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Domingo 03 de Diciembre de 2006
 
 
 
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  ENTREVISTA AL AUTOR DE “EL GRITO DE TROTSKY”
  Viaje al interior de Ramón Mercader, un asesino muy particular
El periodista mexicano José Ramón Garmabella investigó durante años la personalidad de Ramón Mercader o Jacques Mornard, el hombre que, tras ganarse la amistad de Trotsky, lo asesinó, por lo que purgó años de cárcel en el mayor de los silencios sobre la trama que lo condujo al hecho.
 
 

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Por qué eligió como eje de su investigación el asesinato de León Trotsky?
–Fueron varios los motivos. Uno de ellos, quizás el principal, fue que el asesinato de Trotsky representó la culminación de uno de los grandes dramas de la historia contemporánea, o sea, la Revolución Rusa devorándose a sí misma. Otra de las circunstancias que me animaron a hacerlo, además de la importancia histórica de la víctima, fue el halo de misterio y hasta de incertidumbre que rodeó al victimario, seguramente una de las figuras más enigmáticas y hasta diría subyugantes del siglo veinte. El tercer motivo, finalmente, fue la trama que atraparía por igual a víctima y victimario sin dejar de considerar que el momento mismo del atentado y la forma de ejecutar a Trotsky bien merece pertenecer a lo mejor de la antología de Dostoievski o, mejor aún, a una tragedia griega.
–¿Cómo persistió en la investigación durante tantos años?
–La investigación fue iniciada hace ya muchos años, no menos de treinta, teniendo como base el expediente policíaco y el estudio de la personalidad que se le realizó al homicida de Trotsky. No obstante, ninguno de esos documentos, aun sin descartar su indudable importancia histórica, arrojaban mucha luz sobre Ramón Mercader. Uno, el expediente, porque eran –y son– cientos de cuartillas con respuestas vagas del procesado (“No recuerdo”; “Si ustedes lo dicen así habrá sido”, etc...) para concluir aferrándose a la tesis original ofrecida luego del atentado, esto es, llamarse Jacques Mornard, ser un belga hijo de diplomático y la desilusión sentida hacia Trotsky que lo orilló al delito. Y en cuanto al segundo, el estudio de la personalidad, si bien es cierto que apuntaba hechos reales como que el sujeto había combatido en España, dejaba sin embargo muchas lagunas acerca de la historia de su vida, atribuibles más a su afán por ocultar la verdad que a desacierto de los especialistas. La pregunta clave que me impulsó a seguir adelante con la investigación fue la siguiente: si ese hombre, acorde al estudio de su personalidad, era inculto y no tenía más atractivo que su apostura física, ¿cómo fue posible que durante algo más de dos años fuera capaz de irse acercando paulatinamente al círculo íntimo de Trotsky? También obtuve testimonios de quienes lo habían tratado en la cárcel así como periodistas relacionados con el hecho y españoles exiliados en Moscú quienes le conocieron. El obstáculo mayor, sin embargo, fue el hermetismo que rodeó a Mercader por parte de su abogado defensor y familiares suyos, sólo roto después de la caída de la Unión Soviética y la muerte del propio Mercader en 1978.
–¿Con qué palabras definiría a Ramón Mercader como militante político?
–Mercader, por principio de cuentas, no fue sino la representación más fiel que imaginarse pueda de muchos comunistas españoles de los años treinta con fidelidad ciega, absoluta, hacia la URSS tomando en cuenta que el régimen de Stalin fue el único, junto con el México de Lázaro Cárdenas, que le proporcionó armamento a la República Española para su defensa contra el levantamiento fascista de Franco. Ramón Mercader, en lo que atañe a su actuación durante la guerra española, participó durante los primeros combates callejeros en Barcelona ocurridos a partir del 19 de julio de 1936. Posteriormente fundó un batallón, el Jaune Graells, llamado así en honor de un amigo suyo caído en aquellos combates y, después de luchar en el frente de Aragón, viajó a defender Madrid como comandante del batallón adscrito ya en ese entonces al Quinto Regimiento.
–¿Por qué cree que Trotsky jamás sospechó de Mercader como posible conspirador?
–La verdad es que Trotsky siempre estuvo sobre aviso acerca de Ramón Mercader. Si bien es cierto, contra lo que tantas veces se ha dicho y escrito, que sólo se reunieron cuatro veces y de ellas tan sólo estuvieron a solas en dos ocasiones, contando el día del atentado, lo cierto fue que Trotsky tuvo desde el principio motivos más que suficientes para sospechar del novio de Sylvia Ageloff, trotskista neoyorquina, hermana de Hilda, quien era el correo del mismo Trotsky en Estados Unidos y que fue el instrumento para que Mercader llegara hasta la casa de Trotsky. Esos motivos fueron la incertidumbre de su identidad, si Jacson o Mornard, y aun la actividad a la que realmente se dedicaba, que le permitía tener la billetera repleta de dólares, usar buena ropa y manejar automóvil de modelo reciente. Más todavía: durante algunas de sus visitas a la casa de Trotsky, Mercader cometió deslices que bajo otras circunstancias lo hubieran alejado definitivamente de la fortaleza de Coyoacán. Trotsky, sin embargo, era en 1940 un hombre acorralado que llevaba ya largos diez años procurando dar el paso adelante a la bala, la puñalada o el trago de veneno con la angustia de que sería asesinado un día u otro. Era, por otra parte, un hombre enfermo y en su testamento, dictado en febrero de 1940, habló de la posibilidad del suicidio considerando la arterioesclerosis que le aquejaba. Así las cosas, y tal es una de las tesis que sustento en el libro, bien intuyó que Ramón Mercader sería el hombre que lo eliminaría y aceptó con resignación su destino. Mejor morir asesinado que suicidarse. Antes pasar a la historia como una víctima de Stalin, un mártir, que como un suicida.
