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Sábado 22 de Julio de 2006
 
 
 
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  HISTORIA DE VIDA
  7.017 cartas para acortar distancias

Hannelore Burgherr nació en Suiza y migró a la Argentina en 1946.

Se estableció en una chacra en Cinco Esquinas, donde vivían sus suegros.

Allí tuvo dos hijas, trabajó duro y tendió lazos entre dos culturas.

 
 

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Su nombre es Hannelore, aun cuando en su primer documento argentino y obedeciendo a una ley caprichosa, estamparan Juana Leonor. Tenía 22 años cuando salió de Suiza. La Segunda Guerra había terminado.
Hannelore Burgherr (Lory) hacía un año se había casado con Bernardo Samuel Hoffmann (Beny). El padre de él vivía en Argentina. Hacía 20 años que no se veían, casi toda una vida. Y decidió poner fin a esta distancia.
Bernardo Hoffmann, el suegro de Hannelore, había quedado viudo y con un niño pequeño en brazos. Cuando éste tenía 4 años, él decidió migrar. Pensó en ir a Australia pero el destino lo trajo a la Argentina. Antes de partir, sus parientes lo convencieron de dejar al niño pues era demasiado pequeño para aquella aventura. Lo dejó con sus tíos. El niño creció y estudió en Suiza, donde también conoció a su esposa, Hannelore.
 Cuenta ella: “En Suiza vivíamos en el Cantón de Argovia. Mi marido y yo éramos de la misma zona. Mi padre era viajante de un frigorífico, mi mamá ama de casa y mi hermano pianista. De modo que no había agricultores en mi familia... Pero mi marido quiso ir tras su padre y yo lo acompañé. El tenía un trabajo bueno en Suiza. Era dibujante de máquinas, un técnico de la empresa que años más tarde construyó las turbinas de El Chocón, la Brown Boveri. Pero dejó todo para estar cerca de su papá. Esperamos el final de la guerra para venir.”
Bernardo Hoffmann y su segunda mujer, Hedi Matter, llegaron a la Argentina en 1928 y fueron contratados para trabajar en la Estancia La Fortuna (Salto, Buenos Aires). Era una estancia de unos colonos franceses de apellido Estrugamou. Tenía un imponente palacio que fue encargado a un arquitecto francés y un parque de ensueño diseñado por el paisajista alemán Otto Becker. En aquella estancia Bernardo trabajó como jardinero y Hedi, como cocinera.
Pero aquel paraíso sólo sería una escala. Un año más tarde, el matrimonio compró tierras en el sur. “En Buenos Aires había oficinas para inmigrantes y mis suegros fueron a una en la que trabajaba un suizo de la misma región de ellos. A él pidieron consejo. En un primer momento iban a ir a Misiones porque todos los suizos se iban para allá, pero este hombre les dijo que era mejor ir al sur porque las mujeres no toleraban el clima de Misiones. Así fue que llegaron a Río Negro. Compraron 10 hectáreas. Este campo estaba en la Colonia La Picasa y pertenecía a la familia Casterás”.
Las primeras fotos que aparecen en uno de los tantos álbumes fotográficos de Hannelore muestran los trabajos de desmonte de esa propiedad en el invierno de 1930. Ellos, sus nuevos propietarios, nivelaron la chacra y levantaron la casa. “Esos fueron los primeros tiempos, duros, muy duros”, acota Lory. En la siguiente foto se ve esa obra en construcción, un rancho de adobe, los baúles todavía a la intemperie y los frágiles arbolitos de manzanas que asomaban en la superficie recién arada. Con el tiempo, los Hoffmann hicieron una casa y sumaron dos habitaciones para recibir a Hannelore y Beny.
“Vinimos en un barco francés –recuerda esta mujer de mirada celeste y memoria increíble–. Era el paquebote Campana. Había sido un carguero de animales que luego fue usado para transportar gente. El barco estaba lleno de inmigrantes. ¡Llenísimo! ¡Iban en la panza del barco apretados como ganado!... Un pariente nos consiguió una cabina interna, nosotros viajamos mejor. Salimos por Marsella, ciudad que estaba totalmente destruida por la guerra. Partimos el 7 de septiembre de 1946. Llevábamos tres cajones enormes y dos baúles grandes. Nos advirtieron que tuviésemos cuidado porque había robos. Entonces alquilamos un carro tirado con caballos, nos sentamos arriba de los baúles y fuimos al puerto. Ya en el puerto tuvimos que pagar para que nos cuidaran el equipaje porque el puerto era un escombro, todo bombardeado, no había posibilidades de guardar el equipaje. Estuvimos 4 días y partimos a América. Tardamos 20 días en llegar a Buenos Aires”.
Hannelore, munida de su cámara, documentó todo el itinerario del que quedó un impresionante registro fotográfico. Aquella cámara la acompañaría toda su vida. Tiene muchísimos álbumes y cada fotografía un epígrafe con fecha de la toma. Algunas de estas fotos le ayudan a ordenar recuerdos.
 “En Buenos Aires nos esperaban mis suegros. Como muchos europeos que venían después de la guerra, nos sorprendió la abundancia de comida. En Buenos Aires fuimos a un restaurante donde los bifes rebosaban del plato. Nunca me voy a olvidar lo gigantes que eran los merengues y la cantidad de frutillas con crema que nos sirvieron. ¡No lo podíamos creer ! En Suiza estaba todo racionado. Nos daban, por caso, 100 gramos de manteca por semana para cuatro personas, 1 kilo y medio de carne por mes. Durante la guerra, un ministro determinó que en todos los espacios verdes, parques y jardines, se sembraran papas. Porque con las papas la gente podía sobrevivir... Por eso cuando llegamos no entendíamos cómo aquí se tiraban tantas sobras”.
Luego de unos días, la familia siguió para Río Negro. El trayecto en ferrocarril fue como un lento muestrario de lo que vendría. Los jóvenes registraban las primeras impresiones del lugar. Hannelore recorre las fotos y se detiene en una: la estación de tren de Pichi Mahuida. Piensa un instante y afirma: “Cuando llegué acá pensé que verdaderamente estaba en el fin del mundo. Estaba muy mal impresionada, me preguntaba adónde había venido...”.
 “Por suerte llegamos en primavera –afirma Lory–. Los amigos de mis suegros nos ofrecieron los primeros asados de presentación. Recuerdo el primero fue en lo de la familia Bolliger, luego en lo de Schatzmann, primo de mi suegro casado con Margarita Fuchs”.

