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  Domingo 21 de Diciembre de 2008  
 
 
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  Memorias del decano de la antropología argentina
Fue uno de los impulsores del uso del revolucionario método carbono 14 en la Argentina, con el cual se pudo identificar fechas decisivas en las culturas precolombinas. Explica el acercamiento con los ex presidentes Frondizi e Illia y las vicisitudes de su vida dedicada a la investigación científica.
 
 
 
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-¿Cuándo empezó a interesarse en la arqueología?

-Era muy chico; estudiaba en el Colegio Nacional, en la localidad de Pergamino. Ahí hay un arroyo. En las barrancas de ese arroyo se encontraban depósitos de sedimentos del Cuaternario con una megafauna, muy rica. Empecé a interesarme dado que unos compañeros encontraron de casualidad restos fósiles, aunque eso en principio fue un acercamiento a la técnica paleontológica, dado que eran restos de fauna extinguida. La arqueología se dedica a la reconstrucción del pasado a través de la cultura material; el arqueólogo descubre e interpreta esos restos.

-En Río Cuarto, Córdoba, usted compartió sus primeras experiencias científicas con su amigo Carlos Mones. ¿Qué recuerda de esos primeros pasos?

-Fue la primera excursión que hicimos en Córdoba, allá por 1934, en busca de un sitio arqueológico en Villa de Soto, al norte de la provincia, en Cruz del Eje, en un antiguo paradero indígena. Sabíamos que eran sitios muy cálidos y faltos de agua; llevábamos algunos elementos para purificar el agua, pero la fiebre tifoidea hacía estragos. El agua de las represas estaba contaminada, así que a los pocos días Mones se enfermó. Aislados, dos chicos solos de 16 años, lejos de la familia. Allí lo atendió un médico de Cruz del Eje: era Arturo Illia. Era de Pergamino, al igual que nosotros; la familia lo conocía, pero por desgracia Mones empeoró y falleció a los pocos días. Fue un momento muy triste de las primeras excursiones arqueológicas. Más tarde ese material se publicó; fue mi primer escrito arqueológico.

-Luego de ese primer artículo publicado decidió estudiar Medicina. ¿Por qué no estudió Antropología?

-Me recibí de bachiller y más tarde entré a la Facultad de Medicina de Córdoba. En ese entonces no podía estudiar Arqueología porque estaba solamente en Buenos Aires y La Plata. Luego, con los años, contribuí a crearla. Una vez que me recibí de médico conocí a un gran investigador argentino: el doctor Alfred Métraux; había fundado el Instituto de Arqueología de Tucumán y trabajaba en París para la UNESCO. Le comuniqué que quería estudiar antropología y me recomendó estudiar en Estados Unidos. Para ese entonces yo conocía al antropólogo Julián Steward, que era director del Departamento de Arqueología en la ciudad de Nueva York. Me pidió que hiciera una solicitud al Departamento de Estado Norteamericano para estudiar allá. Gracias a él finalmente me dieron la beca para estudiar, pero no incluía el pasaje de ida. En ese entonces estaba la flota mercante del Estado y a los médicos les ofrecían los viajes a cambio de atender a los tripulantes y a las personas a bordo y con eso se pagaba el viaje. Hice una solicitud y me designaron para un viejo barco mercante; era tan viejo que ese mismo año le dieron de baja. En el ´48 volví a Buenos Aires, en otro barco de la flota mercante. Cuando regresé, el capitán me invitó a viajar a Europa en el mismo barco. Pero ya hacía tres años que no visitaba a mi familia en Pergamino, así que me quedé. Un día se me ocurrió visitar el museo de La Plata, que tenía una de las colecciones de arqueología más importantes del país; conocí al director, le conté del viaje y mis estudios en el exterior y al final de la entrevista me ofreció quedarme como investigador en el museo. Yo no tenía trabajo y me pareció una gran oportunidad. Entré con el título de asesor de investigaciones en la sección de arqueología, el único que se presentó a concurso fui yo y durante 40 años trabajé ahí.

-Usted fue el primero en utilizar el carbono 14 en la Argentina. ¿En qué consiste?

