En
materia de descalificar al otro, la Argentina tiene pergaminos
difíciles de superar.
- ...esa pobre infeliz analfabeta -dijo de Eva Perón
Ezequiel Martínez Estrada.
De “loco, viejo agresivo y clown anquilosado”,
calificó a Domingo Faustino Sarmiento el diario “Sud
América”.
Y cuando Juan Bautista Alberdi se opuso a la guerra del Paraguay,
a “La Nación” también se le saltó
la cadena y lo acusó de “sicario”, “renegado”
y, por supuesto, “traidor”.
Ya en 1820, enancándose en la fealdad de Bernardino
Rivadavia, sectores recalcitrantes de la Iglesia Católica
lo identificaron como “sapo del diluvio”.
Sí, don Bernardino era feo.
Como expresión estética, su físico adolecía
de déficit irreparables. Petiso. Barrigón. Labios
gruesos tipo Angelina Jolie pero sin ser Angelina Jolie. Testa
grasienta poblada de rulos rebeldes aplacados a pura laca.
Y a modo de remate, brazos cortos a los que ningún
sastre de Buenos Aires acertó jamás situar en
un estándar de mangas.
O sobraba o faltaba.
Hijo de gallegos. Pero con flechazos de mestizaje viboreando
por los pliegues y repliegues de su genética.
Talentoso ya de pibe, siete años entre Londres y París
enriquecieron su espíritu liberal. Y lo ratificaron
en su convicción de luchar contra la voz de la sinrazón
que se imponía en la inarticulada Argentina que arrancaba
en 1820.
Y Europa lo devolvió con insólitos sueños
de ser coqueto, proyecto imposible. Zapatos con hebillas de
plata. Calzas de seda. Pañuelos de vetustos bordados
y varias docenas de bastones que blandía con destreza
a la hora de templar sus reflexiones. Y le servían
para mantener el equilibrio en noches de aguardiente en la
barrosa Buenos Aires.
Agrio de carácter y de sólida formación
intelectual, ya en el poder Rivadavia aceleró los pasos
para rescatar a la Argentina de la seducción hacia
la barbarie a que se deslizaba.
Fracasó en mucho, por supuesto. Demasiado para tanta
pasión desaforada dando vueltas con ganas de matarse.
Pero fue un hacedor.
Reflexionando desde aquella perspectiva, ya como presidente
o como miembro del gobierno de Martín Rodríguez,
Rivadavia expresó un proyecto estratégico fundado
en principios de modernización.
Y aun en sus diferencias, su pensamiento se imbricó
con mucho de la Generación del ’37, aunque sin
apego al romanticismo. Luego sus ideas se encadenaron con
Alberdi, Sarmiento y, más acá, el mismo Carlos
Pellegrini.
Despreciado por lo más demagogo del estereotipado nacionalismo
vernáculo -lo acusó de “vende patria”-
Rivadavia fue acunado en las franjas de espíritu más
universal que anida en el pensamiento argentino.
Hombre de pulida ironía, ya en el poder Rivadavia embicó
duro sobre la Iglesia Católica.
Desató una reforma eclesiástica que rápido
se transformó en lo que María Sáenz Quesada
definió como “el más controvertido de
los emprendimientos” que encaró.
Y claro, en ese camino tocó lo que generalmente se
define como la “víscera más sensible”
del humano: el bolsillo, en este caso, de la Iglesia Católica.
En su renovada edición de “La invención
de la Argentina”, el americano Nicolas Shumway dice
que Rivadavia “hizo un problema de la intromisión
de la Iglesia en cuestiones materiales, lo que constituía
la debilidad más vulnerable y delicada” del poder
eclesiástico.
“Desde épocas coloniales -dice Shumway- el real
vigor económico de la Iglesia estaba primordialmente
en manos de las órdenes monásticas, que con
los años adquirieron enorme propiedades, desde tierras
a pequeñas fábricas. Además, los servicios
sociales (escuelas, hospitales, asilos, orfanatos) eran terreno
exclusivo de las comunidades religiosas, que solían
competir entre sí por riqueza, prestigio, influencia
y nuevos miembros. Vinculadas con las órdenes madres
de Europa, las órdenes argentinas siguieron su propia
ley, a tal grado que inclusive el clero no monástico
se alarmó de su independencia. El poder de las comunidades
monásticas había sido atacado desde tiempo atrás
por los liberales argentinos; en el segundo número
de ‘El Argos’, por ejemplo, un autor anónimo
fantasea con que algún día viajeros curiosos
mirarán las ruinas de los monasterios como ‘monumentos
de la mudable opinión del hombre’. Como la mayoría
de los liberales, Rivadavia vio tres fallas en la organización
social y económica de la Iglesia: ineficiencia, anacronismo
y petrificación. En su opinión, la institución
social de la Iglesia caía bajo la dirección
del Estado moderno. Sus reformas, entonces, estuvieron dirigidas
a los aspectos socioeconómicos de la Iglesia y tenían
poco o nada que ver con la doctrina”.
Así, Rivadavia abolió fueros que -por caso-
permitían a la Iglesia Católica tener sus propios
tribunales de justicia, confiscó propiedades, redujo
conventos y siguió por aquí y por allá
arremetiendo contra feudos eclesiásticos.
En esa tarea, dividió a la cúpula eclesiástica.
Se le sumaron -por caso- los curas Mariano Zavaleta, Julián
Segundo de Agüero, uno de los intelectuales más
interesantes del clero de la época, y el deán
Funes.
Pero la reacción fue liderada por dos curas vehementes
que bien podrían haber fungido de capellanes justificadores
de los campos de concentración de la dictadura última:
Cayetano Rodríguez y Francisco de Paula Castañeda.
Tan enojado estaba Castañeda, que escribió una
letanía para que los feligreses manifestaran, misa
mediante, su resistencia a las reformas rivadavianas. Un caso:
De la trompa marina - libera nos Domine.
Del sapo del diluvio - libera nos Domine.
Del ombú empapado en aguardiente - libera nos Domine.
Del armado de la lengua - libera nos Domine.
Del anglo-gálico - libera nos Domine.
Del barrenador de la tierra - libera nos Domine.
Del que manda de frente contra el Papa - libera nos Domine.
De Rivadavia - libera nos Domine.
De Bernardino Rivadavia - libera nos domine.
Kyrie eleison
Bernardino Rivadavia siguió en la suya.
Y ya de viejo, en Europa, se acordaría de Castañeda...
- Algo primitivo el hombre -dirá...
CARLOS TORRENGO
Redacción Central
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