LA CHACRA , OTRO MUNDO

La vida en la chacra funcionaba como una pequeña comunidad entre conocidos y vecinos. Se ayudaban entre todos. Esta solidaridad los ayudó en su proceso de adaptación. Hannelore cuenta que le sorprendió que sus suegros tuviesen la casa siempre abierta. Recibían visitas todo el tiempo.
Durante las primeras décadas del siglo en el Valle, los inmigrantes que llegaban se relacionaban primero con aquellos que compartían su lengua. También ocurrió con los Hoffmann, que se frecuentaban con suizos y alemanes. Por aquellos años, Hedi –quien cocinaba maravillosamente– hacía viandas a alemanes solteros que vivían en la región.
Ella era maestra y le costó el cambio a un medio tan rústico. “Ya era grande cuando vino –relata su nuera– y era muy apegada a su familia y a su profesión. Extrañaba y comparaba siempre. Mis suegros volvieron a Suiza en 1954, 30 años después de venir a la Argentina. Volvieron en 1964 y después de este viaje ella entendió que no tenía sentido comparar, eran realidades diferentes”.
Los años tallaron sus vidas, los árboles dieron sus frutos y ellos, pese a las dificultades, construyeron su propia existencia en este país. El joven matrimonio se sumó a la actividad que había desarrollado Bernardo durante dos décadas. Fueron a vivir a la chacra. De allí emanan los primeros recuerdos de este nuevo hogar. “Yo estaba bien –afirma Hannelore–. Me acostumbré enseguida a la chacra. Mi marido sufrió más porque tuvo que dejar su actividad y empezar a hacer algo que jamás había hecho. El era un excelente dibujante. No era un hombre de campo. Para mí era todo nuevo, aprendía todos los días algo. En la chacra hacía de todo. Cuando llegamos, no teníamos agua adentro de la casa, la bomba estaba afuera. Allá me pusieron una piletita y debajo de ella tenía tres damajuanas. Una con agua blanda para lavar el cabello, otra con querosén porque las lámparas funcionaban con este combustible, y la tercera con nafta blanca para lavar algunas prendas como corbatas y polleras. No había tintorerías. Si queríamos limpiar los trajes los enviábamos con un comisionista en tren a Bahía Blanca. Con el resto de las prendas nos arreglábamos. La nafta blanca era muy inflamable. Cuando lavábamos ropa teníamos que hacerlo sin frotar para no hacer chispas”.
Una enorme cantidad de relatos de estrategias de supervivencia recorren su biografía. En la chacra, estas mujeres hacían prácticamente todo. Comidas, conservas, prendas, ropa de cama. Hannelore dice que no recuerda haber tenido mucho tiempo libre, aun así siempre guardaban espacio para la recreación (ver recuadro).

