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Sábado 03 de Junio de 2006
 
 
 
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  HISTORIAS DE VIDA
  Con la italianidad a flor de piel

La familia Caldart llegó desde Italia a la Argentina en 1949. Una celebración escolar reúne a la familia. Llegaron con otros italianos a Ushuaia pero decidieron radicarse en Roca.

 
 

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Irma Entilli era de la ciudad de Belluno, región del Veneto. Sus padres tenían chacra. Irma, al igual que sus hermanos, desde pequeña colaboró con las tareas familiares. Vendía leche y verduras. Cuando cumplió 12 años, comenzó a trabajar de ayudante en una sastrería. Le gustaba tanto coser que progresó rápidamente y llegó a convertirse en sastre.

Gabriel Caldart también era de la misma zona. Su familia tenía una tabaquería desde el fin de la Primera Guerra. Su padre había combatido en el frente y había perdido una mano y un ojo. Por su situación lo ayudaron a poner un comercio que atendía con su señora.

En 1939, Irma -quien hoy reconstruye la historia familiar- conoció a Gabriel, que finalizaba por aquella fecha el servicio militar. Lamentablemente, muy pocos días después de haber retornado a casa se declaró la Segunda Guerra y el novio de Irma, al igual que los dos hermanos de éste, partieron al frente. Seguirán 6 años de penosa guerra y de profundos temores. El noviazgo de Irma y Gabriel siguió su curso entre bombas y la distancia que los mantuvo años separados. Durante este período mantuvieron correspondencia con excepción de los lapsos en que Gabriel cayó prisionero de los alemanes, períodos que inauguraban un gélido silencio, presagio de lo peor. Pero un buen día, las cartas regresaban y el dolor se adormecía por un tiempo más.

"La segunda vez que estuvo prisionero de los alemanes -cuenta Irma- Gabriel aprendió el oficio de zapatero. Poco tiempo después terminó la guerra y nos casamos. Llegó nuestra primera hija, Daria, y dos años más tarde tuve otro hijo que murió durante el parto. Después de la guerra la situación en Italia estuvo difícil, no había trabajo. Pasamos tres años con altibajos, sin trabajo estable. Nos decían que aquí, en Argentina, había trabajo seguro. Así fue que en 1948, un grupo de italianos decidió venir. Salieron del puerto de Génova sin saber con exactitud el destino que los esperaba. Sabían que venían a Argentina, pero no tenían ni idea de que terminarían en Ushuaia. Mi marido que se había convertido en zapatero, zapatero de los que hacían zapatos, embarcó en aquella travesía al sur como carpintero".

EN LA MISTERIOSA USHUAIA

Recuerdan los hijos del matrimonio Caldart, Sonia y Roberto, que al llegar a Ushuaia aquel primer contingente de italianos vivió 30 días arriba de un barco. Durante ese tiempo armaban las casillas de madera en las que vivirían y, mientras tanto, iban a trabajar y volvían a dormir a bordo. A veces el mar estaba planchado y otras con olas de tres metros. Un paisaje tan bello como aterrador. "Creo que todas las dificultades fueron superadas por el ansia de trabajar -afirma su hijo-. El clima era bravo, pero ellos venían de una región parecida a Bariloche con inviernos con nieve y mucho frío. Papá contaba que pese al shock que les provocó la llegada a la Argentina, a la ciudad más austral del mundo, estaban contentos porque tenían qué comer. Se sorprendían de la cantidad de alimentos que tenían a disposición, carnes, fiambres, comida que en Italia no veían hacía tiempo...".

Gabriel había venido solo. En Italia había dejado a su mujer y a su hija. Pero se habían despedido con una consiga: "O venís para acá o vamos para allá". Estuvo un año trabajando en el extremo sur y la distancia se hizo insoportable. Desde que se habían conocido habían estado separados, primero la guerra y después el exilio económico. Dijeron basta. En 1949 Irma y Daria tomaron un barco con rumbo a Tierra del Fuego. Daria tenía 3 años y poco tiempo después de llegar a la Argentina Irma quedó embarazada. Como su parto anterior había sido difícil, el médico que la atendió en Ushuaia le recomendó que viajara a Buenos Aires para estar mejor asistida. En Buenos Aires, Gabriel tenía tíos, primos y un hermano. Estuvieron unos meses en Buenos Aires pero Gabriel no pudo adaptarse y decidieron partir hacia Río Negro.

