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Del fraude a la “limpieza étnica”
La reciente ola de violencia después de unas controvertidas elecciones que
revalidaron el poder del presidente ha echado por tierra la imagen de este país como uno de los más estables de África. Crece el riesgo de una guerra civil entre etnias.

Judith Ambura está de pie, un poco desconcertada, ante el refugio de emergencia instalado en el recinto ferial del parque Jamhuri de Nairobi, donde ella y sus dos hijos comparten un cuarto con una familia de cinco miembros. Mediante sábanas y mantas se consigue un mínimo de privacidad en la vivienda. Afuera, sobre un fuego humeante, hierve té.
Hay estrecheces, pero esta viuda de 26 años ya estaba acostumbrada a ello en una villa miseria de Kibera. De allí huyó hace tres semanas. Su casero, un luo, le dio una hora para hacer las valijas.
Judith Ambura pertenece al pueblo de los kikuyus, y desde las elecciones presidenciales de finales de diciembre la brecha entre los luos, la tribu del opositor Raila Odinga, y los kikuyus, del polémico vencedor Mwai Kibaki, es más profunda que nunca.
Sin embargo, mientras que todo el país hierve por la violencia étnica, mientras en la lucha tribal por el poder se utilizan machetes, lanzas y flechas envenenadas, el gobierno de Kibaki se comporta como si todo fuera normal. Unas 250.000 personas han huido de la violencia, pero el Ejecutivo anunció el cierre de los campamentos de refugiados, contra las advertencias de la ONU. Los desplazados como Judith Ambura tienen tiempo hasta finales de esta semana para marcharse. Pero la pregunta es ¿a dónde? “No puedo volver a mi antigua casa”, subraya la joven mujer mientras sostiene en brazos a su pequeña de año y medio, Regina.
Le preocupa sobre todo su hijo de cinco años, qué consecuencias tendrán las experiencias que ha vivido en las últimas semanas. “Es tan joven y ha visto ya tanto... casas ardiendo, muertos...”. Su vecina tampoco sabe qué ocurrirá con ella. “Los luos me han dicho que desaparezca o de lo contrario me matarán –señala–. Pero ahora los mungikis se vengarán por nosotros, ellos les enseñarán”, dice apretando los puños.
Los mungikis son una banda formada mayoritariamente por kikuyus. Hasta el momento se habían hecho notar mediante brutales asesinatos y extorsión, pero ahora se han declarado vengadores de los kikuyus.
Sólo el lunes ingresaron en un hospital de Nairobi 14 pacientes con heridas de machetes, y en uno de los suburbios de la capital tres hombres fueron apuñalados literalmente hasta la muerte.
También muchos luos opinan que la situación es irreconciliable. “Aquí vivían los kikuyus –dice Freddie Otiendo, un joven de 27 años de Kibera, señalando una superficie llena de escombros y calcinada–. Y que no intenten volver”. Entre las ruinas, un graffitero anónimo ha pintado mensajes de paz. “Kenianos, no maten a vuestros compatriotas –se lee–. Hagan la paz, no la guerra”. Freddie Otiendo y sus amigos no quieren oír hablar de tales cosas. No sienten compasión por los desplazados, que viven sumidos en la misma pobreza que ellos.
“Los kikuyus eligieron a Kibaki y nos robaron la victoria”.
La ola de violencia político-étnica trajo consigo un aumento considerable de las agresiones sexuales contra las mujeres, concretamente de las violaciones colectivas, informaron fuentes médicas. “Desde las elecciones, registramos un número creciente de agresiones sexuales”, declaró Rahab Ngugi, de la dirección del hospital para mujeres de Nairobi.
Desde el 30 de diciembre, el hospital recibió diariamente entre 10 y 12 víctimas de agresiones sexuales, frente a la media de tres diarias registrada antes de que estallara la ola de violencia, según las mismas fuentes. En la mayoría de los casos, estas mujeres fueron víctimas de violaciones colectivas, según Jennifer Miquel, del Fondo de la ONU para la población.
El psiquiatra keniata Atwoli Lukvoye teme que estas semanas de violencia tengan consecuencias que perduren a largo plazo, sobre todo en los menores. “Estos niños han aprendido que saquear, asesinar y violar son métodos válidos para ‘hacer justicia’ –advierte–. Lo que ocurre hoy en Kenia volverá a suceder dentro de 15 ó 20 años; cuando estos pequeños tengan edad suficiente para empuñar machetes, lanzas y fusiles, resolverán sus conflictos como aprendieron de sus padres”.

Kofi Annan al rescate

El ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, se transformó en la última esperanza de terminar con la violencia desatada en Kenia después de las controvertidas elecciones. El jueves, Annan logró reunir en Nairobi al presidente keniata reelecto, Mwai Kibaki, y al jefe de la oposición, Raila Odinga, en el primer encuentro entre ambos políticos desde diciembre.
El 27 de diciembre, el presidente Kibaki logró la reelección por un estrecho margen sobre el candidato del Movimiento Democrático Naranja (ODM) Raila Odinga, donde observadores internacionales denunciaron numerosas irregularidades.
Desde entonces, la oposición comenzó una campaña de protestas que sumió a Kenia en una ola de violencia. La tensión política ha acabado traduciéndose en violencia intercomunitaria entre sectores que se consideran perjudicados y los que son acusados de verse favorecidos por la reelección de Kibaki. La violencia tiene caldo de cultivo en una cruda situación socioeconómica: casi la mitad de la población de Kenia vive por debajo del nivel de pobreza. Los kikuyus son los más vulnerables, ya que desde la independencia, en 1963, han migrado de sus zonas de origen a otras partes del país gracias a la protección de líderes políticos. Las divisiones tribales parecían desaparecer gracias a la relativa fortaleza de la economía, las buenas infraestructuras y el sistema moderno de enseñanza. Pero lo que no ha desaparecido es la xenofobia, alentada por la élite política en la campaña. Además, la rivalidad étnica esconde muchas veces disputas por tierras entre líderes de las comunidades, aseguran los expertos.



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