CARLOS TORRENGO
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Qué queda de la Reforma Universitaria del 18?
–Muy poco, ni siquiera el espíritu iluminista
progresista centrado en la búsqueda del conocimiento
que le fue consustancial. Tampoco queda mucho del paradigma
de “nueva ciudadanía” que promovía
la Reforma, esa misión que se había fijado de
generalizar las actitudes democráticas en el estudiantado.
En el fondo, mirada la Reforma desde sus generosas propuestas,
sólo queda el cogobierno estudiantil, que prácticamente
es el único sistema universitario del mundo que lo
tiene incorporado y que siempre fue una gran oportunidad para
adquirir compromiso y responsabilidad por parte de la juventud.
–¿Oportunidad desvirtuada?
–Lamentablemente. Esa posibilidad está hoy distorsionada
en dos sentidos. Por un lado, la búsqueda por parte
de agrupaciones estudiantiles de favores, ventajas para conseguir
algunos puestitos en la estructura universitaria o algún
otro rincón rentado. Es una lucha desaforada, degradante,
por espacios de poder que nada tienen que ver con el fundamento
esencial de una universidad que es el conocimiento. La otra
distorsión se expresa vía la existencia de una
militancia estudiantil sectaria, excluyente del pensamiento
que no le es afín... sectores que procuran el conflicto
desde el convencimiento de que en la dialéctica misma
del conflicto se puede llevar adelante una transformación
positiva de la universidad. ¡Un absurdo!
–Usted dice en su libro “Gestión del Conocimiento”...
–No es mío solamente, somos varios autores.
–Bueno. Dicen que si bien la Reforma del 18 superó
el modelo medieval vigente en las universidades argentinas
hasta ese momento –el modelo Salamanca concretamente–,
no condujo a la definición de un modelo de conocimiento
y de un modelo de vinculación de la universidad con
la sociedad. ¿Este es el fracaso más elocuente
de la Reforma del 18?
–Por lo menos es una de las experiencias complejas,
concretas que deja la Reforma. Sin embargo alentó el
pensamiento moderno y la investigación científica.
Lo que sucedió es que a la larga, la Reforma, en tanto
compromiso con luchas sociales y políticas legitimadas
en función de consolidar la democracia y la igualdad,
terminó siendo un sistema muy ideologizado. Y así
se fue afectando a la universidad en el sentido de que, por
sobre todo otro paradigma, primó la politización
universitaria que buscaba la transformación de la sociedad
desde la política pura que hacía del aula un
comité, una unidad básica, una casa del pueblo
o lo que fuera...
–¿La autonomía se transformó en
problema?
–Tuvo y tiene su sentido. Fue una forma de defender
a la universidad. Nosotros en el libro decimos que mediante
la autonomía se buscó la “independencia
frente a un entorno amenazador”.
–¿De los extremos ideológicos?
–Del poder, fundamentalmente del poder político.
Pero, y aquí también vale la experiencia, la
autonomía en un marco de fuerte ideologización.
Concluyó generando aislamiento con el entorno, desconexión
con la sociedad, feudalización de espacios. Todo esto
que hoy vemos cuando exploramos la universidad argentina.
–Jaim Etcheverry señaló, semanas atrás,
que su rectorado en la UBA se había transformado más
en el manejo de presiones de distintos planos universitarios
vinculadas al uso del presupuesto y al manejo de cuotas de
poder, que en usar ese tiempo en reflexiones y decisiones
sobre temas académicos, contenidos, etc. ¿En
qué están tranformados los rectores?
–En meros gerentes de cuestiones funcionales, operativas.
Todo en un marco de desenfrenado y neurótico hiperactivismo...
reunión tras reunión, sectores estudiantiles
pidiendo audiencia tras audiencia y sentadas en los pasillos
si la audiencia se demora. Por supuesto que lo mismo le sucede
a los decanos. Todo es muy feroz en el trámite universitario
de este tiempo. Lo que sucede con el cuerpo académico
es sintomático: ante la dinámica que adquiere
el internismo universitario, los profesores se resisten a
participar en procura de mejorar los niveles de entendimiento.
