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  Sábado 30 de Agosto de 2008  
 
 
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  HISTORIA DE VIDA
  \"En la década del \'40 todo el mundo hablaba de Roca\"

Marta Fassi de Veñy tiene 94 años y llegó a General Roca con su familia en setiembre de 1946. Nació a pocos kilómetros de Bahía Blanca y su infancia se repartió entre Cabildo, Pihué y algunas estancias.

 
 
 
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Mujeres como Marta son la excepción a la regla. 94 años perfectos. Se mantiene activa, lava su ropa, atiende su casa. Es un placer conversar con ella por las muchas anécdotas que guarda perfectamente del olvido y el tiempo.

Nació en 1914 en Cabildo, un pueblo a 60 kilómetros de Bahía Blanca. Fue la octava de diez hermanos. Sus padres, Juan Fassi y María Croceri, eran italianos. Llegó a General Roca con su marido y sus tres hijos en setiembre de 1946 y desde entonces cuenta su historia valletana.

Su infancia fue triste, afirma, pero pudo sobreponerse a todo. O a casi todo. Tenía unos 30 años cuando llegó a Roca dejando atrás los años duros de la vida de campo en la Pampa Húmeda, más dura aún para aquellos que nunca fueron propietarios de la tierra.

En 1918 su padre murió y quedó con su mamá, que tenía diez hijos para cuidar. María era una mujer fuerte y con ayuda de amigos y de su comunidad pudo enfrentar esa pérdida. "Mi mamá había venido a América joven. Ya había perdido a su esposo y a dos hijos. Acá tenía dos hermanos menores que ella. En Italia la conscripción era de dos años, así que muchos migraban para evitarla antes de cumplir 17 años", explica su hija Marta.

María embarcó con don Benito Croceri, su primo hermano, quien partió para Fernández Oro. En cambio ella se radicó en Bahía Blanca, donde estaban sus hermanos. "Trabajaban para el ferrocarril. Allí conoció a mi papá, que también era italiano, de la Lombardía. Él era hornero y trabajó un tiempo en la estación Coronel Falcón. Luego tuvo una contrata (sic)

para trabajar la alfalfa con un tal Tessone, también italiano. Tengo hermanos que nacieron en Laprida, otros en Felipe Solá... yo creo que nací en Coronel Falcón, pero todos estamos asentados en Bahía Blanca", relata.

Después de un tiempo deambulando por la zona por la demanda de trabajo del ferrocarril o del campo se afincaron en el pueblo de Cabildo. Esta localidad nació con la ocupación de lugares estratégicos para desplazar al indio al sur de Buenos Aires. Aun así, el gran dinamizador del lugar fue el ferrocarril, ya que su llegada generó necesidades logísticas y de mano de obra. También tuvo relevancia la valorización de la tierra, con el consiguiente arribo de compañías colonizadoras que llegaron para trabajar la zona situada a mitad de camino entre el puerto de Bahía Blanca y Sierra de la Ventana.

Cuando llegó la familia Fassi Croceri, Cabildo era una localidad pequeña y con un profundo sentido de comunidad. "Allí debo haber aprendido la solidaridad, porque todos los vecinos se ayudaban unos a otros. Mi papá fue contratado para hacer un horno de ladrillos para levantar el casco de una estancia. Hizo su trabajo, un

trabajo importante, pero vino un temporal y le destruyó todo. Se deprimió y se suicidó. Fue muy triste. Mi papá murió cuando yo tenía 4 años y el menor de la familia, 5 meses. En esos tiempos la gente era muy, muy solidaria, y ayudó a mi mamá a salir adelante con semejante prole. Mamá no había ido a la escuela pero era una persona muy recta y trabajó muy duro para mantener a su familia", cuenta Marta.

