Contáctenos
Información
Quiénes somos
Mapa del sitio
    Ediciones Anteriores
   SUPLEMENTOS
   Rural
   Informática
   El Económico
   Energía
   Cultural
   INFO
   Mapa del sitio
   Escríbanos
   SERVICIOS
   Guía del Ocio
   Cines
   RECEPTORIAS
   CLASIFICADOS
   NECROLOGICAS
   Contactos
   Contanos tu historia
Domingo 10 de abril de 2005
“Incluso Paulo VI fue cómplice de la dictadura militar”
Con su más flamante libro “El Silencio”, el periodista Horacio Verbitsky se reafirma en su decisión de arrojar luz sobre quién fue qué durante la dictadura última. Ahora, desbroza la complicidad de la Iglesia Católica argentina con aquel tiempo de tortura y muerte.

El método que aplicó la dictadura para reprimir, ¿había sido consultado previamente con la jerarquía de la Iglesia Católica argentina?
- Sí. Hay muchos testimonios que lo dicen. El almirante Mendía, en reunión con los pilotos de la marina, explicó cómo debía instrumentarse la operación de tirar gente al mar. En esa reunión dice que es un método aprobado por la jerarquía eclesiástica, porque era una forma cristiana de muerte. Esto lo cuenta Scilingo...
-¿La complicidad con la dictadura del hoy cardenal Bergoglio y del entonces monseñor Emilio Grasselli, es la mayor expresión de un vínculo de esa naturaleza entre dignatarios de la Iglesia Católica y la dictadura?
- Sí en lo que hace a la isla “El Silencio” (lugar de recreo del Arzobispado de Buenos Aires cedido a la marina para campo de concentración). Pero en un sentido más amplio, no... Un ejemplo de complicidad con los métodos en que se reprimió se dio en el Tercer Cuerpo del Ejército con comando en Córdoba. Ahí, los capellanes militares participaron en interrogatorios a detenidos y les decían, a modo de bálsamo, que el cardenal Primatesta había negociado con el general Benjamín Menéndez que se torturara sólo 48 horas y no más... ya que “más de 48 horas es vicio”, que esas 48 horas eran más que suficientes para obtener información.
- En el libro aparece un dato que, al menos para mí, era desconocido: en la noche del 23 de marzo, Videla, Massera y Agosti van al Vicariato Castrense a informar a monseñor Tortolo del inicio del golpe. ¿Es un hecho que se conoce recién ahora?
- No sé. Videla y Agosti son de Mercedes y ahí habían conocido a Tortolo como cura párroco. Eran amigos de él. Lo interesante es cómo trasciende ese dato y en qué marco: fueron familiares del entonces provicario castrense, monseñor Bonamín, los que los vieron en el lugar, en la noche del 23. Un sobrino nieto de Bonamín, Luis, de 21 años, había sido secuestrado por la policía rosarina y asesinado. Su esposa, María Teresa Butticce de Bonamín, miembro de la JUP, corría peligro, había que sacarla del país y monseñor Bonamín podía ayudar en el trámite de los papeles... El padre de Luis fue el 23 a verlo al Vicariato y ahí se encontró con Videla, Agosti, Massera... Bonamín recibió al padre de Luis, era tío de él. Le preguntó sobre la militancia de Luis y remató con un frío: “El se lo buscó”.
- Vale una única lectura: monseñor Bonamín avaló el secuestro y asesinato.
- Así es.
- Leída desde lo psicológico, la conducta de monseñor Grasselli en la relación que mantiene con familiares de gente secuestrada está signada por la perversidad. En el libro aparece como un burócrata del circuito informativo de tortura y muerte. ¿Hay pulsión a la muerte en Grasselli?
- ¡Por supuesto...! El papel de Grasselli es terrible. Madres, padres, hermanos van a verlo. El les da esperanzas, les dice que se ocupará del caso, que vuelvan la semana siguiente y cuando vuelven, les muestra las listas de la gente secuestrada, detenida... y les dice que si algún nombre tiene una rayita, bueno, no había nada que hacer... “Lo mataron”,“lo fusilaron”. ¡Sabía todo, su fuente era el poder militar del cual era cómplice...! Además, era un monseñor armado: andaba con la pistola bajo la sotana. Yo no escribí nada que no pueda probar, mi libro abunda en fuentes, testimonios, etc.
- ¿Qué dijo Grasselli cuando lo entrevistó para el libro?
- Se hizo el tonto... sólo admite lo que no puede negar. Cuando le pregunté sobre la isla “El Silencio” a la cual llevaron prisioneros de la ESMA, se hizo el tonto, negaba todo, mezclaba épocas, recuerdos, actores. Todo un método deliberado en función de diluir su papel. Luego habló de “unos amigos míos” que querían comprar una isla. Pero recién cuando vio que yo tenía la escritura de la isla con su firma, confesó que él era uno de los socios propietarios de la isla. Grasselli es un “operativo” más en el sistema represivo, como lo fue todo el Vicariato Castrense. Insisto: está todo documentado.
- ¿Y que dijo el cardenal Bergoglio?
- Es un hombre muy culto y tuve buena relación con él, incluso en el libro agradezco su colaboración para conmigo. Pero Bergoglio tuvo la desgracia de que yo encontrara en la Cancillería la documentación que lo implica directamente con la represión en términos de complicidad terminante. Palmeaba a los sacerdotes con fuerte trabajo social y luego los denunciaba como subversivos ante los militares. ¡No inventé nada!... ¡Lo dicen los propios documentos oficiales de la dictadura!
- ¿Es posible que hoy, en el Obispado Castrense, haya todavía sacerdotes que colaboraron con la represión?
