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El espacio virtual, el último por contaminar

La humanidad ha saturado y depredado, con consecuencias irreversibles, su espacio físico. Ahora sucede algo similar con el virtual, a través del avance de una civilización sobre el territorio de lo intangible hasta volverlo asfixiante.

Hace unos meses, un amigo me comentó que su familia quería vender algunas hectáreas de sus campos. El precio: alrededor de 1.000 dólares la hectárea. Un regalo. Claro, son tierras en el fin del mundo y de difícil acceso, pero ubicadas en zonas de increíble belleza inhóspita.

Me sorprendió. No hay mucho de eso por estos días. Tal vez hoy alguien venda tierras a tales precios, aunque en el desierto. En lo profundo de la selva. O junto a los glaciares, en zonas inaccesibles. Tal vez.

Con los años el espacio físico se ha vuelto escaso y oneroso. La realidad de un mundo en crisis y contaminado no hace más que profundizar la tendencia, a punto tal que en muchos casos no hay espacio, justamente, porque se encuentra envenenado.

Existe un paralelo entre aquellos años en que un pedazo de tierra, un río, un lago y hasta una montaña podían costar apenas unos pesos y éstos, en los que el espacio virtual tiene el valor de una baratija. Me pregunto si un día recordaremos con nostalgia los años en los que podíamos subir en cualquier momento y bajo cualquier denominación un sitio personal en la blogósfera, si añoraremos la época en que nos proclamábamos reyes de fragmentos del espacio virtual.

Tal vez -vuelvo con los "tal vez"- estemos saturando también esa parte del universo. Siglos atrás el hombre supuso que la Tierra no tenía fin y cuando se lo encontró apostó a que al menos su riqueza fuera interminable. Ambos supuestos resultaron falsos.

Hace unos días que estoy leyendo un libro muy interesante y con un título que no deja espacio para la duda: "Cómo los ricos destruyen el planeta", del periodista especializado en temas ecológicos Hervé Kempf. Si se leen las entrelíneas de este informe estremecedor, además del salvaje abuso del medio ambiente por parte de diversas empresas, uno se encuentra con el retrato de la abundancia que una vez fue nuestra. De todos. Porque, aunque no lo sabíamos, la calidad del aire y del agua y la temperatura del planeta constituían y constituyen un asunto global plausible de ser afectado seria y definitivamente por particulares. Es decir, aquella historia de la mariposa que aletea en China y hace que las cosas cambien en Brasil es verdadera. Es curioso: mientras China desplaza a Estados Unidos como potencia económica mundial, también se sube al triste

podio del país más contaminado. Porque, si bien los chinos poseen una vasta geografía, es su propia polución la que los está segregando a una velocidad pasmosa.

También era falso, entonces, el supuesto de que al pervertir un río, por ejemplo, estábamos en realidad afectando sólo ese río. Sin mayores implicancias externas. La naturaleza ha dado muestras de que todo está conectado y de que no existen fuerzas individuales que subsistan por sí mismas y no dependan de otras mayores o menores a lo largo de una maravillosa cadena de causalidades sobre la que existimos sólo a título de invitados y no como dueños.

En uno de los capítulos del libro "Error humano", de Chuck Palahniuk, encontré un pasaje que viene a cuento y es muy interesante para entender el principio de la contaminación en todos los órdenes: "El filósofo Martin Heidegger señaló que los seres humanos suelen considerar el mundo una reserva permanente de materiales que podemos usar. Como unas existencias que podemos procesar para convertirlas en algo más valioso. Árboles que dan madera. Animales que dan carne. A ese mundo de recursos naturales brutos lo llamó Bestand. Parece inevitable que la gente sin acceso a las formas naturales del Bestand como son los pozos petrolíferos o las minas de diamantes recurran al único stock de que disponen: sus vidas. Cada vez más, el Bestand de nuestra era es nuestra propiedad intelectual. Nuestras ideas. Las historias de nuestras vidas. Nuestra experiencia". Y más abajo continúa Palahniuk: "El problema de ver el mundo como Bestand, dijo Heidegger, es que te lleva a usar las cosas, a esclavizar y explotar las cosas, a la gente, para tu beneficio personal".

Ahora bien, ¿qué nos hace suponer que no está ocurriendo ahora mismo algo parecido con el espacio virtual sobre el cual vertemos tanto nuestras ideas como basura de la más diversa? ¿Llegará también un día en que la red que ahora nos sirve de pañuelo y refugio se convierta en una geografía apretada y falta de espacio por nuestra propia acción?

Hay al menos una posibilidad de que el espacio que creemos sin fronteras, en rigor, las tenga. Hay síntomas. El "International Herald Tribune" publicó un artículo acerca de la posibilidad de un colapso en el 2011. Uno de los argumentos que sostienen esta teoría apunta al uso creciente de internet y sobre todo a la ascendente demanda de una "web multimedia". El eje de la web 2.0.

Sin embargo, más inquietante aún es reflexionar acerca de si existe un correlato entre la contaminación de la naturaleza, que termina afectando nuestros organismos -diversos estudios en Europa han demostrado cómo los jóvenes del Primer Mundo cargan en sus cuerpos con muchas más toxinas que sus antepasados y, según la Agencia Europea para el Medio Ambiente, en Europa cada año mueren alrededor de 60.000 personas a consecuencia de una prolongada exposición a las partículas contaminantes que se encuentran en el aire-, y la de los espacios audiovisuales y lo que esto le produce a nuestra mente generación tras generación.

Damos por sentado que décadas de basura audiovisual en el futuro nos dejarán un saldo igual a cero. Fuera de toda consecuencia. En parte por eso la admitimos. Bajo la denominación de "entretenimiento" nos permitimos exponernos a todo. Hace unos años escuché a Rodolfo Mederos decir que su médico de cabecera le había prohibido escuchar cierto tipo de música. Desafinados, abstenerse. Esto mismo podría aplicarse a la literatura, al cine... y a la televisión, ni hablemos.

Pero el juego de lo políticamente correcto nos impide admitir que hay espacios, reductos tanto mentales como tecnológicos, que están agotando sus posibilidades y que establecer de la familia hacia adentro determinadas pautas, digamos, sanitarias de uso de lo que escupen los medios no vendría mal.

Se reduce el mundo, se reduce también el ancho de nuestra sobrecargada banda mental.

Mal que nos pese, no somos infinitos ni nos expandimos a medida que un increíble volumen de información entra por nuestros sentidos.

Así como existen reglas para cuidar el lugar donde acampamos o nos tomamos un copa, así como son conocidas las prevenciones acerca de no comer un kilo de asado por día, también es una realidad que toda esa sustancia no física -pero que tiene forma y textura- que nos estamos metiendo adentro y que de un modo otro expulsamos, por ejemplo, a la red, está obrando en nuestro espíritu.

Una vez más estamos frente a una encrucijada.

 

 

CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar



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