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Domingo 19 de Noviembre de 2006
 
 
 
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  DESPUES DE MISIONES
  La enfermedad del poder y sus desastrosas consecuencias
La obsesión enfermiza de algunos gobernantes por seguir en funciones tiene varias explicaciones, desde lo psicológico a lo político. Hay épocas en que estas apetencias se hacen impúdicas, y ésta es una de aquellas. Misiones y otras lecciones de la historia.
 
 

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"Shakespeare, que era tan buen filósofo como poeta, sabía que el amor al poder, que es otro nombre del amor a la maldad, era natural al hombre”. (Harold Bloom)

¿Cuál es la raíz psicológica de la enfermiza obsesión de algunos gobernantes por seguir en su ciudadela cuando se ha agotado el término legal? Alberdi, desde su lúcido ostracismo en Francia, la señalaba. Decía que al hombre que gozó una vez del poder (que él definía como “la expresión algebraica de todos los goces y ventajas de la vida”) le queda el gusto de su ejercicio y el deseo de continuar en su posesión indefinidamente. “Lo que más desea el que ha tenido el poder algunos años –sea como rey o emperador, o presidente o gobernador– es seguir teniéndolo siempre”. Hay épocas en las que esas apetencias se hacen impúdicas y ésta es una de ellas. Es así como hemos venido asistiendo en el país a una pandemia de aspirantes a mantenerse en su poltrona, varios que se mostraban, otros que maniobraban mientras se escondían. Pero a todos se les nota la gula, si no en sus propias acciones en los menjurjes dialécticos de sus comparsas. El fiasco de Misiones los ha golpeado pero sólo modificará estrategias. Habrá en la filas de los sedientos desde quienes hagan amagues de renuncias anticipadas hasta los que declaren promesas de humildad para no exponerse sacando la foto prematuramente. Hay sin embargo experiencias en nuestra historia que los aspirantes a reelecciones no deberían desdeñar. Las más catastróficas coinciden en el rango de presidentes populistas que tuvieron que aprender en carne propia la verdad de que “segundas partes nunca fueron buenas”. Sobre el total de cuatro presidentes reelectos no hay uno que se haya salvado del ludibrio o el fracaso.

Veamos esos ejemplos y sus coincidentes características, ahora que en el entorno presidencial se ilusionan con que en los comicios nacionales del 2007 va a ganar abrumadoramente el caballo del comisario con una cara o la otra.

El primer caso de reelección fue el de Roca. Había cumplido su primer mandato en 1886 y, como la Constitución no permitía la reelección inmediata esperó lograrla pasado un período preparatorio en el que movió los hilos con su partido de incondicionales; así triunfó abrumadoramente sobre la fórmula Mitre-Bernardo de Irigoyen en 1898. Este nuevo período suyo no fue de “Paz y Administración” como el anterior; tuvo que ser despótico, de continuas intervenciones federales en provincias, de ley de Residencia para inmigrantes, de “manda Roca y punto en boca”. Decía “La Prensa” en 1904 sobre el mandatario y su “Unicato”: “Sin su venia es imposible ser juez, ni diputado, ni senador, ni gobernador. Ha adquirido la mala costumbre de no tolerar obstáculo a su omnipotencia; se ha convencido de que los poderes Legislativo y Judicial no son de la misma jerarquía que el suyo, sino subalternos puestos a su servicio para que sancionen lo que a él le plazca y le rindan pleitesía”. (Cualquier parecido con la Argentina de ahora es mera casualidad).

El segundo presidente premiado con reelección fue Hipólito Yrigoyen en 1928. Triunfó abrumadoramente. “Yrigoyen presidente, Melo-Gallo que reviente”, cantaban los de boina blanca antes de los comicios y hasta Borges se hizo radical. Pero el caudillo que había gobernado con éxito entre 1916 y 1922 no pudo concluir su segundo mandato. Rasgos de senilidad, la crisis mundial de 1929, los impetuosos nacionalistas, la prensa amarilla y los conservadores voltearon al “Peludo” en 1930 por intermedio de Uriburu y los cadetes del Colegio Militar.

El tercero, Perón. Fue abrumadoramente reelegido en 1952, previa reforma amañada por él mismo de la Constitución. Una apreciación positiva de su primer mandato, caracterizado por fuerte liderazgo, dinamismo y aliento populista, condujo a la ilusión de una continuidad exitosa en un segundo que, agotadas las providenciales condiciones económicas del primero y luego de graves perturbaciones, naufragó con los golpes militares de junio y setiembre de 1955. Perón tuvo una tercera reelección en 1974 y ésta fue, según el comentario del historiador Paul Johnson en “Tiempos Modernos”, “un caso de triunfo de la esperanza sobre la experiencia”. Así como en el interinato supletorio de Cámpora habían eclosionado disensiones internas del peronismo sembradas por el propio líder que resultaron en cosas como la Triple A, las guerrillas y Ezeiza, los pocos meses de gestión personal del “Viejo” desembocaron en realidades obscenas o criminales como el cogobierno de López Rega, la administración de Isabel Martínez y la sevicia del Proceso.

