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  Sábado 14 de Noviembre de 2009  
 
 
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  "En 1904 se establecieron los hermanos Breide en Epuyén"
Sofía Breide de Mir nació en Epuyén, Chubut, hace 90 años. Sus padres fueron inmigrantes libaneses y primeros pobladores.
 
 
 
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ofía Breide de Mir nació en Epuyén pero hace cuatro décadas que vive en Roca. Ya transita sus 90 años y mientras teje para sus bisnietos cuenta pasajes de su vida, la de una familia de inmigrantes y pioneros. Su padre, Miguel Breide, llegó del Líbano a los 22 años; su madre, Juana Haten, vino de igual país pero a los 14. Se conocieron en Buenos Aires en 1916, aunque sus vidas transcurrieron en la Patagonia.

Miguel llegó a la Argentina con dos hermanos en 1900. Trabajaron en Buenos Aires y en Bahía Blanca. Se hicieron mercachifles. Así llegaron a la Patagonia, un lugar que adoptarían para siempre.

La travesía se detuvo en Epuyén, donde se radicaron en 1904. Epuyén, en el actual departamento de Cushamen, ya era de la Argentina luego de resolverse un litigio limítrofe con Chile en 1902.

En el territorio estaba todo por hacerse. Tenía un clima favorable para la agricultura y la ganadería y además el gobierno daba tierras. Los pocos habitantes del lugar hablaban en distintas lenguas. "Eran todos paisanos, indios o inmigrantes -relata Sofía-; se entendían con señas, después aprendieron a hablar el castellano".

Como a todos los rincones de la Argentina llegaron inmigrantes, entre ellos sirio libaneses como los hermanos Breide. Eran buenos comerciantes y se establecieron estratégicamente en cruces de caminos. De mercachifles se constituyeron en titulares de almacenes de ramos generales.

"Les gustó y se quedaron acá -cuenta Sofía-. Además ellos eran los únicos que andaban vendiendo por ese lugar. La gente no conocía la mercadería que traían. Vendían telas y les enseñaban a las mujeres a hacer vestidos. Les medían el largo, les hacían un hueco en medio para que pasara la cabeza y les daban un cinto: así hacían los vestidos de las paisanas (risas). Mi papá abrió un comercio en Epuyén, mi tío Francisco en Cholila y mi tío Mario, en El Hoyo. Cuando llegaron no había nada en Epuyén ni en Esquel, que entonces era un pantano. El tren llegó allá por 1940".

Los hermanos Breide levantaron sus casas llevando maderas al hombro. Entonces no había aserraderos. "Hacían lo que llamaban paredes francesas, tabla-barro-tabla. En realidad hacían estructuras jaulas con cañas coihue que llenaban de barro; cuando estaba bien seco el adobe, lo forraban con maderas por adentro y por fuera. Era muy térmico, lo habían aprendido en Europa. Hicieron sus casas así y sus comercios al lado. El negocio de mi padre todavía está en pie".

Y otra cosa que aún se conserva es el antiguo molino harinero que tenían los Breide, donde elaboraban la harina de toda la región con trigo de sus propios sembradíos. Sofía recuerda que sus padres le enseñaron a mucha gente a cultivar el trigo: "Mi familia tuvo su molino hasta que el gobierno lo prohibió". Los galeses habían obtenido el mejor rendimiento de trigo de Argentina. Esa situación inquietó a los productores de la Pampa Húmeda, que presionaron para impedir el desarrollo de ese cultivo y de esa actividad en la zona.

"Mis padres se casaron en 1916 -continúa Sofía-. Mi papá vivía en Epuyén y fue a Buenos Aires a comprar mercadería. Allí conoció a mi madre, que atendía un negocio. Ella tenía 15 años. No quería venir, pero antes era así. Se casó y vino. Lloró mucho, pero finalmente mandó a buscar a su madre y sus hermanos y estuvo bien".

Cuando su madre llegó a la casa de Epuyén -relata Sofía- no sabía hacer nada, tanto que su papá contrató a una mujer para que le enseñara a cocinar. "Era una mujer italiana que había viajado desde Roca, así que mi mamá cocinó al estilo italiano hasta que llegaron mis abuelas y le enseñaron a cocinar comida árabe", cuenta.

"En 1918 nació mi hermana mayor, Olga; luego vino Lila, después yo, en 1920, y luego Liba, Farid, Nadia, Ivon, Jorge, Teófilo, Camilo, Miguel, Clidis y Carlos. De todos, sólo estamos Camilo, Carlos y yo.

