta Irene- y continuaron a la Colonia Cushamen (Chubut); allí vivía el cacique Colihueque, que los protegió y les dio trabajo. "Cuando vivieron en Cushamen mi abuelo trabajó de zapatero. Después se afincaron en Cholila".

Cuando llegaban a esa zona los colonos pedían tierras. Los años y la buena fortuna les trajeron la mensura y el título de propiedad de sus campos. "Mis abuelos se habían hecho una casa hermosa en Cholila, con gran ingenio. Mi abuelo también hizo la primera escuelita de Cholila, donde yo hice hasta cuarto grado. Él se dedicó toda la vida a la ganadería, al igual que mi padre; sobre todo tenían ovejas y vacas.

"Me crié en el campo, no soy ambiciosa; me interesa ser feliz y vivir tranquila. Creo que eso lo aprendí de mis ancestros, todos de distintos orígenes pero con alma de pioneros. Tuve la fortuna de conocer a mis abuelos... mi abuela mapuche era una sabia. La cuidé en sus últimos cinco años. Ella no sabía leer ni escribir pero era muy inteligente; manejaba todo un regimiento de gente, entonces vivía toda la familia junta: tíos, abuelos, nietos, sobrinos. Mi abuela me pedía que le leyera todos los diarios para seguir la guerra europea".

Irene recuerda cuando su abuelo Martín partía con su carro de mulas a Gaiman, donde se abastecía de víveres para todo el año. "Como era tierra de galeses, traían casi toda mercadería inglesa, ¡hasta dátiles comíamos!", rememora.

El padre de Irene fue Ramón y su mamá Romilda Fraser, descendiente de galeses. Se conocieron en Cholila. "Mi abuelo materno, Pedro Fraser, era muy político, contrario a Yrigoyen, y tenía un diario en La Pampa. En un momento, por cuestiones políticas tuvo problemas y se vino al sur. En Cholila conoció a mi abuelo Martín, quien lo ayudó a establecerse. Finalmente su hija se casó con mi padre, quien con los años fue juez de Paz de Cholila.

"Casi todos mis hermanos nacieron en Ñorquinco, el pueblo más importante de esa zona, a 200 kilómetros de Cholila. Mi abuelo había puesto allí una panadería. Cuando éramos chicos, vivíamos en Cholila unas poquitas familias; te diría que por eso éramos asustadizos. Me acuerdo de que cuando mi papá compró su primer auto en el treinta y pico, esos autos de trapo, como los llamaba yo, apareció un día y corrimos del miedo que nos causó. Claro, sólo conocíamos caballos y carretas".

En la adolescencia Irene decidió que quería conocer el mundo, pero recién a los 23 años, al morir su abuela, pudo concretar su anhelo. En la década del 50 se fue a Bariloche. "Le dije a mi mamá que me iba porque yo no quería quedar sirviendo a la familia toda la vida. Amaba la libertad. Quería estudiar. Mis padres entendieron. Mamá era una diosa, ella era la que manejaba todo. Siempre tuvo una familia muy unida, pero me dejó partir".

Vivió siete años en Bariloche trabajando en una agencia de viajes y de fotografía. En Bariloche tenía una amiga. Por ella conoció a Bernardo Lavallén y a su esposa Carmencita, que estaban en la estancia Pilcaniyeu. Con ambos forjó una amistad de toda la vida. "Ellos no tenían hijos y me querían mucho, me invitaban siempre a la estancia. Allí también conocí a los Frondizi, que vacacionaban por la zona. Pero en un momento el pueblo se me hizo chico y decidí ir a Buenos Aires. Fui a la Academia Pitman y aprendí a hacer trabajos administrativos".

Pese a tomar distancia de su mundo primigenio, todas las vacaciones Irene volvía al campo. "Durante años manejamos 700 hectáreas con hacienda. Los varones se dedicaron a otras actividades, de modo que fuimos las mujeres las que llevamos el campo cuando nuestros padres ya no pudieron hacerlo".

Luego de unos años en Buenos Aires, los Lavallén le sugirieron a Irene que viniera a Roca. "Llegué un 27 de octubre y el 3 de noviembre ya estaba trabajando en una compañía de seguros propiedad de Nielsen, Mandarano y Echeverry. Estuve muchos años allí; luego trabajé en Hierromat y en el diario "Río Negro". Decidí quedarme en Roca cuando conocí a mi esposo, José Sánchez, hijo de españoles que tenían un almacén frente a la estación de trenes. Tuvimos una hija, Silvia. Los últimos años me dediqué a la costura y a la lectura, hice cursos en el IMBA y hoy voy a la universidad a estudiar radio".

Irene cuenta que hace 50 años guardó su brújula, pero su corazón sigue orientado a Cholila. Añora el campo, al que vuelve cada vez que puede. "La Colonia Cholila es muy linda, habrá 3.000 personas, gente muy solidaria... todavía se conservan las buenas costumbres. Hace poquito se murió la última tía. Todos murieron longevos, mi padre se fue a los 95 años. Y de nuestra generación vivimos 8 de los 10 hermanos. Casi toda mi familia se quedó por la zona: tuvimos hacienda, algunos tuvieron fábrica de dulces, otros un secadero de hongos, pero siempre fieles a su tierra. Una de mis hermanas tiene una hostería, vecina a la casa donde estuvieron los famosos bandoleros Buch Cassidy, Etta Place y Sundance Kid. Ya te van a contar esa historia mi hermana y mi cuñado, Miguel Calderón, descendiente de una galesa y del fundador de las escuelas en Chubut", promete mientras invita a un té para seguir con la charla.

 

Susana Yappert

sy@fruticulturasur.com

 



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