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Domingo 19 de Agosto de 2007
 
 
 
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  “MANOS ANONIMAS”, DE CARLOS ALONSO
  Imagen de un tiempo atroz
Mirando la realidad argentina de comienzos del ’76, el pintor plasmó en papel maché y acrílico una obra de la que apenas quedan recuerdos.
 
 

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Impresionante.
Tiene razón el escritor y crítico de arte Héctor Freire cuando sostiene que la representación plástica de la crueldad “ya no necesita de seres fantásticos. Lo auténticamente cruel es descubrir que la bestia está en el seno del ser humano”.
Como Goya en “Los desastres de la guerra”, especialmente en aquellos tres cadáveres abandonados en un llanura española, torturados, descuartizados y atados a un árbol.
O el Goya de los “Fusilamientos de La Moncloa”.
Y como tantos otros a lo largo de los tiempos, con esta obra hecha en papel maché y acrílico Carlos Alonso habló de un tiempo de los argentinos.
 Un tiempo muy puntual: la violencia política que marca a fuego la historia argentina en toda su extensión.
Y cuando de violencia se trata, las obras de arte hablan por sí solas. No necesitan intermediarios.
Y esta obra de Carlos Alonso habla desde la contundencia de imagen en que se vertebra. contundencia sobrecogedora. Aquieta. Inmoviliza.
Mírese por dónde se la mire, chorrea contundencia. Como “El grito”, de Eduard Munch.
Hasta el gesto del uniformado transpira contundencia. Mandíbulas apretadas. Bigotes cortados en la comisura de los labios, como manda el reglamento. Lentes oscuros.
Y la pose dominante. Una “estética del orden”.
La violencia emblematizada.
También una “estética de la arrogancia”.
Estética organizada alrededor de correajes, botas, bastones, insignias, charreteras, casco.
“Todo para confrontar con víctimas desnudas que ofrecían su cuerpo agobiado y sufriente a todas las exacciones. Se entiende que al cuerpo fetichizado de los soldados –cubierto con ropas prolijas e impecables que ocultaban cualquier defecto–, se oponía la desnudez castrada de las víctimas... Estas mostraban el cuerpo en su dimensión de castración absoluta, exacerbada por los castigos, las heridas, las escaras, las claudicaciones esfinterianas, los olores y la secreciones”, escribe el psiquiatra argentino José Milmaniene en “Holocausto, una lectura psicoanalítica”.
Y así en Argentina.
Así en aquellos comienzos del ’76, cuando Alonso comenzó a darle forma a la obra a la que llamó “Manos anónimas”.
Tenía pensado presentarla en una muestra prevista por el Museo Nacional de Bellas Artes.
Pero no hubo exposición. Sí golpe militar. Un golpe que caló hondo en la vida de Alonso: le llevó una hija.
Y él partió hacia otro desgarro, el exilio.
“Manos anónimas” quedó arrinconada en un estudio. Cobijada de la noche larga y fiera que se desplomaba sobre Argentina.
Pero el tiempo no fue neutro para con ella. La deterioró mediante comezones de bichitos.
La humedad hizo el resto.
Entonces, le tocó irse a “Manos anónimas”. Para siempre.
De ella queda la memoria de quienes alcanzaron a verla. También fotos de esa creación que, para Carlos Alonso, apuntó a su deseo de “exacerbar el realismo”.
Una realidad que, sin embargo, no necesitó de ser exacerbada.

   
CARLOS TORRENGO
 ctorrengo15@yahoo.com.ar
   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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