- Bueno, está el caso de monseñor Sancheta. En el ’76 era uno de los capellanes de la ESMA, que con parábolas bíblicas, como las que hoy usa el vicario castrense monseñor Baseotto, confortaba a los marinos que volvían de tirar gente al mar y tenían problemas de conciencia. Les decía que había que separar la paja del trigo, cosa que además, para la ocasión, era una parábola bíblica mal leída, ya que la separación de la paja y el trigo ocurre el día final, el día del juicio... No ocurre en esta vida y no está en manos del hombre hacerlo, al menos según los Evangelios.
- ¿El Evangelio puesto al servicio de la represión?
- Ni más ni menos, en manos de Sancheta, por tomar su caso nada más. El Evangelio es un instrumento maleable que puede servir para avalar el secuestro, la tortura, el asesinato.
- ¿Este colaboracionismo con la represión habrá dejado rastros en los archivos del Vicariato Castrense? La Iglesia Católica es muy burocrática, guarda todo.
- Desde el CELS, le pedimos a la Conferencia Episcopal Argentina acceso a esos archivos. La respuesta fue que la única información que tenían era un librito publicado por ellos en 1984, que contiene los documentos de la Iglesia Católica sobre los derechos humanos. Mintieron. Tienen más información, pero no la quieren suministrar para que no se siga desentrañando la complicidad con la represión.
- Sí, pero el Departamento de Estado desclasifica documentos de aquel tiempo y los deja en falsa escuadra ¿O no?
- Bueno, esa desclasificación que hace Estados Unidos fue muy elocuente en términos de dimensionar la complicidad, el silencio del grueso de los sacerdotes y jerarquías de la Iglesia Católica con la represión. Ahí, por caso, aparece la confesión que le hace el Nuncio Pío Laghi a Patricia Derian (secretaria de Derechos Humanos de la administración Carter). Le dice: “Sabemos perfectamente todo lo que está pasando en todo el país (en materia represiva) porque tenemos 6.000 sacerdotes distribuidos en todo el territorio y tenemos capellanes en todas las unidades militares”, o sea: la Iglesia sabía todo. ¿Dónde está toda esa información? ¿Qué pretende el Episcopado, hacernos creer que no guardaron, no sistematizaron o no se qué toda esa información? Es tomarnos por estúpidos. De todas maneras, el documento del año ’84 resulta interesante.
- ¿Qué eran de cara a tanta complicidad las voces de los obispos De Nevares, Hesayne, Zaspe, Novak?
- Algo que había que condicionar. Ellos hicieron todo lo que pudieron para denunciar lo que estaba sucediendo en materia de violaciones a los derechos humanos, pero a la hora de reunirse el Episcopado, estaban en minoría. Ya en las primeras reuniones del Episcopado tras el golpe, muchos obispos confiesan lo que está pasando en sus Diócesis, pero se terminaba votando y se decidía no hacer público nada de lo que pasaba...
- Pero cuando uno explora la relación Iglesia- dictadura, puede deducir que la complicidad también se extiende a Paulo VI, el Papa de los dos primeros años del golpe. ¿Es una inferencia aventurada?
- ¡No, no, para nada! En realidad, cuando el primer embajador de la dictadura ante el Vaticano, Rubén Blanco, presenta sus credenciales a Paulo VI, éste le dice claramente que en Argentina habían ocurrido hechos muy graves y que estaba pendiente una explicación por parte del gobierno militar. Los hechos se referían, caso concreto, al asesinato por parte de los militares de cinco sacerdotes palotinos. Lo que dice Paulo VI no es una gran condena sobre la represión, pero es suficiente como para que la dictadura se preocupe porque es mucho más de lo que venía diciendo la Iglesia argentina sobre el tema. A partir de ahí, durante un año, el Vaticano pide explicaciones y la dictadura contesta tonterías, que se está investigando, “vamos a llegar al fondo”, en fin, convencionalismos.
Pero en ningún momento ni el Vaticano ni la Iglesia argentina ponen sobre la mesa la verdad, la realidad que sabían: que tanto el asesinato de los palotinos como los secuestros, desapariciones, torturas, asesinatos, los cometía la dictadura... De eso no hablan. Pero en el ’77, Massera va a Roma, donde ya le habían gestionado una entrevista con Paulo VI y la plana mayor de el Vaticano. Massera, que sabía del débito de la dictadura en explicaciones sobre la represión, empieza la audiencia reconociendo esa deuda “sobre cosas graves que no hemos sido capaces de esclarecer”.
- No asume responsabilidades, sino la culpa por no esclarecer.
- Claro, un método fácil. Pero lo sorprendente es la respuesta que le da el papa Paulo VI, que lo interrumpe a Massera y le dice: “No se preocupe, almirante, para la Iglesia ese tema está terminado”, o sea le pone losa a la preocupación del Vaticano por la violación de los derechos humanos en Argentina, preocupación no muy pronunciada, por supuesto. Además, Paulo VI le transmite la bendición para la junta militar y a través del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el cardenal Primatesta, el Vaticano hace saber a la dictadura de la “fascinación” que sentía Paulo VI por la personalidad del almirante Massera. Ese documento del Vaticano está en la Cancillería argentina. Se puede consultar.
- ¿Paulo VI cómplice de la dictadura?
- ¿Que otra conclusión se puede extraer? A Paulo VI le asesinaban sacerdotes y él bendecía a los asesinos, complicidad que se extiende en el tiempo. Juan Pablo II no hizo nada por exigir que se investigara los asesinatos de los palotinos, monseñor Angellelli, y etc...Y eso que Juan Pablo II asume en plena dictadura.

