>
Dejar el país para entrar a la crisis
No son buenos los tiempos para los inmigrantes en España, debido a la fuerte suba del desempleo. Esto también afecta a la mayoría de las mujeres latinoamericanas que buscan mejor futuro.

Violeta lleva seis años en España. Llegó a Madrid desde Quito y sus 45 años no se adivinan en su rostro luminoso y siempre sonriente. Tampoco sus preocupaciones y las tantas y tantas horas del ingrato trabajo doméstico que realiza para otros.

La crisis económica que afecta a España golpea también a su familia. Su marido, que vino algún tiempo después que Violeta junto a sus tres hijas, se encuentra ahora desempleado. Trabajaba en la construcción, y ése ha sido el sector más afectado por la crisis. "Ya no se construyen casas", dice Violeta a DPA y ella y su marido miran con temor a un futuro incierto.

En España viven 5,22 millones de inmigrantes, el 11,3% de la población del país. De esos más de cinco millones, el 29,5% procede de América del Sur, según los datos provisionales del padrón. Los inmigrantes son ahora los más afectados por la situación económica. Y Violeta y su familia no son una excepción. Pero esta mujer ni siquiera se plantea la posibilidad de que su marido se acoja al plan de retorno voluntario que impulsa el gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero. A cambio de regresar a Ecuador, cobraría de golpe el subsidio de desempleo (el 40% en España y el 60% al llegar a su país), pero tendría que renunciar a la residencia y el permiso de trabajo y comprometerse a no volver a España en tres años.

Con su marido desempleado, el sostenimiento de la familia recae ahora sobre ella, aunque no puede hacer más de lo que hace. Por la mañana limpia oficinas de lunes a sábado y por la tarde limpia en casas particulares por unos 9 euros la hora (13 dólares). De lunes a viernes, cuando llega a casa por la noche ayuda a su hija pequeña -de 11 años- con las tareas de la escuela. La tarde del sábado y el domingo son para la familia.

La mayor de sus hijas estudió hostelería en Madrid y supone otra fuente de ingresos, "aunque no es suficiente ya para pagar la hipoteca". Porque Violeta y su familia, como tantos otros inmigrantes, decidieron hace un par de años comprarse una vivienda en la ciudad a la que vinieron casi por obligación y la que sin embargo no quieren ahora dejar "hasta que seamos viejitos", dice. Entonces sí se planteará volver a su país, pero tiene claro que sus hijas querrán quedarse en España.

"Yo tengo trabajo aquí; regresar ahora sería empezar de nuevo". Y Violeta no quiere. El futuro de sus tres hijas es mejor en España que en Ecuador, explica: "Aquí pueden ir al médico, estudiar...", dice. Así que espera que su marido pueda ir encontrando al menos trabajos esporádicos en la limpieza de oficinas hasta que pase el temporal y pueda volver a tener un empleo fijo.

La familia vive en un barrio obrero de la capital en el que sus hijas han crecido estos seis años. "La pequeña es más española que ecuatoriana", dice entre risas esta mujer de baja estatura, voz dulce y educación extrema.

Violeta eligió irse a España después de que su marido valorase, como muchos hacían antaño, ir a Estados Unidos a trabajar. Pero era más problemático y más caro. España, que por aquel entonces no exigía visado, era un destino más propicio, con otra ventaja: la lengua. Se demandaba mano de obra femenina en el servicio doméstico. Y Violeta dejó su casa de Quito, "con un patio chiquito", y partió hacia España. Después llegaron su marido y sus niñas.

Y es que la inmigración se ha ido feminizando y la mujer se ha ido convirtiendo en muchos casos en la reagrupante, en la que primero emigra para llevarse después a su familia al país de acogida.

Casi el 60% de las mujeres inmigrantes que trabajan en el país son latinoamericanas. De los extracomunitarios, los ecuatorianos son -con 420.110 personas- la mayor comunidad latinoamericana en España, superada sólo por los marroquíes (644.688). Tras los ecuatorianos se encuentran los colombianos (280.705) y los bolivianos (239.942). Muchas de las mujeres latinoamericanas se dedican, como Violeta, a los servicios domésticos, la limpieza de oficinas y el cuidado de ancianos, entre otros empleos. A los hombres es más fácil verlos en la hostelería y -antes de la crisis- en la construcción.

Pero no todas han llegado al país como Violeta, por motivos económicos y como punta de lanza de una familia que pretende agruparse después en el país europeo. Hay mujeres que están aquí por experiencias personales como un divorcio o por ser maltratadas por sus parejas, explica la economista española Lourdes Benería.

"Se ha hecho como una especie de cadena -dice por su parte Carmen, una colombiana que trabaja en una fábrica-. Yo me vine hace siete años y con el tiempo, al saber que había oportunidades en la fábrica donde trabajo, entonces me traje a mis dos hermanas, una prima y una sobrina. Cada una ha hecho su porvenir aquí".

 

SARA BARDERAS

DPA



Use la opción de su browser para imprimir o haga clic aquí