Sobisch
llega al segundo año de su tercera gestión
sin mayores apremios aunque en el horizonte asoman algunos
nubarrones. Cuenta con un presupuesto de 2.250 millones
de pesos -el mayor de la historia de la provincia- y
superpoderes para reestructurarlo a su antojo; tiene
una alianza con los transperonistas y el quiroguismo
que le permite disponer de mayoría automática
en la Legislatura; y ha logrado colocar a cuatro de
los cinco miembros del Tribunal Superior haciendo su
estricta voluntad. Este esquema, que se parece peligrosamente
a la suma del poder público, le permite al gobernador
tener las manos libres para dedicarse a su principal
objetivo actual: la campaña presidencial. Con
una abundancia inédita de recursos derivada del
elevado precio del petróleo, la oposición
y la Justicia a buen recaudo, la provincia parece un
negocio que funciona solo. De ahí la decisión
de Sobisch de dejarla en manos de sus hombres de confianza,
aquellos que aun desde su propia óptica gobiernan
peor que él.
Desde luego este esquema no es el ideal y provoca desfasajes
en la conducción política. Así,
por ejemplo, el gobernador tiene un frente gremial complicado,
entre otras cosas porque casi nunca está y no
hay ‘sintonía fina’ sobre el particular.
Además, en medio de la abundancia que proporcionan
las regalías, el gobierno ha acentuado su tendencia
a resolver los problemas con dinero. Un ejemplo es lo
ocurrido con el aumento salarial otorgado a los estatales,
a modo de piadosa cortina de humo sobre el escándalo
de los campos atribuidos a Manganaro.
En este cuadro de situación, con un gasto que
se ha multiplicado, es posible avizorar un horizonte
complicado.
Neuquén se ha beneficiado de una coyuntura excepcional
producto de la devaluación y el precio récord
del petróleo. Baste decir que ha duplicado sus
ingresos. Por desgracia, esta circunstancia única
no está siendo utilizada para catapultar a la
provincia al desarrollo. Pero perder esa oportunidad
histórica podría ser el mal menor comparado
con la hecatombe que implicaría una brusca caída
de los ingresos. Bastaría que el barril de petróleo
volviera a sus valores normales para que el gasto, fuertemente
sobredimensionado, terminara por ahogar las finanzas
provinciales desencadenando un ajuste de consecuencias
sociales explosivas. Si este frente presenta perspectivas
delicadas, nada muy diferente ocurre con la aventura
presidencial.
La campaña nacional del gobernador es en sí
misma otro ejemplo palpable de la liviandad en el manejo
de los recursos públicos. Sobisch se ha negado
una y otra vez a informar sobre el origen de los cuantiosos
fondos que destina a su sueño presidencial, pero
en buena parte de los casos las acciones y la propaganda
de campaña se confunden con la actividad y la
publicidad de los actos oficiales.
Eso es lo que ocurre por ejemplo con el logo “Neuquén
es confianza”, que aparece indistintamente en
la publicidad del candidato y en la actividad del gobierno.
Todo indica que se está gastando mucho dinero
de las arcas del Estado provincial en cuestiones que
no guardan ninguna relación con el interés
público. En estos días la política
se hace con plata y eso es lo que parece sobrarle a
Sobisch. Pero además de plata, hacen falta otros
requisitos que el aspirante neuquino no parece tener
en abundancia.
Ni pertenece al único gran partido nacional en
pie, ni tiene estructuras en las provincias clave, como
Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.
La puesta en escena del pastor persuasivo que se desplaza
entre la gente micrófono en mano, no alcanza.
Quitando los golpes bajos sobre la seguridad y las promesas
de mano firme con los piqueteros, que no se condicen
con el desmadre que tiene a cada rato en la provincia,
Sobisch no ha logrado hilvanar ideas atractivas.
Tiene sí, a su favor, que en buena parte del
país todavía no lo conocen. Pero con confundir
a los distraídos no alcanza, además hay
que convencer a los que forman opinión.
Si las perspectivas de concretar el sueño rosado
no son alentadoras, menos aún lo son las estrictamente
políticas en el frente provincial.
En su afán de doblar siempre la apuesta, Sobisch
se ha embarcado en una reforma de la Constitución
que puede llevarlo a su primera derrota política.
En la cúspide de sus posibilidades, se ha propuesto
satisfacer una necesidad de campaña, consistente
en agitar aquí y allá que lleva adelante
una supuesta reforma política en su provincia;
y también planea cumplir con sus “aliadas
estratégicas”, las petroleras, brindándoles
la seguridad jurídica que la Constitución
actual no les da. Pero no está escrito que Sobisch
vaya a reiterar en la elección de convencionales
el excepcional 56% que obtuvo para la gobernación
en 2003. Las legislativas nacionales y más aún
las constituyentes son generalmente esquivas para el
MPN. Y las del año próximo no serán
mejores, porque con la elección de diputados
se plebiscita la gestión de Kirchner, a quien
no le va nada mal. Cualquier porcentaje que Sobisch
obtenga por debajo de la performance excepcional del
2003, será inmediatamente considerada una derrota,
no sólo en la provincia sino también en
la puja nacional.
Si nada parece indicar que la estrella de Sobisch vaya
a seguir elevándose, tampoco está claro
que Quiroga, el hombre que atesora la mayor cuota de
poder en la provincia fuera del MPN, vaya a mejorar
sus chances de cara al 2007. El intendente quiere ser
gobernador y está bien posicionado en las encuestas,
pero por desgracia para él no hay viaje sin escalas
a la felicidad: antes tendrá que pasar por el
2005, que no se le presenta demasiado alentador. La
alianza de hecho que mantiene con Sobisch tiende a diluirse
a medida que se acerca la fecha de los comicios y el
año que se inicia el intendente tiene por delante
un calendario electoral complicado.
En las elecciones para renovar parcialmente el Concejo
Deliberante, carece de alianzas de peso para enfrentar
a un aparato arrollador como el del MPN, que además
lo está esperando para cobrarse el revés
del 2003. Lo único que tiene decididamente a
su favor es la sorpresa: es él quien fija la
fecha de los comicios.
En la segunda prueba, de diputados nacionales y convencionales
constituyentes, tiene poco para ganar y mucho para perder.
Aislado como está de la oposición por
su proximidad a Sobisch, acaso no le quede más
remedio que desandar lo andado y apoyar a los candidatos
de Kirchner. Después de todo, para ganarle al
MPN en el 2007 va a necesitar alguien que le dé
una mano.
Entre los expectables de la política neuquina
está también Jorge Sapag. El ex vicegobernador
ha dicho que quiere la gobernación, pero hasta
ahora se ha cuidado de desafiar al gobierno.
Cerca de Sapag dicen que muchos funcionarios están
prestos a dar el salto, y que apresurar el enfrentamiento
sería dejarlos inermes ante las represalias sobischistas.
Pero la verdad es que pocas veces se ha visto en política
tantos retadores con tan pocas ganas de dar pelea.
Por lo pronto, una cosa es conquistar el poder y otra
muy diferente heredarlo. Está claro que Sobisch
no querría dejar su reino de oro negro a un Sapag,
pero él también ha jugado buena parte
de sus cartas y quitando a Salvatori, que es socio pero
no del “palo”, ninguno de su entorno tiene
la estatura requerida. Como diría Perón,
ni su esposa, ni Brollo, ni Brillo parecen tener uña
de guitarrero. Acaso, al final, al gobernador no le
quede más remedio que tragar saliva y abrazar
a su viejo compañero de fórmula.
Héctor Mauriño
vasco@rionegro.com.ar
|