EL ELEGIDO

Culto. Polémico. De hablar suave, monocorde. Renuente a acompañar sus reflexiones con gestos elocuentes.
Con serias dificultades para lograr ser simpático si alguna vez se lo propone.
Este es el Horacio Vertbitsky que uno se encuentra cuando lo entrevista.
Militó en Montoneros. Un pasado del que alienta el prejuicio en quienes buscan invalidarlo como periodista.
Con la Argentina en democracia, se transformó en un tenaz investigador de las violaciones a los derechos humanos. Hoy dirige el Centro de Estudios Legales y Sociales, ese bastión nacido bajo mil amenazas y acechanzas que lideró uno de los hombres más insignes que tiene el país en la lucha en favor de la vida: Emilio Mignone, ya muerto.
Casi como parafraseando a Mao, con sus artículos y libros, Vertbitsky suele “encender la pradera”.
Tal vez le cabe la definición de aquel coronel de la batalla de Argelia, que cuando le preguntan por Jean Paul Sartre y sus denuncias sobre la tortura que en nombre de Francia se aplicaba en aquella colonia, sólo atina a responder:
- A Sartre es mejor tenerlo de este lado que enfrente...
Su libro “El Silencio”, de reciente aparición, denuncia la complicidad del Vaticano y del grueso de la jerarquía d ela Iglesia Católica Argentina, con el método con que reprimió la dictadura militar.
Es un libro demoledor de conductas. Quizá el más sólidamente sostenido en fuentes, testimonios y documentación de todos los libros escritos por Vertbitsky.
No hay en sus páginas el más leve atisbo de ideología. Sólo cuenta lo que sabe y pudo comprobar en términos de verdad terminante. Irrefutable.
Para quien no teme la verdad, es un libro que se lee casi de un tirón. Atrapa con fuerza de tackle propio de los All Blacks.
Es un libro que desmaleza la hipocresía de una jerarquía eclesiástica de manos no manchadas, sino cubiertas de sangre.
Sangre que aún reclama justicia.

CARLOS TORRENGO
Redacción Central

 
 
Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.Todos los derechos reservados
Copyright 2003