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Domingo 20 de Mayo de 2007
 
 
 
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  LA VIOLENCIA CALLEJERA
  Los estallidos en Constitución y en Neuquén, ¿una “locura” colectiva?
Un altercado por un celular deriva en una batahola entre jóvenes y policías y
en saqueos. El enojo por el retraso de un tren genera horas de disturbios. Cuando
las personas son “muchedumbre”, las emociones ganan rápido y se pierden
inhibiciones. Se suma una cultura en la que cierta violencia se presenta como “buena”.
 
 

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Un padre se acerca a unos motoqueros a reclamarles que le devuelvan el celular de su hija que, según ella, le habían robado. Al rato se arma una batalla campal que termina dirigiéndose contra los negocios del centro y contra la policía. Un día más tarde, se rompe un tren en Constitución, que iba para el sur, y los usuarios atacan las instalaciones de la empresa. Pero, ante la intervención policial, concentran su violencia en los agentes, al punto de, simbólicamente, querer quemarlos. ¿Qué locura es ésta?
A principios del siglo XX, Freud y Jung, dos psicoanalistas destacados de aquellos tiempos, tomaban caminos teóricos diferentes. Muchas explicaciones tuvo esta disputa, dentro de las cuales no faltaron las emocionales, dentro de una ciencia que justamente las tiene como motivo de su estudio. Pero, teóricamente, la discusión que se había desatado, gracias al interés por el psicoanálisis respecto de los sueños, era justamente individuos o especie. Y en esos momentos, Freud tomó casi como una afrenta de Jung el atentar contra la singularidad del psiquismo, contra la individualidad. Muchos años más tarde, ampliamente conmovido por el nazismo, tuvo que llegar a explicaciones similares a las de Jung: una parte de nuestra conducta es colectiva.
Los teóricos de los conjuntos humanos hablan de la muchedumbre (conjunto humano numeroso, reunido eventualmente) como un fenómeno social en el que las emociones tienden a correr con rapidez y priman sobre otras inhibiciones de la conducta “aprendida”.
Pero aquí la palabra clave es “inhibición”: tal cual lo dice Lorenz, el ser humano ha perdido sus instintos inhibitorios porque éstos fueron reemplazados por la cultura. Entonces, descarnadamente, estos hechos nos muestran los valores enarbolados hoy por nuestra cultura. Lo mismo que con Hitler, que no fue sólo un error de la naturaleza sino una extrapolación de los valores de la época exacerbados por la competencia entre potencias nacionales.
En una palabra: lo que pasó en Constitución o en Neuquén no dista mucho de lo enseñado por nuestra cultura como “bueno”.
Hoy en día, cuando muchas cosas las podemos ver por televisión, observamos no una conducta absolutamente espontánea sino conductas parecidas a las que vemos en la violencia del fútbol (la cultura o ideología del “aguante” de los barrabravas) o en algunas manifestaciones políticas de grupos que usan una metodología violenta. No un fenómeno absolutamente masivo sino un hecho protagonizado por un grupo que actúa las emociones de otros que, como mínimo, legalizan con su presencia pasiva este accionar.
En un estudio de psicología social, alguna vez también se analizó a los “buenos samaritanos” en Estados Unidos, a personas que en las calles actuaban en defensa de otras ante una agresión. Se terminó concluyendo que pocas veces lo hacían realmente por la víctima y que estas situaciones estaban más motivadas en poder agredir al malo que en defender al bueno. O sea: la motivación era encontrar un lugar para poder canalizar su violencia. Entonces, si hay algo para remarcar en común en ambos episodios, es que se olvida el motivo de la agresión original y se transforma en una agresión contra la policía.
Este lugar común en nuestra cultura, que identifica a la policía con la represión de Estado, para los que hoy tenemos más de 50, con el odio al “rati” facilitado muchas veces por los excesos de violencia en los procedimientos policiales de los barrios, se transforma en otro valor o factor para la desinhibición normativa de los argentinos.
Insisto en que la “locura” no es un concepto de la psiquiatría sino un lugar de la cultura.
Freud dio un marco explicativo a algunas locuras de su época –o sea, a las cosas inentendibles de aquellos tiempos– y gracias ello hoy las locuras de aquellos tiempos ya no son tan “locas”; tenemos mucho más conocimiento de nosotros mismos.
Por eso, las locuras de estos tiempos son difíciles de explicar totalmente, pero constituyen una oportunidad para reflexionar sobre ellas y dejarán sus frutos. Preguntémonos una y otra vez por qué pasan estas cosas y aguantémonos la incertidumbre de nuestra ignorancia al respecto, porque puede que de esta manera alguna vez no nos sean tan peligrosas.