"¿Por qué vinieron a Roca? -interroga su hijo-. Acá tenían amigos italianos, amigos del mismo pueblo y otros que habían sido compañeros de travesía con rumbo a Ushuaia. Llegamos en septiembre de 1950. Y pronto, por fortuna, la familia tuvo empleo".

EN ROCA

"Bajamos del tren y nos alojamos en el Hotel Toscano -rememora Irma-. Mi marido, al día siguiente de llegar, fue a recorrer un poco el pueblo y contó que había ido hasta la avenida Roca y las vías del tren y que después de las vías, para el sur, no había nada, era todo descampado. Estuvimos 27 días en el hotel. Cuando estábamos allí yo no hablaba nada de castellano, entonces me iba al Colegio María Auxiliadora, que estaba a unos pasos del hotel, para hablar con las hermanas que eran italianas. Pasaba las tardes con las hermanas, iba con Daria chiquita y con Sonia por nacer. Una relación que durará toda una vida a través de mis hijas. Luego alquilamos una casa que compartíamos con otra familia". Dos meses después de esta última mudanza nació Sonia en la maternidad local. Siempre recuerdan la ayuda que recibieron en estos primeros tiempos de tantos amigos y vecinos.

Gabriel Caldart consiguió su primer trabajo en la PAC de Gómez, donde estuvo tres años. Luego hizo trabajos de carpintería con Ferraris. En tanto, Irma hacía sacos, trajes, pantalones y hacía ojales bordados a mano. Trabajó para las tiendas Cimerilli y Fulvi, pero decidió independizarse y comenzó a hacer trabajos en casa. Todavía tiene en su comedor la máquina de coser que la acompañó tantas horas. "Hacía vestidos de comunión, tapados y hacía un pantalón de hombre por noche. Me rendía la noche. Cuando terminaba las cosas de casa y acostaba a los chicos, me ponía a trabajar".

Un día Irma vio que vendían un lote a 11 mil pesos y lo convenció a su marido de comprarlo en cuotas. Mientras levantaban la casa, Gabriel había decidido volver a lo que sabía hacer. Se alquiló un salón y puso su zapatería. "Fue el zapatero de Roca -afirma su hijo-. Mamá lo empezó a ayudar. Papá estaba con los zapatos y mamá cambiaba cierres, ponía parches en pantalones y en codos de ropa de chicos. Desde entonces trabajaron juntos".

Primero construyeron la casa y después el salón. Se ayudaron con otros italianos en la construcción. "Acá no teníamos familia, de modo que la gente de la colectividad italiana se fue convirtiendo en nuestra gran familia -cuenta su hijo Roberto-. Siempre estábamos con otros italianos. Papá iba a Italia Unida a conversar con sus amigos, a jugar al truco o al coro. En las fiestas siempre terminábamos cantando. A papá le gustaba mucho el fútbol y seguía al Club Italia Unida. A los jugadores les arreglaba los botines y la pelota de fútbol... lo querían mucho en el Club. La verdad es que, pese a trabajar muchísimo, siempre tuvo una vida social muy activa".

Los Caldart siempre hablaron en su dialecto con sus hijos. Ellos tenían muy arraigadas algunas palabras; lo percibieron cuando llegaron a la escuela. Pero no sólo preservaron su lengua, también la huerta, las comidas y el hábito del encuentro familiar todos los domingos. Polenta, pastas, ensaladas con las verduras de su huerta eran sus platos infaltables. "Mamá era muy buena cocinera -agrega Sonia-, hacía todas las pastas y fue muy generosa porque nos enseñó y nos dio todas las recetas. Un legado de generaciones, recetas de familia que se transmiten normalmente de madre a hija. Papá, como buen italiano, siempre tuvo su huerta. Eran huertas completísimas y prolijas, que pese al trabajo que tenía en la zapatería, nunca abandonó. Tenía sus verduras, sus gallinas y su parral. Mientras estuvo papá nos reunimos todos los domingos en su casa. Cuando faltó él, nos seguimos reuniendo un domingo en casa de mamá y el resto en casa de cada uno de sus hijos".