CARTAS PARA SOÑAR

Pese a que no recuerda grandes dificultades durante sus primeros años en un nuevo continente, Hannelore afirma que tampoco fue tan fácil. “ Era un cambio brusco. Dejábamos todo. Eso nunca es fácil. Personalmente hubo algo que me ayudó: escribí miles de cartas. Durante años fue mi único contacto con mis afectos. La gente se sorprende, pero ese contacto fue para mí fundamental. Me ayudó a aceptar mi vida acá. Creo que uno no debe perder contacto con su tierra. Yo todavía tengo amigas en Suiza. Gracias a esa correspondencia, pude sobrellevar mi extranjería en la Patagonia. Hasta el 2001 escribí 7.017 cartas y aun hoy sigo haciéndolo”.
Cuando Hannelore recibía cartas se las leía a sus hijas. Ellas también aprendieron el valor de sostener ese sutil y vigoroso hilo que las conectaba con su familia. Sin dudas esas cartas esconden su alma de escritora. Llegó con la distancia su nueva pasión por las letras, la historia y las ciencias. Es estudiosa y una gran lectora. Lee muchísimo y cultiva hobbies: colecciona piedras y aprendió a hacer telares con mujeres mapuches. “Ellas me llamaban la mapuche rubia”, afirma mientras muestra sus perfecta matras.
Hay algo más que acompañó a Hannelore a lo largo de toda su rica vida: su cámara de fotos. Es una aficionada a la fotografía. “Cuando llegó al país –cuenta su hija– sacaba fotos de todo, de cada rincón de su vida. Enviaba junto a sus cartas, fotos de su nuevo mundo, especialmente a su madre”.
Pocos años después de llegar a Río Negro, nacieron sus hijas. “Primero Cristina y cuatro años más tarde, Susy. Como mi suegra no tenía chicos, me ayudó en la crianza conocer a otras mujeres que tenían hijos. Aprendí mucho de las mujeres alemanas. Ellas son excelentes amas de casa”.
Cristina y Susana nacieron y crecieron en la chacra. Fueron a la escuela 45, una escuela rural, y para hacer la secundaria tuvieron que trasladarse a Cipolletti.
Si bien las mujeres de la casa estaban casi siempre ocupadas con los quehaceres domésticos, hacían que algunas obligaciones se convirtieran en esparcimiento. En la chacra, el conocimiento tenía su lugar e imponía su rigor. Pero no sólo el conocimiento requería de un tiempo, había prácticas ineludibles en aquella vida. Las hijas de Hannelore aprendieron a cocinar, a cocer, a tejer, a cosechar frutas finas, a hacer una huerta. Afirman Cristina y Susy Hoffmann: “Aprendimos un montón de tareas jugando. La abuela nos enseñó a bailar el vals, nos hacía escuchar música clásica, nos daba clases de alemán, hicimos un coro. La verdad es que nos divertíamos muchísimos con ella. También tuvimos una linda relación con nuestros vecinos. Había alemanes, españoles, italianos. Aún hoy seguimos frecuentándonos con nuestros vecinos de la infancia”.
“Tuvimos una linda vida aun cuando pasamos tiempos difíciles. Fue una vida austera, pero muy rica en cuanto a amor. Personalmente, agradezco la vida que me dieron. El hecho de haber sido hija de inmigrantes te enseña, fundamentalmente, a sobrevivir. La generación de mis abuelos y de mis padres fue una generación muy creativa, nos hacían hasta los juguetes, eran muy hábiles y trabajadores”, resume Cristina.
Vivieron en la chacra hasta 1967. “Tenemos excelentes recuerdos de la chacra –afirman madre e hijas–. Pero bueno, en un momento la chacra tuvo que venderse. Los últimos dos años no habíamos tenido cosecha, mi marido se enfermó, mis suegros estaban grandes, de modo que decidimos vender. Compramos una casa en Cipolletti y a los meses mi marido murió. Mi hija menor tenía 14 años. Cristina, que estaba estudiando en Bahía Blanca tuvo que volver pues nuestra economía se complicó. Trabajamos las dos. Cristina trabajó en una oficina y de maestra y yo empecé a tejer. Tenía una máquina de tejer y tejía a mano. También hacía tortas”. Entonces se iniciaba otra etapa para esta familia de inmigrantes.

   
SUSANA YAPPERT
sy@patagonia.com.ar
   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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