El cuarto reelecto fue Carlos Menem. Al entrar en las fases finales de su primer mandato iniciado en 1989, forzó una reforma de la Constitución en 1994 que le permitiría la reelección al año siguiente. Triunfó abrumadoramente sobre el candidato radical.

Este segundo mandato se inició en 1995 y concluyó miserablemente en 1999. Gran parte del mismo dio lugar, o mejor, instaló, según es bien sabido, un ambiente culturalmente asfixiante y un grado de oportunismo político y corrupción moral del que el país no acaba de salir.
Esta ha sido una crónica realista de cuatro reelecciones –las dos primeras con período intermedio y dentro del marco de la Constitución de 1853 y las dos últimas inmediatas y vía una reforma previa– que condujeron a desastres.

UN EJERCICIO DE FANTASIA

Está la historia real, lo que ocurrió, pero hay otras historias más divertidas que cada uno puede escribir mentalmente cuando se pregunta qué cosa habría sucedido si el proceso hubiese tomado un curso distinto. Por ejemplo, si las invasiones inglesas de 1806 hubiesen triunfado y Gran Bretaña ocupado desde entonces el país, o si Hitler hubiera ganado la guerra, o… tantos otros “si”... Este es un ejercicio de historia contrafáctica, de lo que no ocurrió pero pudo haber ocurrido.

Practicarla no es una pérdida de tiempo, puede ser más serio y útil de lo que se quiera suponer. Sirve para demostrar que la historia no es racional y que su parábola depende del modo como una piedrita, en el punto de cambio de vías del ferrocarril, pueda determinar que el tren desvíe su dirección, que lleve a un destino distinto del que tenía asignado.

Aplicándonos a esta historia virtual, podemos preguntarnos por ejemplo si Yrigoyen hubiese cedido a su correligionario Marcelo Alvear la candidatura presidencial en 1928, ¿habría ocurrido el golpe de Uriburu en 1930 con todo lo que trajo en cuanto a desventuras al país?

O si en 1952 el general Perón, concluido satisfactoriamente su primer gobierno se hubiera retirado a una cátedra en la Escuela de Guerra, ¿habríamos tenido los funestos desencuentros que marcaron el siguiente medio siglo?

Estas fantasías sobre gobernantes sabios resultan en beneficios tanto para ellos como para las instituciones y quizá pudieran, como ejemplos, inspirar conductas.

En la historia de Roma tenemos el de Lucius Quintus Cincinatus, un hombre que mientras araba su chacra fue informado de que el Senado lo había elegido dictador para que salvara al Ejército.

Dejó entonces el arado y acudió al campo de batalla donde sus compatriotas cedían ante la invasión de los Volscos. En un día venció a los enemigos, retornó en triunfo a Roma y, por amor a la República, gobernó el tiempo imprescindible para ordenar las cosas, renunciando enseguida para volver a los bueyes y su arado.
El quedó en la historia como un ejemplo de hombre de Estado y Roma, fortalecida por su ejemplo, se hizo libre, republicana y próspera.

LA OPINION DE ALBERDI

Veamos una nota sobre reelecciones en los “Escritos Póstumos” de Alberdi.
“Yo escribí el artículo de la Constitución que dice: ‘Art. 77. El presidente y el vicepresidente duran en sus empleos el término de seis años, y no pueden ser reelegidos sino con intervalo de un período’”. Manifestaba enseguida que su idea para preparar el texto fue evitar los peligros de las reelecciones para la paz y la libertad del país. Pero luego de la revolución de 1874 su opinión se hizo más drástica. “Si tuviese yo que escribir de nuevo o reformular aquel artículo, lo redactaría así: ‘El presidente y el vicepresidente durarán en sus empleos el término de seis años, y no pueden ser reelegidos en ningún caso ni en ninguna forma. Toda reelección presidencial, en una forma más o menos encubierta es un ataque contra el principio republicano, cuya esencia consiste en la movilidad periódica del personal del gobierno. Que el que ha sido presidente no pueda volver a serlo en su vida. Una sola elección y nunca dos’”.

   
HECTOR CIAPUSCIO
Especial para “Río Negro”
   
 
 
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
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