Esa lucha se les presenta obscena. A igual que los investigadores
o los auxiliares de dedicación simple, no quieren ocupar
cargos de conducción mal pagos, sin medios. ¿Qué
les podemos pedir? La dinámica que ha adquirido esta
patología no es neutra: afecta la formulación
serena, racional, de proyectos estratégicos para la
universidad. Se está en la inmediatez, no en la trascendencia...
–Pero no me parece que no interese la cultura del conocimiento.
Es el sentido de la universidad en sus estado más puro.
Si llegamos a esa conclusión... bueno...
–Mire. En diciembre, durante una mesa redonda de la
que participamos gente que llevamos una vida dedicada a la
universidad (Ernesto Villanueva, Francisco Naishtat, Victoria
Kandel, entre otros), yo dije, y hoy me reafirmo en ello a
la luz de lo que está sucediendo en la UBA y en la
propia UNC, que la universidad argentina es una universidad
sin fundamento. Yo soy doctor en Filosofía y tengo
muy presente que desde el inicio de la transición sólo
en una oportunidad pude reflexionar desde la filosofía,
y con un rector, temas que hacen al fundamento filosófico
de la universidad... Es una óptica que hacia el interior
de la universidad no interesa. Suma cero.
–Se piensa en función de lo que hay y nada más.
–Y lamentablemente se llega a esa conclusión.
–¿Fundamento filosófico en que sentido?
–En el sentido de reflexionar sobre contenidos, paradigmas,
alcances, naturaleza de la labor en que se está y lo
que se quiere lograr. El porqué humanístico
de la misión de la universidad.
–Sin embargo en sus trabajos usted suele citar a Burton
Clark, para quien la universidad no tiene fundamento y no
tiene fines en tanto el conocimiento es muy amplio, diverso
y las respuestas son muy distintas. ¿No hay una contradicción
en lo que usted reclama?
–¡Epa, epa! Lo de Clark se funda en el reconocimiento
de que en muchas universidades del mundo hay modelos y teorías
del conocimiento. Lo que sucede en la universidad argentina
es que no hay una cultura muy acendrada, o directamente no
la hay, del conocimiento y su valor. No hay política
del conocimiento. No hay la más mínima idea
del lugar de la universidad en la cultura universal. Mire,
yo hice una investigación sobre los temas que trataron
durante determinado lapso 16 Consejos Superiores de otras
tantas universidades argentinas; fue una encuesta. Ante cada
uno de esos Consejos, pregunté en vivo y en directo
cuánto tiempo dedicaba, como Consejo Superior, a temas
como el futuro de la universidad, estrategias académicas,
políticas del conocimiento, políticas pedagógicas.
Las respuestas me indicaron que el tiempo dedicado a esos
temas era entre el 1% y el 3% de la agenda de los Consejos
que, como me lo dijeron, a veces incluye cien temas a tratar...
Todo esto en Consejos Superiores, que como tales son la máxima
instancia en el forjamiento de las estrategias para la universidad.
–¿Conclusión?
–Si estas y otras culturas muy negativas que existen
en la universidad argentina no son revertidas, la universidad
argentina entrará en estado vegetativo. Su perspectiva
de futuro es esa: estado vegetativo hasta que los vientos
de la historia la disuelvan. En nuestra juventud universitaria
nos revoleábamos por la cabeza a Sartre, Aron, Mao,
Bakunin... ‘que la literatura como función lúdica
o como expresión de compromiso político’...
‘que si Heidegger había sido nazi o no’...
‘que el Mayo Francés o la Plaza de Tatlelolco
y la Primavera de Praga’... Con todos nuestros defectos,
desviaciones o lo que se quiera, pero había debate,
confrontación de modelos de interpretación de
la vida, de la sociedad. Hoy los estudiantes se revolean sillas
por el manejo de una fotocopiadora... Cualquiera de nosotros
militaba y rendía no menos de cuatro o cinco materias
al año, y la exigencia para seguir siendo alumno regular
no era mucho menos que ese número de materias. Hoy
con dos materias, dale que va...
