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Sábado 21 de agosto de 2004
Las “fernandeadas”
 
Jenaro Fernández nació en Granada y llegó a la Patagonia con los conquistadores del desierto. Más de cien años después, sus descendientes se reúnen una vez por año para recordar las anécdotas de la familia y cumplir el deseo de la abuela Antonia.
 
Jenaro Fernández, hijo, nieto y hasta que tenía memoria, de una familia de campesinos, nació en 1863 en Granada. Pero él quiso torcer su destino y cambiar de oficio. Jenaro soñaba con ser comerciante. Cuando cumplió 16 años se fue de su pueblo. El Peñón de Gibraltar -entonces en manos de los ingleses- parecía un buen lugar para aprender el intercambio. Allí confluían razas, circulaban cosas y la vida era intensa.
Cuentan que Jenaro era hermoso, rubio e inteligente y que esto fue suficiente para ganar la confianza de los ingleses, con quienes trabajó lo suficiente como para juntar un baúl repleto de libras esterlinas, el mejor pasaporte a su independencia.
Pasaban los años y seguía con la idea fija de ser comerciante. Un buen día llegó al Peñón de Gibraltar una embajada argentina. Era el tiempo en que este país tomaba forma y desde el gobierno se promocionaba la inmigración. Jenaro se mostró interesado en venir. Un militar que estaba en la comitiva, el general Enrique Godoy, le ofreció apoyo si se decidía a emigrar. Jenaro guardó una tarjeta con su nombre y un año después partió. Desde un barco vio por última vez las costas del Viejo Continente.
Llegó a Buenos Aires en 1885 y buscó a aquel militar que le había dejado su tarjeta. Este lo alojó en su casa y lo contrató de cochero de sus hijas. Jenaro ganó rápidamente la confianza de su familia, pero no se quedó con ellos. El quería ser comerciante, y cuando encontró el sitio adecuado abrió un almacén de ramos generales en la avenida Rivadavia.
En aquella Buenos Aires conoció a Antonia Prieto, oriunda de Cádiz, y casó con ella en 1894. Ella cosía para la casa “Agustín Fernández”, donde hacían bombachas de campo; éste era un oficio familiar, pues su padre era jefe de sastres de la prestigiosa casa Gath & Chávez.
En aquel tiempo Godoy le comentó que el general Roca había emprendido la Conquista del Desierto, una empresa destinada a ganar terreno a los indios y llevar el progreso a la Patagonia, y lo tentó a sumarse a la colonización del lugar, pero Jenaro no quería saber nada del asunto, justo cuando había cumplido con su sueño de tener un comercio y nada menos que en la populosa Buenos Aires. Poco después Godoy fue nombrado jefe de División y terminó de vencer las resistencias de Fernández para que lo acompañara al sur con promesas de tierras. Le proponía administrar las chacras del Estado y montar una proveeduría que abasteciera al Ejército.
A último momento, a días de iniciar la marcha hacia el sur, destinaron a Godoy a San Juan. Jenaro ya no podía echarse atrás. Sin su amigo se internó en el desierto. Su mujer tenía un bebé de seis meses, de modo que Jenaro debía llegar primero para recibir a su familia con algo armado. Fue a Carmen de Patagones y envió muebles, comida y baúles con sus pertenencias en un vaporcito con destino al fuerte de avanzada instalado en el paraje Fisque Menuco, rebautizado Fuerte General Roca. Luego arribó Antonia, pero lo hizo en tren hasta Bahía Blanca y de allí a Roca en una galera que tardó 19 días en llegar.
En el fuerte ya estaban la Comandancia, el colegio del padre Stefenelli y colonos y soldados que llamaban “los enganchados”, pues en su mayoría se habían sumado a la conquista para cambiar su suerte, casi siempre negra.
El fuerte estaba en el pueblo viejo, que en 1899 fue arrasado por la crecida del Negro. Los que sobrevivieron fueron los que pudieron escapar hacia el norte, donde había tierras más altas. Allí estuvieron una larga temporada viviendo a la intemperie. Entonces Jenaro y Antonia tenían dos hijos, Juan y Jorge Nicolás. Este último tenía 11 meses en momentos de la crecida y se enfermó de meningitis. Cuentan que le salvó la vida el padre Stefenelli, sumergiéndolo una y otra vez alternativamente en palanganas de agua fría y caliente. También cuentan que cuando llegó el agua había una peste en la Comandancia y un montón de soldados permanecía en cama. Estos, postrados y convalecientes, fueron socorridos por Jenaro Fernández en su carro. Una nuera, María Lahoz, años más tarde, escribió una poesía titulada “el héroe ignorado”, en la cual recuerda este episodio.
Otra anécdota del tiempo en que el río se salió de madre que Jenaro contaba era la de una chancha que se salvó de ser arrastrada por las aguas. Decía que entonces corrieron todos a la sierra y durante varios días, mientras bajaba el agua, quedó todo abandonado. Cuando el peligro había pasado, varios colonos fueron al fuerte para ver qué había quedado. Jenaro vio una chancha que se había salvado subida a una pila de pesadas bolsas que guardaban en un depósito de la Comandancia, con tanta suerte que contenían alimento.
La chancha, claro, mientras pasaba los días arriba del montón, no hacía más que comer y comer, y cuando la encontraron calcularon que pesaba más de 300 kilos. Nadie dude sobre cuál fue el destino del animal en momentos en que el alimento era el bien más preciado.
También recordaban otras tragedias de aquel tiempo en que gobernaban el agua y el viento.
Un día una sobrina de Jenaro y Antonia que tenía siete años fue enviada por su mamá a hacer una compra. El pueblo era pequeño y seguro, de modo que aquel mandado era cosa de todos los días. Pero había viento, mucho viento, y la nena se desorientó entre el polvo. Todo el pueblo salió a buscarla sin suerte. Un joven, del que decían que era vidente, la vio en sueños en un salitral, pero no quería decir nada porque temía que lo culparan de la desaparición de la niña. Alguien dijo que un matrimonio había pasado por el pueblo con una niña. Jenaro salió a buscar a la pareja en dirección a la Confluencia. En viaje lo asaltaron y perdió todo lo que llevaba, también la pista del posible secuestro, porque alcanzó al matrimonio que habían visto, que viajaba con su propia hija. Finalmente el vidente habló con la familia, localizaron inmediatamente un salitral y allí encontraron a la niña muerta, a kilómetros del pueblo. Alrededor de ella había pisadas de lo que creyeron un lobo. Su madre enloqueció de pena y el viento -que armaba y desarmaba médanos de más de un metro de un día para el otro en aquel caserío- les recordó la tragedia durante años.
Luego de la crecida fatal el pueblo fue trasladado definitivamente unos kilómetros más arriba y el gobierno volvió a repartir tierras entre los conquistadores. A Jenaro le otorgaron una enorme extensión, donde nacieron cinco hijos más y levantaron su casa. Esta “estancia”, como la llamaban, luego fue vendida al alemán Hans Flügel, operación que quedó registrada en la escritura número 1 del Territorio Nacional de Río Negro.
Allí crió ovejas durante años hasta que los niños comenzaron el colegio; entonces decidieron mudarse más cerca del pueblo, donde Fernández adquirió 100 hectáreas. En aquella chacra nació el resto de sus hijos; fueron 14 en total y vivieron junto a dos sobrinos más y una veintena de peones, entre los que recuerdan algunos de piel oscura y pelo mota. Toda una comunidad.
Allí puso un tambo, plantó frutales y vendía pienso para alimentar a los caballos que la población utilizó como vehículo hasta que llegó el automóvil.
Allí vivió Jenaro hasta la década del ’40, siendo aquello que el destino no pudo evitar: agricultor.