"Vivimos con las dos abuelas en casa. Servíamos una mesa para 17 personas todos los días y además mi mamá crió siete hijos ajenos, que vivieron en casa hasta que se casaron. A la escuela íbamos en siete caballos, dos nenes por caballo. Tuvimos hasta tercer grado. Aprendimos a leer y escribir. Mi papá también tuvo que aprender a escribir en castellano. En el negocio estaban mi papá y mi hermana mayor y nos ayudaba un contador alemán, Enrique Chesterton. Atendía la contabilidad... estuvo años con nosotros, mientras papá se ocupaba del campo, de sus vacas, chivas y ovejas. Le encantaba el campo".

En la zona había otros libaneses. Entre todos formaban un importante engranaje comercial. "Me acuerdo de los Chucair, de Jacobacci. De Roca nos llevaba mercadería Bichara, el padre de la gente de la farmacia. Conocíamos a todos los libaneses, a todos les decíamos tíos (risas). Mis padres siguieron hablando el árabe entre ellos. Mis abuelos nunca hablaron el castellano. Yo aprendí con mis abuelas la lengua de mis ancestros. Ellas, mi madre y mis abuelas transmitieron las costumbres; eran mujeres muy trabajadoras".

Sofía vivió con su familia hasta los 23 años. "Conocí a mi esposo, Escandar Ramón Mir, hijo de un sirio y una española, en Epuyén. Había llegado con la Gendarmería, en el Escuadrón de El Maitén. Mi marido era descendiente de sirios, de religión musulmana; en cambio, nosotros éramos cristianos. Mi abuelo materno era escultor de iglesias en Beirut".

Mir nació en La Plata. Su padre volvió a Siria con otros hijos y mi marido a último momento se bajó del tren, no quiso ir, se quedó en Paraguay con un hermano y cuando cumplió 18 vino a la Argentina a hacer el servicio y entró en Gendarmería. "Nos casamos en 1945. Nuestro hijo Rubén nació en Buenos Aires y en Epuyén nacieron José Alfredo y Alberto Eblel. Eblel era el nombre de mi padre en el Líbano. Me gustaba allá. Habíamos puesto un hotel. Después nos vinimos a Roca; mi hijo mayor tenía entonces 18 años. Compramos una quinta en Stefenelli y nuestros hijos se radicaron y casaron acá. Rubén trabajó en el diario Río Negro, era linotipista; ahora tiene una imprenta en Cipolletti".

Rubén Mir (ver poesía) ayuda a guardar la memoria familiar y así la sintetiza: "Impresiona pensar en estos tiempos en el sacrificio y las peripecias que sobrellevaron estos hombres y aún más sus mujeres. Don Miguel Breide, comprometido con el progreso y la educación del disperso vecindario, dio lugar a la creación del primer edificio del correo donando la tierra para su asentamiento y colaboró con la puesta en funcionamiento de la escuela 30. Su hogar, cual refugio en el desierto, dio albergue a cuanto viajero lo solicitase. A su mesa se sentaron obispos, gobernadores, maestros y conspicuos personajes de la región. De los hijos de don Miguel viven aún tres, uno de ellos mi madre quien, gracias a Dios, cumplió 89 años el 16 de septiembre".

Escandar Mir murió en el 2000, pero los relatos de esta familia de pioneros los continúan hoy nueve nietos y seis bisnietos que rodean amorosamente a la abuela Sofía.

Se siente en la noche crujir las carretas,

vadean el río, cruzan la meseta.

Rodando muy lento hacia su destino...

¡ahí va Miguel Breide abriendo caminos!

No importa el peligro, no importan el bravío

viento patagónico, la nieve ni el frío.

Al paso cansino de bueyes y mulas...

¡ahí va Miguel Breide abriendo caminos!

La frente bien alta, el rostro cetrino,

su estirpe y pujanza

de cedros del Líbano...

¡ahí va Miguel Breide abriendo caminos!

Llegó hasta Epuyén junto con el siglo,

retoñó en la estepa, forjó su destino.

Luego con su cuerpo abonó ese suelo...

fin de su camino.

Déjeme decirle, con orgullo pleno...

ese Miguel Breide... ése fue mi abuelo.

Rubén Miguel Mir

   
   
 
 
 
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