"Por fortuna -agrega Irma- siempre nos fue bien. Trabajamos sin descanso, pero pudimos progresar, hacer nuestra casa y dar estudio a nuestros hijos. Cuando ya estábamos instalados en esta casa con salón y todo, esto fue en el año 1957, llegó Roberto. En ese tiempo teníamos muchísimo trabajo. Tanto que durante años nos levantamos a las 4 de la mañana para dejar todo encausado para cuando llegara el personal. Atendíamos arreglos en el acto y como el sábado había mucho movimiento, nuestros hijos nos ayudaban". "Colaborábamos todos -cuenta Sonia-. Lustrábamos, teñíamos, atendíamos a la gente, ordenábamos los cordones y ese tipo de cosas".

Cuenta Roberto que desde pequeño estuvo acompañando y ayudando a sus padres en aquella zapatería. "Siento un cariño especial por este oficio; el de zapatero era un oficio muy italiano. Era el que hacía el calzado. Aquí no era muy frecuente que se encargaran zapatos a medida, era una cosa artesanal y cara. De modo que la mayor cantidad de trabajo eran remiendos, arreglos. Papá también forraba zapatos para novias y madrinas y hacía zapatos ortopédicos. Con el tiempo el italiano zapatero se perdió, ahora la mayoría de los zapateros son chilenos. Imagino que muchos de ellos aprendieron de papá, porque él en su taller tuvo mucho personal chileno".

El esfuerzo de estos años fue recompensado. Terminaron la casa, el salón y decidieron hacer una nueva inversión. En Italia estaban los nonnos y los tíos, de modo que procuraron que sus hijos conocieran a su familia. Viajaron todos en el verano 1962-63. Una experiencia inolvidable. Por entonces no era fácil viajar ni comunicarse de un continente a otro, por lo tanto, el que podía viajar lo hacía por varios meses.

"Mamá volvió sola en 1973, para acompañar a su padre que había enviudado. En 1995 volvimos, mi madre y yo cuenta Roberto. Por entonces, yo había perdido a mi padre, así que ese viaje fue muy importante. Necesitaba volver a sus lugares, estar en contacto con sus cosas, con su familia, renovar afectos. Tenía toda la italianidad a flor de piel".

En el año '73, 23 años después de haber llegado a Roca, Caldart dejó el taller de compostura y puso un local de venta de zapatos. El comercio estará en pie 30 largos años. En 1992 falleció Caldart y su mujer quedó al frente del negocio hasta el año 2004.

En tanto, los hijos crecieron. Daria y Sonia se recibieron de maestras y Roberto comenzó a estudiar Ingeniería. Daria se casó y tuvo tres hijos (Matías, Darío y Mariana), luego siguió Sonia, quien tuvo un hijo (Sergio) y Roberto continuó el apellido con Adrián, Franco y Gabriela.

"Daria fue la primera vicedirectora y la primera directora laica del Colegio María Auxiliadora. Amaba su profesión. El destino quiso que allí pasara en su colegio querido el último día de su vida. Esto fue en el año 2003. Fue muy triste para todos. Era joven aún", afirma Sonia, otra maestra ejemplar. Sonia fue durante años la maestra de las nenas más chiquitas y es actualmente secretaria del Colegio. "El Colegio fue siempre nuestro segundo hogar. La relación había comenzado apenas llegamos a Roca. Luego siguió porque fuimos alumnas y docentes. En casa el criterio era que terminábamos la primaria y luego a trabajar. Pero las hermanas convencieron a mis padres para que Daria hiciese la secundaria allí. Como fue una excelente alumna, consintieron. Ella y yo nos recibimos de maestras e inmediatamente nos contrataron para trabajar en la escuela".

Roberto, en cambio, optó por dedicarse a la fruticultura. Hace 30 años está vinculado a esta actividad. Actualmente gerencia una empresa frutícola en Huergo.

Y toda la familia Caldart sigue vinculada a sus raíces italianas. Roberto es presidente de Italia Unida y de la Federación de Italianos de Río Negro y Neuquén. Pero además de los valores culturales que preservaron sus padres, lo esencial que les inculcaron fue el valor del esfuerzo y del trabajo. "Nos decían que había que cuidar el apellido, ser responsables y sobre todo, respetar a los demás. Ellos lograron transmitirnos esa enseñanza. Esperemos haberla podido transmitir a nuestros hijos", resumen Roberto y Sonia.

   

SUSANA YAPPERT

sy@patagonia.com.ar

   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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