Al quedar viuda, su madre trabajó en una estancia atendiendo a una familia que ocasionalmente visitaba su campo. Cuando se iba por temporadas los niños quedaban a cargo de conocidos y de los hermanos mayores a quienes, según Marta, les tocó un mayor sacrificio en aquella situación adversa. "Yo siempre digo que mi segunda mamá fue mi hermana mayor, Rosa; ella había nacido en 1907, era la tercera, la mujer mayor después de mamá. Tenía 12 años y ya nos cuidaba. Fue una vida de lucha.

"Cuando tenía 5 años, para aliviar a mi mamá, me llevaron a Pihué con una familia de apellido Atín, de origen francés. Me subieron a un tren con una mudita de ropa y me fueron a buscar a la estación. ¡5 años tenía! La verdad es que no recuerdo si sufrí o no. Seguro que sí, pero el tiempo ayuda a recordar sólo lo bueno de la vida y a ser agradecidos. Estuve con los Atín tres años. Ellos tenían sus hijos. La mayor tenía problemas para caminar y era profesora de piano en la casa y la hija menor era más chica que yo. Me mandaron a un colegio religioso donde aprendí a leer y a escribir. Fui hasta tercer grado. No fui más a la escuela pero siempre digo que retomé el estudio cuando mis hijos fueron a la escuela, yo les ayudaba y aprendí más todavía".

Pese a la distancia temporal, Marta da detalles de la casa que habitó en Pihué, de sus habitantes y de una rutina nueva que descubrió con asombro. "Frente a la casa había un biógrafo, así que conocí el cine mudo. No creo que usted conozca mucha gente que haya conocido el cine mudo -dice-... en blanco y negro y con alguien que tocaba el piano mientras duraban las vistas. También aprendí a hacer los mandados".

Cuando Marta cumplió 8 años volvió a Cabildo. Sus cuidadores ya no pudieron tenerla y la regresaron a casa. Le gustó volver. ¡No había visto ni a su madre ni a sus hermanos en tres años!

Para esa fecha sus hermanos mayores fueron contratados para trabajar en una estancia y -cree Marta- "a partir de entonces la familia se desbarató. Ellos eran muy trabajadores; en la estancia se iniciaron atendiendo caballerizas y después manejaban tractores. Siempre trabajaron en zonas agrícolas de la provincia de Buenos Aires. Mi hermana, la cuarta de la familia, se casó en 1927 y nos fuimos a vivir a un campo donde estábamos como medieros. En el año '29, el de la crisis, se casaron los dos hermanos mayores".

Cuenta Marta que por entonces vivían en una estancia que estaba en la estación Cochrane, cerca de Cabildo. "Cuando tuve 11 años fui niñera de trillizos; me encantaban las criaturas, para mí cuidarlos era como tocar el cielo con las manos. Ese trabajo me gustaba, pero no fue el único que hice. También hice trabajo de campo y me tocó hombrear bolsas cuando tenía 15 años,

en un momento en que hubo una epidemia y morían los animales. ¡¿Qué no hacíamos?! Soy muy creyente. Creo que Dios nos protegió, sobre todo a las mujeres, que tuvimos que salir a trabajar cuando casi ninguna lo hacía".

Poco después de esa temporada en el campo, Marta partió a vivir con una hermana, que necesitó ayuda cuando tuvo su primera hija. "Esa hermana tiempito después murió, así que volví a Cabildo y empecé otra etapa".

Tenía 20 años cuando conoció a quien sería su marido, Mateo Veñy, un mallorquín que había llegado a la zona con su familia. "Conocí a los Veñy en Cabildo en 1934; alquilaban un campo y tenían hacienda. Fui a trabajar con ellos y terminé casándome con Mateo. Eran todos españoles. Mateo vivía en ese campo con dos hermanos, una hermana y sus padres. Cuando nos casamos mi suegra se fue a España a visitar a su madre, que aún vivía. En ese tiempo me hice cargo de la casa y atendía a mi suegro, a mi marido y mis cuñados. Mi suegra se quedó tres años allá y cuando regresaba estalló la Guerra Civil Española. Salió en un barco que fue bombardeado al llegar a Barcelona. Cambió a un barquito más chico que se fue para Tarragona, donde se aprovisionó de una bolsa de harina y una de papas. Dieron vueltas unos días hasta que pudieron entrar en Barcelona. Cuando bajaron allí -contaba- se encontró con todo ese desastre de cadáveres, muertos en las calles, la ciudad destruida por los bombardeos. Tremendo. Para venir a la Argentina tuvieron que ir a Italia".