–Pero Mercader cumplía órdenes desde Moscú, no actuaba por iniciativa propia...
–Lo primero que habrá de afirmarse enfáticamente es que Ramón Mercader fue lo más alejado posible a un sicario, si por eso se entiende a un matón a sueldo. Lo segundo es que Mercader no conoció Moscú sino hasta 1960, año de su salida de México, y fue en ese año cuando le otorgaron las máximas condecoraciones soviéticas además de proporcionarle otra identidad oficial y conferirle el grado de coronel honorario en el retiro de la KGB, con derecho a pensión vitalicia. El presupuesto mensual, debe también apuntarse, debía completarlo con su trabajo como traductor de libros científicos. Así, pues, la conseja de que fue entrenado en Moscú para exterminar a Trotsky, como tantas veces se ha escrito o dicho, cae por su propio peso. El coordinador general de la operación fue el entonces coronel Nahum Nikolaievitch Eitingon, Leonid, estrella del espionaje soviético en Francia y Estados Unidos, aparte de ser uno de los hombres de confianza de Lavrenti Beria. Ahora bien, si la operación debía realizarse en México, calculó Eitingon, lo lógico era que se reuniera de colaboradores que además de hablar español, conocieran el país. Fue entonces cuando entró en escena Caridad Mercader, una famosa comunista catalana que había estado en México en 1936 participando en varios actos, agradeciendo el apoyo del gobierno mexicano a la España republicana. Caridad y Eitingon habían sostenido años atrás, en Francia, una relación sentimental cuyo fruto fue un hijo, Luis. La Mercader no sólo se encargaría de reclutar a los participantes en el ataque armado a la casa de Trotsky, todos ellos combatientes mexicanos en España, sino a su propio hijo, Ramón, cuyo papel original sería acercarse a la fortaleza de Coyoacán y buscar que alguien le abriera la puerta a los asaltantes. Ese alguien fue un secretario de Trotsky, el neoyorquino Sheldon Harte. La manera de irse acercando paulatinamente al santuario trotskista vino meses después, cuando aprovechando la apostura y la simpatía de Ramón, se le puso en contacto en París con Sylvia Ageloff. Tal era el papel original que debía jugar Ramón Mercader. No obstante, cuando falló el atentado y Eitingon, en consecuencia, debió acercarse personalmente de la misión, fue Mercader quien decidió realizarla por propia decisión. Las razones, aparte de las ideológicas, fueron afectivas (Eitingon, entre otras cosas, le dio educación en Francia a los hijos de Caridad, siendo así como Ramón estudió hotelería) y sobre todo el hecho que, de salir mal las cosas y el autor del atentado fuera apresado, a Eitingon tarde o temprano bien podría describirle el origen soviético con lo cual se habría revelado el génesis del golpe.
–¿Qué aspectos le sorprendieron más durante la investigación?
–Uno de ellos, desde luego, la telaraña que con precisión de cirujano se tejió hasta culminar con la muerte de Trotsky. Luego, añadiría no sólo lo atrayente, subyugante, que resulta la personalidad del victimario sino el hecho que a la fecha fuera considerado simple y sencillamente como el brazo armado de Stalin cuando lo cierto es que Ramón Mercader, por sí mismo, bien merecía una biografía. De origen absolutamente burgués, fue un hombre capaz de mantener un secreto a toda costa, sin que interrogatorios, exámenes psiquiátricos, careos, pruebas en contrario y hasta torturas y golpizas permitieran que jamás saliera de su garganta el mínimo dato para dar con la pista verdadera del origen del atentado. Esa militancia a rajatabla, incluso, le impidió fugarse de la cárcel cuando bien pudo hacerlo.
–¿Cómo fue la vida de Mercader durante los 20 años en prisión?
–Ramón Mercader ha sido el reo de mejor comportamiento en la historia penitenciaria de México. Se calcula que alfabetizó alrededor de 800 presos durante los veinte años de prisión. Independientemente de ello, organizó los talleres de la penitenciaría y enseñó también a muchos el oficio de electricista, puesto que era un experto en la materia, al paso que a otros les permitió obtener ingresos lícitos mediante la venta organizada de artesanías fabricadas por ellos mismos. Redactó asimismo un código de derechos humanos dentro de la cárcel. No es verdad, por otra parte, que se haya arrepentido de su acto aun cuando es cierto que durante su estancia en Moscú, durante algún momento de melancolía, le confesó a un amigo que si bien lo de Trotsky fue un acto justo en su tiempo, a otro hombre no lo volvería a matar a pesar de que también existieran motivos ideológicos para hacerlo. La prueba de su nulo arrepentimiento fue cuando Santiago Carrillo, en 1977 secretario general del partido Comunista de España, le pidió que escribiera sus memorias a cambio de conseguirle el pasaporte que le permitiera pasar sus últimos días en Cataluña. Mercader rechazó enérgicamente la oferta diciendo que nunca traicionaría a los suyos, además de haberle dedicado una fotografía suya a Eitingon considerando un privilegio haber trabajado a su lado.

