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Sábado 23 de Septiembre de 2006
 
 
 
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  Historias de vida
  Cuatro mujeres al frente de un emprendimiento familiar
 
 

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Hileras de rosales y pinos acompañan la llegada del visitante. Se ven flores por todas partes, las de los frutales y las que rodean la casa.

La chacra, la huerta y la granja están tan prolijas y cuidadas que cualquiera podría especular que detrás de tanto trabajo hay manos femeninas.

Y las hay. Las de cuatro mujeres que llevan amorosamente un emprendimiento familiar.

Cerca de la cocina económica se organiza la charla. Está lluvioso y fresco. Quizá por eso fue posible reunirlas frente al fuego. La primavera les exige gran esfuerzo y sólo se encuentran todas en casa para las comidas y para descansar. Una está podando, otra está sembrando, la tercera se ocupa de los animales y la mayor se encarga de la administración familiar.

Las cuatro son menudas. Parece mentira que ellas solas puedan con 10 hectáreas en producción. Pero lo hacen. Y lo hacen muy bien. Alegres y laboriosas, trabajan y en su quehacer educan a sus sobrinos, que ya aprenden el oficio de ser chacareros.

La que toma las riendas de la charla es Titi, la mayor de las hermanas. Su relato se inicia con el recuerdo de sus padres. Manuel Jesús Avendanio y Dionisia Calvete se conocieron en el Valle. El era chileno y trabajaba de peón rural en Villa Regina. La familia de ella vivía en Allen y también trabajaba en las chacras. La vida los reunió en Guerrico y juntos hicieron una familia.

"En Regina mi padre trabajaba con un tal Alvarez cuenta Titi. Fue él quien lo trajo acá, al barrio de 'Las Angustias'. Hace 48 años mi padre vino a esta tierra. Cuando llegó era todo sierra. Emparejó, plantó álamos, hizo los canales para traer el agua. Todo se hacía con caballos. Trabajó duro hasta limpiar 10 hectáreas. Contaban nuestros vecinos, que llegaron en la misma época, que hacían acequias y al otro día estaban tapadas por la arena y tenían que volverlas a hacer. Mi papá primero plantó viña. El armó esta chacra y a veces iba a trabajar en otras chacras, en el tomate. Eso le encantaba".

Cuando llegaron a esta propiedad, el matrimonio ya tenía a Juan Segundo, a Alfonsina Gabriela (Titi) y a Lilian Leonor, que llegó apenas con unos meses. Luego vinieron Mónica, Lidia Viviana, Carlos Eduardo y Zulma Maris. Crecieron junto con los frutales que don Avendanio iba plantando. Cuando él decidió traer a su familia al lugar, construyó una casa de adobe y en 1972 pudo hacer otra vivienda grande y de materiales con un crédito del banco. Sólo en dos ocasiones pidieron créditos. Para levantar la casa y para comprar los frutales. "Nuestro padre compró perales y manzanos con un crédito en dólares que por fortuna pudo cancelar. Nunca debimos nada. Mi papá no podía dormir si debía, se administró bien. Esa vez vendió bien los duraznos y enseguida pagó. A los pocos días el dólar subió tanto que nunca lo hubiésemos podido pagar... Tuvimos suerte".

La familia fue armando la chacra de a poco. Plantaron tres hectáreas de frutales y el resto de verduras. Siempre vendieron la producción. Pero cuando murió don Avendanio y fueron sus hijas las que tuvieron que salir a vender. El escenario se complicó. "Desde que falta nuestro padre dos cosechas nos quedaron debiendo. La primera vez que el galpón no nos pagó mi mamá se amargó mucho. Ese año se nos rompió la camioneta y es el día de hoy que no la podemos arreglar. Porque acá es así, si no te pagan se te complica todo. Mi papá era el que se ocupaba de las ventas. Papá trabajó hasta el último día. Murió el 13 de noviembre de 1997. Vino a la tardecita, estaba regando los tomates y se sintió mal... Cuando faltó papá fue difícil para nosotras, encima se fue en noviembre, cuando se nos venía la temporada encima. La gente de los galpones nos conocía porque solíamos ir con él, así que tuvimos que aprender a vender".