Un año después de casada nació su primera hija, Hilda. Marta recuerda que empezó con el trabajo de parto pero no dejó de ordeñar su vaca antes se subir a la jardinera que la llevó a Bahía Blanca para ser atendida por una comadrona. "Fuimos con Mateo a la casa de mi cuñada y allí nació Hilda. Entonces las mujeres nos atendíamos con parteras. Si yo hubiese podido estudiar, me habría gustado ser partera", afirma.

El hermano mayor de Marta, que había trabajado tantos años en estancias, en un momento volvió a Cabildo y cambió de actividad. Hizo un curso de mecánica por correspondencia y se dedicó a ese oficio, que siguieron sus hijos y heredó el hijo de Marta, Néstor Veñy, quien se considera "amante de los fierros", tiene una metalúrgica y es un apasionado del turismo carretera.

"Parte de mi familia siguió en Cabildo -cuenta Marta-. Mi mamá murió allí en 1946, el año en que vinimos a vivir a Roca. Hoy soy la única sobreviviente de todos mis hermanos".

Quien también cambió de actividad con los años fue Mateo, su esposo. Dejó el campo de sus padres y fue fortaleciendo otro oficio: el comercio. Antes de mudarse a Río Negro, Marta y su marido tuvieron un emprendimiento avícola. Se mudaron muy cerca de Bahía Blanca, sobre la estación Calderón, por la Ruta 3. "Criábamos aves, gallinas y patos que vendíamos en Bahía Blanca y teníamos una vaca lechera. También tuvimos un almacencito". Luego nacieron sus otros dos hijos: Mabel y Néstor, todos en Bahía Blanca.

A Roca se mudaron en 1946. Dos motivos pesaron en la elección: había una buena escuela y era un pueblo pujante. "Cuando terminó la guerra mundial -relata Marta- escaseaban el vidrio, los metales, los neumáticos... entonces mi marido y un amigo (Lontrau) se dedicaron a conseguir estas cosas que escaseaban y las vendían. (Ver "Historia de acá")

"Llegué con mis hijos a Roca en 1946. ¿Si extrañé? ¡Extrañé el agua! ¡Aquí no había agua potable! Acarreaba agua todo el día del canalito. Por entonces vivíamos en Sarmiento e Yrigoyen. Un día, cargando agua perdí un embarazo, siempre pensé que había sido por el esfuerzo de cargar agua. Claro, cómo no iba a extrañar si en Cabildo teníamos molino, tanques y agua potable a montones. Acá nos teníamos que vacunar contra el tifus, hervíamos agua todo el día, la ropa quedaba toda amarilla cuando la lavabas. El agua era el gran problema de este lugar; venía por acequias y en las casas había aljibes. Pero ése no era el único inconveniente. El otro eran las crecientes. La primera vez que la vi llegar fue en el patio de mi casa, que se inundaba".

En Roca alquilaron durante algunos años hasta que adquirieron la casa que todavía habita Marta. Eso fue en 1953. La casa estaba en el final del pueblo y por la ventana veían las chacras y la quinta de Frank. Más allá estaba el tambo de Segurola y después, las chacras de Kaufmann. "Por esa ventana vimos crecer a Roca. Cuando llegamos era un pueblo; ahora es una ciudad. Aquí crecieron mis hijos, mis nietos y bisnietos... ya somos parte de este lugar".

SUSANA YAPPERT

sy@fruticulturasur.com

 

   
   
 
 
 
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