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En el Opus Dei, \"impresiona cómo manejan todo para que uno calle\"

Su experiencia con esta orden le dio el ambiente en que se desarrolla su última novela, "Justos por pecadores", éxito de ventas. Detalla cómo capta adeptos, la culpa, el cilicio, el infierno y las secuelas. "Algo queda para siempre", dice. Recibió duras críticas y amenazas.

Por qué se ingresa a sitios como el Opus Dei?

-A uno lo van llevando. Vengo de una familia muy católica. Mi papá tenía dos hermanos curas, tres hermanas monjas. Soy el menor de cuatro hermanos; para mis padres era muy importante que estudiara en un colegio de formación católica y, como estaban desactualizados, le pidieron consejos a un amigo sin saber que le estaban preguntando a alguien del Opus. Así entré.

-¿Se sintió cómodo?

-Te empiezan a llevar como a un corderito y cuando quieres ver ya estás totalmente adentro. Me invitaron a partidos de fútbol, luego a tomar alguna cerveza...

-La seducción...

-Claro. Me hacían participar en actividades entretenidas. Comencé a integrarme mucho porque me parecía gente absolutamente normal. El ambiente es propicio para que luego te pesquen. Después de un tiempo te dicen que hay una charla a la que habría que ir, luego un rato de oración y así continúa. Cada vez más te bajan la dosis del partido de fútbol y te suben la otra parte. Hay que ir a misa una vez por semana, promueven que te confieses... pero hay ciertos temas de los que no se habla, así como también eligen otros.

-¿Por ejemplo?

-Hay películas de las que nunca se hablaría, pero "Jesús de Nazaret", de Franco Zeffirelli, la analizamos porque decían que tenía un error gravísimo: que la virgen María había gemido durante el parto y eso era imposible, porque todo en ella había sido sin dolor ni placer.

-¿El Opus busca chicos con un perfil determinado?

-Sí. De pronto ellos escogen ciertas personas a las que le van a echar la red. Apuntan a los que tienen 14 años porque saben que son bastante maleables. No quiere decir que no intenten con una persona de 60. Igual, uno no vive en una casa del Opus antes de ser mayor de edad porque para ellos podría ser un problema grave.

-¿Qué le hacían sentir?

-Al estar tan metido te parece que eso es lo tuyo y lo que quieres vivir. Te muestran que eres el elegido. Te han ido llevando tan bien que cuando te preguntan si quieres entrar dices que sí. Pero resulta que no sabes qué es realmente.

-¿Por qué?

-Para empezar, hay que renunciar a las mujeres de por vida. Luego te dicen la cantidad de oraciones que hay que hacer en las mañanas y las tardes, hasta un día que es terrible; hay una especie de director espiritual que llega con un paquete y saca de allí un cilicio, que es una especie de collar de perro lleno de pullas hacia adentro.

-¿Y qué se supone que tienen que hacer con eso?

-¡Ésa es la parte más terrible! Dicen que ellos se

mortifican por los pecados propios y del mundo. Te lo hacen ver como si fuera una cosa maravillosa. "Usamos esto en el muslo dos horas al día", te cuentan. También te entregan una especie de látigo para golpearte la espalda los sábados.

-Eso está en "El nombre de la Rosa", de Umberto Eco, y también en la película: es la flagelación.

-Claro. Y dolía mucho. ¡Las pullas van directamente contra la piel! Nadie puede verlo y tiene que ser algo secreto. Mis hermanas se enteraron de muchas de las cosas que viví recién en los últimos años y me preguntaban por qué no les había dicho nada antes. Sucede que te insisten mucho en el secreto, en que son cosas internas y en que no puedes contar nada.

-¿No hablaba con sus padres de esto?

-Nunca. Es impresionante cómo manejan todo para que uno calle.

-¿Cuándo se empezó a dar cuenta de que no quería estar ahí?

-Hubo un episodio que me estremeció mucho. Una vez fui a jugar bolos con mis primos y había una amiga suya con la que empecé a hablar. Me pareció interesante y le pedí su teléfono. Todo eso lo tenía prohibido.

-¿Y qué pasó?

-Al otro día hablé con el director espiritual. Primero me regañó por jugar bolos, ya que no podía ir a sitios públicos de diversión; segundo, por no haberlo consultado y tercero, cuando le dije lo del teléfono, abrió los ojos de una manera impresionante. Me sacó el papel, lo rompió y me mandó a confesarme. ¡Me hizo sentir como si la hubiera violado!

-¿Qué sentía internamente en ese entonces?

-Se me empezó a desajustar todo en la cabeza. No era lo que yo quería y se los dije por primera vez. Tenía muchas dudas. Entonces me agarró un español, que era uno de los duros de Opus en Colombia; me encerró en un cuarto y me dijo: "Con que te quieres ir. Bueno, mira lo que le pasó Miguel Velásquez. Era numerario y salió. Ahora tiene cáncer y su familia sufre mucho. Si quieres correr la misma suerte, sale". Es terrible. Si me amenazan ahora me mato de la risa. Pero es que yo tenía 16 años, era un niño bastante ingenuo y hay que tener en cuenta que era un mundo distinto.

