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\"El hombre se parece más a un caballo que a una mujer\"
El escritor, que acaba de publicar su nueva novela “Tres hombres elegantes”, habló con el “Cultural” sobre literatura, amor y matrimonio.

Hola, habla Birmajer". Pocos minutos antes de la hora pactada para el encuentro, el entrevistado avisa que está un poco ajustado con los tiempos. Pide que el lugar de encuentro sea un restaurante y no la redacción del "Río Negro". Cuando llegamos, allí está Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966), como podría estar en cualquiera de sus relatos: en una mesa, acompañado por un diario, un café con leche y una abundante ensalada. Parece un tanto inquieto. "Perdonen, pero tengo una reunión en dos horas y no quiero llegar tarde", comenta. Durante la charla el reloj quedará de lado. Birmajer hablará sobre los temas que más aborda en su escritura: matrimonio, amor, sexo y política.

Además de su último libro -"Tres hombres elegantes" (Seix Barral)- publicó (ver recuadro) más de doce obras literarias, es guionista de cine, se desempeñó como investigador periodístico y fue redactor y colaborador en más de cincuenta medios gráficos de habla hispana. Su extensa producción le depara críticas y admiración casi por igual. "Mucha gente se sorprende por la cantidad que escribo -dice-. Aunque la cantidad no es un mérito sino más bien una circunstancia que, en parte, es inexplicable".

-¿Por qué escribís tanto?

-No tengo idea, si me resultara doloroso no escribiría. A veces es necesidad; otras, un hábito. O también un encargo.

-¿Cuánto influye el periodismo en tu escritura?

-Me otorga ductilidad y agilidad para encarar distintos géneros literarios. No habría sido lo mismo escribir el guión de la película "El abrazo partido" (dirigida por Daniel Burman) sin haber atravesado la crítica literaria y cinematográfica, la crónica. El contacto con los géneros te da una perspectiva del mundo. En el programa "El otro lado" que tenía Polo (por el periodista Fabián Polosecki, quien se suicidó en 1996) yo entrevistaba a artistas de un circo, a un matarife, a personas que hacían un curso religioso para casarse... lo más importante eran las cosas que me quedaban dando vueltas en la cabeza, que por superstición iba anotando.

-¿Es un mito eso del añejamiento y de rumiar lo que se escribe?

-Es verdad; en mi caso las ideas dan vueltas dos o tres años, sobre todo en la novela. Después escribo rápido. En los cuentos el tiempo de fermentación es menor.

-¿Cómo es tu ritual de trabajo? ¿Escribís en cafés, escuchás música...?

-Tengo una rutina que es empezar a las seis de la mañana, leer, corregir y escribir hasta la una del mediodía, aunque la necesidad laboral a veces me sorprende trabajando por la tarde. No escribo en lugares públicos porque es como mostrarles a los demás que sos un escritor o un poeta. Lo hago en mi estudio (del barrio de Once). Escribo en silencio y cuando corrijo quizá pongo algo de música.

-¿Leés al mismo tiempo que escribís?

-A veces paro de escribir, pero nunca de leer. Y leo al mismo tiempo política y literatura. Ahora estoy leyendo "Un mundo restaurado", de Henry Kissinger, y también "Pagaría por no verte", de Aristarain. Hace poco fue la biografía de Evo Morales junto a "Bedelia", un policial, y antes, "La historia de la guerra en Vietnam" a la par de "El tercer hombre" de Graham Greene.

 

La opción por Estados Unidos

-Te atrapan la historia y la biografía política. ¿Cómo explicás tu evolución desde la izquierda hacia la postura liberal que trasuntan tus escritos más recientes?

-A los 24 años venía tanto del Partido Intransigente como de grupos trotskistas. De a poco fui encontrando en pensadores como Isaiah Berlin y Karl Popper la certeza de que yo quería vivir en regímenes que me permitieran expresarme libremente, donde tuviera derechos civiles, libertad de movimiento, igualdad entre el hombre y la mujer; en resumen: sociedades abiertas. Y eso no era Irán, era más parecido a Italia; no era el Chile de Pinochet sino el de Bachelet, no era la Argentina de Videla sino la de Alfonsín, no era la Cuba de Castro sino el Uruguay de Tabaré.

-¿Influyeron en esa trayectoria los cambios en el Estado de Israel y su vínculo con Estados Unidos?

-Creo que Estados Unidos es un país democrático que tuvo idas y vueltas en su historia como la segregación contra los negros, que es un pecado imperdonable, pero en sus vaivenes les ha brindado a muchos pueblos la posibilidad de la libertad y dentro de su país se produce la paradoja -para valorar- de que una persona de raza negra tiene la posibilidad de ser presidente de un país de Occidente cuya mayoría no es negra. Es el principal aliado de Israel porque este país es la única democracia de Medio Oriente. Si lo pensamos económicamente, a Estados Unidos no le conviene ser aliado de Israel porque no tiene petróleo. Si lo pensamos militarmente tampoco, porque la cantidad de soldados que lo rodean es muy superior. ¿En qué les conviene ser aliados? Creo que no es una cuestión de conveniencia, son aliados "por democracia". Me parece que a Norteamérica le convenía más aliarse con Arabia Saudita, mantener la alianza con Irak, aliarse con Irán. La alianza es con Israel porque hay valores en común.

