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Domingo 28 de mayo de 2006
“Con los talibanes al mando, la universidad no tiene solución”
Augusto Pérez Lindo es director de la Maestría en Política y Gestión Universitaria en el marco del Mercosur. Se formó en Lovaina y es autor de libros sobre la universidad argentina. En este reportaje pasa revista a la crisis de ese nivel educativo.

CARLOS TORRENGO
debates@rionegro.com.ar

Qué queda de la Reforma Universitaria del 18?
–Muy poco, ni siquiera el espíritu iluminista progresista centrado en la búsqueda del conocimiento que le fue consustancial. Tampoco queda mucho del paradigma de “nueva ciudadanía” que promovía la Reforma, esa misión que se había fijado de generalizar las actitudes democráticas en el estudiantado. En el fondo, mirada la Reforma desde sus generosas propuestas, sólo queda el cogobierno estudiantil, que prácticamente es el único sistema universitario del mundo que lo tiene incorporado y que siempre fue una gran oportunidad para adquirir compromiso y responsabilidad por parte de la juventud.
–¿Oportunidad desvirtuada?
–Lamentablemente. Esa posibilidad está hoy distorsionada en dos sentidos. Por un lado, la búsqueda por parte de agrupaciones estudiantiles de favores, ventajas para conseguir algunos puestitos en la estructura universitaria o algún otro rincón rentado. Es una lucha desaforada, degradante, por espacios de poder que nada tienen que ver con el fundamento esencial de una universidad que es el conocimiento. La otra distorsión se expresa vía la existencia de una militancia estudiantil sectaria, excluyente del pensamiento que no le es afín... sectores que procuran el conflicto desde el convencimiento de que en la dialéctica misma del conflicto se puede llevar adelante una transformación positiva de la universidad. ¡Un absurdo!
–Usted dice en su libro “Gestión del Conocimiento”...
–No es mío solamente, somos varios autores.
–Bueno. Dicen que si bien la Reforma del 18 superó el modelo medieval vigente en las universidades argentinas hasta ese momento –el modelo Salamanca concretamente–, no condujo a la definición de un modelo de conocimiento y de un modelo de vinculación de la universidad con la sociedad. ¿Este es el fracaso más elocuente de la Reforma del 18?
–Por lo menos es una de las experiencias complejas, concretas que deja la Reforma. Sin embargo alentó el pensamiento moderno y la investigación científica. Lo que sucedió es que a la larga, la Reforma, en tanto compromiso con luchas sociales y políticas legitimadas en función de consolidar la democracia y la igualdad, terminó siendo un sistema muy ideologizado. Y así se fue afectando a la universidad en el sentido de que, por sobre todo otro paradigma, primó la politización universitaria que buscaba la transformación de la sociedad desde la política pura que hacía del aula un comité, una unidad básica, una casa del pueblo o lo que fuera...
–¿La autonomía se transformó en problema?
–Tuvo y tiene su sentido. Fue una forma de defender a la universidad. Nosotros en el libro decimos que mediante la autonomía se buscó la “independencia frente a un entorno amenazador”.
–¿De los extremos ideológicos?
–Del poder, fundamentalmente del poder político. Pero, y aquí también vale la experiencia, la autonomía en un marco de fuerte ideologización. Concluyó generando aislamiento con el entorno, desconexión con la sociedad, feudalización de espacios. Todo esto que hoy vemos cuando exploramos la universidad argentina.
–Jaim Etcheverry señaló, semanas atrás, que su rectorado en la UBA se había transformado más en el manejo de presiones de distintos planos universitarios vinculadas al uso del presupuesto y al manejo de cuotas de poder, que en usar ese tiempo en reflexiones y decisiones sobre temas académicos, contenidos, etc. ¿En qué están tranformados los rectores?
