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Domingo 20 de agosto de 2005
LA BAJA CALIDAD INSTITUCIONAL EN ARGENTINA
Los vicios de la “nueva política ”
Esta “pelea de caudillos ” de un mismo partido,,Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde,es sólo el
reflejo de un deterioro profundo de la calidad de las instituciones de la democracia argentina
que entraña el riesgo cierto de una hegemonía política perversa.

Impotencia probablemente sea la palabra que mejor definía la situación de Kirchner en su intento por llegar a la presidencia de la
Nación antes de lograr el «padrinazgo» político de Duhalde.
El apoyo de éste, que controlaba el aparato del P. J. bonaerense,
y la «ingeniería» implementada para evitar que en una interna surgiera Ménem como candidato peronista, le abrieron el camino hacia la Casa Rosada al hasta entonces ignoto gobernador de una provincia de menos de 200 mil habitantes Con los votos «prestados»
por el «duhaldismo», y sospechado de ser sólo un títere, sus actitudes tendientes a construir poder político propio aparecían muy justificadas.
Ademas en el peronismo, nacido como fuerza política al calor
del Estado, era razonable esperar que quien ejercía el Gobierno Nacional intentaría su control absoluto y hegemónico.
Para lograrlo el proyecto «kirchnerista» no ha mostrado tener
demasiados escrúpulos, ni ideológicos ni morales.
Desde piqueteros con discursos contestatarios para con el sistema
hasta peronistas ortodoxos que daban la vida por Duhalde (obviamente en el mismo sentido figurado que antes la daban por Perón), han declarado su adhesión a Kirchner seducidos por el irresistible atractivo que a su personalidad le otorga el superávit fiscal.
La Tesorería de la Nación se convierte una vez más en el argumento
más eficaz para aglutinar voluntades de cara a un proceso electoral.
Desde la tribuna, aunque la ley establece que aun no puede haber
campaña, el Presidente arenga a sus seguidores diciendo «Estamos
construyendo una nueva Argentina», o «No lograrán los nostálgicos
del pasado que volvamos al fracaso». En un acto de curiosa complicidad nadie parece advertir que sus nuevos aliados contribuyeron significativamente a construir la «vieja» Argentina y que, aunque nieguen la nostalgia, no pueden negar el pasado. Durante catorce de los casi veinte años de democracia transcurridos
desde 1983 el país fue gobernado por el justicialismo en el que tan entusiastamente forjó sus convicciones y militó desde joven el actual Presidente de la Nación. La práctica de acumular poder desde el poder, haciendo uso de recursos económicos no es sólo una cuestión ligada a la conducta de los dirigentes. La demagogia, que es capaz de reducir al ciudadano a la condición de «cliente», necesita una sociedad dispuesta a aceptar tales experiencias. Por supuesto que las condiciones de necesidad económica facilitan el éxito de esas prácticas políticas y la situación de creciente exclusión social de Argentina retroalimenta extraordinariamente sus posibilidades. Con financiamiento garantizado, «kirchneristas de paladar negro», «duhaldistas reciclados», «menemistas con amnesia», «radicales travestidos», piqueteros con fueros y sin ellos, transversales (si es que ello define algo), setentistas envejecidos, impugnadores varios (ya asimilados) del sistema y autodefinidos «progresistas» forman parte, entre otros, de la base del «proyecto» de Kirchner. Proyecto que no es otro que el tránsito desde impotencia desde la que partió hacia la omnipotencia a la que pretende acceder. La falta de unidad ideológica de la «nueva política», lejos de significar una debilidad, es una fortaleza electoral que le permite acumular cuantitativamente
en un amplio espectro; aunque deban disimularse las quejas de algunos que ven cómo sus adversarios de ayer son sus socios de hoy, sin haber cambiado su manera de pensar. En eso no caben dudas sobre la matriz peronista del intento. Perón fue capaz de aglutinar a fascistas confesos con marxistas criollos o a conservadores recalcitrantes con admiradores del Che Guevara.
Ese resultado no fue solamente consecuencia de su indiscutible
talento político y de conducción, sino también porque la amplitud
ideológica del movimiento que fundó fue tan vasta como exiguas
fueron sus convicciones democráticas. «Al enemigo ni justicia»
