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Domingo 22 de Octubre de 2006
 
 
 
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  LOS VAIVENES DE LA ECONOMIA
  Los desequilibrios financieros y su influencia mundial
Hoy, el país líder se endeuda y los que le prestan son los de menor desarrollo. Lo lógico sería que las naciones más ricas ayuden a crecer a las más pobres.
 
 

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 Mientras Estados Unidos gasta mucho más de lo que produce y acumula deuda externa, el resto del mundo le presta alegremente. ¿Es esta una situación sostenible para la economía mundial? Si lo fuera, ¿es deseable? Los desequilibrios financieros preocupan porque se teme que sean insostenibles y conduzcan a una crisis financiera importante.
Los desequilibrios también molestan porque su contrapartida es una invasión de productos a los países desarrollados, que genera reacciones proteccionistas. El consenso en el G-7 es que los desequilibrios deben ser reducidos y que la responsabilidad de hacerlo tiene que compartirse entre los países deficitarios (EE.UU.) y los superavitarios. Pero por ahora nadie toma una acción decisiva y los desequilibrios continúan.

MAGNITUD Y NATURALEZA
DE LOS DESEQUILIBRIOS

La expectativa lógica sería que los países más ricos y capitalizados inviertan en los países más pobres y contribuyan a su desarrollo. Esta fue la característica de la globalización del siglo XIX liderada por Inglaterra. La inversión directa y los préstamos fluían hacia países como Argentina, para invertirse en ferrocarriles y otras obras de infraestructura. Con esos capitales, Argentina importaba lo necesario para invertir lo que generaba un déficit en su cuenta corriente. Inglaterra por su parte prestaba los fondos, exportaba los bienes de capital y acumulaba un superávit en sus cuentas externas.
Paradójicamente, la dirección de los desequilibrios actuales es inversa. El país líder (EE.UU.) es el que se endeuda y los países menos desarrollados los que prestan. El desequilibrio anual de la economía americana alcanza a u$s 780.000 millones (6.25% de su PBI), déficit que es financiado con los superávits de los países petroleros (u$s 230.000 millones), de Japón (u$s 200.000 millones), de China (u$s 150.000 millones), de otros países asiáticos (u$s 100.000 millones) y de Europa (u$s 80.000 millones). Si excluimos los superávits de Japón y Europa, dos tercios del financiamiento del déficit americano proviene de países de ingresos sustantivamente inferiores.
“El flujo de capital de los países pobres a la economía más rica del mundo es exactamente lo opuesto a lo que la teoría económica predeciría”, afirma The Economist en su artículo más reciente. La paradoja tiene varias explicaciones:
• Primero, es lógico que los capitales fuguen de una Europa esclerotizada por su Estado de Bienestar, para ser invertidos en una economía mucho más flexible y dinámica como la americana.
• Segundo, Asia plantea una diferencia notable en esta nueva etapa de la globalización. La cultura confuciana, inclinada al trabajo duro y al ahorro, hace que los emergentes asiáticos ahorren lo suficiente para invertir y crecer sin necesitad de capitales foráneos. Su extraordinaria frugalidad y propensión al ahorro explica que no sólo sean autosuficientes para financiar su desarrollo sino que también generen ahorro excedente que se vuelca a los mercados financieros internacionales.
• Tercero, a los factores estructurales mencionados se le suma el factor (probablemente) coyuntural de los precios del petróleo y otros commodities. Al existir dudas sobre la permanencia de estos precios, es lógico que los países exportadores ahorren una parte sustantiva de los mayores ingresos.
• Cuarto, aun países que carecen de una cultura asiática y no son petroleros, como Argentina, han pasado a tener superávits externos. Nuestro novedoso comportamiento se explica por el aprendizaje hecho con el default y por la desaparición del FMI como prestamista de última instancia, lo que nos obliga a “comprar” estabilidad acumulando reservas internacionales.
El hecho que los excedentes mundiales de ahorro fluyan a EE.UU. no es casualidad, sino consecuencia de que los capitales buscan seguridad. Se han convertido en los banqueros mundiales por default, dada la inseguridad que los países emergentes ofrecemos a nuestros ahorristas. Pero los americanos no están muy conformes con esta situación. Es cierto que la abundancia de fondos a tasas bajas les permite en lo inmediato financiar cómodamente su déficit fiscal; y les permite también mantener –a través del crédito– un nivel de consumo que, con los aumentos de precios del petróleo, se hubiera debilitado.

¿SON SOSTENIBLES?

Las preocupaciones son de mediano y largo plazo. La primera de ellas es la eventual insostenibilidad del déficit americano. Un déficit que se acerca a 7% del PBI significa una acumulación muy acelerada de deuda externa, frente a lo cual los inversores extranjeros podrían en algún momento dudar de la solvencia americana y detener sus compras de Bonos del Tesoro. Si esto ocurriera bruscamente, el temor es que conduzca a fuertes subas de tasas, devaluación del dólar y recesión mundial. Pero el espectro de un final abrupto y traumático de los actuales desequilibrios no es un diagnóstico compartido por todos. Lo que juega a favor de la continuidad de los actuales desequilibrios es que el endeudamiento americano se realiza a tasas muy bajas, incluso inferiores a la inflación americana para la mayoría de los ahorristas que depositan en bancos americanos. Por otro lado una porción de esos ahorros es invertida por empresas americanas en el exterior, con rentabilidades varias veces superiores al costo del endeudamiento.