La violencia según algunos clásicos

• Albert Bandura es un psicólogo canadiense que ha estudiado la violencia adolescente, considerando la personalidad como una interacción entre tres “cosas”: el ambiente, el comportamiento (que incide en el ambiente) y los procesos psicológicos de la persona. Sobre esto, señala: “Típicamente, se define la agresión como una conducta que tiene consecuencias dañinas, pero a ello le acompañan entre diez y veinte enunciados limitativos. Una acción destructiva puede ser rotulada o no como agresiva según que se considere subjetivamente que fue deliberada o accidental. Si la comete una autoridad aprobada, el perjuicio que ella causa es minimizado, entendiéndose que lo hizo en cumplimiento de su deber; pero si la comete un particular por su propia cuenta, sin duda se juzgará que está actuando violentamente. Un mismo acto se analiza de distinta manera según cuál sea el sexo, la edad y el nivel socioeconómico del que lo efectúa, entre otros factores.
”Algunos psicólogos sociales distinguen dos tipos de agresión: la hostil y la instrumental. La agresión hostil tiene como propósito infligir deliberadamente un daño o sufrimiento a otra persona; la agresión instrumental persigue otro objetivo que el padecimiento de la víctima”.
• Konrad Lorenz, uno de los grandes estudiosos de la conducta animal, publicó libros de inmensa popularidad en los que se describió al ser humano como el más brutal, agresivo y desinhibido de todos los animales.
 “El lobo aparta la cabeza de su rival ofreciéndole el vulnerable costado de su cuello; la corneja pone bajo el pico del agresor su nuca desprotegida, el mismo lugar que ataca cuando su intención es matar. Cuando el perdedor de una lucha –entre dos perros– adopta repentinamente la actitud de sumisión y presenta el cuello a su vencedor, éste hace en el aire, cerca del cuello de su enemigo moralmente derrotado, el movimiento de sacudir la presa, pero lo hace con la boca cerrada, vale decir, sin morder”. Pero mientras que en los animales inferiores la agresión instintiva opera en provecho de la especie, a los seres humanos –dice Lorenz– se les ha ido de las manos. Asevera que “las personas carecen de inhibiciones innatas que les impidan herir gravemente y matar a sus semejantes. Los animales carnívoros, peligrosamente armados por la naturaleza, desarrollaron fuertes mecanismos de inhibición de la agresión para impedir la auto-exterminación de su especie. En contraste con ello, la raza humana desarrolló seres débiles, inofensivos y omnívoros, pero inteligentes. Y paradójicamente es esta inteligencia la que casi ha acabado con nosotros. Con ella hemos creado armas letales, contra las cuales carecemos de inhibidores biológicos innatos”.
(Las citas están extraídas del “Manual de Psicología Social” de James W. Vander Zanden, Paidós, 1989)

JORGE CARRI
Especial para “Río Negro”

Aquellos días, aquellas muertes

La foto la sacó Gonzalo Martínez. Fue en la madrugada del 21 de diciembre de 2001. Días de furia en la Argentina. Y el álbum que contiene la foto se ofrecía en la Feria del Libro por unos pocos pesos. Casi a modo de testimonio sin importancia del aquel mes de tragedia.
Entre gases, balazos y gritos, Gonzalo Martínez divisó un cuerpo que se arrastraba de espaldas por la escalinata del Congreso de la Nación.
Dejaba un hilo de sangre en cada escalón, nada más que un hilo que en la placa puede observarse paralelo a las juntas que unen los bloques que conforman la escalinata.
Con ese hilo se iba la vida de Jorge Demetrio Cárdenas. Tenía los balazos entre pulmones y riñones. Cuando llegó a la vereda ya no pudo más.
Quedó con los ojos abiertos mirando el cielo de un Buenos Aires en que la vida no valía nada.
Jorge Demetrio Cárdenas fue auxiliado por gente joven de rostro descompuesto por la bronca acumulada durante meses.
Jorge Demetrio Cárdenas fue cerrando los ojos. Sin quejas. Serenamente. Casi con ausencia imposible de dolor.
Los pibes le hacían respiración boca a boca.
–¡No te mueras, macho! ¡La puta que te parió, no te mueras, macho! –gritaba un pelirrojo de no más de 17 años que no sabía cómo ayudarlo.
Jorge Demetrio Cárdenas no escuchaba.
A sus espaldas, el edificio del Congreso de la Nación lucía impecable.
Solemne. Desafiante. Pero vacío. La política había huido.
Pero el edificio tenía su escalera con sangre.
Larga fue la agonía de Jorge Demetrio Cárdenas.
Murió ocho meses después de esa madrugada que para él fue casi como la última.
A la mañana siguiente, la escalera fue lavada.

CARLOS TORRENGO

 

   
   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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