-Fue la política agresiva de Bush la que perjudicó la imagen estadounidense...

-Por su puesto, creo que el gran error de Bush fue utilizar como argumento de la invasión a Irak la existencia de armas masivas. Haya sido por mentira o error, es de igual modo inaceptable. Nos debemos el estudio de si se evitó la muerte de civiles y un veredicto sobre la responsabilidad de Bush. Ahora, ¿era posible después del atentado a las Torres Gemelas mantener una actitud contemplativa con el terrorismo? No lo sé. ¿Cómo habría evolucionado el mundo si Estados Unidos no hubiera reaccionado? Al Qaeda, Hamas, Hizbollah, plantean un desafío real a las democracias. Eso para mí no es paranoia, no es una lucha geográfica sino política sobre qué sistema va a prevalecer, el autoritarismo o la democracia, porque también emergen China o Rusia. Hoy en Estados Unidos pueden sacar a Bush con los votos o por el Congreso; en China no, en Rusia y en Irán tampoco. Prefiero un lugar donde la gente los pueda sacar con los votos y no con las balas... pero volvamos a hablar de literatura.

-¿Qué define una buena historia?

-Hay elementos objetivos y subjetivos. Tiene que empezar, desarrollarse y terminar; tener humor, suspenso, emoción, terror... pero, fundamentalmente, estar narrada por una voz singular. El autor tiene que ser el mejor para contar esa historia en particular.

-¿Hay historias que no podrías contar?

-Hasta ahora nunca pude contar una historia de terror. Si me la encargaran me sentiría obligado. Ahora se me ocurrió una historia con Gardel. Como viajo mucho a Colombia, cada vez que voy a Medellín me acuerdo de él y pienso en si no se caerá el avión. Me da vueltas en la cabeza pensar que perdimos un cantante tan importante que pudo cambiar la historia del país. Con todo respeto, no era Charly, era la Argentina que se cayó.

-Cuando este tipo de personalidades muere joven el mito es mayor.

-Es verdad que pocos mitos llegaron a la edad provecta como Marlon Brando o Winston Churchill. Con este último pasó algo muy interesante: derrotó al nazismo y luego perdió las elecciones; es decir, su cotidianidad no se vio influenciada por el rol de mito. Cuando Churchill ganó la guerra en abril del '45, le dijo al pueblo: "La victoria es de ustedes" y la gente le respondió: "Es tuya". Pero el mito está en el corazón, no siempre es racionalidad. Los humoristas permanecen, para mí son lo más cercano al cielo que hay.

-¿Cómo tomás que te llamen "el Woody Allen de las pampas"?

-Me siento halagado, aunque no necesariamente comprendido. En su literatura Woody Allen siempre está buscando el gag. Mis escritos son más clásicos en algunos casos y el humor se entremezcla con el drama.

-Tal vez lo común sea la recurrencia de ambos al humor judío.

-Sí, la identidad cosmopolita del judío en el mundo, lo neurótico. Sí, sí, hay cuestiones que me vinculan con Allen.

-¿Qué autores influyeron más en tu escritura?

-Bioy Casares, Borges, Isaac Singer -escritor judío, Premio Nobel 1978-, el humorista israelí Efraim Kishon, el enorme e inolvidable

Roberto Fontanarrosa, Chandler, Aharón Appelfeld, un viejo escritor israelí al que se parece Tzvi Merlitz, el personaje de mi último libro.

-¿En qué género te sentís más cómodo?

-En el cuento. Es como si me sentara a narrar la historia a una tribu luego de un largo día de trabajo junto al fuego. La historia tiene que terminar esa noche porque es una tribu nómade que al día siguiente parte. Al igual que en una película, tenés que lograr que el lector no se levante de la butaca hasta que termine el cuento.

-¿De qué te nutrís, básicamente, para escribir, de historias que escuchaste y viviste o más que nada de imaginación?

-Lo que hay en la mayoría de los escritos es mi punto de vista sobre la vida. No necesariamente tiene que haber ocurrido en la realidad. Lo raigal en mis relatos es la imaginación. Invento y miento cuando escribo. Creo un personaje que no soy yo y que no responde a mis coordenadas vitales, las que no voy a revelar. En parte, con Mossen escribo cuentos para proteger mi intimidad. Ahora, si el lector quiere pensar que soy yo y se divierte, lo dejo. La literatura no es para explicar, es para entretener.