-¿Cuando sale del Opus sigue creyendo en Dios?

-Sí, pero muy confundido. Sobre todo, siento mucha culpa y temor por el infierno. Es como un preso cuando sale en libertad: "¿Y ahora qué hago?", te preguntas. No es que lo otro te gustara, sino que fue tu vida durante un tiempo. Sentía lo mismo y no sabía muy bien qué hacer con esa libertad. Ahora soy agnóstico.

-¿Cómo recuerda su salida de la congregación?

-Cuesta mucho alejarse desde lo mental. Ante todas las amenazas fui incapaz de tomar la decisión de irme, pero ellos veían que me convertía en una mala influencia para los otros y me echaron.

 

LOS QUE SE VAN

 

-¿Qué es lo último que le dicen cuando se va?

-"Queremos recordarte que nuestro padre, Escrivá de Balaguer, no da cinco centavos por el alma que se va del Opus Dei". Todo esto me quedó dando vueltas en la cabeza pero no pasó a ma

yores porque fui conociendo otro mundo, tuve nuevos amigos y comencé la universidad.

-¿Las pastillas que le dan a Vicente, el protagonista, es un hecho real?

-Es el caso de una española sobre el que me documenté. Ella empezó a sentirse mal y pidió ir al psicólogo. Le dijeron que no, que debía hablarlo con ellos. Hasta que un día, acompañada por sus superiores, la llevaron a un psiquiatra del Opus Dei. Ella decía que luego la medicaban pero que al frasco le habían arrancado la etiqueta, con lo cual estaba tomando algo que no sabía lo que era. Me pareció una figura maravillosa para empezar las dudas del personaje en la búsqueda de su salida.

-¿Le puso riendas a la ficción?

-Dejé volar bastante. Hay partes bastante atrevidas. Muchas cosas en el Opus ocurren tal como están contadas; otras están construidas sobre una base de lo que perfectamente puede suceder, pero son vuelos de la imaginación.

-¿Cómo recibió el Opus Dei la novela?

-Caminando por un parque cerca de mi casa me crucé con un señor haciendo ejercicio que al verme se paró como si hubiese visto al demonio. Tardé en reconocerlo. Resulta que era un cura que conocía de tiempo atrás. "Fernando, Fernando, ¡estás tristemente célebre!", me dijo. Era un tipo cariñoso, pero en ese momento lo vi con la duda de si ser o no amable. Me preguntó si la había escrito desde el odio.

-¿Lo hizo?

-¡Claro que no! Para mí escribir es un placer, no les habría dado el gusto de tomarme muy mal un año de mi trabajo, que tanto me apasiona. Y me dijo: "Nos vas a hacer mucho daño. Pero quédate tranquilo. Nos hemos reunido y decidimos no hacer nada contra ti", con lo cual sigue confirmando su tipo de comportamiento. Se reunieron, analizaron y determinaron no hacer nada, pero podrían haberlo hecho.

-¿Tuvo alguna otra resistencia por parte del Opus?

-Muchas críticas. Me enfrentaron por radio con el jefe de prensa del Opus en Colombia. Este hombre se descontrolaba bastante: "¡Son calumnias las que dice el señor Quiroz en la novela!". Y luego se contradecía. Lo que más le preocupaba era que la gente supiera lo de la mortificación. Negaba que fuera cierto pero luego decía que el cilicio se ha usado a lo largo de los siglos por muchas comunidades y es optativo. Actualmente, en Colombia está muy metido el Opus Dei.

-¿En el poder político también?

-Sí. Uno de los hombres más cercanos al presidente Uribe, y que cada vez tiene más poder, es miembro del Opus. Dicen, también, que Uribe se entiende muy bien con el Opus.

-Hasta que escribió el libro, ¿lo asaltaban los recuerdos por las noches?

-Cuando me salí fue muy duro al comienzo, pero luego ya lo superé. Ahora, algo creo que ya queda para siempre.

 

EL ELEGIDO
Fernando Quiroz (Bogotá, 1964) ganó el segundo Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008 con su novela “Justos por pecadores”, el libro más vendido en Colombia en las últimas semanas.

En la historia revela cómo el Opus Dei se acerca a los jóvenes y cuáles son sus mecanismos para aumentar sus finanzas. Vicente, el protagonista principal, pasa más de diez años en la congregación hasta que encuentra una fuerte razón para irse. Desde entonces debe enfrentarse a sí mismo y, también, a un mundo desconocido. El lavado de cerebro que sufrió mientras vivió en el Opus lo llenó de miedos y culpas que le impiden incluso relacionarse con la mujer que ama. A su vez, la congregación lo persigue porque tiene un misterioso documento.

Éste es el cuarto libro de Quiroz, quien ya publicó “El reino que estaba para mí. Conversaciones con Álvaro Mutis” (1993), “En ésas andaba cuando la vi” (2002) y “Esto huele mal” (2006), que fue llevada al cine el año pasado.

 

JUAN IGNACIO PEREYRA

ipereyra@netkey.com.ar

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com



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