Milagro y tradición

Cuando Jenaro murió, en 1945, su mujer se mudó al pueblo. Compró media manzana y allí vivió con los hijos que estaban solteros. Un día Antonia enfermó de gravedad y todos sus hijos fueron a despedirla. Cuando llegó su hijo sacerdote, que vivía en Gaiman, Antonia “despertó”, y al ver el milagro de los 14 hijos reunidos les pidió en nombre de su esposo que cuando ella muriera se reunieran todos aunque fuera una vez en el año.
Se despidieron de ella, pero Antonia vivió siete años más, y los hijos cumplieron su deseo. Así, desde 1952 se reúnen todos los años. Los hijos tuvieron sus hijos y éstos hoy siguen la tradición del encuentro familiar que bautizaron las “fernandeadas”, que han llegado a reunir a 300 personas.
Las fiestas de los Fernández duran todo un día. Comienzan con una invitación que incluye el programa de actividades, sigue con una misa, almuerzo y distintos espectáculos donde cada quien hace su gracia. Luego, el café de la tarde, los juegos de la taba, bochas o fútbol y un espacio que reservan para contar historias.
Los mayores cuentan a los más pequeños el derrotero del abuelo, desde su Jubiles natal hasta la Patagonia. Allí recuperan y perpetúan anécdotas familiares que le dan sentido al encuentro.
La última “fernandeada” se hizo en mayo, con motivo del 80º cumpleaños de uno de los 14 hijos de Jenaro y Antonia, Eduardo. El y Dolores son los dos únicos que viven.
Dora Rego Fernández y Enrique Cerutti Fernández, nietos de aquel matrimonio de inmigrantes españoles que llegó con los conquistadores del desierto, son hoy dos de los organizadores del evento familiar, que entre fotos e historias reconstruyen cada año para que esta tradición de afecto no se corte y continúe a través de sus hijos.

Susana Yappert
sy@patagonia.com.ar

 
 
Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.Todos los derechos reservados
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