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Entre lo fantástico y lo irreverente

El 12 de este mes se cumplieron 25 años de la muerte del gran escritor, protagonista del boom de la literatura
latinoamericana en los ’60. Aquí, un recuerdo no sólo de su talento sino –y sobre todo– de aspectos menos conocidos de su persona como sus facetas de boxeador y de dibujante.

Nació en Bruselas cuando el "siglo corto", como suele definirse al XX, ponía en marcha la Primera Guerra Mundial.

Pero se crió en la Argentina, en un Banfield que no sabía de asfalto pero sí de calles de tierra, cordialidad entre vecinos y sirenas de fábricas que venían de un norte cercano: Avellaneda.

Eran los tiempos del radical Marcelo de Alvear. Presidencia serena. Crecimiento y paz social.

-De aquel Banfield me queda mucho... jugar en la calle sin problemas, el carro que traía la leche, luego el del pan... y las noches de verano, con la gente que sacaba las sillas a la calle y se sentaba hasta la madrugada- recordaría él, Julio Florencio Cortázar.

Ya era un pibe flaco. Alto. De brazos largos colgando a modo de remos en descanso.

Y, a modo de ebullición, lo fantástico alimentando ese tiempo de meterse en esta gestión que es la vida. Ése sería desde muy temprano el rango que lo distinguiría a la hora de escribir.

Julio Florencio Cortázar comenzaba así a distanciarse de la realidad tal como le llegaba.

Cuando ya aquella niñez era más arqueología que presente y a él la muerte ya le tendía su encerrona, haría una sabrosa confesión a "París Review":

-Casi ninguno de mis compañeros de clase tenía sentido de lo fantástico. Tomaban las cosas tal como eran... esto es una planta, esto es un sillón. Pero para mí las cosas no estaban tan bien definidas -diría.

Fue en esos años de pibe que descubrió a Edgar Allan Poe. Se asustó primero:

-Tanto, que creo que alguna noche me hice pis en la cama -diría en su último viaje a la Argentina, en días de Raúl Alfonsín.

Y en los finales de su adolescencia viviría en Buenos Aires, en un departamento de cinco ambientes que sobrevive en la calle Artigas al 3000.

Sería el tiempo del Mariano Acosta para obtener en el '37 el título de profesor para el nivel secundario.

Y vendrían Chivilcoy, Bolívar y Mendoza para enseñar. Luego, ya sobre finales de los '40, alistar valijas para el París definitivo. Y ahí, entre nostalgias por amigos que aquí había dejado y ausencia de bohemia a la hora de escribir, lo mejor de su obra.

Y la fama. El trascender. Y "Rayuela".

Dice Ricardo Piglia: "Todos los escritores argentinos, se podría decir, tienen éxito, tarde o temprano. Pero no todos alcanzan el éxito que obtuvo Cortázar con "Rayuela".

La "novela de la irreverencia a todo lo consagrado", la definiría hace más de 35 años el crítico Ernesto González Bermejo.

Y Julio Florencio Cortázar acotaría:

-¡Irreverencia! ¡Ah! Ése es uno de los cócteles Molotov que yo tiro en "Rayuela". Y se los tiro en la cara a toda una clase social y a una estructura intelectual de raíz hispánica, porque una de las peores herencias que nos dejaron los españoles es la tendencia a la seriedad, al engolamiento; en otras palabras: la falta de sentido del humor. Eso explica el ataque contra la seriedad con mayúsculas.

Luego de "Rayuela", progresiva decadencia de la prosa cortazariana. Indetenible.

Y un día del '84, la muerte.

En su París.

 

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@rionegro.com.ar



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