puede transformarse en una forma de no tenerlos. En la actualidad, con una oposición política fuertemente fragmentada, desorientada y prácticamente ignorada por el conjunto de la ciudadanía, la batalla por el poder ha pasado a ser la batalla dentro del campo político del peronismo. El requisito para poder unir expresiones tan diversas como las que cobija el «kirchnerismo» es presentar siempre un enemigo que, aunque pueda ser difuso, concentre las energías del campo propio. El Fondo Monetario en algún momento, la «vieja política» en otro o la «mafia» duhaldista hoy, son los enemigos que permiten superar las profundas diferencias que tienen quienes habitan ese espacio. En rigor no es necesario ni siquiera que el enemigo sea real, sólo es necesario hacer que se perciba como tal. El clientelismo, la «compra» de dirigentes y la demagogia para los dirigidos pasan a ser instrumentos esenciales de este proceso. No debe esperarse un debate serio en esta campaña (¿alguna vez lo hubo?), no se discute de proyectos para la Nación, se confronta sin ideas, sólo con palabras. Los altisonantes discursos carecen de pensamientos, y se verifica una vez más la exactitud de la definición de Abraham Lincoln cuando sentenció que: «La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con palabras mayores».
El escenario económico parece ayudar al Presidente para buscar mayores dosis de poder, no sólo por la holgura fiscal que permite
«atender» demandas sino porque la crisis del 2001 aún está presente. Los argentinos legítimamente esperan no volver a transitar
momentos como aquellos y, por consiguiente, parecen dispuestos a
acompañar al presidente, aunque la «pelea» de caudillos la consideren negativa y ya los haya cansado. Es por ello que este año es tan importante para el Gobierno Nacional, y las elecciones de
Octubre son una prueba para legitimar su mandato, ahora con votos
«propios». La renovación de un tercio del senado y de la mitad
de la cámara de diputados de la Nación será un claro indicador del
nivel de apoyo con que cuenta el Presidente. Sin embargo la apuesta
fuerte de convocar a «plebiscitar» la gestión puede tener algunos
tropiezos, aunque hoy parezca temerario afirmarlo. En la historia argentina las elecciones legislativas a mitad de mandatos presidenciales siempre han sido favorables al gobierno (con
excepción de las de 1997 y de 2001) pero en este caso se dará la
particularidad de que parte de la base con que llegó Kirchner a la
presidencia será su «enemigo» en el principal distrito electoral del
país. Los esfuerzos por instalarse en el conurbano tienen entonces una clara explicación cuantitativa, por el porcentaje de electores que allí viven, y parece que a la hora de obtener votos no hay prejuicios
para aplicar las tácticas «duhaldistas» de la vieja política. Si en las elecciones de octubre se reflejara la presencia (significativa) de una
oposición «no peronista» al gobierno, probablemente el Congreso Nacional podría recuperar un rol importante que hoy no tiene. Una oposición responsable, que se ejerza constructivamente, no sólo aportaría un mayor equilibrio institucional sino que permitiría pensar en verdaderas políticas de estado para una etapa tan compleja
como la que atraviesa el país. Si el escenario termina siendo simplemente la disputa encarnizada por el control político dentro
del peronismo, sea cual sea el resultado, el futuro puede no ser saludable para Argentina. El avance de un partido que abarca gobierno y oposición terminará afectando no sólo a la calidad institucional sino a la democracia misma. Una (improbable) derrota del presidente a manos de Duhalde generaría un nivel de inestabilidad y confrontación de resultados impredecibles. Un
triunfo arrasador de Kirchner no parece tampoco una hipótesis muy
factible. Aunque el Presidente gane en Buenos Aires, que ya es casi
como ganar en todo el país, el «duhaldismo» aparecerá como una oposición significativa y, no obstante lo compleja que va a ser la
lectura de los resultados por las alianzas cruzadas en distintas provincias, el Gobierno deberá apelar a muchos recursos mediáticos para presentarlo como un plebiscito ganado. Que Kirchner no
surja como vencedor absoluto de las elecciones de octubre puede ser saludable, porque la pregunta relevante es ¿cuál es el rédito que
tiene para Argentina este enfrentamiento de «caudillos»? Si se
acepta el razonamiento de que el aparato del P. J. bonaerense es una organización mafiosa, un triunfo de Kirchner ¿no sería la sucesión de Vito a Michael Corleone del libreto de Coppola que recordó recientemente la señora del Presidente? No es saludable desde ningún punto de vista que la sociedad argentina acepte que los debates sean meros actos de ataque y descalificación entre los principales protagonistas. En medio de tantas agresiones, afortunadamente por ahora solo verbales, la intensidad de los gritos
sustituye a la profundidad de las ideas...y a la existencia misma
de ideas. La campaña se transforma entonces en una sucesión de
ruidos que impiden la comprensión; pero esto es algo deliberado
porque finalmente los contendientes son en esencia lo mismo aunque
traten de negarlo. Aunque se pueda calificar de pesimista parece
inevitable caer en la tentación de asociar nuestra grotesca realidad
a la imagen que describe el párrafo con el que George Orwell terminó su mordaz novela «Rebelión de la Granja»: «Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quien era uno y quién era otro.»

ALFREDO FELIX BALNCO
Especial para Río Negro

 
 
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