PREOCUPACIONES
GEOPOLITICAS

Durante el último año los americanos bloquearon la compra de puertos americanos por una empresa de Dubai y la compra de una petrolera californiana por el gobierno chino. Son concientes que si quienes tienen excesos de ahorro son los extranjeros, poco a poco irán perdiendo el control de los medios de producción. Ahorrar poco y endeudarse no es la formula para mantener el liderazgo mundial, sino para la decadencia. Los países que más crecen son los que más ahorran, no los que más consumen. Si esta tendencia se mantiene, el crecimiento americano será muy bajo con respecto a China y su liderazgo se debilitará paulatinamente.
Otra preocupación geopolítica más inmediata es la que surge de los desequilibrios petroleros. La paradoja es que las importaciones petroleras americanas están financiando la bonanza económica de países como Venezuela e Irán (que utiliza esos fondos para financiar la guerra de Hezbollah contra Israel y para avanzar su plan nuclear). Son cada vez más importantes las voces a favor de gravar el consumo de gasolina y subsidiar fuentes alternativas de energía para disminuir la dependencia petrolera, dejar de favorecer a los Estados “antiglobalización” y simultáneamente favorecer el medio ambiente.

¿QUIEN DEBE AJUSTAR?

Ahora bien, si las resistencias proteccionistas no pudieran ser controladas por el G-7 y los equilibrios de cuenta corriente fueran el único objetivo realista (para evitar “guerras” comerciales), aún quedaría una pregunta crítica por responder: ¿qué países deberían ajustar? El hecho es que los desequilibrios podrían reducirse ya sea porque EE.UU. disminuye su déficit o porque los restantes países disminuyen su superávit. Ambas alternativas son equivalentes para reducir los actuales desequilibrios, pero no lo son en cuanto a sus consecuencias sobre el crecimiento mundial. Si los países superavitarios (como China) aumentaran su consumo, el ahorro mundial caería y la tasa de interés subiría. Si EE.UU. disminuyera su gasto público y su consumo, el ahorro mundial aumentaría y la tasa de interés caería. Sería entonces más beneficioso para el crecimiento mundial que EE.UU. elimine su déficit fiscal y que su sistema financiero financie inversión en el exterior, en lugar de financiar consumo doméstico.

CONCLUSION

Las voces de alarma con respecto a los desequilibrios financieros globales parecen prematuras. El déficit americano se está financiando a una tasa lo suficientemente baja como para evitar un rápido crecimiento de su deuda en términos del PBI. Por otro lado, una parte importante de ese desequilibrio (el relacionado a los excepcionales precios de las commodities) debería revertirse paulatinamente con una vuelta de los precios a la normalidad. De todas maneras es razonable que se reviertan aquellas políticas públicas que están incentivando artificialmente los desequilibrios, como es el caso del déficit fiscal americano. Lo que decididamente no debería hacerse es ajustar vía un mayor consumo de los países superavitarios, pues esa forma de ajuste conduciría a una menor tasa de ahorro y a una mayor tasa de interés mundial.

¿Deben ser eliminados?

Los países desarrollados creen que este tipo de desequilibrios probablemente no es sostenible y seguramente no es deseable, por los argumentos proteccionistas y geopolíticos mencionados. En la reciente reunión de Singapur han continuado presionando para que los países superavitarios dejen de serlo, a través de un cúmulo de recomendaciones para que gasten más domésticamente y exporten menos.
La flotación y apreciación de las monedas emergentes es considerada un instrumento facilitador de este proceso.
Pero, ¿es esta una recomendación razonable? Por de pronto resulta lógico que los países petroleros y productores de commodities ahorren una parte sustantiva de ingresos que serán probablemente efímeros. Obligarlos a gastar apresuradamente los excedentes en consumo o en inversiones domésticas de baja rentabilidad, significa fomentar el desperdicio de recursos.
También resulta lógico esperar que los desequilibrios explicados por los precios de las commodities desaparezcan paulatinamente a medida que sus precios retornen a la normalidad. Tampoco resulta razonable incentivar a que los países asiáticos consuman más para disminuir sus superávits, pues sus excedentes contribuyen a mantener la tasa de interés baja y a financiar un período de crecimiento sin precedentes en la economía mundial.

Reacción proteccionista

La otra cara de los desequilibrios mundiales es el superávit comercial de los países superavitarios y el correspondiente déficit comercial americano. Estos desequilibrios comerciales están generando una ola creciente de reacciones proteccionistas dentro de EE.UU., con el argumento que se pierden puestos de trabajo a manos de los chinos y de los hindúes. Con la flexibilidad de la economía americana, esta presión no se manifiesta en la tasa de desempleo sino en la pérdida de participación en el ingreso de los sectores de ingresos medios y bajos. Las preocupaciones de los distribucionistas se suman así a los intereses de los sectores afectados por la competencia externa, para generar una oposición creciente a los desequilibrios. El Secretario del Tesoro, Paulson, utiliza el argumento de las eventuales reacciones proteccionistas internas para presionar a los países superavitarios (y a China en particular) para que reduzcan sus superávits externos.

 

   
MARIO TEIJEIRO 
 Presidente del Centro de Estudios Públicos.
   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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