–En meros gerentes de cuestiones funcionales, operativas. Todo en un marco de desenfrenado y neurótico hiperactivismo... reunión tras reunión, sectores estudiantiles pidiendo audiencia tras audiencia y sentadas en los pasillos si la audiencia se demora. Por supuesto que lo mismo le sucede a los decanos. Todo es muy feroz en el trámite universitario de este tiempo. Lo que sucede con el cuerpo académico es sintomático: ante la dinámica que adquiere el internismo universitario, los profesores se resisten a participar en procura de mejorar los niveles de entendimiento. Esa lucha se les presenta obscena. A igual que los investigadores o los auxiliares de dedicación simple, no quieren ocupar cargos de conducción mal pagos, sin medios. ¿Qué les podemos pedir? La dinámica que ha adquirido esta patología no es neutra: afecta la formulación serena, racional, de proyectos estratégicos para la universidad. Se está en la inmediatez, no en la trascendencia...
–Pero no me parece que no interese la cultura del conocimiento. Es el sentido de la universidad en sus estado más puro. Si llegamos a esa conclusión... bueno...
–Mire. En diciembre, durante una mesa redonda de la que participamos gente que llevamos una vida dedicada a la universidad (Ernesto Villanueva, Francisco Naishtat, Victoria Kandel, entre otros), yo dije, y hoy me reafirmo en ello a la luz de lo que está sucediendo en la UBA y en la propia UNC, que la universidad argentina es una universidad sin fundamento. Yo soy doctor en Filosofía y tengo muy presente que desde el inicio de la transición sólo en una oportunidad pude reflexionar desde la filosofía, y con un rector, temas que hacen al fundamento filosófico de la universidad... Es una óptica que hacia el interior de la universidad no interesa. Suma cero.
–Se piensa en función de lo que hay y nada más.
–Y lamentablemente se llega a esa conclusión.
–¿Fundamento filosófico en que sentido?
–En el sentido de reflexionar sobre contenidos, paradigmas, alcances, naturaleza de la labor en que se está y lo que se quiere lograr. El porqué humanístico de la misión de la universidad.
–Sin embargo en sus trabajos usted suele citar a Burton Clark, para quien la universidad no tiene fundamento y no tiene fines en tanto el conocimiento es muy amplio, diverso y las respuestas son muy distintas. ¿No hay una contradicción en lo que usted reclama?
–¡Epa, epa! Lo de Clark se funda en el reconocimiento de que en muchas universidades del mundo hay modelos y teorías del conocimiento. Lo que sucede en la universidad argentina es que no hay una cultura muy acendrada, o directamente no la hay, del conocimiento y su valor. No hay política del conocimiento. No hay la más mínima idea del lugar de la universidad en la cultura universal. Mire, yo hice una investigación sobre los temas que trataron durante determinado lapso 16 Consejos Superiores de otras tantas universidades argentinas; fue una encuesta. Ante cada uno de esos Consejos, pregunté en vivo y en directo cuánto tiempo dedicaba, como Consejo Superior, a temas como el futuro de la universidad, estrategias académicas, políticas del conocimiento, políticas pedagógicas. Las respuestas me indicaron que el tiempo dedicado a esos temas era entre el 1% y el 3% de la agenda de los Consejos que, como me lo dijeron, a veces incluye cien temas a tratar... Todo esto en Consejos Superiores, que como tales son la máxima instancia en el forjamiento de las estrategias para la universidad.
–¿Conclusión?
–Si estas y otras culturas muy negativas que existen en la universidad argentina no son revertidas, la universidad argentina entrará en estado vegetativo. Su perspectiva de futuro es esa: estado vegetativo hasta que los vientos de la historia la disuelvan. En nuestra juventud universitaria nos revoleábamos por la cabeza a Sartre, Aron, Mao, Bakunin... ‘que la literatura como función lúdica o como expresión de compromiso político’... ‘que si Heidegger había sido nazi o no’... ‘que el Mayo Francés o la Plaza de Tatlelolco y la Primavera de Praga’... Con todos nuestros defectos, desviaciones o lo que se quiera, pero había debate, confrontación de modelos de interpretación de la vida, de la sociedad. Hoy los estudiantes se revolean sillas por el manejo de una fotocopiadora... Cualquiera de nosotros militaba y rendía no menos de cuatro o cinco materias al año, y la exigencia para seguir siendo alumno regular no era mucho menos que ese número de materias. Hoy con dos materias, dale que va...
