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Sábado 02 de Junio de 2007
 
 
 
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  HISTORIA DE VIDA
  La familia Grossi, pionera de Chichinales
Giuliano Grossi, inmigrante italiano, llegó a la región en la década del '20. Desde allí envió la llamada a sus hermanos, que vinieron para trabajar la tierra. Uno de ello, Demetrio, trajo a su familia, que se sumó a este grupo de productores.
 
 

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Una marea de ojos azules observa fotos antiguas desplegadas en la mesa. Una mesa que debe haber sido escenario de varias fiestas familiares. Las fotos lo revelan. En la mesa están los hermanos Grossi, hijos de Demetrio y de Emma, sus parejas y dos de sus 6 nietos. Todos conocen la historia de sus ancestros y entre todos van armando esta historia.

Una historia de vida que transcurre entre Italia y Chichinales, una de las primeras localidades que apareció en el mapa del territorio de Río Negro.

Giuliano Grossi fue el primero de la familia en cruzar el horizonte de la Toscana. Era uno de los hermanos mayores de un matrimonio de siete hijos. Atravesó el Atlántico solo y solo se radicó en Buenos Aires, donde consiguió empleo de cocinero en un hotel. Con este trabajo hizo sus primeros pesos, los suficientes como para largarse a una aventura que otros ya habían hecho: comprar unas tierras en el norte de la Patagonia.

Llegó a Chichinales pasado 1925. Había llamado a su hermano Settimo para que lo acompañara. Compraron tierra virgen en sociedad y la trabajaron juntos un tiempo, el más difícil, el de los inicios.

Cuando llegaron a esta localidad, tenía apenas un puñado de habitantes y el riego pasaba lentamente por la frontera de Villa Regina. Lo esperaron, desmontaron y sembraron sobre el suelo virgen.

La familia Grossi era en Italia una familia de agricultores. Allí cultivaban trigo, frutales, tenían granja y vivían de lo que producían. Trabajaban en familia. Vivían en familia. Una estampa conocida en la Europa de entreguerras.

Giuliano era soltero y Settimo llegó a la Argentina con su mujer. Después de unos años, los hermanos que estaban en Argentina resolvieron dividir la tierra y Giuliano llamó a otro hermano, Demetrio, quien buscaba su independencia en la Italia dura de la posguerra.

"Tío nos mandó una carta diciendo que acá había posibilidades de progreso. Mis padres, Demetrio y Emma Fornaciari, ya tenían dos hijas, nosotras, y un hijo en camino. Les costó tomar la decisión. Si bien querían independizarse, pues vivían en una casa con toda la familia de mi padre, temían el desarraigo. Pero decidieron marcharse de Italia. Cuando llegaron a Génova para embarcar vieron que el carguero en el que tenían pasaje (El Ar

gentino) no tenía sala de partos. Mamá tenía un embarazo avanzado y resolvieron postergar el viaje. "El equipaje llegó solo a Buenos Aires y nosotros volvimos a Montecarlo (provincia de Lucca), donde nacimos. Cuando la familia nos vio de regreso, se alegró muchísimo. Yo decía: '¡Sono tornata dell'America!, ¡Sono tornata dell'America!' (he regresado de América)", cuenta Rosalba, quien tenía dos años entonces y pensaba que su viaje había concluido.

Finalmente nació Rolando y, cuando cumplió un mes de vida, se embarcaron hacia Buenos Aires. Lejos del sol de la Toscana.

 

TIEMPO DE NOSTALGIAS

 

El viaje fue difícil porque, durante el tiempo que duró, Demetrio y Emma estuvieron separados y Emma cuidó sola a sus tres hijos (de 4 y 2 años las hijas y un bebé recién nacido) en el pabellón de las mujeres. Llegaron a Buenos Aires el 1 de julio de 1948. Los esperaba una familia amiga de Italia que vivía en esa ciudad. Recuperaron fuerzas durante unos días y tomaron el tren hacia Villa Regina, donde amane

cieron el 6 de julio.

"Nos esperaban Giuliano y Settimo relata Rosalba. Luego del reencuentro, partimos hacia la chacra de Chichinales. Cuando llegamos, nos encontramos con una casa de adobe, sin ninguna comodidad y que compartíamos con los tíos y su familia. La convivencia con ellos fue muy buena, pero el cambio fue muy fuerte. Una mañana me desperté y encontré a papá y a mamá abrazados llorando. Les pregunté: '¿Perchè piangette?' (¿por qué lloran?)... Todavía me acuerdo y se me anuda la garganta... Ellos me abrazaron y me contestaron que estaban tristes porque extrañaban Italia... Era invierno cuando llegamos y el paisaje era desolador".

No pasó mucho tiempo desde su arribo a la zona hasta que el matrimonio puso sus manos en la nueva tierra. Apenas tuvieron tiempo de acomodarse cuando vieron salir los primeros brotes.

"Nuestro padre comenzó a trabajar la chacra con el tío. Sembraron tomates, papas y alfalfa. Les fue bien, tanto que papá, pocos años después, pudo comprar su propia tierra. Trabajaba con el tío e iba armando su propia chacra. Esta vez le tocó a él el desmonte, la emparejada y la plantación.

