Impotencia
probablemente sea la palabra que mejor definía la situación
de Kirchner en su intento por llegar a la presidencia de la
Nación antes de lograr el «padrinazgo»
político de Duhalde.
El apoyo de éste, que controlaba el aparato del P.
J. bonaerense,
y la «ingeniería» implementada para evitar
que en una interna surgiera Ménem como candidato peronista,
le abrieron el camino hacia la Casa Rosada al hasta entonces
ignoto gobernador de una provincia de menos de 200 mil habitantes
Con los votos «prestados»
por el «duhaldismo», y sospechado de ser sólo
un títere, sus actitudes tendientes a construir poder
político propio aparecían muy justificadas.
Ademas en el peronismo, nacido como fuerza política
al calor
del Estado, era razonable esperar que quien ejercía
el Gobierno Nacional intentaría su control absoluto
y hegemónico.
Para lograrlo el proyecto «kirchnerista» no ha
mostrado tener
demasiados escrúpulos, ni ideológicos ni morales.
Desde piqueteros con discursos contestatarios para con el
sistema
hasta peronistas ortodoxos que daban la vida por Duhalde (obviamente
en el mismo sentido figurado que antes la daban por Perón),
han declarado su adhesión a Kirchner seducidos por
el irresistible atractivo que a su personalidad le otorga
el superávit fiscal.
La Tesorería de la Nación se convierte una vez
más en el argumento
más eficaz para aglutinar voluntades de cara a un proceso
electoral.
Desde la tribuna, aunque la ley establece que aun no puede
haber
campaña, el Presidente arenga a sus seguidores diciendo
«Estamos
construyendo una nueva Argentina», o «No lograrán
los nostálgicos
del pasado que volvamos al fracaso». En un acto de curiosa
complicidad nadie parece advertir que sus nuevos aliados contribuyeron
significativamente a construir la «vieja» Argentina
y que, aunque nieguen la nostalgia, no pueden negar el pasado.
Durante catorce de los casi veinte años de democracia
transcurridos
desde 1983 el país fue gobernado por el justicialismo
en el que tan entusiastamente forjó sus convicciones
y militó desde joven el actual Presidente de la Nación.
La práctica de acumular poder desde el poder, haciendo
uso de recursos económicos no es sólo una cuestión
ligada a la conducta de los dirigentes. La demagogia, que
es capaz de reducir al ciudadano a la condición de
«cliente», necesita una sociedad dispuesta a aceptar
tales experiencias. Por supuesto que las condiciones de necesidad
económica facilitan el éxito de esas prácticas
políticas y la situación de creciente exclusión
social de Argentina retroalimenta extraordinariamente sus
posibilidades. Con financiamiento garantizado, «kirchneristas
de paladar negro», «duhaldistas reciclados»,
«menemistas con amnesia», «radicales travestidos»,
piqueteros con fueros y sin ellos, transversales (si es que
ello define algo), setentistas envejecidos, impugnadores varios
(ya asimilados) del sistema y autodefinidos «progresistas»
forman parte, entre otros, de la base del «proyecto»
de Kirchner. Proyecto que no es otro que el tránsito
desde impotencia desde la que partió hacia la omnipotencia
a la que pretende acceder. La falta de unidad ideológica
de la «nueva política», lejos de significar
una debilidad, es una fortaleza electoral que le permite acumular
cuantitativamente
en un amplio espectro; aunque deban disimularse las quejas
de algunos que ven cómo sus adversarios de ayer son
sus socios de hoy, sin haber cambiado su manera de pensar.
En eso no caben dudas sobre la matriz peronista del intento.
Perón fue capaz de aglutinar a fascistas confesos con
marxistas criollos o a conservadores recalcitrantes con admiradores
del Che Guevara.
Ese resultado no fue solamente consecuencia de su indiscutible
talento político y de conducción, sino también
porque la amplitud
ideológica del movimiento que fundó fue tan
vasta como exiguas
fueron sus convicciones democráticas. «Al enemigo
ni justicia»
puede transformarse en una forma de no tenerlos. En la actualidad,
con una oposición política fuertemente fragmentada,
desorientada y prácticamente ignorada por el conjunto
de la ciudadanía, la batalla por el poder ha pasado
a ser la batalla dentro del campo político del peronismo.
El requisito para poder unir expresiones tan diversas como
las que cobija el «kirchnerismo» es presentar
siempre un enemigo que, aunque pueda ser difuso, concentre
las energías del campo propio. El Fondo Monetario en
algún momento, la «vieja política»
en otro o la «mafia» duhaldista hoy, son los enemigos
que permiten superar las profundas diferencias que tienen
quienes habitan ese espacio. En rigor no es necesario ni siquiera
que el enemigo sea real, sólo es necesario hacer que
se perciba como tal. El clientelismo, la «compra»
de dirigentes y la demagogia para los dirigidos pasan a ser
instrumentos esenciales de este proceso. No debe esperarse
un debate serio en esta campaña (¿alguna vez
lo hubo?), no se discute de proyectos para la Nación,
se confronta sin ideas, sólo con palabras. Los altisonantes
discursos carecen de pensamientos, y se verifica una vez más
la exactitud de la definición de Abraham Lincoln cuando
sentenció que: «La demagogia es la capacidad
de vestir las ideas menores con palabras mayores».