Los hermanos Avendanio terminaron la primaria en la escuela 56. Los dos mayores fueron un tiempo a la escuela 42 en Roca. Iban en bici, 12 kilómetros por día. Sus padres querían que estudiaran y que, además, aprendieran la rutina de la chacra. A medida que crecían iban sumándose a las tareas del campo. "Desde que tenemos memoria tenemos en la mano la azada para carpir", dice Zulma, la hermana menor. Todo fue natural. Iban aprendiendo y adquiriendo responsabilidades.

Cuando estaba Avendanio aseguran todo era más fácil, pero el día que no estuvo, y pese al enorme desafío, tomaron la decisión de seguir adelante. Estaban preparadas para hacerlo. Aun así la historia de estas mujeres se divide en un antes y un después de la partida de don Manuel.

Los siete hermanos Avendanio están vinculados a la tierra. "El mayor es pastero, trabaja con pasto, y el menor es encargado en una chacra en Cuatro Galpones. Así que nosotras nos organizamos acá. En este momento vivimos con una sobrina, Marcela, que se está por recibir de maestra y con dos sobrinos, César y Manuel, que colaboran con nosotras. Ellos son hijos de otra hermana que vive en Cervantes, Lidia. El mayor de los chicos es el que maneja el tractor".

Las mujeres se reparten las tareas. Mónica está atenta a los frutales y se encarga de las curas y las podas con ayuda de Lilian y Zulma. Lilian es la encargada de la huerta y también maneja el tractor cuando salen a vender la mercadería. Ella siembra, desyuya, riega, cubre las plantaciones sensibles en las noches de helada, controla las plagas y además le fascina la floricultura. Zulma es la encargada de los animales. Tiene a su cuidado un centenar de gallinas ponedoras, chanchas, lechones y conejos. La granja está impecable. Los animales gordísimos y muy bien cuidados. Tita hace un poco de todo y es la administradora familiar. Ella vende la producción, compra los insumos y organiza el predio familiar. Sabe que le tocó ese lugar por su carácter, pero todas reconocen que la división del trabajo nace de las preferencias personales de cada una. "Estos días, por ejemplo, estamos atando viñas, sembrando y la verdad es que las cuatro sabemos hacer todas las cosas que necesita la chacra para estar mantenida. Si bien yo administro, lo podría hacer cualquiera de nosotras. Si una no tiene zapatillas, ninguna tiene zapatillas. En eso siempre fuimos muy compañeras. Trabajamos en familia y nadie trabaja más que otra. Creo que éste fue uno de los secretos para seguir con la actividad y haber llevado la chacra tan bien cuidada como la tenía nuestro padre. Eso sí, nunca tuvimos vacaciones. La época más tranquila es el otoño. La primavera, al contrario de lo que siente la gente, no tiene nada romántico para nosotras. ¡Se trabaja como nunca! Hay que hacer de todo y es el momento que menos plata tenés. Nosotras todavía no terminamos de cobrar lo del año ni tenemos fecha precisa de cobro y tenés que comprar las semillas, se nos vienen encima las curas... y lo tenés que hacer porque las plantas siguen su ciclo. En la primavera no te podés descuidar. Si no viene helada, están las curas, el riego, la preparación de la tierra en blanco para la siembra. Y cuando terminás con eso ya estás cosechando y te lo pasás mirando el cielo a ver si llueve o si cae piedra... Así que vacaciones jamás".

Hace unos años llegaban camiones hasta la chacra para comprarles la producción. Pero con la crisis dejaron de venir y tuvieron que salir ellas a venderla. "Mi hermana Lilian y yo salimos a repartir, el resto se queda acá regando, cuidando los animales", cuenta Titi.