Matrimonio, rutina y sexo

-En "Historias de hombres casados", "Nuevas historias de hombres casados" y "Últimas historias de hombres casados" aparece como denominador común el matrimonio sobreviviendo ante la rutina y las infidelidades, cuando el mandato de moda es vivir como uno siente.

-Creo que los hombres, más que generar sistemas nuevos, tenemos la misión de preservar las pocas certezas con las que contamos, proteger la idea de que la vida y la libertad son sagradas, defender la propiedad propia y ajena (no robar), conservar la verdad (no mentir)... no creo que se hayan inventado muchas cosas fuera de eso. En cuanto a las relaciones sentimentales, la gran odisea del hombre no es descubrir un nuevo tipo de asociación, sea la orgía, el amor libre o el triángulo: la gran odisea es preservar el matrimonio, que es la menos mala de las alternativas.

-Algo así como la democracia: el peor sistema salvo todos los demás.

-Los hijos necesitan saber quiénes son sus padres y los padres, quiénes son sus hijos. Para eso no hay nada menos malo que el matrimonio.

-En tus escritos esas pautas no surgen de un moralismo.

-Bajo ningún punto de vista me atrevería a sugerirle a nadie cómo tiene que vivir. Simplemente, frente al avance de las teorías transgresoras de que para vivir bien no hay que tener compromisos o hay que drogarse, sin convertirme en un profeta, digo: no tengo la fórmula para ser feliz pero hay reglas, instituciones milenarias que hacen que uno sea un poco menos infeliz. Eso no te va a librar del desconcierto. No hay recetas. Pero si alguien me dice que la solución es la orgía, me resulta sospechoso y me va a generar más locura que el matrimonio.

-¿Escribir te resuelve personalmente cuestiones del amor?

-Escribo porque no tengo nada resuelto. Me burlo de las falsas respuestas, pero no tengo respuestas.

-¿Sentís que muchas veces el lector interpreta algo alejado de lo que quisiste transmitir?

-Sí. Un ejemplo muy concreto: mucha gente señala que soy machista cuando soy el más feminista que te puedas imaginar. Creo que, si un hombre le grita a la mujer algo violento, ella se tiene que separar. La mujer puede ocupar cualquier rol que ocupa el hombre.

-¿La confusión no estribará en que en tus relatos el varón parece tener más concesiones que la mujer en los vínculos de pareja?

-Creo que el contacto entre el hombre y el sexo es radicalmente distinto del de las mujeres. Una mujer hace el amor y queda embarazada; el hombre se olvida: son dos especies distintas. Viendo el proceso del embarazo en relación con lo que le pasa al varón, el hombre se parece más a un caballo que a una mujer. No pretendo decir la verdad, pero tampoco voy a esforzarme por mentir. Tenemos iguales derechos, pero somos dos especies distintas, por lo menos en el amor y en el sexo. No tengo grandes teorías al respecto, pero mis cuentos revelan eso.

-¿Qué diferencia observás entre los géneros con el paso del tiempo?

-En la juventud las chicas son más veleidosas, mientras el hombre busca una mujer. En la madurez el hombre busca varias mujeres, en tanto la mujer busca la estabilidad con un solo hombre.

-¿Y en tu caso particular?

-Hace veinte años que estoy casado con la misma mujer y tengo tres hijos.

-Te presentás como Birmajer, sin tu nombre de pila, ¿por qué?

-No me gusta mi nombre y me gusta mucho mi apellido. Tengo mucha suerte con él, es mi marca. Me gusta porque es un apellido judío que nadie sabe de dónde viene, no termina ni en "insky" ni en "man" y es singular.

-Pero durante mucho tiempo usaste el seudónimo "Bernie Danguto"...

-Cuando empecé a trabajar en la revista "Fierro", a los 19 años, escribía once páginas por número y me inventé un seudónimo para que toda la revista no apareciera firmada por mí. Se me ocurrió por el señor K de Bertolt Brecht. Inventé un personaje con pasado de judíos italianos que cambiaron su apellido durante la inquisición.

-¿Hay cuentos que sentís que te salieron redondos?

-"Una autoridad que reconozco" (de "Historias de hombres casados") me salió redondo. No hay una fórmula que se repita. Es como el huevo de las gallinas de oro: más vale no investigar mucho porque se rompe. De vez en cuando aparece y se va. Casi toda la gente destaca con entusiasmo el último relato de "Tres hombres elegantes". A mí no es el que más me llega, me gustó más el tercero, el del concurso literario de ancianos. Pero me gusta que el lector tenga una valoración distinta. No pretendo que el lector se sienta identificado conmigo o con mis personajes pero, si ocurre, bienvenido sea.

CLAUDIO RABINOVITCH

crabinovitch@rionegro.com.ar

IGNACIO PEREYRA

ipereyra@netkey.com.ar



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