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EL ELEGIDO

Tiene 77 años. Mantiene su porte de dandi, de hombre de mundo. Carlos Fuentes es amable. Tiene un estilo directo que facilita la conversación. Su sonrisa no surge con facilidad, pero luce espontánea, sincera. Tostado, siempre tostado. Clásico en materia de vestimenta. Traje azul. Camisa celeste. Corbata al tono.

Viene de tragedias que lo laceran sin que hable de ellas. Son su dolor. Su íntimo dolor que jamás lo abandonará: en el 2000 murió su hijo. Y, cinco años más tarde, el dolor volvió con fuerza terminante: murió su hija de 32 años. Él apretó las mandíbulas y siguió. Nunca habla del tema. Nadie se lo saca, tampoco. Se refugió en la literatura, su mundo. Y en sus amigos, en el delicado manojo de amigos que tiene en el mundo. Un grupo logrado a fuerza de coincidencias y, fundamentalmente, diferencias.

-Eso es lo apasionante... mantener los afectos por encima de las discrepancias.

Tampoco le gusta hablar de la ruptura con otro gigante del pensamiento mexicano: Octavio Paz.

Hijo de clase media alta, Carlos Fuentes nació en un México que comenzaba a congelar aceleradamente su revolución y mandaba los Winchester y Colt 45 a depósito. De padre diplomático, aún recuerda con emoción la primera vez que se acostó con una mujer. Señora viuda y de buen pasar. Él, un adolescente. Fue en un depar

tamento de la calle Callao de Buenos Aires, destino profesional de su padre. Hoy sigue leyendo a William Faulkner y le gustaría tener un libro de Neruda bajo la almohada, del que todas las noches emergiera la voz del célebre chileno.

Tampoco le agrada hablar del preferido de todos los libros que escribió. Pero quienes lo conocen cuentan que, cuando aborda el tema, recuerda "La muerte de Artemio Cruz".



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