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Domingo 25 de Junio de 2006
 
 
 
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  Mejor ante la crisis
La Reserva Federal estadounidense (Fed) no logra estabilizar los mercados con la suba de las tasas de interés ni con los discursos de su presidente, Ben Bernanke.
 
 

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La razón es muy simple: la suba de los precios no es consecuencia de ninguna de las razones que enumera la mayoría de la prensa económica internacional sino de la emisión monetaria de crédito y reservas de los países industrializados y particularmente de Estados Unidos, como se ha venido afirmando en esta columna. Algunos comentaristas del Financial Times han insistido en dos factores inflacionarios: el aumento en los precios de la energía y el alza de las expectativas de que los precios estén aumentando. Los mismos comentaristas hablan de una estrategia antiinflacionaria consistente en desacelerar la economía, bajar los precios de la energía y reducir las perspectivas de este indicador.

La inflación jamás es una cuestión exclusiva de expectativas, por lo menos en la manera en que lo muestran estos analistas. La más simple lógica dice que si hay perspectivas de inflación es porque en algún lugar se han constatado aumentos de precios y no hay que ir demasiado lejos para comprobar que estas alzas han existido, y de manera desmedida, en el petróleo, el oro y en las acciones, antes de que empezara a cambiar el ciclo alcista. Más bien, con las tasas bajas que imperaron hasta hace dos años, la Fed indujo a que las acciones se apreciaran para capitalizar a las empresas de Wall Street, y era un gran negocio pedir crédito a tasas bajas y comprar acciones que se valorizaban muy por encima del costo financiero al que se habían adquirido. Tampoco hay que ir demasiado lejos para recordar que la burbuja bursátil de 2001 condujo a una recesión que fue atribuida a los actos terroristas del 11-S, cuando la desconfianza bursátil se basaba en el derrumbe de las acciones que empezara antes de los atentados.

En su intervención última, "Bernanke dejó claro que, en su opinión, estos niveles de inflación eran incompatibles con la estabilidad de los precios a largo plazo". La realidad muestra otra cosa, siguiendo las alternativas de los mercados: que si hay tasas bajas y existe una carrera para incrementar el capital comprando acciones, bonos soberanos de países emergentes o acciones tecnológicas, esos excesos de precios se generan por las expectativas de creer que los negocios van a seguir siempre en el mismo sentido, que es la trampa en que invariablemente caen los mercados. Pero como esa forma de acumular capital en forma diferenciada que beneficia a los grandes que son los que primero se enteran de los cambios en la regulación y el alcance de las modificaciones inducidas por la Fed (es decir, reguladas por el Banco Central norteamericano en función de los grandes capitales) deja un tendal de víctimas en ahorristas menores que ven licuar su patrimonio y reducir la riqueza, se termina traduciendo en menores inversiones y provocando un mayor desempleo. La inflación se originó en los esfuerzos hechos por la Fed para ampliar la capitalización de los grupos financieros a costa de agrandar la deuda y la emisión a tal punto que provocaron la depreciación del dólar. Ahora, las tasas altas están haciendo recuperar el dólar, aunque los desequilibros inherentes a una economía mundial capitalista globalizada sumamente compleja no se arreglan con recetas tan simples y provocan una catarata de consecuencias que desestabilizan otras áreas de la economía mundial.

Hace poco se expuso en esta columna que el modo de acumulación estadounidense se ha podido mantener gracias a la masiva inversión de capital europeo y asiático en activos financieros y deuda estadounidense que llevó a los bancos centrales de China, Japón y Corea a acumular dólares, como producto de la desenfrenada emisión estadounidense, que en el último año y medio ha crecido en un billón de dólares, un ritmo diez veces superior al que había generado una misma masa de dinero internacional adicional en los diez años anteriores. La inflación viene de ahí y es de origen internacional por este simple y sencillo dato. La emisión diez veces superior está en el origen de la suba de los precios, más que en las expectativas, que en todo caso fueron inducidas por tasas bajas de interés promovidas por la Fed.

El mensaje realmente desorientador del Banco Central norteamericano es que su dirección no tiene una idea concreta de hasta dónde llegará este fenómeno y cómo podrán pararlo. Pero la receta que recomiendan es bajar la demanda y subir la tasa de interés para reducir el consumo y el empleo a costa de incrementar el capital de los bancos mediante la renta financiera y disminuir el atractivo de los bonos emergentes, lo que se traduciría en un traslado de ingresos desde los emergentes hacia Estados Unidos bajo la fórmula de que el ajuste lo practiquen los otros. El traslado a los mercados emergentes del costo del ajuste norteamericano se daría así pese a que la periferia ha mejorado sus cuentas externas, las reservas y el balance fiscal. Por eso China se resiste a revaluar su moneda y la Argentina hace algo parecido. La oposición no tiene la más mínima noción de lo que significa esta forma de encarar el ajuste y menos de sus consecuencias. Esta manera de conseguir la depreciación del dólar revalorizando las otras monedas evitaría una depreciación directa del dólar e incrementaría exportaciones de Estados Unidos sin que la caída del valor de su moneda deteriore más la confianza en su economía y en su solidez financiera.

La política kirchnerista de producir un ahorro fiscal empleado en parte en desendeudarse y contrarrestar la emisión esterilizando el circulante colocando bonos, hizo que el ahorro interno superara el 25% del PBI en diciembre de 2005. Dicho ahorro se encauzó parcialmente en inversión pública pero también en inversión privada ya que la capacidad instalada industrial se redujo a poco más de 70% pese al incremento de la demanda, lo que indica que hay inversión para reponer los stocks, pero que la inversión, al igual que en el resto del mundo, se realiza a medida que se constata que la demanda continúa en ascenso y que los fundamentals son sólidos. Estos supuestos en que se basó la economía K constituyen un criterio inverso al que sostienen los ortodoxos.

Los politólogos se plantean si el modelo K está más cerca de Chile o de Venezuela. Ni uno ni otro país son una posibilidad cierta de inserción en el mundo para la Argentina. Cada uno es cada uno, como dicen en México. Venezuela está sentada sobre un lago de petróleo y tiene una industria limitada, mientras que Chile no pretende ser un país industrial y su inserción se basa en la minería y la fruticultura intensiva, con menos de la mitad de la población que tiene la Argentina.

El modelo argentino actual no es ni más ni menos que una adaptación de su propia realidad a los cambios a que la han obligado la economía mundial y su capacidad de inserción en la misma.

 

   

CARLOS ABALO

   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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