–Una de las páginas más bellas de Gran
Bretaña durante la Segunda Guerra, al margen de la
convicción de lucha con que se quedó sola ante
los nazis por largo tiempo, es cómo en medio de esa
tragedia no se permitió que sus universidades dejaran
de funcionar. A media máquina en todo caso, pero con
vida. Si admitimos que los problemas que azotan a la universidad
argentina son en parte emergentes de un país tocado
por crisis y más crisis, ¿podía esta
universidad mantener determinado nivel eficiente de existencia?
–Por supuesto que no podía mantenerlo al margen
de esas tempestades, pero tampoco hubo voluntad para hacer
de la universidad un refugio para guarecer al menos algunos
niveles de racionalidad. Pero nada de eso sucedió y
la causa es la privatización del espacio universitario
por la hiperpolitización sectaria, excluyente... no
la política como instancia creativa. No estoy negando
la necesidad de debate ideológico, lo que estoy diciendo
es que esa lucha no se puede dirimir a las trompadas. La universidad
es por excelencia una zona de debate, polémica... un
lugar donde se procuran verdades desde incertidumbres muy
elocuentes.
–Nada desafía tanto la integridad intelectual
del ser como no atreverse a manejar ideas antitéticas,
escribió Bertrand Russell.
–Y es así. En uno de nuestro trabajos insistimos
en que uno de los datos esenciales para calibrar la calidad
de una universidad es determinar en cuánto estimula
o cómo hace conciencia de que es propio de una universidad
“admitir la tensión entre la búsqueda
de la certeza y la incertidumbre que esa misma búsqueda
genera. En consecuencia, la discrepancia, la controversia,
el pluralismo, surgen como corolarios de la vida académica”
y en otros ordenes de la vida también, está
claro.
–¿Hay alguna salida para la universidad argentina
aun admitiendo que sea una salida muy condicionada por la
misma naturaleza crítica del país que la cobija?
–Todo depende de todo. Una respuesta muy directa dice
que mientras la política siga apropiándose de
la universidad en los términos en que lo hace... bueno,
yo no soy optimista. Pero también hay derecho a la
esperanza. Tengo la impresión de que mucho de una mutación
en este campo pasa por asumir el valor del conocimiento. Me
parece y así lo hemos escrito, que aun con sus diferencias,
al sistema de educación sudamericano le hacen falta
algunas ideas reguladoras, no en el sentido de una filosofía
común sino en el sentido de políticas del conocimiento.
En la región no suelen faltar ideas. Escasean en cambio
las teorías y sobre todo faltan teorías de la
acción, modelos de implementación, modelos de
articulación de toda esa estructura para con la sociedad.
La universidad debe emitirle señales a la sociedad
de que está para mucho más que producir profesionales.
Un camino posible para llegar a ciertos consensos pragmáticos
sería partir de reconocer, precisamente, el significado
de la universidad como parte del proceso del conocimiento.
Eso que en alguna medida, y como lo definen algunos investigadores,
significa la ‘conversión’ de los saberes
implícitos en saberes explícitos.
–¿Se logrará?
–Y... con los talibanes de distinto signo al mando,
la universidad no tiene solución. Es complejo... muy
complejo.
EL ELEGIDO
Augusto Pérez Lindo tiene 65 años. Es doctor
en Filosofía egresado de la Universidad de Lovaina
en Bélgica, lugar que, mucho después de lograr
aquel título, lo volvió a cobijar durante seis
años en calidad de exiliado.
Dedicado de lleno a trabajar en temas de educación,
Pérez Lindo aún se emociona cuando recuerda
las conversaciones con un rector de Lovaina, quien había
estado preso de los nazis durante la Segunda Guerra:
–Me contaba como él y muchos docentes, aún
detenidos, habían logrado organizar y preservar grupos
de académicos que, en libertad, seguían dándole
vida a la universidad aun teniendo que apelar a la clandestinidad...
¡Tipos de bronce, sin duda! Hicieron lo imposible para
mantener niveles de reflexión y formación alentados
en que algún día los vientos de la historia
traerían la libertad... |