EL ELEGIDO

León Trotsky molestaba al dictador José Stalin.
No era un enemigo de la Revolución Rusa, de la cual fue uno de sus más decisivos artífices. Un duro protagonista de aquellos tempestuosos años en que mudó el destino de la inmensa Rusia.
Protagonista en el campo de las ideas, en la acción directa cuando fue jefe del Ejército Rojo, Trotsky apeló a la violencia extrema en función de consolidar la Revolución.
Sin embargo entendió a la violencia como herramienta muy puntual de aplicación.
Muerto Lenin y con el georgiano Stalin encaramándose decididamente al poder, Trotsky entró en desgracia. Se exilió. Turquía, Francia y México lo cobijaron en su momento. Y durante más de 15 años fue un vigoroso y fundamentado crítico del régimen que montaba Stalin.
Para éste, sacar de juego a León Trotsky era una necesidad imperiosa. Y buscó y buscó formas de asesinarlo. Tarea de la que finalmente se encargó Ramón Mercader (foto) apelando a una piqueta de andinismo que hundió 8 centímetros en el cráneo de Trotsky. Fue en Ciudad de México, un día de....

 

   

Hugo montero
(Revista cultural “Sudestada”)

Río Negro” agradece a la revista “Sudestada” la autorización para publicar este reportaje, del cual sólo brindamos aquí un tramo.

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