-Yo había estudiado en Estados Unidos esta técnica; allí se utilizaba con muy buenos resultados mientras que nuestro país se había quedado en el tiempo. Allí se desarrollaba el método de carbono radioactivo para hacer fechados. Para ese entonces había comprendido que lo que le faltaba a la arqueología argentina era una buena serie de fechados de las culturas autóctonas. Se obtenía más por intuición y por sentimientos que por métodos científicos, entonces, al aparecer el carbono 14 se logró este aspecto tan importante, la cronología, porque sin cronología no hay historia. Esta ciencia es histórica, es decir, pone en su contexto temporal las culturas que se descubren. Hay dos coordenadas en la mente humana: espacio y tiempo, los hechos para poder ser reconocidos tienen que tener una dimensión en el espacio y un punto en las coordenadas del tiempo, y el tiempo es lo que no se había desarrollado, punto fundamental en la arqueología para constituirla como verdadera ciencia histórica. Las primeras intenciones para ingresar esta técnica a la Argentina fueron de la mano de Arturo Frondizi y Bernardo Houssay. Ellos viajaron a Washington, donde yo vivía en ese entonces. Más tarde se logró establecer una comisión para instalar un laboratorio de estas características; era muy costoso y requería personal específico, pero finalmente se logró. Lo que permite es fechar las culturas inmediatamente después de hallada materia orgánica (restos de huesos carbonizados, de cuernos, de tela...). Esta técnica cambió la prehistoria; marcó un hito fundamental, por eso haberla ingresado a nuestro país y difundirla marcó un antes y un después en este tipo de ciencia. Se designó en su momento al Museo de La Plata, el cual sigue funcionando hasta hoy; es el único en nuestro país y uno de los pocos en Sudamérica.

-En su último libro, "Tiestos dispersos", denuncia la destrucción de restos de la cultura Condorhuasi-Alamito. ¿Qué fue lo que pasó para que ese tipo de hechos haya sucedido?

-Nuestro país tiene leyes que protegen los yacimientos arqueológicos para evitar su destrucción; es una de las primeras iniciativas en este aspecto a nivel mundial. Años atrás estas normas tenían una falla fundamental: no poseían un brazo ejecutivo, se ponía en manos del Museo de Buenos Aires y en el de La Plata la protección arqueológica de estos yacimientos. Pero no tenían las herramientas necesarias para poder efectuar esta defensa, es decir, carecían de personal científico y medios de movilidad para evitar que fueran destruidos. En el Alamito, en el llamado "campo del Pucará", existía una enorme cantidad de sitios arqueológicos que se podían detectar a simple vista, sin siquiera excavar, pero se descubrió que esos campos eran excelentes para el cultivo de papas y las topadoras destruyeron casi todo lo que había. No se supo cómo prever esa destrucción.

-El dialecto teush, propio de las tribus indígenas tehuelches, pudo haberse conservado, pero por egoísmos e intereses absurdos el lenguaje originario se perdió. ¿Qué pasó concretamente con aquel hecho?

-Ése fue uno de los grandes pecados de la antropología argentina. En el ´49, con la expedición llevada adelante por el Museo de La Plata se encontró un "ranchito" perdido en el interior de la Patagonia. Descubrimos una viejita de 90 años que perteneció a las antiguas tribus tehuelches y que aún vivía con sus nietas en el interior de Santa Cruz. Se llamaba Beltelshum y era la última que hablaba un dialecto del tehuelche llamado teush. Era necesario tomarle toda la información lingüística y hacer las grabaciones necesarias para estudiar ese dialecto. Los aparatos de grabación no estaban tan desarrollados ni eran tan comunes como en la actualidad; de cualquier manera, la viejita tehuelche fue llevada a Comodoro Rivadavia e internada en el hospital, pero se empezaron a disputar el trabajo científico entre el Museo de La Plata y el de Buenos Aires y al cabo ninguno de los dos se detuvo a realizar esas grabaciones. Finalmente, y para desgracia de la ciencia argentina y universal, Beltelshum murió de neumonía ese mismo año y con ella se perdió definitivamente ese dialecto del tehuelche.

-Durante la última dictadura usted fue removido del Museo de La Plata y tres de los cargos que obtuvo por concurso en la universidad le fueron negados. ¿A qué se debió ese desplazamiento?

-En ese tiempo se hacían exámenes manuales periódicos a los investigadores y había un último examen: allí se nombraba investigador o profesor a un profesional por el resto de su vida. Yo estaba a muy poco de recibir ese título en mi carrera, pero con la dictadura nombraron a un marino como presidente de la Universidad de La Plata y finalmente me dejó fuera de carrera con un decreto de dos líneas. Cuando le pedí explicaciones, dado que el decreto no decía por qué me dejaba afuera, me contestó por escrito sólo con un "Cúmplase"; ésa fue la última y única explicación que me dieron. A partir de entonces quedé afuera de la Universidad y de la investigación que me había costado tanto para llegar a hacerme un cierto prestigio dentro del trabajo científico. Hasta que no se estableció el gobierno democrático no me reincorporaron. Después me declararon investigador emérito en el Conicet.

-Si usted tuviese que dejarles un mensaje a las nuevas generaciones de investigadores y científicos, ¿cuál sería?

-El de seguir trabajando e investigando todo lo posible, pese a las complejidades y a la escasez de medios y herramientas que existen acá; sobre todo, seguir trabajando en el terreno, que creo que es uno de los grandes defectos de nuestra disciplina en la actualidad, no se hacen trabajos de este tipo o, por lo menos, no se hace tanto como se debiera.

   

Juan JosÉ Basanta

Gentileza Revista 2010

   
 
 
 
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