La producción de las hermanas Avendanio es tan buena que nunca se quedaron con nada en la mano. Llevan a los barrios y no les alcanza para dejar en los negocios más grandes. Coinciden en que les gustaría tener un invernáculo para poder tener verduras todo el año, pero todavía no llegó el gas al lugar. "Ahora tenemos todo en almácigo explica Titi. El tomate está grande. Ya podría estar en el campo, pero no lo podemos llevar porque una helada te lo mata. Cuando hiela lo protegemos con doble nylon. Por eso sería bueno tener invernáculo para tener la verdura protegida y así tener más producción".

La horticultura es la actividad principal de estas mujeres. Así lo explican: "Hacemos verduras porque la fruta sola no da. Este año vendimos la pera y la manzana y habremos sacado como 3.000 pesos. La viña la vendimos en la bodega, pero sacamos poco porque el año pasado heló. Sólo en la poda de los frutales (acá tenemos que contratar gente porque es un trabajo muy pesado para nosotras) gastamos como 2.000 pesos... Ni hablar de lo que gastamos en remedios. Y eso que no contamos el trabajo que hay que ponerle a la fruta porque lo hacemos nosotras. Así que nos arreglamos con la venta de verdura y de animales, que es lo que permite tener los frutales bien. Entre esos frutales mi papá intercaló duraznos. Así que vendemos también durazno, pero lo hacemos nosotras. Lo vendemos por cajón o por kilo".

"Las plantas lo saben dan mucho trabajo, pero no podemos arrancarlas porque las plantó papá. Seguro que nos convendría reconvertir, o hacer pasto o verduras en esas hectáreas, pero bueno... todavía no lo podemos hacer... y mal que mal se vende".

La chacra está dentro del ejido de Cervantes, por eso ellas mantienen relación con la Cámara de Productores de Cervantes.

"En la Cámara nos dieron el cuaderno fitosanitario. Un ingeniero nos indicó cómo ir haciendo las curas y cómo ir registrándolas en el cuaderno. En una época venía Calé. Era buenísimo, recorríamos y nos asesoraba en el tema remedios. A veces es la Cámara la que nos da el remedio. Nosotras vamos anotando en un borrador y luego nos ayuda a completarlo el ingeniero. Anotamos cuándo, con qué y con cuánto curamos. Nos ayudamos entre los chacareros. Nosotras tenemos muy buenos vecinos, a veces son ellos lo que nos dicen qué hacer y otras, por ejemplo cuando tenemos en la huerta algún bicho que no conocemos, vamos con una hojita apestada a ver a don Pintos, el del 'Agricultor' (comercio) y él nos dice qué hacer".

En cuanto a las ventas y manejo de precios, tienen varios canales de información: la radio, la televisión y los colegas: "Nos informamos en la Cámara y de oídas vamos sabiendo qué galpón es el que compra. Ofrecemos y nos mandan los recorredores para ver la fruta. Normalmente todos manejan precios similares así que la cosa es ubicarla".

La venta de la fruta es la que presenta mayores dificultades. No así la de verduras y de animales, que cada día tiene mayor demanda.

Las hermanas salen con su carro repleto de verduras y una balanza. Ya tienen una clientela y un circuito. Reparten hasta julio. "Después hace mucho frío comentan y ya tenemos que empezar a preparar la tierra para la próxima temporada".

La receta de trabajo de estas chacareras no sólo tiene de ingrediente una buena relación familiar, que se traduce en una perfecta división el trabajo y en un natural cooperativismo. Son prolijas, administran muy bien sus ingresos y enseñan a sus sobrinos con su ejemplo. Tal como hizo su padre con ellas, les enseñan el amor a la tierra.

Las hermanas Avendanio manejan su chacra familiar en el ejido de Cervantes.

Sus padres, Manuel Jesús y Dionisia, desmontaron y plantaron allí 10 hectáreas hace 50 años.

Ellas mantienen los frutales, hacen verduras y transmiten sus conocimientos a sus descendientes.

 

 

SUSANA YAPPERT

sy@patagonia.com.ar

 

   
   
 
 
 
Diario Río Negro.
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