El escenario económico parece ayudar al Presidente
para buscar mayores dosis de poder, no sólo por la
holgura fiscal que permite
«atender» demandas sino porque la crisis del 2001
aún está presente. Los argentinos legítimamente
esperan no volver a transitar
momentos como aquellos y, por consiguiente, parecen dispuestos
a
acompañar al presidente, aunque la «pelea»
de caudillos la consideren negativa y ya los haya cansado.
Es por ello que este año es tan importante para el
Gobierno Nacional, y las elecciones de
Octubre son una prueba para legitimar su mandato, ahora con
votos
«propios». La renovación de un tercio del
senado y de la mitad
de la cámara de diputados de la Nación será
un claro indicador del
nivel de apoyo con que cuenta el Presidente. Sin embargo la
apuesta
fuerte de convocar a «plebiscitar» la gestión
puede tener algunos
tropiezos, aunque hoy parezca temerario afirmarlo. En la historia
argentina las elecciones legislativas a mitad de mandatos
presidenciales siempre han sido favorables al gobierno (con
excepción de las de 1997 y de 2001) pero en este caso
se dará la
particularidad de que parte de la base con que llegó
Kirchner a la
presidencia será su «enemigo» en el principal
distrito electoral del
país. Los esfuerzos por instalarse en el conurbano
tienen entonces una clara explicación cuantitativa,
por el porcentaje de electores que allí viven, y parece
que a la hora de obtener votos no hay prejuicios
para aplicar las tácticas «duhaldistas»
de la vieja política. Si en las elecciones de octubre
se reflejara la presencia (significativa) de una
oposición «no peronista» al gobierno, probablemente
el Congreso Nacional podría recuperar un rol importante
que hoy no tiene. Una oposición responsable, que se
ejerza constructivamente, no sólo aportaría
un mayor equilibrio institucional sino que permitiría
pensar en verdaderas políticas de estado para una etapa
tan compleja
como la que atraviesa el país. Si el escenario termina
siendo simplemente la disputa encarnizada por el control político
dentro
del peronismo, sea cual sea el resultado, el futuro puede
no ser saludable para Argentina. El avance de un partido que
abarca gobierno y oposición terminará afectando
no sólo a la calidad institucional sino a la democracia
misma. Una (improbable) derrota del presidente a manos de
Duhalde generaría un nivel de inestabilidad y confrontación
de resultados impredecibles. Un
triunfo arrasador de Kirchner no parece tampoco una hipótesis
muy
factible. Aunque el Presidente gane en Buenos Aires, que ya
es casi
como ganar en todo el país, el «duhaldismo»
aparecerá como una oposición significativa y,
no obstante lo compleja que va a ser la
lectura de los resultados por las alianzas cruzadas en distintas
provincias, el Gobierno deberá apelar a muchos recursos
mediáticos para presentarlo como un plebiscito ganado.
Que Kirchner no
surja como vencedor absoluto de las elecciones de octubre
puede ser saludable, porque la pregunta relevante es ¿cuál
es el rédito que
tiene para Argentina este enfrentamiento de «caudillos»?
Si se
acepta el razonamiento de que el aparato del P. J. bonaerense
es una organización mafiosa, un triunfo de Kirchner
¿no sería la sucesión de Vito a Michael
Corleone del libreto de Coppola que recordó recientemente
la señora del Presidente? No es saludable desde ningún
punto de vista que la sociedad argentina acepte que los debates
sean meros actos de ataque y descalificación entre
los principales protagonistas. En medio de tantas agresiones,
afortunadamente por ahora solo verbales, la intensidad de
los gritos
sustituye a la profundidad de las ideas...y a la existencia
misma
de ideas. La campaña se transforma entonces en una
sucesión de
ruidos que impiden la comprensión; pero esto es algo
deliberado
porque finalmente los contendientes son en esencia lo mismo
aunque
traten de negarlo. Aunque se pueda calificar de pesimista
parece
inevitable caer en la tentación de asociar nuestra
grotesca realidad
a la imagen que describe el párrafo con el que George
Orwell terminó su mordaz novela «Rebelión
de la Granja»: «Doce voces gritaban enfurecidas,
y eran todas iguales. No había duda de la transformación
ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados,
pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo;
y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible
distinguir quien era uno y quién era otro.»
ALFREDO FELIX BALNCO
Especial para Río Negro
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