–Una de las páginas más bellas de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra, al margen de la convicción de lucha con que se quedó sola ante los nazis por largo tiempo, es cómo en medio de esa tragedia no se permitió que sus universidades dejaran de funcionar. A media máquina en todo caso, pero con vida. Si admitimos que los problemas que azotan a la universidad argentina son en parte emergentes de un país tocado por crisis y más crisis, ¿podía esta universidad mantener determinado nivel eficiente de existencia?
–Por supuesto que no podía mantenerlo al margen de esas tempestades, pero tampoco hubo voluntad para hacer de la universidad un refugio para guarecer al menos algunos niveles de racionalidad. Pero nada de eso sucedió y la causa es la privatización del espacio universitario por la hiperpolitización sectaria, excluyente... no la política como instancia creativa. No estoy negando la necesidad de debate ideológico, lo que estoy diciendo es que esa lucha no se puede dirimir a las trompadas. La universidad es por excelencia una zona de debate, polémica... un lugar donde se procuran verdades desde incertidumbres muy elocuentes.
–Nada desafía tanto la integridad intelectual del ser como no atreverse a manejar ideas antitéticas, escribió Bertrand Russell.
–Y es así. En uno de nuestro trabajos insistimos en que uno de los datos esenciales para calibrar la calidad de una universidad es determinar en cuánto estimula o cómo hace conciencia de que es propio de una universidad “admitir la tensión entre la búsqueda de la certeza y la incertidumbre que esa misma búsqueda genera. En consecuencia, la discrepancia, la controversia, el pluralismo, surgen como corolarios de la vida académica” y en otros ordenes de la vida también, está claro.
–¿Hay alguna salida para la universidad argentina aun admitiendo que sea una salida muy condicionada por la misma naturaleza crítica del país que la cobija?
–Todo depende de todo. Una respuesta muy directa dice que mientras la política siga apropiándose de la universidad en los términos en que lo hace... bueno, yo no soy optimista. Pero también hay derecho a la esperanza. Tengo la impresión de que mucho de una mutación en este campo pasa por asumir el valor del conocimiento. Me parece y así lo hemos escrito, que aun con sus diferencias, al sistema de educación sudamericano le hacen falta algunas ideas reguladoras, no en el sentido de una filosofía común sino en el sentido de políticas del conocimiento. En la región no suelen faltar ideas. Escasean en cambio las teorías y sobre todo faltan teorías de la acción, modelos de implementación, modelos de articulación de toda esa estructura para con la sociedad. La universidad debe emitirle señales a la sociedad de que está para mucho más que producir profesionales. Un camino posible para llegar a ciertos consensos pragmáticos sería partir de reconocer, precisamente, el significado de la universidad como parte del proceso del conocimiento. Eso que en alguna medida, y como lo definen algunos investigadores, significa la ‘conversión’ de los saberes implícitos en saberes explícitos.
–¿Se logrará?
–Y... con los talibanes de distinto signo al mando, la universidad no tiene solución. Es complejo... muy complejo.

EL ELEGIDO

Augusto Pérez Lindo tiene 65 años. Es doctor en Filosofía egresado de la Universidad de Lovaina en Bélgica, lugar que, mucho después de lograr aquel título, lo volvió a cobijar durante seis años en calidad de exiliado.
Dedicado de lleno a trabajar en temas de educación, Pérez Lindo aún se emociona cuando recuerda las conversaciones con un rector de Lovaina, quien había estado preso de los nazis durante la Segunda Guerra:
–Me contaba como él y muchos docentes, aún detenidos, habían logrado organizar y preservar grupos de académicos que, en libertad, seguían dándole vida a la universidad aun teniendo que apelar a la clandestinidad... ¡Tipos de bronce, sin duda! Hicieron lo imposible para mantener niveles de reflexión y formación alentados en que algún día los vientos de la historia traerían la libertad...

 
 
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