"Mamá trabajaba a la par de papá. ¡Hacía de todo! y nosotros ayudábamos en cosas menores. Cuando plantaron la alameda, papá nos mandaba a regar los alamitos con una lata. Eran 11 hectáreas. Las primeras plantaciones fueron de tomate. Los chicos también colaboraban en la plantación de tomates y en la cosecha.

"Cuando estuvo más o menos armada la chacra, papá pidió un crédito al Banco Hipotecario para hacer la casa. Un crédito que cancelamos cuando llegó la cosecha. Siguieron años buenos para la fruticultura, la década del '60. Nos fue bien y, gracias a ello, mis padres pudieron volver a Italia", agrega Rossana.

Ese viaje cuentan las hijas de Demetrio y Emma fue muy importante. Revelador. Sus padres habían pasado sus primeros años en la Argentina sumidos en la añoranza de su tierra, pero cuando regresaron, luego de un esfuerzo duro pero recompensado, se dieron cuenta de que aquí habían podido progresar, mientras que su familia que había quedado en Italia no. "Esto los reconfortó y después de este viaje ya no tuvieron tanta nostalgia", agrega Rosalía. "Pese a ello dice Rolando mamá agradeció que nosotros no fuésemos en aquel viaje, pues

cree que si hubiésemos ido, nunca más regresaba a la Argentina...".

Esta no es la única familia de inmigrantes que vivió esta situación. Muchas descubrían, de pronto, que habitaban dos mundos, dos vidas y que en un momento tenían que optar por una u otra. Por el pasado o por el futuro.

En 1961, murió el pionero de la familia, Giuliano, y su chacra la siguió trabajando Angel, el último hermano que trajo de Italia.

Los hijos de los Grossi fueron a la escuelita "La Amparo". El maestro les exigía hablar el español a ellos y con él aprendieron a hacerlo, aunque en la familia se siguió hablando la lengua materna. En esa escuelita hicieron la primaria. Esa zona, antes había sido un gran latifundio que tenía su escuela, su almacén de ramos generales y las casas de las familias que trabajaban en el lugar.

Haciendo un repaso de su suerte de productores, los Grossi recuerdan tiempos de bonanza y tiempos durísimos. "Quizá el tiempo más difícil, el que sufrimos más, fue la época del tomate relata Rosalba. Eramos socios de una cooperativa (Covire) que se fundió y quedamos en el aire. Teníamos una plantación importante. Solíamos sacar una cantidad impresionante. Papá empezó a vender por Villa Regina; venía con los canastos en el colectivo, después salíamos con una chata tirada por un caballo...".

Luego, la crisis del tomate y de la vitivinicultura dieron paso a la fruticultura también en la

chacra de los Grossi. Peras y manzanas cambiaron el paisaje. En el año '58 se inició la transformación.

Rolando, quien es el que maneja hoy la chacra familiar de Chichinales, cuenta que aún conservan plantas de peras que plantara su padre, aunque han reconvertido varias veces. "Todavía hay dos cuadros de William's que plantó papá. En el '65 iniciamos la reconversión. Comenzamos sacando dos filas de viña y poniendo una de frutales, cuando se plantaba a una distancia de 7 por 7 metros.

Cuando tuvieron producción, la familia Grossi le vendió sus primeras frutas a la firma Sabattini & Crocce de Regina, luego a la familia Giménez. Luego, cuando la producción aumentó, se asociaron a Fruticultores Reginenses, una cooperativa de productores que había nacido alrededor de 1935.

"El primer galpón de empaque de Chichinales fue de la empresa GISA SA (Giménez y Sargazzi), pioneros en la actividad relata el esposo de Rossana, Roberto Alba. De hecho, la escuela 'La Amparo' se bautizó en honor de la señora de Giménez que se llamaba Amparo".

Todos los hermanos Grossi que llegaron como inmigrantes a la Argentina se hicieron chacareros. Los hijos de Demetrio y Emma siempre se ligaron a la producción, por vía de la familia propia y continuaron este vínculo con sus matrimonios, todos vinculados a la familia chacarera. Los dos hijos de Settimo Grossi, por su parte, tienen un galpón de empaque en Chichinales.

Demetrio y Emma cuentan sus hijos fueron chacareros orgullosos. Sentían enorme placer en mostrar su producción. Ellos tuvieron una vejez feliz. Los bendijo la fortuna que les permitió multiplicar la tierra y la descendencia.

Rosalba se casó con Graciano Della Pittima. Rossana con Roberto, con quien tuvo una hija y un hijo: Daniela y Omar. Rolando se casó con Marta Franco y tuvieron 4 hijos: Andrés, Pablo, Gastón y Mariana.

Dos hijos de Rolando continúan en la actividad, Gastón es técnico Superior en Higiene y Seguridad Laboral y trabaja en la firma Moño Azul y Pablo es licenciado en Comercio Exterior y trabaja en la Aduana de Regina.

Son ellos los que hoy retoman el hilo de esta historia de productores que hicieron, en el Alto Valle, su nuevo mundo.

 

SUSANA YAPPERT

sy@patagonia.com.ar

   
   
 
 
 
Diario Río Negro.
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