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Desempleo que vino para quedarse

Un reciente informe elaborado por el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia de Buenos Aires señala que el 65% de los jóvenes bonaerenses de entre 15 y 20 años estima que su vida sólo tiene perspectivasmuy malas.

De ese porcentaje, el 35% está convencido de que morirá en los próximos cinco años o de que simplemente se encontrará en peor situación que la presente, al punto de situarse en la exclusión total del sistema productivo-social.

El grueso de este sentimiento sobre el futuro se localiza en el conurbano bonaerense donde, a juzgar por el titular de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, de hecho en muchos hogares se está transitando hacia la tercera generación de adolescentes ajenos a la cultura del trabajo.

• Muchos jóvenes no logran sostener un ritmo laboral porque nunca vieron a un padre ni a un abuelo trabajar durante todo el día, sostieneArroyo.

• El desempleo anticipa un gran cambio social, escribió en 1997 el sociólogo Francisco Delich, enrolado así en una línea de razonamiento vertebrada alrededor de un convencimiento que Patricia Schettini y Julio Sarmiento han definido casi con maniática precisión:

“El desempleo no es, como se creía al inicio de la fase de acumulación que define a la globalización, producto de un desbarajuste pasajero del mercado de trabajo frente a las reformas estructurales de la economía.

Por el contrario, se trata de un rasgo definitorio del nuevo régimen de acumulación que afecta de manera duradera a un número cada vez más significativo de trabajadores”.

LOS PRINCIPALES PROBLEMAS

En “Relación entre trabajo, ciudadanía y democracia” –una de las más interesantes investigaciones formuladas en la Argentina sobre el fenómeno del desempleo– Schettini y Sarmiento sostienen, entre otros puntos de vista:

• El problema de la exclusión (generado por el desempleo) no sólo afecta los márgenes del sistema social sino que “lo hiere en su corazón”; es decir, la exclusión social no tiene sus orígenes en atributos negativos de una parte de la población –por ejemplo, la baja calificación– sino en la lógica excluyente de las nuevas formas en que se articulan los procesos productivos y el empleo, generando la degradación del mercado laboral, al menos en la forma que éste había adoptado a partir de las décadas del cuarenta y del cincuenta.

• Al pasar revista a las consecuencias sociales desencadenadas por estas transformaciones sobre los procesos de exclusión social, Schettini y Sarmiento señalan, entre otros resultados, los siguientes: disolvieron el trabajo como fundamento de identidad colectiva, ya que cada vez el “nosotros, los trabajadores” identifica a menos gente; desestructuraron la vida cotidiana de contingentes humanos que habían hecho del trabajo el eje de sus relaciones e interacciones sociales; rompieron la idea de pertenencia al colectivo social a través de la participación en la producción de bienes y servicios de utilidad social; privaron a un conjunto importante de personas de su único medio de subsistencia; desestructuraron la identidad entre trabajo y ciudadanía que había madurado la modernidad desde el siglo XIX y obstruyeron el acceso a bienes colectivos y de bienestar con los que se asoció el trabajo asalariado.

• En suma –rematan Schettini y Sarmiento–: el trabajo pierde el papel de “gran integrador” que había asumido desde las primeras décadas del siglo XX y de una manera cada vez más universal a partir de la segunda posguerra al haberse enlazado a prestaciones y derechos sociales de los cuales hoy es arrancado.

• O, para decirlo con términos de Francisco Delich, el desempleo como una nueva forma masiva de exclusión.

 

 

AGENCIA BUENOS AIRES



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